Interviú no solo promociona a los NiNis, también da cabida a Juan José Millás.

Etiquetas

, , , , ,

“Los relatos eróticos de Juan José Millas”.

La revista Interviú ha publicado, este verano, en su web un apartado dedicado a los cuentos eróticos de Juan José Millas. Aunque la reseña es bastante superflua, Millas escribe muy buena literatura y es uno de los escritores más sobresaliente dentro del ámbito español como internacional  y  en lengua española. Merece la pena darse una vuelta os dejo el enlace: Interviú

Si queréis descubrir a este autor, esta es su página web: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/bienvenida.htm

Si queréis seguirlo en twitter: @JuanJoseMillas

Si queréis leer un buen libro: La mujer loca es una novela compleja desde el punto de vista estructural pero simple al leerla, está plagada de ironía y da lugar al debate sobre la vida, la muerte, la lengua, la locura…

En la web de Interviú se pueden leer los siguientes cuentos:

 El orgasmo budista

Ella estaba de acuerdo

Ella regresó a la vida

Amor y anatomía

Amores caníbales

Calambre y orgasmo

La turbación desusada

Mis propuestas son:

Una bajada de azúcar

La mujer marcó un teléfono al azar. Descolgó al otro lado un hombre.
—Perdón, ahora no sé dónde estaba llamando –dijo ella con el tono de quien acaba de ser traicionado por la memoria.
—Soy Luis –dijo él creyendo reconocer la voz de una de sus cuñadas.
—¿Estás solo, Luis? –dijo entonces la mujer con tono seductor.
—Ejem –carraspeó él.
—Déjame adivinar. Por la hora, y tratándose de un miércoles cualquiera, estarás viendo la tele junto a tu esposa. ¿La tienes ahí al lado?
—Sí –respondió él con expresión neutra.
—Y ella empieza a mirarte interrogativamente, como preguntando quién llama –añadió la mujer sin abandonar aquel tono seductor que invitaba al encuentro sexual.
—Positivo –dijo él devolviéndole una mirada imparcial a su esposa.
—Dile que es una encuesta, encanto.
El hombre se volvió hacia su mujer tapando un poco el auricular y le dijo en voz baja que era una encuesta sobre la calidad de los servicios del banco en el que tenían la cuenta corriente.
—Bien –continuó entonces la mujer–, ahora, corazón, dime si se te ha puesto dura ya.
—Bueno… –dudó el hombre.
—Del uno al diez, ¿cómo se te ha puesto de dura, amor mío?
—Un siete –dijo él.
—Bien, potrillo loco, no te muevas de donde estás, pero acomódate un poco para hacerle sitio a la polla. Di “notable” para que tu mujer se crea lo de la encuesta.
—Notable –dijo él cambiando de postura para hacerle sitio al pene, que tendía a ocupar todos los espacios vacíos de la zona.
—¿Ya te has acomodado, corazón?
—Bastante.
—Ahora escúchame con atención, amor. Tengo cuarenta años, me encuentro sola en casa y me ha dado un calentón espontáneo que conviene sofocar. Pero necesitaba escuchar la voz de un tío que estuviera atado, como tú, porque estás atado, ¿verdad? No en un sentido literal, amor mío, pero sí metafóricamente porque has de fingir que hablas con un teleoperador cuando tienes al otro lado de la línea a una mujer con fuego en las nalgas. Vuélvete de nuevo a tu mujer y dile lo siguiente: “Estos teleoperadores son unos pesados, pero me dan lástima; si no los atiendes, los penalizan”.
El hombre se dirigió a su esposa y dijo palabra por palabra lo que le había ordenado la mujer.
—O. K. –aprobó ella–. En estos instantes, escarabajo mío, me estoy desabrochando la blusa y subiéndome la falda para acariciarme el coño con una mano y las tetas con la otra. ¿Te resulto muy grosera, cerdito del alma?
—No –contestó el hombre.
—Pues dime, del uno al diez, ¿cómo es ahora mismo el tamaño de tu erección?
—Un nueve –mintió él, que estaba a punto de estallar
—Bueno, bueno, parece que te gusta resistirte –dijo, gimiendo, la mujer–. Yo sin embargo estoy ya a cien, estoy a punto, créeme. Te imagino con tu esposa ahí delante, atenta al telediario y a ti intentando disimular, pobre, te imagino así, preso de esa situación tan doméstica, y se me empapa la mano que tengo en el coño, por debajo de las bragas.
—Un diez –dijo él.
—¿Un diez de qué? –le dijo su mujer mirándole como si estuviera loco–. Quéjate ya de las comisiones, que nos cobran por todo.
Mientras atendía con la mirada a su esposa, la mujer que estaba al otro lado de la línea comenzó a bramar como si estuviera siendo víctima, más que beneficiaria, de un orgasmo feroz. El hombre se corrió también sin cambiar de expresión, aunque no pudo evitar que la sangre se le retirara del rostro provocándole una palidez mortal.
—¿Pero qué te pasa? –le preguntó su mujer alarmada.
—Gracias, chato –oyó decir al otro lado de la línea.
—De nada –respondió él colgando el aparato.
—Dios mío, ¿qué te ocurre, Luis? –insistió su esposa.
—Nada, que me he mareado un poco, una bajada de azúcar –dijo acercándose un cojín para ocultar los efectos de aquella polución animal en los pantalones.
La esposa le preparó una manzanilla con cuatro cucharadas de miel y continuaron viendo la tele tan tranquilos.

Nueva versión sobre Caín y Abel

En el principio fue el Silencio. Y dijo Dios: démosle una compañera para que no esté solo. Y creó a Silencia. Lucifer, por su parte, fundó el Ruido en la otra esquina del Paraíso. Luego, creó la Ruida para darle una compañera. Silencio y Silencia llevaban una vida sencilla y callada. Todo a su alrededor era mutismo. Había hermosos pájaros que no cantaban, ranas multicolores que no croaban, viento que no silbaba entre las ramas de los árboles, etc. Ellos paseaban sin hablar y masticaban sin producir sonido alguno. Ni siquiera el agua de las cataratas, muy abundantes en aquella zona del Paraíso, provocaba el rumor característico del agua al romperse y convertirse en espuma. Cuando Silencio y Silencia follaban, de entre sus labios no salía un grito, ni siquiera un suspiro. Disfrutaban, claro, porque follar es follar, pero daba la impresión de que lo hacían debajo del agua, quizá dentro de una campana de cristal.

Silencio y Silencia eran muy bellos. Tanto el cuerpo de ella como el de él resultaban perfectos, armónicos. Los pechos de Silencia tenían el tamaño y la elasticidad que solo se dan en el mundo de la ideas. Sus piernas, muy largas, iban abriéndose desde los diminutos pies hasta los anchos muslos para formar un abanico perfecto en cada nalga. Las partes externas que rodeaban la entrada a su vagina permanecían protegidas por un bello áureo cuyo contacto provocaba en Silencio una excitación inmediata. Pero si la vagina, también dorada, se abría, dejando escapar entre sus bordes un jugo semejante a la miel, la enajenación muda de Silencio alcanzaba el grado del delirio. Este delirio se reflejaba en ella como en un espejo y Silencia entraba también en un trance sigiloso, atónico, bajo el peso de los pectorales perfectos de Silencio.

El miembro de él, muy rico asimismo en caldos lubricantes, tenía el tamaño perfecto para hundirse en los penetrales de Silencia y alcanzar los lugares de su vientre donde mayor era la sensibilidad de ella. Y estaban sincronizados de tal modo que se corrían a la vez entre gestos de placer que semejaban a los del dolor y viceversa. Pero mientras ardían cada uno en el cuerpo del otro, no se escuchaba un solo crepitar, un solo gimoteo, un sollozo, un suspiro, un llanto, una lamentación. No, nada.

Entretanto, en la otra esquina del Paraíso, donde Ruido y Ruida se pasaban las horas muertas escuchando el canto de los pájaros creados por Lucifer, y el del viento en las ramas, creado por Lucifer, y el del zumbido de los insectos, creado por Lucifer, en esa esquina, decíamos, apareció también el reclamo del sexo. Ni Ruido ni Ruida gozaban de la perfección corporal de la que gozaban Silencio y Silencia. Tenían pequeños defectos de los que no eran conscientes y que provocaban en ellos una exaltación venérea tan grande o mayor que la existente entre Silencio y Silencia. Era cierto, por ejemplo, que la vagina de ella y el pene de él producían menos abundancia de néctares que los de Silencio y Silencia. Pero ellos lo solucionaban empapándose mutuamente de sus respectivas salivas antes de acometer la penetración. Y aunque los pechos de ella eran grandes también en relación a su tórax, a Ruido le volvían loco precisamente por eso, por su enormidad. En cuanto a él, quizá por estar menos musculado que Silencio, se entregaba al amor con la violencia de un tísico, muriendo casi en cada acometida. Pero había algo, sobre las demás cosas, que los distinguía de sus vecinos, y era que follaban con gran aparato acústico. Ruido y Ruida gritaban y gemían de tal modo que sus alaridos lograron alcanzar la zona del Paraíso en la que habitaban Silencio y Silencia.

Tenemos que probar eso, se dijeron Silencio y Silencia al modo en que Eva se empeñó en probar la manzana del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y se pusieron en marcha hacia la esquina del Paraíso donde vivían Ruido y Ruida. Y al poco de llegar Silencio se lanzó sobre Ruida y Silencia sobre Ruido y los cuatro comenzaron a follar como locos alternando los gritos adúlteros de los unos con el silencio infiel de los otros. De uno de los encuentros nació Abel y del otro Caín, pero no sabríamos decir a qué pareja pertenecía cada cual.

El pene del diablo

Ella estaba sola en casa, como siempre desde que murió su marido. Eran las ocho de la tarde de un miércoles cualquiera. A esa hora, se bebía un par de copas de coñac y se ponía en ropa interior, como si él fuera a volver de entre los muertos. El coñac otorgaba a sus fantasías una materialidad extraña. Medio desnuda, sobre el sillón de orejas, imaginaba que su marido aparecía en el salón tras haber atravesado las paredes como un cuerpo sutil. Cerraba los ojos, para que las imágenes cobraran más fuerza en su interior, y entonces lo veía a él con una perfección asombrosa, rasgo a rasgo, casi músculo a músculo. A medida que recorría su cuerpo con la mirada, lo iba creando. Cuando estaba entero, su consistencia era la de una alucinación.
Ella, por su parte, perdía materialidad, como si su carne se transformara en humo sin necesidad de perder por eso las formas. Un humo sólido, digamos. Así, los pezones, por ejemplo, parecían modelados por una boca que acabara de dar una calada a un puro. A su marido muerto le gustaban mucho los puros, que utilizaba con gran sabiduría en el amor. Así, cuando se encontraban en la cama, ambos desnudos, él encendía un Cohiba y traspasaba el humo de su boca a la de ella, que lo conservaba unos segundos debajo de la lengua antes de expulsarlo. Como además, antes de encenderlo, él solía mojar en coñac la punta que luego se metía en la boca, aquellos besos eran el resultado de una curiosa aleación entre la saliva, el alcohol y la hoja de tabaco. Tampoco era raro que jugara, con ese extremo del puro, empapado en saliva y coñac, por los alrededores del culo de ella y de su vagina, que solía llevar rasurada.
De modo que ahí la teníamos, en pleno delirio, víctima también de una alucinación olfativa, porque olía el puro como si alguien, cerca de ella, hubiera encendido alguno. Entonces, fuera completamente de sí, abandonó el sillón orejero, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y rescató uno de aquellos habanos que su marido no había tenido tiempo de fumar y que conservaba en una caja de madera, con cortezas de manzana para que no se secaran. Cogió uno, el que le pareció más grande, regresó con él al salón, se desnudó del todo, se dejó caer de nuevo sobre el sillón de orejas y tanteó el veguero como le había visto hacerlo a él para calibrar su grado de humedad. El Cohiba tenía en cierto modo la consistencia de un pene erecto, pero también su blandura. Un pene pequeño, se dijo, aunque enormemente eficaz debido a las nervaduras que recorrían su superficie y que evocaban las de las pollas auténticas. Un pene marrón oscuro también, un pene del diablo, pensó para sus adentros con una excitación que a esas alturas empezaba a resultar insoportable.
La mención al diablo debió de convocar a Lucifer, pues ella escuchó enseguida una voz dentro de su cabeza.
—¿Qué deseas? –pronunció la voz.
—¿Qué puedes darme? –preguntó ella.
—Cualquier cosa que me pidas –dijo la voz.
Recordó entonces una fantasía irrealizable que su marido le había contado miles de veces. Consistía en que ella fuera capaz de fumarse el puro por la vagina, aunque expulsando el humo por la boca. Se la contó a la voz y la voz le dijo que el deseo estaba concedido.
Ella mojó, pues, el extremo del puro en la copa de coñac, abrió las piernas, se colocó el habano entre los labios vaginales y le acercó el mechero. En seguida, para su sorpresa, vio que era capaz de aspirar por la vagina expulsando el humo efectivamente por la boca tras haber recorrido todo el cuerpo. Notó también que los labios de abajo habían adquirido un sentido del gusto muy parecido al de la boca, de modo que las mucosidades provocadas por la excitación venérea, al mezclarse con el coñac y el humo provocaba ahí abajo una combinación de sabores que jamás había experimentado.
Y bien, entonces se recostó, cerró los ojos, evocó de nuevo la presencia de su marido muerto, y él se manifestó enseguida colocando sus labios sobre los de ella para recibir el humo que, procedente de la vagina, arrastraba hasta allí la esencia toda de las interioridades de su viuda. Se corrió, con una intensidad astral, antes de haber dado cuenta de un tercio del habano.

Anuncios

Patricio Pron (1975). “El viaje” (2010)

Etiquetas

, , ,

Patricio Pron (1975) escritor y periodista argentinos con obras traducidas a media docena de idiomas.

En “El viaje”  Argentina aparece como parte de una fantasía de viaje de un viejo alemán, como un destino remoto del mapa, en el que «las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Oscilando entre la ironía del desconocimiento del europeo sobre nuestro país y el exotismo de presentarlo como «un gran país de América del Sur», Pron se desprende del peso del significante, y abandona la idea de que esas 9 letras tengan un valor adicional dentro de sus narraciones.

El viaje

El tren se detuvo, como un animal herido que no acaba de convencerse de que morirá, y se arrastra bajo el sol, como si nada sucediera, y luego se detiene y muere. Marie todavía estaba sentada, con los tobillos regordetes que le asomaban bajo el ruedo del vestido azul y colgaban como ropa tendida sin tocar el suelo. En el andén vio pasar velozmente la silueta de su madre y de su hermana y pensó que le hubiera gustado decirles que había dejado de servir en la casa de la señora von Krokow porque Herr Maak había muerto y su presencia allí, con la señora von Krokow y unos pocos pensionistas que en algún momento se marcharían, no tenía mayor sentido. Pero sabía que no era verdad y que -aunque en ese momento, mientras el tren se detenía y los pasajeros comenzaban a levantarse de sus asientos, ella prefería no pensar en eso- su madre acabaría por saberlo de todas formas, si es que no lo sabía ya, si la señora von Krokow no había levantado el teléfono y la había llamado para contárselo todo. Agitó los pies en el aire como si quisiera ponerse de pie y alejarse definitivamente, bajarse de ese tren y olvidarse de la señora von Krokow y de Berlín, pero se quedó quieta, tratando de tranquilizarse pensando que la señora von Krokow nunca hubiera gastado dinero en una comunicación de larga distancia para contarle a su madre algo de lo que, de todas formas, ella acabaría enterándose.

Aunque la señora von Krokow era mezquina, maleducada y entrometida no era, pensaba ella, una mala mujer. No había tenido razones para quejarse en los dos años que había servido en su casa, mandada por su madre que conocía a la señora von Krokow de la época en que la señora vivía en Bamberg. Nunca la había criticado por pagarle tan poco dinero o por impedirle volver al sur a ver a su familia por Navidades. Nunca había creído, y quizás -pensaba ahora- ese fue su error, que la señora von Krokow se comportara mal al impedirle salir de la casa, excepto en la ocasión en que inauguraron la remodelación del Bundestag y la señora von Krokow y sus pensionistas -excepto el doctor Maak, naturalmente- e incluso ella se montaron en un taxi, pese a que la señora von Krokow hubiera preferido el metro por ser menos costoso, y visitaron el edificio. Esa mañana tuvo, por primera y última vez, una muestra de la grandiosidad de Berlín, de la aguja del Fernsehturm agujereando el cielo, de las grúas erizando el lomo del antiguo Alexanderplatz, del puente Schlossbrücke y sus estatuas, de los edificios imponentes cuyos nombres sólo después conocería y que se alineaban a lo largo de la avenida Unter den Linden. Esa misma tarde le contó la excursión al doctor Maak y éste, que no había ido con los pensionistas, le mostró un plano de Berlín, le apuntó los nombres que ella había olvidado y quiso señalárselos en el plano pero su mano temblaba demasiado y a Marie le pareció que el dedo con el que intentaba señalar los edificios de los que hablaba era como esas agujas de las brújulas que indican el Polo Norte pero nunca se quedan quietas, como si el Polo Norte se burlara de todos los intentos por mensurarlo moviéndose a derecha y a izquierda. Marie contó: «luego pudimos ver, saliendo del puente hacia la derecha, una pequeña callecita en la que se vendían libros y manzanas con caramelo en unos puestos de madera con toldos de colores», y el doctor Maak dijo: «es aquí, el puente es el Schlossbrücke y la calle se llama Am Kupfer-graben; si la sigue se topa usted con la Museumsinsel. Allí se encuentra el Pergamonmuseum donde puede usted recorrer el Paseo de los Leones de Babilonia». Marie quedó sorprendida. «¿Estuvo usted alguna vez allí?», preguntó. «No hay museo que no conozca», respondió el doctor Maak con una sonrisa. «Los museos son como las máquinas perfectas del viaje, permiten conocer lugares distantes y maravillosos sin moverse de la ciudad. En cierta forma son como la memoria de un viejo. Están poblados de acontecimientos y de cosas que ya no significan nada». Marie no supo qué decir. «¿Me llevará allí alguna vez Herr Doktor Maak?», le suplicó. El doctor Maak respondió: «Al regresar de mi viaje a Marruecos iremos al Museo y al terminar, en la calle Am Kupfer-graben, le compraré una manzana con caramelo». Marie sonrió, esperanzada.

Pero el doctor Maak no fue finalmente a Marruecos. Marie lo supo al servirle el té una tarde y notar que el mapa que miraba con detenimiento no era el de Marruecos, no era el intrincado dibujo de montañas y extensiones amarillas que eran el mapa supuesto y quizás imposible del desierto. El nuevo mapa era una especie de triángulo invertido, acotado por el mar y las montañas y las selvas. «¿No viajará usted a Marruecos?», preguntó Marie ante la mirada desaprobadora de la señora von Krokow. «Es imposible en este momento», respondió el doctor Maak, «los valientes nómadas han comenzado a luchar por su tierra y todo el desierto está convulsionado de camellos enjaezados para la pelea y fusiles y canciones de libertad». «Entonces ¿adónde irá usted Herr Maak?», preguntó Marie. El doctor Maak dio vuelta el mapa para que ella pudiera leer en el centro del triángulo la palabra «Argentina». Marie lo miró perpleja. «Es un gran país en la América del Sur», le dijo el doctor Maak, «¿sabía usted que allí la gente sólo come carne de res? El país es tan rico que las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Marie leyó «Río de la Plata» en el mapa y no respondió nada.

En los días siguientes el doctor Maak la instruyó sobre la Argentina ante la mirada aburrida y un poco fastidiada de la señora von Krokow, que prefería que su sirvienta se ocupara de la casa en vez de perder el tiempo con los pensionistas. «En Argentina tienen el mejor gobierno posible», le contaba el doctor Maak: «no tienen ningún gobierno, y la gente hace lo que le conviene y cree correcto. En el fondo esa es la razón de su riqueza y de su felicidad. En la Cámara de Representantes han puesto un casino». Marie podía escucharlo durante horas, asombrada de su conocimiento y de la firmeza con que dibujaba en los mapas caminos con su dedo tembloroso, sendas que él iba a recorrer y que, en el mapa, se perdían entre desiertos y selvas inimaginadas.

El problema es que el doctor Maak no se marchaba, pensó Marie abstraída en la imagen de sus zapatos negros que ahora pendulaban al final de sus piernas en un vagón de tren vacío. En algún momento, podía pasar un mes o tres, el doctor Maak cogía otro mapa y comenzaba de nuevo con los arduos preparativos de otro viaje. «¿Es que no lo sabe?», le respondía indulgente cuando Marie preguntaba. «En Argentina se ha desatado una horrible peste. Las personas caen como moscas sobre las avenidas de plata. Es imposible ir allí en este momento».

El doctor Maak no se movía de la casa. Había concertado con otro pensionista de nombre Uhlings que éste le trajera las escasas cosas que necesitaba: su tabaco, una botella de Schnapps de cerezas en el invierno, el periódico y los libros de la biblioteca. Alguien, Marie nunca supo quién, le enviaba todos los meses un sobre con dinero. El doctor Maak se inclinaba sobre sus mapas y sus libros acercando cada vez más la nariz al papel, como si oliéndolo pudiera confirmar la veracidad de esas líneas. El último año había perdido toda capacidad de movimiento, si es que alguna vez la había tenido, y Marie había ido poco a poco descuidando las interminables tareas de la casa para concentrarse en Herr Maak, para ser sus piernas y, más a menudo, su voluntad y su memoria. El progresivo deterioro de sus facultades, que Marie no alcanzaba a percibir plenamente, como si estuviera pasando en otro lugar y en otro tiempo, no le impedía seguir planeando viajes. Esta vez era Marie quien lo persuadía. «No puede usted viajar a España, ¿no recuerda acaso que allí hay una guerra?», le decía. El doctor Maak se entregaba a la voluntad de Marie, pero una tarde ella lo encontró echado en el suelo junto a una tumbona. Había conseguido ponerse un sobretodo de viaje -que Marie nunca le había visto- y armar una pequeña maleta, que sostenía en su mano derecha. Incluso en el piso, sonriendo estúpidamente como si no comprendiera nada, el doctor Maak era la imagen arquetípica del viajero.

Esa era la imagen que Marie más recordaba del doctor Maak, porque fue una de las últimas. Tres semanas después murió sin casi darse cuenta. Ella, que había estado a su lado todo ese tiempo resignándose a que la señora von Krokow trajera otra empleada para que se hiciera cargo de la casa, vio como el doctor Maak se apagaba lentamente. En ocasiones hacía un gesto que sólo Marie comprendía y ella recitaba lo que recordaba de alguna de las regiones donde el doctor Maak había planeado viajar. Muchas veces confundía los países. Mencionaba los desiertos recorridos por camellos de Argentina, refería con lujo de detalles los edificios que se alineaban junto a una avenida pavimentada de plata en Marruecos o le hablaba de España y de su peste, pero el doctor Maak no parecía poder reconocer ya los errores, o los perdonaba. El doctor Maak le había regalado un museo inexacto de hechos inútiles, una memoria de viajes imaginarios, pero los únicos de los que había regresado.

La señora von Krokow pareció muy impresionada por la muerte del doctor Maak. Ella misma llamó a los periódicos para publicar el aviso fúnebre y dispuso todo para que se lo velara en el comedor de la casa. Marie preparó café y Schnapps para los asistentes, pero nadie se presentó, puesto que el doctor Maak no tenía parientes ni conocidos. En algún momento de la tarde pasó por la casa un extraño visitante llamado P que dijo haber tomado clases con el doctor Maak; parecía enfermo y puede que quizás lo estuviera. No pudieron sacarle más que su nombre porque quince minutos después de haber llegado se marchó, haciéndole al muñeco desarticulado que ya comenzaba a pudrirse dentro del cajón un gesto que Marie no supo interpretar como una despedida o una rabiosa demostración de vida frente a tanta muerte, algo que, de alguna manera, restablecía un orden anterior de cosas y saldaba una afrenta que el doctor Maak pudiera haberle hecho algún día.

La señora von Krokow se marchó un rato después a dormir y Marie se quedó sola con el doctor Maak, con la fragilidad del muerto reciente y de sus plegarias católicas de alemana del sur. Al día siguiente, un auto negro pasó a buscar el cadáver para llevárselo al cementerio. Marie quiso acompañarlo pero la señora se lo impidió argumentando que había mucho trabajo por hacer. Entre ella y la nueva empleada reunieron las escasas propiedades del doctor Maak y la señora ordenó que las arrojaran a la calle. Marie quiso oponerse, decir que esos mapas eran ya, también, su propia memoria, pero no dijo nada. Había comenzado a llover y se empapó bastante al dejar los libros y los planos en la calle. La señora von Krokow llamó a una iglesia protestante para que vinieran a buscar la ropa para dársela a los pobres. Ella misma se quedó con los sillones y la mesa del doctor Maak, a los que hizo trasladar a su propio cuarto. Marie entró por última vez a la habitación del doctor Maak cuando la señora von Krokow discutía con los decoradores el precio del nuevo papel para las paredes. Entonces la señora von Krokow se dio la vuelta y vio que el agua transparentaba bajo el vestido blanco y empapado de Marie el dibujo de un mapa que su empleada había querido conservar.

La despidió acusándola de ladrona y, aunque Marie hubiera querido refutar ese argumento, le pareció que estaba bien, que no había ya nada que la retuviera en la casa excepto el recuerdo de la paciente inmovilidad conque el doctor Maak la había regalado durante años. Marie pensó por última vez en ese hombre del que ahora tenía la memoria, ese completo desconocido que había sido para ella su padre y que la había entretenido con paisajes que ninguno de los dos iba a ver nunca. Miró hacia atrás por la ventanilla y vio que su madre y su hermana se asomaban preocupadas a todos los vagones, elevándose en puntas de pie, para tratar de encontrarla. Excepto por ellas, el andén estaba vacío ya. Marie se levantó. Abrió su maleta y se quedó mirando el vestido blanco que tenía calcado, como un sudario, las líneas imprecisas del mapa que ella se había metido dentro del vestido el último día que sirvió en la casa. Repasó con el dedo como hacía el doctor Maak la línea de trenes que unía Berlín con Bamberg. En el andén el cartel que decía «Bamberg» comenzó a moverse lentamente como si un animal herido bajo el sol que el doctor Maak nunca sintió calentándole el rostro pudiera seguir andando. Marie repasó con el dedo la línea de vuelta a casa. El tren volvió a partir y ella se quedó quieta, viajando.

El viaje

El tren se detuvo, como un animal herido que no acaba de convencerse de que morirá, y se arrastra bajo el sol, como si nada sucediera, y luego se detiene y muere. Marie todavía estaba sentada, con los tobillos regordetes que le asomaban bajo el ruedo del vestido azul y colgaban como ropa tendida sin tocar el suelo. En el andén vio pasar velozmente la silueta de su madre y de su hermana y pensó que le hubiera gustado decirles que había dejado de servir en la casa de la señora von Krokow porque Herr Maak había muerto y su presencia allí, con la señora von Krokow y unos pocos pensionistas que en algún momento se marcharían, no tenía mayor sentido. Pero sabía que no era verdad y que -aunque en ese momento, mientras el tren se detenía y los pasajeros comenzaban a levantarse de sus asientos, ella prefería no pensar en eso- su madre acabaría por saberlo de todas formas, si es que no lo sabía ya, si la señora von Krokow no había levantado el teléfono y la había llamado para contárselo todo. Agitó los pies en el aire como si quisiera ponerse de pie y alejarse definitivamente, bajarse de ese tren y olvidarse de la señora von Krokow y de Berlín, pero se quedó quieta, tratando de tranquilizarse pensando que la señora von Krokow nunca hubiera gastado dinero en una comunicación de larga distancia para contarle a su madre algo de lo que, de todas formas, ella acabaría enterándose.

Aunque la señora von Krokow era mezquina, maleducada y entrometida no era, pensaba ella, una mala mujer. No había tenido razones para quejarse en los dos años que había servido en su casa, mandada por su madre que conocía a la señora von Krokow de la época en que la señora vivía en Bamberg. Nunca la había criticado por pagarle tan poco dinero o por impedirle volver al sur a ver a su familia por Navidades. Nunca había creído, y quizás -pensaba ahora- ese fue su error, que la señora von Krokow se comportara mal al impedirle salir de la casa, excepto en la ocasión en que inauguraron la remodelación del Bundestag y la señora von Krokow y sus pensionistas -excepto el doctor Maak, naturalmente- e incluso ella se montaron en un taxi, pese a que la señora von Krokow hubiera preferido el metro por ser menos costoso, y visitaron el edificio. Esa mañana tuvo, por primera y última vez, una muestra de la grandiosidad de Berlín, de la aguja del Fernsehturm agujereando el cielo, de las grúas erizando el lomo del antiguo Alexanderplatz, del puente Schlossbrücke y sus estatuas, de los edificios imponentes cuyos nombres sólo después conocería y que se alineaban a lo largo de la avenida Unter den Linden. Esa misma tarde le contó la excursión al doctor Maak y éste, que no había ido con los pensionistas, le mostró un plano de Berlín, le apuntó los nombres que ella había olvidado y quiso señalárselos en el plano pero su mano temblaba demasiado y a Marie le pareció que el dedo con el que intentaba señalar los edificios de los que hablaba era como esas agujas de las brújulas que indican el Polo Norte pero nunca se quedan quietas, como si el Polo Norte se burlara de todos los intentos por mensurarlo moviéndose a derecha y a izquierda. Marie contó: «luego pudimos ver, saliendo del puente hacia la derecha, una pequeña callecita en la que se vendían libros y manzanas con caramelo en unos puestos de madera con toldos de colores», y el doctor Maak dijo: «es aquí, el puente es el Schlossbrücke y la calle se llama Am Kupfer-graben; si la sigue se topa usted con la Museumsinsel. Allí se encuentra el Pergamonmuseum donde puede usted recorrer el Paseo de los Leones de Babilonia». Marie quedó sorprendida. «¿Estuvo usted alguna vez allí?», preguntó. «No hay museo que no conozca», respondió el doctor Maak con una sonrisa. «Los museos son como las máquinas perfectas del viaje, permiten conocer lugares distantes y maravillosos sin moverse de la ciudad. En cierta forma son como la memoria de un viejo. Están poblados de acontecimientos y de cosas que ya no significan nada». Marie no supo qué decir. «¿Me llevará allí alguna vez Herr Doktor Maak?», le suplicó. El doctor Maak respondió: «Al regresar de mi viaje a Marruecos iremos al Museo y al terminar, en la calle Am Kupfer-graben, le compraré una manzana con caramelo». Marie sonrió, esperanzada.

Pero el doctor Maak no fue finalmente a Marruecos. Marie lo supo al servirle el té una tarde y notar que el mapa que miraba con detenimiento no era el de Marruecos, no era el intrincado dibujo de montañas y extensiones amarillas que eran el mapa supuesto y quizás imposible del desierto. El nuevo mapa era una especie de triángulo invertido, acotado por el mar y las montañas y las selvas. «¿No viajará usted a Marruecos?», preguntó Marie ante la mirada desaprobadora de la señora von Krokow. «Es imposible en este momento», respondió el doctor Maak, «los valientes nómadas han comenzado a luchar por su tierra y todo el desierto está convulsionado de camellos enjaezados para la pelea y fusiles y canciones de libertad». «Entonces ¿adónde irá usted Herr Maak?», preguntó Marie. El doctor Maak dio vuelta el mapa para que ella pudiera leer en el centro del triángulo la palabra «Argentina». Marie lo miró perpleja. «Es un gran país en la América del Sur», le dijo el doctor Maak, «¿sabía usted que allí la gente sólo come carne de res? El país es tan rico que las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Marie leyó «Río de la Plata» en el mapa y no respondió nada.

En los días siguientes el doctor Maak la instruyó sobre la Argentina ante la mirada aburrida y un poco fastidiada de la señora von Krokow, que prefería que su sirvienta se ocupara de la casa en vez de perder el tiempo con los pensionistas. «En Argentina tienen el mejor gobierno posible», le contaba el doctor Maak: «no tienen ningún gobierno, y la gente hace lo que le conviene y cree correcto. En el fondo esa es la razón de su riqueza y de su felicidad. En la Cámara de Representantes han puesto un casino». Marie podía escucharlo durante horas, asombrada de su conocimiento y de la firmeza con que dibujaba en los mapas caminos con su dedo tembloroso, sendas que él iba a recorrer y que, en el mapa, se perdían entre desiertos y selvas inimaginadas.

El problema es que el doctor Maak no se marchaba, pensó Marie abstraída en la imagen de sus zapatos negros que ahora pendulaban al final de sus piernas en un vagón de tren vacío. En algún momento, podía pasar un mes o tres, el doctor Maak cogía otro mapa y comenzaba de nuevo con los arduos preparativos de otro viaje. «¿Es que no lo sabe?», le respondía indulgente cuando Marie preguntaba. «En Argentina se ha desatado una horrible peste. Las personas caen como moscas sobre las avenidas de plata. Es imposible ir allí en este momento».

El doctor Maak no se movía de la casa. Había concertado con otro pensionista de nombre Uhlings que éste le trajera las escasas cosas que necesitaba: su tabaco, una botella de Schnapps de cerezas en el invierno, el periódico y los libros de la biblioteca. Alguien, Marie nunca supo quién, le enviaba todos los meses un sobre con dinero. El doctor Maak se inclinaba sobre sus mapas y sus libros acercando cada vez más la nariz al papel, como si oliéndolo pudiera confirmar la veracidad de esas líneas. El último año había perdido toda capacidad de movimiento, si es que alguna vez la había tenido, y Marie había ido poco a poco descuidando las interminables tareas de la casa para concentrarse en Herr Maak, para ser sus piernas y, más a menudo, su voluntad y su memoria. El progresivo deterioro de sus facultades, que Marie no alcanzaba a percibir plenamente, como si estuviera pasando en otro lugar y en otro tiempo, no le impedía seguir planeando viajes. Esta vez era Marie quien lo persuadía. «No puede usted viajar a España, ¿no recuerda acaso que allí hay una guerra?», le decía. El doctor Maak se entregaba a la voluntad de Marie, pero una tarde ella lo encontró echado en el suelo junto a una tumbona. Había conseguido ponerse un sobretodo de viaje -que Marie nunca le había visto- y armar una pequeña maleta, que sostenía en su mano derecha. Incluso en el piso, sonriendo estúpidamente como si no comprendiera nada, el doctor Maak era la imagen arquetípica del viajero.

Esa era la imagen que Marie más recordaba del doctor Maak, porque fue una de las últimas. Tres semanas después murió sin casi darse cuenta. Ella, que había estado a su lado todo ese tiempo resignándose a que la señora von Krokow trajera otra empleada para que se hiciera cargo de la casa, vio como el doctor Maak se apagaba lentamente. En ocasiones hacía un gesto que sólo Marie comprendía y ella recitaba lo que recordaba de alguna de las regiones donde el doctor Maak había planeado viajar. Muchas veces confundía los países. Mencionaba los desiertos recorridos por camellos de Argentina, refería con lujo de detalles los edificios que se alineaban junto a una avenida pavimentada de plata en Marruecos o le hablaba de España y de su peste, pero el doctor Maak no parecía poder reconocer ya los errores, o los perdonaba. El doctor Maak le había regalado un museo inexacto de hechos inútiles, una memoria de viajes imaginarios, pero los únicos de los que había regresado.

La señora von Krokow pareció muy impresionada por la muerte del doctor Maak. Ella misma llamó a los periódicos para publicar el aviso fúnebre y dispuso todo para que se lo velara en el comedor de la casa. Marie preparó café y Schnapps para los asistentes, pero nadie se presentó, puesto que el doctor Maak no tenía parientes ni conocidos. En algún momento de la tarde pasó por la casa un extraño visitante llamado P que dijo haber tomado clases con el doctor Maak; parecía enfermo y puede que quizás lo estuviera. No pudieron sacarle más que su nombre porque quince minutos después de haber llegado se marchó, haciéndole al muñeco desarticulado que ya comenzaba a pudrirse dentro del cajón un gesto que Marie no supo interpretar como una despedida o una rabiosa demostración de vida frente a tanta muerte, algo que, de alguna manera, restablecía un orden anterior de cosas y saldaba una afrenta que el doctor Maak pudiera haberle hecho algún día.

La señora von Krokow se marchó un rato después a dormir y Marie se quedó sola con el doctor Maak, con la fragilidad del muerto reciente y de sus plegarias católicas de alemana del sur. Al día siguiente, un auto negro pasó a buscar el cadáver para llevárselo al cementerio. Marie quiso acompañarlo pero la señora se lo impidió argumentando que había mucho trabajo por hacer. Entre ella y la nueva empleada reunieron las escasas propiedades del doctor Maak y la señora ordenó que las arrojaran a la calle. Marie quiso oponerse, decir que esos mapas eran ya, también, su propia memoria, pero no dijo nada. Había comenzado a llover y se empapó bastante al dejar los libros y los planos en la calle. La señora von Krokow llamó a una iglesia protestante para que vinieran a buscar la ropa para dársela a los pobres. Ella misma se quedó con los sillones y la mesa del doctor Maak, a los que hizo trasladar a su propio cuarto. Marie entró por última vez a la habitación del doctor Maak cuando la señora von Krokow discutía con los decoradores el precio del nuevo papel para las paredes. Entonces la señora von Krokow se dio la vuelta y vio que el agua transparentaba bajo el vestido blanco y empapado de Marie el dibujo de un mapa que su empleada había querido conservar.

La despidió acusándola de ladrona y, aunque Marie hubiera querido refutar ese argumento, le pareció que estaba bien, que no había ya nada que la retuviera en la casa excepto el recuerdo de la paciente inmovilidad conque el doctor Maak la había regalado durante años. Marie pensó por última vez en ese hombre del que ahora tenía la memoria, ese completo desconocido que había sido para ella su padre y que la había entretenido con paisajes que ninguno de los dos iba a ver nunca. Miró hacia atrás por la ventanilla y vio que su madre y su hermana se asomaban preocupadas a todos los vagones, elevándose en puntas de pie, para tratar de encontrarla. Excepto por ellas, el andén estaba vacío ya. Marie se levantó. Abrió su maleta y se quedó mirando el vestido blanco que tenía calcado, como un sudario, las líneas imprecisas del mapa que ella se había metido dentro del vestido el último día que sirvió en la casa. Repasó con el dedo como hacía el doctor Maak la línea de trenes que unía Berlín con Bamberg. En el andén el cartel que decía «Bamberg» comenzó a moverse lentamente como si un animal herido bajo el sol que el doctor Maak nunca sintió calentándole el rostro pudiera seguir andando. Marie repasó con el dedo la línea de vuelta a casa. El tren volvió a partir y ella se quedó quieta, viajando.

Andrea Jeftanovic (1970). “Marejada” (2010), “Árbol genalógico” (2007)

Etiquetas

, , ,

Andrea Jeftanovic (1970) escritora chilena muy importante en el panorama literario actual de su país y controvertida en otros países como Alemania o Estados Unidos que censuraron alguna de sus obras, su cuento Árbol genealógico fue uno de los censurados por tratar el incesto entre padre e hija, en estos países se tomó como “apología de la pedofilia”.

“Marejada” es un cuento donde la exasperada lujuria es -y de manera muy natural- expresión de emociones más definitivas y a la vez inclasificables, que muestran el claroscuro de los afectos y su conmovedora persistencia (o reaparición) en una circunstancia límite de esperanza y horror.

Marejada

Nada bueno puede augurar un llamado a medianoche. Y que de fondo se escuchen sirenas de ambulancia. Cristóbal había tenido un accidente automovilístico. Lo llevaban al hospital. Me vestí rápido. La misma ropa tendida en el respaldo de la silla dejada hace unas horas atrás. Me despedí de mi marido con un beso en la frente. Sentado en la cama se disculpaba absurdamente por no poder dejar la casa con nuestras dos hijas pequeñas dormidas. Prometí llamar en cuanto tuviera novedades.

La ciudad silenciosa, las calles que se abrían como puntos de fugas y líneas oblicuas. Escuché el rumor del auto en cada semáforo hasta llegar a destino. A la entrada del recinto estaba Javier. No nos veíamos hace años. Nunca supe bien por qué nos divorciamos. Un médico pulcro y pausado nos esperaba. Apenas nos sentamos en el estrecho cubículo nos informó acerca de una fractura de clavícula, una perforación al hígado. Calló unos segundos mientras colocaba un par de radiografías bajo una luz titilante. Los órganos como diminutas antorchas, un monte humeante de células. Cambió el tono de su voz cuando exhibió el escáner: “Este derrame cerebral es lo que debemos estabilizar en forma urgente”. La imagen proyectaba una enorme mancha. “Con el golpe un vaso sanguíneo del encéfalo se reventó, y la sangre se derrama en los tejidos circundantes”. Una marea de sangre que oscurecía hemisferios y cavidades. Yo sólo miraba la mancha mientras él detallaba procedimientos y posibles escenarios. Sus palabras en torno a flujos y coágulos eran un murmullo lejano. Cuando dejó de hablar yo seguía detenida en las placas del examen, en esa sombra oscura en su cráneo, sobre el lóbulo derecho. Por su mirada compasiva imaginé que también era padre y entendía nuestro mutismo. Nos pidió algunas informaciones sobre la salud de Cristóbal. Enfermedades importantes, confirmar el grupo sanguíneo, uso de medicamentos.

Le pedí verlo. Accedió a que lo contempláramos unos instantes desde los box de la unidad de cuidados intensivos. Me impactó su rostro magullado, el cuerpo intervenido por sondas, agujas y un monitor lleno de números. Distinguí un leve temblor en sus tupidas pestañas y eso me reconfortó un poco. En el pasillo, el médico nos pidió que pese a lo angustiante de las circunstancias intentáramos ir a casa. No podíamos estar en el piso. La noche sería crítica en su evolución y nadie podría atendernos. El zumbido de las máquinas, la frialdad de las baldosas eran un paisaje desolador. Una mujer de chaleco rosado dormía exhausta con la boca abierta y la nuca apoyada en la pared de azulejos. Cuando estaba sacando las llaves del auto Javier me sugirió ir a su casa a sólo un par de cuadras. Caminamos en silencio por una ciudad vacía.

Era un apartamento pequeño, cálido, bien decorado, en el que sin duda vivía solo. Mientras preparaba café apagué el celular. Discos apilados, libros irregularmente dispuestos en estantes. En la única repisa, una foto antigua de Cristóbal y Javier en la playa, ambos sonriendo. Una mullida alfombra me hizo sentir ganas de quedar descalza. Yo jugaba con las pelusas de alpaca. Javier tamborileaba sus dedos contra la mesa de centro. No podíamos hablar de Cristóbal. No pronunciábamos su nombre, como si no fuéramos sus padres. Como si fuéramos dos extraños intentando distraernos.

La lectura de un libro común que estaba sobre la mesa fue el punto de partida de una deshilvanada conversación. Ambos recordábamos con fascinación un pasaje del protagonista viajando solo por Ciudad de México, esa ciudad construida sobre un lago. Una ciudad que habíamos recorrido de novios y que ahora afloraba de modo inesperado: una mancha de tierra sobre una base acuosa que en cualquier momento se resquebrajaba. No creyendo que alguna vez las olas de ese lago silenciado nos amenazarían con pronunciar letra a letra ese nombre sugerido por un pueblo colonial. Ahora el nombre anhelado era un conjunto de sílabas entrecortadas.

Cristóbal se parecía mucho a su padre: las pupilas oscuras, el rostro anguloso, la forma de arquear las cejas y la sonrisa ladeada. Hablamos un par más de cosas y necesité abrazarlo. Rodearlo con fuerza, acariciar su cabello, su cara. Javier estaba inmóvil. Y yo seguí viendo en él a mi hijo, con la piel ajada, como sería en veinte años más si lograba sobrevivir a este accidente. Necesité besar sus labios y acercar mi cuerpo al suyo. Javier confundido seguía inerte con sus brazos caídos. Javier a punto de decir una palabra que acallé a tiempo. Desabroché uno a uno los botones de su camisa y sentí sus manos rodeando mi cintura debajo de la blusa. Se recostó sobre el sofá y hundí mi cabeza en su pecho desnudo. Mi piel y la suya se entibiaban, recreaban un tiempo anterior, cuando todo era calmado y dulce, cuando estábamos del lado de la vida y no en su frontera. Y recordé su olor a madera, y sentí su musculatura firme y aterciopelada, y vi sus párpados entre abiertos, sus labios brillantes. Ya era tarde para cuando había saliva ajena en la garganta, sudores mezclados y bocas entregadas.

En forma minuciosa recorría mi cuerpo extendido sobre el sofá cama. Quería pensar que la boca hambrienta de Javier era la boca infantil de Cristóbal succionando mis pezones. Pezones erectos, pechos inflamados para un neonato que electrizaba aureolas y venas. Un bebé que necesitaba alimentarse de los senos colmados de leche de su madre. Y su lengua lamía azuzante y su boca se llenaba de un líquido espeso. Come, devora la espuma, dime sucias palabras, necesito que te alimentes de mí, sólo de mí. Te puedo dar todas las proteínas, todos los minerales, todos los anticuerpos para defenderte del mundo. El hombre, el niño, sorbiendo las puntas y arremolinándose en la alfombra. Eres el pequeño ternero, que muerde fuerte, que comprime las tetillas con ritmo. Sus ojos están cerrados, su cordón umbilical abierto. Por la barbilla le corre un hilo de saliva. Las ubres blancas y redondas atentas a esa boca semiabierta. El niño es un pequeño animal bajo el tórax de su madre, que se aferra al hueco de sus axilas mientras gorgotea crema. Ha saciado el apetito y pasa sus fibrosos dedos por mi cuello, y la mirada cabizbaja se diluye en un dulce y familiar masaje de hombros como si nos hubiésemos separado en la víspera.

Hablamos en la oscuridad de la habitación evitando el nombre de sílabas entrecortadas. Proyectando en el techo el mapa de esa mancha de sangre que arrasaba con continentes y tejidos. Me pregunta si llevo una vida feliz. No contesto. Basta un mínimo roce para conectar delgados vellos, abrir poros. Laten las caderas, laten las sienes. Siento la suavidad de su piel en mis muslos. Intento separarme pero me abraza fuerte). Mi cuerpo despierta y me incorporo. Él tiene tres gotas de sudor en la frente. Giro en torno a la música del equipo. Maldice las medias y sube la falda hasta las caderas. Pienso en los agujeros de las cerraduras de esas puertas que no deben cruzarse. Su abdomen sobre el mío. Fricciona, separa mis rodillas y siento el peso de sus genitales. Una corriente de aire se cuela y evidencia la ínfima distancia que hay entre ambos. “No puedo, no puedo” dice dándome la espalda, ahogando un suspiro. Me detengo en el repliegue de su columna. Y es la misma arruga en la espalda.

Qué es todo esto. Un vestíbulo de emociones, conversaciones febriles dentro de un invernadero. “Ven aquí chiquitito, con mamá, no es momento de salir todavía, está calientito acá, no hay prisa, no hay. Quédate donde guardo todos mis secretos. Siembra nuevas semillas en mis entrañas. Déjame oler tu aliento de cría”. Javier golpea otra vez contra mi vientre. No me canso de tocarlo, de cerciorarme que está aquí y que nada podría pasarle. Acaricio una a una sus oscuras y onduladas pestañas. Y me doy cuenta de la enervante melodía del disco que ha sonado repetidamente toda la noche.

El placer como un gran oleaje que arrasa con rocas y corales, que se infiltra por desesperanzados arrecifes. Un remolino que estremece manos, piernas y labios. Gimes atizando una pequeña chispa de fuego. Introduce suave su mano en el surco de las nalgas. Ya no tengo bragas, ya no tengo vergüenza, ya no tengo pena. Nada como un amante que conoce tu cuerpo, que no anda a tropezones y pidiendo permiso. Que escribe en tu sexo un mensaje con letra legible y no se dedica a un ensayo de posiciones. No solloces, sigue, dí que mi sexo tiene la forma de una flor que ahora deshojas. Quiero que entres completo en mí, para albergarte en mi útero, para que nazcas de nuevo. Y luego, expulsarte sólo cuando ya no tengas espacio ni aire. Abro la boca, exploro a fondo con la juguetona lengua para derribar al hombre, al joven, al infante que aprieta su puño contra la almohada. Al pequeño niño que se va a acurrucar en medio de la cama para luego emitir leves ronquidos. El niño que se mece en la marejada que lo lleva a la rompiente que separa las aguas. Que lucha contra la resaca mientras se llena los bolsillos de calamares, medusas y estrellas.

Cuando la sombra del marco de la ventana se proyecta sobre las cortinas, sabemos que está amaneciendo. Salí corriendo a verme en el espejo del baño. Me sentí envejecida, demacrada. No pude llorar ni siguiera en el marco de la puerta y me encogí entre las paredes onduladas. Algo como un hálito de aire me susurró palabras desde polvorientos estantes, desde ordenadas certidumbres. No, ya verás cómo no importa. Qué he hecho qué. Sí, pero muchísimas veces con muchísimos hombres. Entonces regresé a la cama y volvió a tocarme, pero con la mano crispada. Estaba a medio vestir. Yo sollozaba sobre su camisa húmeda. Tendrás que apretar más fuerte. No llores. No estoy llorando. Aprieta mi mano. No llores. Pero no podía evitarlo al apoyar mi cabeza sobre su pecho y escuchar los débiles latidos de su corazón. No tienes por qué si no quieres. Hazme otro hijo, por favor. No ves cómo avanza la mancha en el mapa cerebral. Un rostro difuso apoyado sobre la almohada. Sí, lo sé, sube la marea e inunda cavidades y tejidos. Es un mar de vasos sanguíneos estallados que no retrocede. Sí, una marea que sube y sube y reviste la playa. Apenas podemos pisar la orilla de la arena para recogerlo. Le hacemos señas desde la costa pero oyes tus sentimientos retumbar como truenos y pasar como un tren expreso. Mi sombra contra la sombra de él, una sola sombra. Mi respiración más lenta. Estás pensando en él. Lo sé. Es agua y sangre, sólo agua que avanza con la fuerza de la corriente oceánica. Miro de reojo la foto de Javier y Cristóbal y acaricio a la distancia los dorados granos de arena que ahora son partículas que se desvanecen entre los dedos.

Hazme un hijo, sentencié. Hazme otro, el mismo hijo, insistí en el caso que no hubieses escuchado la frase a causa del sonido del tráfico. Sin atreverme a odiarlo, pero sin poder decir te amo. Salgamos a la plaza, hay un par de columpios. Tus labios tiemblan. No reaccionas. Tengo un sueño, no sólo lo palpes, quiero quedarme detenida en este nido. Me miras huérfano. Aprópiate de cada orificio, sella cada agujero, pero hazme un hijo por favor. Otro, el mismo, cualquiera, para eternizarme. Un primogénito. Ya lo hiciste una vez y fue tan fácil, cómo no vas a poder de nuevo. Un hijo varoncito, fuerte, tierno, que saque buenas notas, que le guste la música y el deporte. ¿Ves la mancha de sangre que sigue avanzando por el fondo abisal? ¿Escuchas los débiles latidos, cómo se termina de trizar el hueso en miles de astillas? La clavícula es la viga transversal que sostiene los músculos superiores. ¿Escuchaste al doctor? Una hemorragia por traumatismo, un derrame que avanza por el cerebro, un flujo se interrumpe y un grupo de células se muere. La ruptura de una arteria que cubre todo de sangre matando células y tejidos.

No podemos esperar más. La mancha purpúrea nos hace navegar extraviados en el mismo océano de nuestro hijo. Por eso levantas la pierna y te arrastras hacia mi cuerpo y te hundes, y te abres paso hasta la ingle y los espejos se empañan. Y te digo ven, más adentro precioso, no te muevas, espera, la boca aspirando el ombligo, peinando la columna de vellos, la saliva dibujando un camino. Fíjate en mí como un pulpo soportando el naufragio. El zumbido de los cuerpos, las pulsaciones enclavadas en una pelvis sorda al rumor de los crustáceos. Células y tejidos entrelazados como algas verdes que flotan en el agua. La red de arterias y venas estremecidas en ondas ascendentes y descendentes en este mar de líquido amniótico. Escribe la frase, sólo eso te pido. Y él se anima a vaciar su pena en un archipiélago atiborrado de cristales de sal. Por un instante pienso que te amo, pero es una sensación efímera como una ola. Una masa de agua que crece con fuerza pero luego se recoge, estalla y ya no existe. Una barca expulsada a los orígenes. Una capa de placenta latiendo desde su primera superficie. Javier gemía sin lágrimas. La muda miseria existente bajo el sol. Tienes el pelo empapado, los dedos mojados, las mejillas húmedas, los labios inflamados, ojos de tormenta. Y me das de mamar desde tus pequeños pezones de hombre. Botones mínimos, endurecidos; pobre cachorra de mí, caracol encerrado en su concha para no oír el rugido del mar.

Desde la ventana veía los fuegos fatuos del alumbrado público. De izquierda a derecha fluían cornisa y fachada. Atrás quedaba el edificio de ladrillos. Asomaba la tiranía de la línea recta de los urbanistas. Las máquinas bulldozers de las construcciones despertando en monótonas vibraciones. La ciudad nos devolvía a la realidad: un hijo de dieciocho años en peligro de muerte. Dos padres entrando a un hospital a primera hora de la mañana como si fuéramos a abordar una embarcación. El edificio blanco como un puerto de mármol. Pero no hay capitán sino un doctor con delantal verde caminando hacia nosotros. Un pulmón despertando, un débil aliento y ningún nombre. ¿Trae a nuestro hijo recién nacido en brazos? ¿A ese travieso pececito que flotaba en mi vientre? ¿Doctor, fue parto normal o cesárea? ¿Venía de cabeza o de nalgas? ¿Quién cortó el hilo umbilical?, ¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? ¿Qué nota obtuvo en la escala Apgar? Un varoncito de piernas rollizas y lágrimas secas. Pero no. Un médico con las manos vacías. Un médico que se desanuda la gorra quirúrgica. Un médico que se pasa la mano por la frente sudada. Un médico con la cabeza gacha y el pelo desordenado. Un largo pasillo que se estrecha como una arteria del cerebro. Y la mujer del chaleco rosado está despierta y vigilante como un coágulo que se lanza a obstruir el torrente sanguíneo. Un coágulo que colgaba del útero y ahora se desliza y rueda por las baldosas. Una mujer de chaleco rosado se levanta brusco del asiento y nos intercepta. Nos habla desde el encéfalo, oxigenando su petición desde la nuca. La burbuja que estalla y deja el cerebro en una oscuridad triple. Una mujer que nos intercepta para preguntarnos desesperada si Cristóbal es donante. Y una ola gigante, onda rompiente, embate y resaca nos cubre con espuma la punta de los zapatos.

Árbol genealógico

¿Qué es lo prohibido?:
“La sociedad no prohíbe más que lo que ella misma suscita.”
Levi-Strauss

No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños. Desde que los curas, lo senadores, los políticos exhibían sus miradas huidizas en la pantalla de televisión. Pensaba en la curvatura de sus traseros desde que los diarios de vida infantiles eran pruebas fidedignas en los tribunales. Nunca antes había sentido una palpitación por esos cuerpos incompletos. Pero todo el tiempo bombardeado con “las erosiones de 0.7 centímetros en la zona bajo del ano”. O, con la frase en el periódico “a los chicos reiteradamente violados se les borran los pliegues del recto”. Y en la radio, la brigada de delitos sexuales alertando a la población sobre las conductas cambiantes en los niños y el examen periódico de sus genitales. Los niños del país con los pantalones y las faldas abajo. Y el servicio médico legal ratificando las denuncias después de los peritajes físicos. Mi hija Teresa miraba de reojo esas noticias y se paraba incómoda. Llevábamos cinco años viviendo solos desde que su madre se había ido. Mi hija no dijo ni preguntó nada. Nunca supe si ambas habían hablado la noche anterior. Nadie que hace su maleta y cierra la puerta de esa determinada manera, regresa. Apenas se insertó la lengüeta en el picaporte y sus pies sigilosos rozaron el piso de baldosas. No quise mirar por la ventana, saber si la esperaba un auto, o un taxi o si caminaba sola por la vereda. Teresa tenía nueve años. Quitó todas las fotos de ella y sin que yo le pidiera asumió el rol de dueña de casa. “Que falta esto, lo otro, hemos comido demasiada carne”. Lo demás siguió igual: sus amigos, la escuela, sus gustos. Una chica estudiosa, tímida, que dibujaba mirando las montañas y el papel.

Desde hace un tiempo Teresa espía mi mirada cansada con un brillo especial. Se esmera más en la comida y decidió que la persona que la cuidaba no se quedara más a dormir.

― ¿Por qué diste esa orden? – inquirí molesto.

― Ya estoy grande, no necesito que nadie me vigile de noche.

― No estoy de acuerdo, a veces llego tarde…

― Me gusta estar sola.

― Es peligroso.

― Hay un guardia en el pasaje y tenemos un perro.

Las cosas continuaron extrañas. Ahora cuando invitaba a alguna amiga a tomar un café, se encargaba de merodear y hacer ruidos extraños a través de los tabiques. Justo cuando comenzaba a tener deseos de conocer a otras mujeres. Una vez le di un timorato beso a una compañera de trabajo en el sofá. Era una mujer fresca, madura y dulce. Cuando estaba despegando mis labios de los de ella vi el ojo de mi hija en medio de una ranura de la pared. Era un ojo cíclope. Contuve el grito de espanto e inventé una excusa para llevar de vuelta a mi invitada a su casa.

Teresa se vestía distinto, se maquillaba de modo exagerado. Si llegaba a casa vestida de escolar cuando yo estaba ahí, corría por lo pasillos a cambiarse de ropa. Aparecía arreglada en la sala de estar. No sé cuándo ni con quién aprendió a delinearse los ojos, a rellenar sus labios con capas de colores hasta dejarlos entre abiertos. De todos modos su ropa infantil, su cuerpo de niña se veían algo grotescos en esa máscara de adulta. Pasaba por mi lado rozándome, se sentaba en mis rodillas cuando leía el diario y acomodaba sus caderas entre las mías. No sabía cómo manejar la situación, era una niña, era mi hija.

― ¿Qué quieres?- le dije un día molesto.

― Nada, verme bonita, bonita para ti.

― No me gusta que te pintes tanto.

― Como tú quieras. – Caminó indiferente a su pieza.

Esa noche regresé tarde, intentaba retomar el romance con mi compañera de trabajo y salimos a tomar algo. Había sido una linda noche. Algo mareado me senté en la cama y ahí esta Teresa, con una camisa ligera, el pelo escarmenado, la cara limpia y perfumada.

― Te extrañaba.

― Sí, yo también, pero es tarde. Anda a tu pieza. – dije con la cabeza entre las manos.

― No puedo dormir.

― Sí puedes, sino lee un libro.

― No puedo.

― ¿Qué es lo que quieres?

― Dormir contigo.

― Las hijas no duerme con sus padres. Tienes tu pieza, tu cama.

― No quiero dormir sola.

― Está bien. Quédate por esta vez.

Me acosté en un borde de la cama, cuidando no tocarla. Le di la espalda. Me dio la impresión que no cerró los ojos en toda la noche. Al despertar giré y ahí estaban sus pupilas abiertas, fatigadas, fijas en mí. Me afeité pensando una serie de cosas. Y ella seguía observándome desde el canto de la puerta, todavía en su camisa de dormir, acariciándose un mechón de pelo.

― ¿Qué pasa?

― Nada, me gusta ver cómo te afeitas.

― Es muy aburrido.

― No, me gusta mirar cómo estiras el cuello, cómo arqueas las cejas; ladeas la cara y pasas la navaja.

― ¿Vas hoy a clases, verdad?- pregunté inquisitivo.

― No, comenzaron las vacaciones. No tengo clases hasta marzo.

― ¿Y qué piensas hacer todo ese tiempo? ¿Quieres tomar alguna clase? Dime y te acompaño. Saldremos de vacaciones unas semanas a fines de febrero.

Era absurdo pero me sentía acosado por mi propia hija. Me la imaginaba como un animal en celo que no distinguía a su presa. Se arrastraba por las paredes con el pelaje erizado, el hocico húmedo, las orejas caídas. Como decirle sin ofenderla que se buscara un muchacho, un novio. Sus signos corporales de lascivia me angustiaban. Se subía la falda, se agachaba a tirar la basura dejando a la vista sus pequeños calzones. Ahora usaba sostenes y se los acomodaba frente a mí. Era una hembra, desperdigando hormonas por la casa. Marcando su territorio y cercándome a mí dentro de él. No sé si era bueno o malo, pero Teresa no se parecía en nada a mi ex mujer. Es más, era una versión femenina de mi rostro anguloso. Una vez escuché que estuvo horas revolviendo cosas en el entretecho. Al día siguiente me esperaba vestida con ropa de su madre. Reconozco con pudor que la imagen me perturbó tanto que la abofeteé. Quedó estupefacta con su mejilla magullada y sus ojos muy abiertos. Salí a tomar aire y regresé cuando estaba dormida sobre la cama tras un evidente ataque de llanto.

El verano transcurrió pesado, mientras ella se abocaba a una misteriosa investigación. Navegaba horas y horas en la red imprimiendo documentos, saltando de un sitio a otro. Los noticieros mostraban cómo el poder judicial anunciaba sobreseídos al senador, al empresario, al cura. Todos pidiendo libertad provisional, dejando sus causas amparadas bajo la inercia estival. Todos apelando a su inocencia, a la confusión de sus gestos cariñosos. Porque el político defensor de los menores, el cura consagrado al cuidado de los niños y el empresario caritativo habían hecho tanto por los niños en riesgo social. Entonces cómo explicarse lo de los niños con los genitales desfigurados. Cierta noche mirábamos la entrevista realizada a uno de los supuestos pederastas. Al ser consultado si tuvo sexo con una lista de menores en la que se detallaban iniciales y edades, el inculpado respondió con displicencia: “Sí, con todos los que se ha mencionado”. Y agregó: “Yo era una persona tremendamente sola en esa época, y de alguna manera pagaba servicios para estar acompañado”. Teresa musitó entre dientes con terror una frase que nunca olvidaré:

– Vámonos, antes que lleguen aquí.

No era fácil escapar. Yo seguía trabajando en reemplazo de que quienes iban saliendo de vacaciones en una oficina de propiedades y no lograba hacer dinero extra. Para mi turno un compañero solidarizó prestándome una cabaña en una playa no muy frecuentada. No logré que Teresa invitara a alguna amiga pese a mi insistencia. Llegamos a una modesta casita en medio de un bosque de pinos. En su interior había una silla en la esquina, una cama dividiendo la pieza en dos, un armario de madera con las puertas medio abiertas y un gran espejo colgando de la pared. Ya en la tarde Teresa había ordenado todo a su manera, saturando los cajones con poleras mal dobladas y ropa de invierno. Había venido para quedarse. En ese momento recorrí la habitación buscando una salida pero ya era tarde.

Esa noche no fui capaz de esquivar su seducción. Nos hundimos en el colchón. Yo sobre ella mirando esos ojos grises, que eran mis ojos grises. Mientras la besaba sentía que me estaba besando a mi mismo. Me estaba acariciando en los huesos marcados, estaba chocando contra mi propia nariz aguileña, calcando mi frente estrecha. Envidiaba en ella su juventud y su feminidad. Las palmas más suaves que las mías, tenía miedo y no tenía; tenía más miedo del que creía tener. Una pierna dormida se escapó en medio de un crujido de huesos, y ella me decía “ven, más, más cerca”. De pronto miré la masa amorfa de nuestros cuerpos en el espejo de la pared. Me vi con las cuencas de los ojos vacías. Lancé un zapato para destruir la imagen pero no nuestro abrazo. Trozos de cristal quebrado en mil partes. Pedazos irregulares, vidrio molido esparcido entre las caricias. No más testigos, ni el azogue ciego. Ahora el secreto estaba por escribirse dentro del espejo.

Cuando tenía sexo con Teresa ella no era mi hija, era otra persona. Yo no era su padre, era un hombre que deseaba esa piel joven y dócil. Un hombre abocado a la tarea de hacer madurar este cuerpo ambiguo, entre infantil y adulto. Un escultor dedicado a cincelar su imperfecta figura, sus parciales miembros, sus extremidades toscas. Me esmeraba en hacer adelgazar su cintura, oscurecer su pubis, estilizar la curva del cuello, contornear sus pantorillas. Quería sacar toda la mujer que había en esta púber en ciernes. No, no era mi hija, era la misión plástica de amoldar sus seños puntiagudos, de dotar de sensualidad sus estrechas caderas, sus movimientos torpes. Dejar atrás todo el espanto de la infancia e inaugurar pensamientos y gestos sofisticados. Ignoro qué pensaba ella, tal vez en acentuar los pliegues de mis ojos, revitalizar mi piel fatigada, reducir mi abdomen abultado.

Un día Teresa me entregó un dibujo: un árbol verde con un ancho tronco de gruesa corteza. Pensé que se trataba de los últimos resabios de su niñez. Pero cuando me puse los lentes y observé los detalles entendí lo que estaba tramando. Era un árbol frondoso, de un solo tronco desde el cual se desprendían muchas ramas de las que, a su vez, salían más ramas. En cada rama aparecía un cuadrado, con un nombre masculino en su interior, y un círculo con un nombre femenino. Las figuras geométricas se iban multiplicando en forma exponencial en las cuatro generaciones esbozadas.

― ¿Qué significa esto?

― Nuestro clan. Nosotros estamos en la base.

Miré su nombre y el mío en la figura correspondiente. Después la escuché. Teresa me sermoneaba citando la Biblia, afirmando que en un principio de todo fue el incesto. La sociedad comienza en una pareja fundante que procrea y que para dar paso a la sociedad debe transgredirse. El padre o la madre, según sea hijo o hija, deberán dormir con su procreado y engendrar un nuevo hijo o hija. Es un gesto necesario para que nazca una nueva sociedad.

― Una nueva sociedad… -musité

― Sí. Una nueva especie a partir de nosotros. Serás el padre y el abuelo de nuestra criatura. Es la maldición del origen pero es para un futuro mejor.

― ¿Y después?- pregunté entre confundido y absorto.

― Otro hijo, hasta dar con la niña o el niño que necesitemos para multiplicar esta nueva red de personas. Es un requisito de sobrevivencia. Hay que romper el triángulo y formar el cuarteto que seguirá fracturándose en nuevas formas geométricas. Dos hermanos originales copularán para dar paso a nuevos hijos que se multiplicarán sin distinguir tíos, primos, hermanos y sobrinos.

― Cállate, sólo tienes quince años.

― Pero he leído demasiado.

La secuencia argumental que encadenaba sus ideas me puso la piel de gallina. Había estudiado todos los factores. La consistencia de su plan me dejaba mudo.

― Nacerán todos enfermos, deformes, retrasados. ¿Esa es la nueva sociedad que quieres formar?- Atiné a decir.

Me miró furiosa a los ojos y aseveró.

― Son mitos, la endogamia no es necesariamente perjudicial para la herencia genética: aunque reduce la variabilidad, potencia características positivas. – Tomó el dibujo y habló más, no prestando atención a mi indocto juicio.

― Cada vez que tengamos un hijo, se ramificará el árbol y se hará más y más grande.

Mi hija encerrada en esa cabaña, vestida de paredes. Intento descifrar el mensaje de sus labios. No es una chica para esperar príncipes azules. Acerca su frente cubierta de sudor a la mía, las aletas de su nariz tiemblan. Se monta sobre mí, me fuerza las piernas. Con la boca casi pegada a la oreja encaja palabras febriles acerca de su plan: “más savia para los nuevos brotes”. Su lengua sedienta por convocar nombres propios: Sebastianes, Carolinas, Ximenas, Claudios; un árbol genealógico con apellidos que se anulan unos a otros porque todos son Espinoza Espinoza. Yo, mil veces nacido en mis hijos, en mis nietos, sobrinos, primos. Su útero joven desinvernaría un feto cada nueve meses. Días cocidos a la espera de más niños. Y para ese entonces al hombre, tres veces tu edad, dos veces tu cuerpo, sangre de tu sangre; ya no le importaba mirarte largo a los ojos y detenerse en tu boca.

No regresamos a Santiago, armamos nuestro mundo ahí, un día miré a Teresa y era lógica la causa de su aumento de peso, de la curvatura de su pelvis. Esperamos a la criatura en paz, caminando entre cipreses y pinos alzando la vista hasta sus copas. Ella tomaba sol en una improvisada terraza mientras aumentaba el diámetro de su figura. Yo bajaba una vez a la semana al pueblo en busca de víveres. A veces compraba el diario y seguía el caso de los políticos, de los senadores, de los curas. Respiraba aliviado al estar lejos de todo eso. Pero no lo niego, “¿dónde queda la ciudad?”, es la pregunta que temo mi hija pronunciará alguna vez en forma de soplido. Por ahora, pienso en el follaje, en esta vida bajo los árboles, contando las hojas perennes, acariciando las raíces añosas, cortando madera para el invierno. Presagiando cuándo las ramas que afirman este tronco dejarán que se quiebre en dos.

Edmundo Paz Soldán (1967).”El dolor de tu ausencia”(2002), “Dochera”(1996)

Etiquetas

, , , ,

Edmundo Paz Soldán (1967) escritor boliviano con gran reputación dentro de la generación latinoamercana de los 90 conocida como McOndo que propone un nuevo tipo de narrativa alejada del canon pero de igual calidad.

El dolor de tu asusencia (2002) y Dochera (1996) reflejan muy bien su literatura. El tema del amor es constante desde lo ideal y posesivo que se resquebraja por las traiciones y el olvido.

El cuento no es un género preparado para perfilar y retratar la psicología de los personajes, sinembargo, Edmundo lo consigue desde la simbología que representará el texto al completo.

El dolor de tu ausencia

Una vez más aquí, pensó Ramiro mientras la puerta de hierro oxidado del Paraíso se abría lentamente para dejarlo ingresar en su Honda Accord blanco y salpicado de barro: extraña pero inevitable manera de marcar el paso de las semanas. El chiquillo que le abrió la puerta, con una gorra militar muy grande en la que se perdía su cabeza, lo reconoció y le mostró los dientes en una sonrisa cómplice. Ramiro estacionó su auto en el garaje que correspondía a la habitación nueve, reservada para él como todos los viernes a las seis en punto de la tarde. En el horizonte el crepúsculo exploraba los inagotables matices del anaranjado. A lo lejos se oía el ruido continuo de los autos en la carretera, atravesando el puente de concreto reforzado sobre el seco riachuelo.

Apenas abrió la sólida puerta de caoba y entró a la habitación, Ramiro se dijo que el olor de los moteles le recordaba inevitablemente el destino de los amores contrariados.

Un olor artificial, generalmente frutilla pero esa primera vez vainilla y desde entonces vainilla, que producía su efecto al impregnarse en la piel y no a través del sentido del olfato. Me siento en un laboratorio químico, había dicho Andrea tirada en diagonal en la cama de cobertor rojo y almohadones en forma de corazón, con la ropa todavía puesta, la chamarra azul, los botines negros y el cinturón de cuero con una inmensa hebilla, aspirando teatralmente el aire de la habitación ese atardecer en que según ella era la primera vez que pisaba un motel. Ramiro se sentó a un lado de la cama, procurando evitar la diagonal en la que había reposado el cuerpo de Andrea, se sacó la chamarra y los lentes oscuros, y se aflojó el cuello de la camisa. La primera vez, pensó. Cuántas veces la primera vez.

Pidió una botella de vino tinto y dos vasos. Se dio una vuelta por el baño, se lavó las manos, comprobó que todo estuviera en su lugar. Las gorras de baño, las toallas, las macetas de helechos gigantes que acababan de ser regados. Las estatuas de yeso de un hombre y una mujer desnudos: ideales de la antigüedad griega que se las ingeniaban para persistir a través de los siglos. Jugó un rato con las luces, se decidió por una penumbra rojiza para hacer juego con el cobertor, muy de cabaret de tercera. Escuchó una canción de Manolo Otero y otra del Puma Rodríguez, que salían de un par de altoparlantes a ambos costados de la cama y parecían pertenecer a un casette grabado en una radio mal sintonizada. La música romántica en español que ella escuchaba en taxis y a veces en discotecas, pero sobre todo en moteles. Podía clasificar a los cantantes de acuerdo a los lugares donde los escuchaba. Django era, definitivamente, el cantante de motel por excelencia. Le extrañaría si esa noche no escuchaba al menos una canción suya.

Cuando llegó el vino, Undurraga como de costumbre, lo sirvió en los dos vasos e hizo un brindis en honor de aquellos momentos en que la realidad se superaba a sí misma. Como cuando te conocí, Andrea. No lo podía creer, pensar que por dos horas estuve sentado al lado tuyo en ese matrimonio antes de animarme a hablarte, se te veía tan seria y formal al lado de tu esposo. Y no te habría pedido el teléfono, no, si no hubieras puesto esa cara tan triste y desesperada al despedirte de mí, como diciéndome que te salvara, o al menos eso era lo que entendí, eso era lo que quise entender, sálvame quienquiera que seas, sálvame por favor. Dejó un vaso en el velador, bebió del otro hasta la mitad.

—Y esa televisión… —dijo ella con su voz dulce y cantarina, pasándose la lengua por los labios. Tenía una linda piel, color leche chocolatada. Era robusta, de piernas macizas y de cintura recta. Un ropero, le dijo su hermano cuando le mostró la foto. ¿Qué veía él en ella que otros, incluido su marido, eran incapaces de ver?

—Para videos.

—¿Qué clase?

—¿Cómo que qué clase? Pornos, obviamente.

Ella se había reído con genuino candor, era verdad que a pesar de estar casada durante siete años era muy inocente, o al menos tenía un gran talento para hacerse la ingenua.

Había insistido con ver una película pornográfica, nunca había visto una y ésa era su oportunidad, su esposo era tan cerrado en esas cosas. Él, ruborizado, encendió la televisión.

Vieron, agarrados de la mano, diez minutos de sexo entre dos parejas en el consultorio de un dentista. Ella estaba sorprendida con el miembro de uno de los hombres; no podía creer que pudiera existir uno tan grande. No existe, dijo él; es pura fantasía. Pues eso a mí me parece muy real, dijo ella y le vino un ataque incontrolable de risa. Ramiro dedujo que ella estaba más nerviosa que él y se tranquilizó. Después, comenzó a desnudarla.

En la televisión, El cartero llama una vez. Ramiro bajó el volumen de la música —José Luis Perales—, terminó el vaso de vino y recordó esa vez en que habían visto un partido de fútbol en el motel, abrazados bajo las sábanas y sin necesidad de más para lograr la felicidad. Tú me tienes, había dicho ella en un susurro y era verdad, él sabía que era verdad. Esa había sido la misma noche en que ella, una mejilla apoyada en su pecho, le había dicho que estaba dispuesta a dejar a su marido por él, estaba dispuesta a todo por él. Ya eran seis meses que se veían siguiendo un ritual muy establecido: los viernes de seis a nueve en el Paraíso, mientras el marido de Andrea jugaba cacho con sus amigos en la Casa de Campo, había que agradecer al que inventó la tradición de los viernes de soltero. Él la recogía de la plazuela San Pedro, vacía a esa hora, ella con el rostro escondido detrás de una larga pañoleta y unos lentes grandes, ambos nerviosos y también embriagados por el placer de lo prohibido: eran los escogidos, los que podían llevar a cabo los sueños de pasión y aventura de tantos morrales.

Estoy dispuesta a todo por ti. Seis meses y ya tanto amor, pero a la vez tanto miedo por parte de él: no era fácil renunciar a la independencia, a las malas costumbres de lobo solitario, de tiburón al acecho en discotecas y bares. Tú me tienes, Ramiro, una palabra tuya será suficiente. Y él, él se había atorado, había alzado la vista hacia las imágenes del partido en la televisión —un jugador brasileño tirado en la cancha, una mueca de intenso dolor en el rostro—, y había dicho hay que tomar las cosas con calma, Andrea, con una decisión de ese tipo no se juega. Sabía que tampoco se jugaba con la oportunidad que Andrea le acababa de dar. Debía apurarse. La entrega de hoy quizás no estaría más a la mañana siguiente, el cálido abrazo quizás se tornaría en frío y formal apretón de manos o acaso indiferencia total, las puertas abiertas quizá se cerrarían ante tanta vacilación.

Ramiro se desnudó y se metió entre las sábanas. Hacía frío en la habitación. Apretó las sábanas contra su cuerpo, como esperando calor y protección instantáneos. Se miró a sí mismo reflejado, a través de la rojiza penumbra del recinto, en los espejos del techo y de las paredes. Recordó que una vez, Andrea, su espalda arqueada contra la cama, le había dicho que podía ver a siete parejas haciendo el amor en el techo. Estamos haciéndolo ocho veces al mismo tiempo, ¿no te parece increíble? Ella tenía una especial predilección por las frases originales e inolvidables. O acaso no lo eran más que para él, y otras personas encontrarían en ellas sólo lugares comunes, envueltos en resplandeciente papel de regalo pero lugares comunes al fin. No importaba. Lo cierto era que cada movimiento —la espalda arqueada antes de venirse, el cerrar los párpados a medias antes de decirle que lo amaba y cada frase se habían convertido en rastros ominosos de una vida alucinada y fantasmagórica que lo perseguía implacable, incesantemente, hasta sitiarlo y terminar por convencerlo de que ella, sólo ella y no otra —el trabajo en el banco, las posibilidades de ascenso, la pareja nueva, la familia y los amigos— merecía ser tomada en cuenta. Los fantasmas tenían más materia que tanta realidad de sólidas puertas de caoba y puentes de concreto reforzado.

¿No te parece increíble? En los espejos se podía reconocer más fácilmente la ausencia. Me duele tu ausencia, Andrea. Era la misma frase con que ella concluía el e-mail que le mandaba todos los días, cuando no se podían ver y tampoco hablaban por teléfono por miedo a oídos indiscretos, el e-mail que era una ansiosa prenda de amor, carta que se animaba a persistir bajo otra forma más adecuada a los tiempos que corrían. Me duele tu ausencia, Ramiro, y sólo espero que este lunes se convierta pronto en viernes. ¿No te parece increíble? Cuántos meses había resistido la insistente entrega de ella. Me duele mucho tu ausencia. Cuántos meses hasta aquel viernes, los dos vistiéndose y de pronto ella, la larga cabellera negra cayéndole sobre los senos, los ojos grises con una conmovedora expresión de melancolía, diciéndole que ésa era la última vez que se verían, se había reconciliado con su esposo y no quería volver a engañarlo más, quería dejar atrás el cruel y turbio juego de la infidelidad.

Tu ausencia me duele. Acabó su vaso, se sirvió otro y dijo en voz baja, mirando a las estatuas de yeso: a tu salud, Andrea. ¿Me acompañas? Nadie le contestó. Oyó, a través de las paredes, los frenéticos gemidos de una pareja en la habitación contigua. Oyó a Django. Oyó a Andrea tararear la canción de Django, de espaldas a él y frente al espejo, arreglándose la cabellera y dando color a las carnosas mejillas. Era una voz dulce y arrulladora, una voz que le recorría la piel que hace poco rato había gozado pero ahora se encontraba tensa. Duele tu ausencia. ¿Era una prueba? No, no lo era. Dijera lo que dijera, era tarde. Andrea no hablaba por hablar, era frontal y sus palabras no se prestaban a lecturas entre líneas, a mensajes susceptibles de ser interpretados de múltiples maneras. Se puso su reloj. Quiso llorar, pero eso sí haría las cosas melodramáticas, ya había tenido suficiente melodrama ese año. Ausencia tu duele me.

Tenía los ojos húmedos, más húmedos aún al ver en los espejos que las ocho parejas se habían convertido en un hombre desnudo bebiendo vino de la botella, en un lobo solitario hablando incoherencias, en un acechado tiburón al acecho.

—Andrea, no te apresures. Sólo necesito un poco de tiempo. Dos, tres semanas.

—Ahora tienes todo el tiempo del mundo.

Era verdad. Ahora tenía todo el tiempo del mundo. Había tratado de comunicarse con ella, pero había sido en vano. En los primeros días había dejado mensajes angustiosos en el contestador (¿qué habrá dicho su esposo? Conociéndola, seguro ella le había contado todos los detalles), hasta que ella cambió su teléfono. Como en los buenos tiempos, le había escrito un e-mail antes de acostarse, pero ella no había respondido y al final terminó cambiando su dirección electrónica. Apoyó su espalda contra el respaldar de la cama, eructó. Apagó la televisión y la radio. La pareja de al lado parecía haber concluido su frenético encuentro.

Cerró los ojos, quiso dejarse llevar por el silencio y la oscuridad de la noche y dormir, perderse en un lugar que no era el del edificio de paredes de ladrillo visto en el que se hallaba, ni el de la perversa memoria que lo acosaba sin descanso. No pudo. Ahí estaba ella, la única vez que la había visto después de la ruptura, dos semanas atrás, con un largo vestido azul y del brazo de su esposo, la figura robusta, el seductor aire ingenuo, la cara que siempre lo sorprendía pese a la ausencia de sorpresas. Parecía feliz, muy feliz.

Él había intentado acercarse, pero, a último momento, había tenido miedo. ¿Y si ella no lo reconocía, o se hacía la que no lo conocía? Ya habían pasado meses de los impulsivos e-mails y llamadas telefónicas, ahora ya no se animaba tan fácilmente al rechazo. Era mejor vivir con el conocimiento de la pérdida, con el dolor de la ausencia que lo envolvía como el polvo a una casa abandonada, que con la experiencia de ver que esos expresivos ojos grises ya no expresaban nada al vedo, que esa piel que mezclaba la leche con el chocolate ya no se crispaba en su presencia.

Entonces, en la rojiza oscuridad, volvió a hablarle. Le dijo, con la voz entrecortada, que la amaba mucho y que siempre la amaría. Le dijo una y mil veces que le dolía su ausencia, a pesar de que sabía que ella estaba con él todo el tiempo. Le dijo que los lobos solitarios sólo sabían hacer lo que él había hecho, perder oportunidades hasta terminar dándose de bruces en un callejón sin salida. Le dijo que el olor a vainilla todavía estaba ahí, esperándola, al igual que el cobertor rojo y Django y los espejos que sabían multiplicarlos. Le dijo que, aunque seguramente la vería en cada instante de su vida durante la próxima semana, en las oficinas en el banco y en la cara de su nueva pareja y al pasar por los puentes de concreto reforzado, por favor no se olvidara de la cita el próximo viernes. Pasaría por la plazuela San Pedro a recogerla, diez minutos antes de las seis. Le pidió que no se olvidara de llevar puestos los botines negros, la chamarra azul y el cinturón de inmensa hebilla.

Después de pagar la cuenta, Ramiro comenzó a contar los minutos que faltaban para el próximo viernes.

DOCHERA

a Piero Ghezzi

Todas las tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de Suiza, Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques y Philip Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El símbolo químico del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay puntos y rayas que indican letras. Insípido es soso, las iniciales del asesino de Lincoln son JWB, las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme fatale , héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano Kane es Rosebud. Todas las tardes Benjamín Laredo revisa diccionarios, enciclopedias y trabajos pasados para crear el crucigrama que saldrá al día siguiente en El Heraldo de Piedras Blancas. Es una rutina que ya dura veinticuatro años: después del almuerzo, Laredo se pone un apretado terno negro, camisa de seda blanca, corbata de moño rojo y zapatos de charol que brillan como los charcos en las calles después de una noche de lluvia. Se perfuma, afeita y peina con gomina, y luego se encierra en su escritorio con una botella de vino tinto y el concierto de violín de Mendelssohn en el estéreo para, con una caja de lápices Staedtler de punta fina, cruzar palabras en líneas horizontales y verticales, junto a fotos en blanco y negro de políticos, artistas y edificios célebres. Una frase serpentea a lo largo y ancho del cuadrado, la de Oscar Wilde la más usada, Puedo resistir a todo menos a las tentaciones. Una de Borges es la favorita del momento: He cometido el peor de los pecados: no fui feliz. ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la repetición! ¡Pasmo ante el acto siempre igual y siempre nuevo!
Sentado en la silla de nogal que le ha causado un dolor crónico en la espalda, royendo la madera astillada del lápiz, Laredo se enfrenta al rectángulo de papel bond con urgencia, como si en éste se encontrara oculto en su basta claridad, el mensaje cifrado de su destino. Hay momentos en que las palabras se resisten a entrelazarse, en que un dato orográfico no quiere combinar con el sinónimo de impertérrito. Laredo apura su vino y mira hacia las paredes. Quienes pueden ayudarlo están ahí, en fotos de papel sepia que parecen gastarse de tanto ser observadas, un marco de plata bruñida al lado de otro atiborrando los cuatro costados y dejando apenas un espacio para un marco más: Wilhelm Kundt, el alemán de la nariz quebrada (la gente que hace crucigramas es muy apasionada), el fugitivo nazi que en menos de dos años en Piedras Blancas se inventó un pasado de célebre crucigramista gracias a su exuberante dominio del castellano —decían que era tan esquelético porque sólo devoraba páginas de diccionarios de etimologías en el desayuno, almorzaba sinónimos y antónimos, cenaba galicismos y neologismos—; Federico Carrasco, de asombroso parecido con Fred Astaire, que descendió en la locura al creerse Joyce e intentara hacer de sus crucigramas reducidas versiones de Finnegans Wake; Luisa Laredo, su madre alcohólica, que debió usar el seudónimo de Benjamín Laredo para que sus crucigramas abundantes en despreciada flora y fauna y olvidadas artistas pudieran ganar aceptación y prestigio en Tierras Blancas; su madre, que lo había criado sola (al enterarse del embarazo, el padre de dieciséis años huyó en tren y no se supo más de él), y que, al descubrir que a los cinco años él ya sabía que agarradera era asa y tasca bar, le había prohibido que hiciera sus crucigramas por miedo a que siguiera su camino. Cansa ser pobre. Tú serás ingeniero. Pero ella lo había dejado cuando tenía diez, al no poder resistir un feroz delirium tremens en el que las palabras cobraban vida y la perseguían como mastines tras la presa.

Todos los días Laredo mira al crucigrama en estado de crisálida, y luego a las fotos en las paredes. ¿A quién invocaría hoy? ¿Necesitaba la precisión de Kundt? Piedra labrada con que se forman los arcos o bóvedas, seis letras. ¿El dato entre arcano y esotérico de Carrasco? Cinematográfico de John Ford en El Fugitivo, ocho letras. ¿La diligencia de su madre para dar un lugar a aquello que se dejaba de lado? Preceptora de Isabel la Católica, autora de unos comentarios a la obra de Aristóteles, siete letras. Alguien siempre dirige su mano tiznada de carbón al diccionario y enciclopedia correctos (sus preferidos, el de María Moliner, con sus bordes garabateados, y la Enciclopedia Británica desactualizada pero capaz de informarlo de árboles caducifolios y juegos de cartas en la alta edad media), y luego ocurre la alquimia verbal y esas palabras yaciendo incongruentes una al lado de otra -dictador cubano de los 50, planta dicotiledónea de Centro América, deidad de los indios Mohauks-, de pronto cobran sentido y parecen nacidas para estar una al lado de la otra.
Después, Laredo camina las siete cuadras que separan su casa del rústico edificio de El Heraldo, y entrega el crucigrama a la secretaria de redacción, en un sobre lacrado que no puede ser abierto hasta minutos antes de ser colocado en la página A14. La secretaria, una cuarentona de camisas floreadas y lentes de cristales negros e inmensos como tarántulas dormidas, le dice cada vez que puede que sus obras son joyas para guardar en el alhajero de los recuerdos, y que ella hace unos tallarines con pollo para chuparse los dedos, y a él no le vendría mal un paréntesis en su admirable labor. Laredo murmura unas disculpas, y mira al suelo. Desde que su primera y única novia lo dejó a los dieciocho años por un muy premiado poeta maldito -o, como él prefería llamarlo, un maldito poeta-, Laredo se había pasado la vida mirando al suelo cuando tenía alguna mujer cerca suyo. Su natural timidez se hizo más pronunciada, y se recluyó en una vida solitaria, dedicada a sus estudios de arqueología (abandonados al tercer año) y al laberinto intelectual de los crucigramas. La última década pudo haberse aprovechado de su fama en algunas ocasiones, pero no lo hizo porque él, ante todo, era un hombre muy ético.

Antes de abandonar el periódico, Laredo pasa por la oficina del editor, que le entrega su cheque entre calurosas palmadas en la espalda. Es su única exigencia: cada crucigrama debe pagarse el día de su entrega, excepto los del sábado y el domingo, que se pagan el lunes. Laredo inspecciona el cheque a contraluz, se sorprende con la suma a pesar de conocerla de memoria. Su madre estaría muy orgullosa de él si supiera que podía vivir de su arte. Debiste haber confiado más en mí, mamá. Laredo vuelve al hogar con paso cansino, rumiando posible definiciones para el siguiente día. Pájaro extinguido, uno de los primeros reyes de Babilonia, país atacado por Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor, isótopo radiactivo de un elemento natural, civilización contemporánea de la nazca en la costa norte del Perú, aria de Verdi, noveno mes del año lunar musulmán, tumor producido por la inflamación de los vasos linfáticos, instrumento romo, rebelde sin causa.

Ese atardecer, Benjamín Laredo volvía a casa más alegre de lo habitual. Todo le parecía radiante, incluso el mendigo sentado en la acera con la descoyuntada cintura ósea que termina por la parte inferior el cuerpo humano (seis letras), y el adolescente que apareció de improviso en una esquina, lo golpeó al pasar y tenía una grotesca prominencia que forma el cartílago tiroides en la parte anterior del cuello (cuatro letras). Acaso era el vino italiano que había tomado ese día para celebrar el fin de una semana especial por la calidad de sus cuatro últimos crucigramas. El del miércoles, era el film noir, con la foto de Fritz Lang en la esquina superior izquierda y a su lado derecho la del autor de Double Indemnity, había motivado numerosas cartas de felicitación. Estimado señor Laredo: le escribo estas líneas para decirle que lo admiro mucho, y que estoy pensando en dejar mis estudios de ingeniería industrial para seguir sus pasos. Muy Apreciado: Ojalá que Sigas con los Crucigramas Temáticos. ¿Qué Tal Uno que Tenga como Tema las Diversas Formas de Tortura Inventadas por los Militares Sudamericanos el Siglo XX? Laredo palpaba las cartas en su bolsillo derecho y las citaba de corrido como si estuviera leyéndolas en Braille. ¿Estaría ya a la altura de Kuntz? ¿Había adquirido la inmortalidad de Carrasco? ¿Lograba superar a su madre para así recuperar su nombre? Casi. Faltaba poco. Muy poco. Debía haber un Premio Nobel para artistas como él: hacer crucigramas no era menos complejo y trascendental que escribir un poema. Con la delicadeza y la precisión de un soneto, las palabras se iban entrelazando de arriba abajo y de izquierda a derecha hasta formar un todo armonioso y elegante. No se podía quejar: su popularidad era tal en Piedras Blancas que el municipio pensaba bautizar una calle con su nombre. Nadie ya leía a los poetas malditos, y menos a los malditos poetas, pero prácticamente todos en la ciudad, desde ancianos beneméritos hasta gráciles Lolitas -obsesión de Humbert Humbert, personaje de Nabokov, Sue Lyon en la pantalla gigante-, dedicaban al menos una hora de sus días a intentar resolver sus crucigramas. Más valía el reconocimiento popular en un arte no valorado que una multitud de premios en un campo tomado en cuenta sólo por unos pretenciosos estetas, incapaces de reconocer el aire de los tiempos.

En la esquina a una cuadra de su casa una mujer con un abrigo negro esperaba un taxi (piel usada para la confección de abrigos, cinco letras). Las luces del alumbrado público se encendieron, su fulgor anaranjado reemplazando pálidamente la perdida luz del atardecer. Laredo pasó al lado de la mujer; ella volcó la cara y lo miró. Era joven, de edad indefinida: podía tener diecisiete o treinta y cinco años. Tenía un mechón de pelo blanco que le caía sobre la frente y le cubría el ojo derecho. Laredo continuó la marcha. Se detuvo. Ese rostro…

Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:

-Perdón. No es mi intención molestarla, pero…

-Pero me va a molestar.

-Sólo quería saber su nombre. Me recuerda a alguien.

-Dochera.

-¿Dochera?

-Disculpe. Buenas noches.

El taxi se había detenido. Ella subió y no le dio tiempo de continuar la charla. Laredo esperó que el destartalado Ford Falcon se perdiera antes de proseguir su camino. Ese rostro… ¿a quién le recordaba ese rostro?

Se quedó despierto hasta la madrugada, dando vueltas en la cama con la luz de su velador encendida, explorando en su prolija memoria en busca de una imagen que correspondiera de algún modo con la nariz aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre recelosa y asustada. ¿Un rostro entrevisto en la infancia, en una sala de espera en un hospital, mientras, de la mano de su abuelo, esperaba que le informaran que su madre había vuelto de la inconsciencia alcohólica? ¿En la puerta del cine de barrio, a la hora de la entrada triunfal de las chicas de minifalda rutilantes, de la mano de sus parejas? Aparecía la imagen de senos inverosímiles de Jayne Mansfield, que había recortado de un periódico y colado en una página de su cuaderno de matemáticas, la primera vez que había intentado hacer un crucigrama, un día después del entierro de su madre. Aparecían rubias y de pelo negro oloroso a manzana, morenas hermosas gracias al desparpajo de la naturaleza o a los malabares del maquillaje, secretarias de rostros vulgares y con el encanto o la insatisfacción de lo ordinario, mujeres de la realeza y desconocidas con las que se había cruzado por la calle, la piel no tocada varios días por el agua.
La luz se filtraba, tímida, entre las persianas de la habitación cuando apareció la mujer madura con un mechón blanco sobre la cabeza. La dueña de El Palacio de las princesas dormidas, la revistería del vecindario donde Laredo, en la adolescencia, compraba los Siete Días y Life de donde recortaba las fotos de celebridades para sus crucigramas. La mujer que se le acercó con una mano llena de anillos de plata al verlo ocultar con torpe disimulo, en una esquina del recinto oloroso a periódicos húmedos, una Life entre los pliegues de la chamarra de cuero marrón.

-¿Cómo te llamas?

Lo agarraría y lo denunciaría a la policía. Un escándalo. En su cama, Laredo revivía el vértigo de unos instantes olvidados durante tantos años. Debía huir.

-Te he visto muchas veces por aquí. ¿Te gusta leer?

-Me gusta hacer crucigramas.

Era la primera vez que lo decía con tanta convicción. No había que tenerle miedo a nada. La mujer abrió sus labios en una sonrisa cómplice, sus mejillas se estrujaron como papel.

-Ya sé quién eres. Benjamín. Como tu madre, Dios la tenga en su gloria. Espero que no te guste hacer otras cosas tontas como ella.

La mujer le dio un pellizco tierno en la mejilla derecha. Benjamín sintió que el sudor se escurría por sus sienes. Apretó la revista contra su pecho.

-Ahora lárgate, antes de que venga mi esposo.

Laredo se marchó corriendo, el corazón apresurado como ahora, repitiéndose que nada le gustaba más que hacer crucigramas. Nada. Desde entonces no había vuelto a El palacio de las princesas dormidas por una mezcla de vergüenza y orgullo. Había incluso dado rodeos para no cruzar por la esquina y toparse con la mujer. ¿Qué sería de ella? Sería una anciana detrás del mostrador de la revistería. O quizás estaría cortejando a los gusanos en el cementerio municipal. Laredo repitió, su cuerpo fragmentado en líneas paralelas por la luz del día: nada me más que. Nada. Debía pasar la página, devolver a la mujer al olvido en que la tenía prisionera. Ella no tenía nada que ver con su presente. El único parecido con Dochera era el mechón blanco. Dochera, susurró, los ojos revoloteando por las paredes desnudas de la habitación.

Do-che-ra.

Era un nombre extraño. ¿Dónde podría volver a encontrarla? Si había tomado el taxi tan cerca de su casa, acaso vivía a la vuelta de la esquina: se estremeció al pensar en esa hipotética cercanía, se mordió las uñas ya más que mordidas. Lo más probable, sin embargo, era que ella hubiera estado regresando a su casa después de visitar a alguna amiga. O a familiares. ¿A un amante? Dochera. Era un nombre muy extraño.
Al día siguiente, incluyó en el crucigrama la siguiente definición: Mujer que espera un taxi en la noche, y que vuelve locos a los hombres solitarios y sin consuelo. Siete letras, segunda columna vertical. Había transgredido sus principios de juego limpio y su responsabilidad para con sus seguidores. Si las mentiras que poblaban las páginas de los periódicos, en las declaraciones de los políticos y los funcionarios de gobierno, se extendían al reducto sagrado de las palabras cruzadas, estables en su ofrecimiento de verdades fáciles de comprobar con una buena enciclopedia, ¿qué posibilidades existían para que el ciudadano común se salvara de la generalizada corrupción? Laredo había dejado en suspensión esos dilemas morales. Lo único que le interesaba era enviar un mensaje a la mujer de la noche anterior, hacerle saber que estaba pensando en ella. La ciudad era muy chica, ella debía haberlo reconocido. Imaginó que ella, al día siguiente, haría el crucigrama en la oficina en la que trabajaba, y se encontraría con ese mensaje de amor que la haría sonreír. Dochera, escribiría con lentitud, paladeando el momento, y luego llamaría al periódico para avisar que había recibido el mensaje, podían tomar un café una de esas tardes.
Esa llamada no llegó. Sí, en cambio, las de muchas personas que habían intentado infructuosamente resolver el crucigrama y pedían ayuda o se quejaban de su dificultad. Cuando, un día después, fue publicada la solución, la gente se miró incrédula. ¿Dochera? ¿Quién había oído hablar de Dochera? Nadie se animó a preguntarle o discutirle a Laredo: si él lo decía, era por algo. No por nada se había ganado el apodo de El Hacedor. El Hacedor sabía cosas que la demás gente no conocía.

Laredo volvió a intentar con: Turbadora y epifánica aparición nocturna, que ha convertido un solitario corazón en una suma salvaje y contradictoria de esperanzas y desasosiegos. Y: De noche, todos los taxis son pardos, y se llevan a la mujer de mechón blanco, y con ella mi órgano principal de circulación de la sangre. Y: A una cuadra de la Soledad, al final de la tarde, hubo el despertar de un mundo. Los crucigramas mantenían la calidad habitual, pero todos, ahora, llevaban inserta, como una cicatriz que no acababa de cerrarse, una definición que remitiera al talismánico nombre de siete letras. Debía parar. No podía. Hubo algunas críticas; no le interesaba (autor de El criticón, siete letras). Sus seguidores se fueron acostumbrando, y comenzaron a ver el lado positivo: al menos podían comenzar a resolver el crucigrama con la seguridad de tener una respuesta correcta. Además, ¿no eran los genios extravagantes? Lo único diferente era que a Laredo le había tomado veinticinco años encontrar su lado excéntrico. Al Beethoven de Piedras Blancas bien podían permitírsele acciones que se salían de lo acostumbrado.

Hubo cincuenta y siete crucigramas que no encontraron respuesta. ¿Se había esfumado la mujer? ¿O es que Laredo se había equivocado en el método? ¿Debía rondar todos los días la esquina de su casa, hasta volverse a encontrar con ella? Lo había intentado tres noches, la gomina Lord Cheseline refulgiendo en su cabellera como si se tratara de un ángel en una fallida encarnación mortal. Se sintió ridículo y vulgar acosándola como un asaltante. También había visitado, sin suerte, las compañías de taxis en la ciudad, tratando de dar con los taxistas de turno aquella noche (las compañías no guardaban las listas, hablaría con el director del periódico, alguien debía escribir una editorial al respecto). ¿Poner un aviso de una página en El Heraldo, describiendo a Dochera y ofreciendo dinero al que pudiera darle información sobre su paradero? Pocas mujeres debían tener un mechón de pelo blanco, o un nombre tan singular. No lo haría. No había publicidad superior a la de sus crucigramas: ahora toda la ciudad, incluso quienes no hacían crucigramas, sabía que Laredo estaba enamorado de una mujer llamada Dochera. Para ser un tímido enfermizo, Laredo ya había hecho mucho (cuando la gente le preguntaba quién era ella, él bajaba la mirada y murmuraba que en una tienda de libros usados había encontrado una invaluable y ya agotada enciclopedia de los Hititas).
¿Y si la mujer le había dado un nombre falso? Esa era la posibilidad más cruel.
Una mañana, se le ocurrió visitar el vecindario de su adolescencia, en la zona noroeste de la ciudad, profusa en sauces llorones. El entrecruzamiento de estilos creaba una zona de abigarradas temporalidades. Las casonas de patios interiores coexistían con modernas residencias, el kiosko del Coronel, con su vitrina de anticuados frascos de farmacia para los dulces y las gomas de mascar perfumadas (siete letras), estaba al lado de una peluquería en la que se ofrecía manicura para ambos sexos. Laredo llegó a la esquina donde se encontraba la revistería. El letrero de elegantes letras góticas, colgado sobre una corrediza puerta de metal, había sido sustituido por un basto anuncio de cerveza, bajo el cual se leía, en letras pequeñas, Restaurante El palacio de las princesas. Laredo asomó la cabeza por la puerta. Un hombre descalzo y en pijamas azules trapeaba el piso de mosaicos de diseños árabes. El lugar olía a detergente de limón.

-Buenos días.

El hombre dejó de trapear.

-Perdone… Aquí antes había una revistería.

-No sé nada, sólo soy un empleado.

-La dueña tenía un mechón de pelo blanco.

El hombre se rascó la cabeza.

-Si es en la que estoy pensando, murió hace mucho. Era la dueña original del restaurante. Fue atropellada por un camión distribuidor de cervezas, el día de la inauguración.

-Lo siento.

-Yo no tengo nada que ver. Sólo soy un empleado.

-¿Alguien de la familia quedó a cargo?

-Su sobrino. Ella era viuda, y no tenía hijos. Pero el sobrino lo vendió al poco tiempo, a unos argentinos.

-Para no saber nada, usted sabe mucho.

-¿Perdón?

-Nada. Buenos días.

-Un momento… ¿No es usted…?

Laredo se marchó con paso apurado.

Esa tarde, escribía el crucigrama cincuenta y ocho de su nuevo período cuando se le ocurrió una idea. Estaba en su escritorio con un traje negro que parecía haber sido hecho por un sastre ciego (los lados desiguales, un corte diagonal en las mangas), la corbata de moño rojo y una camisa blanca manchada por gotas del vino tinto que tenía en la mano -Merlot, Les Jamelles-. Había treinta y siete libros de referencia apilados en el suelo y en la mesa de trabajo; los violines de Mendelssohn acariciaban sus lomos y sobrecubiertas ajadas. Hacía tanto frío que hasta Kundt, Carrasco y su madre parecían tiritar en las paredes. Con un Staedtler en la boca, Laredo pensó que la demostración de su amor había sido repetitiva e insuficiente. Acaso Dochera quería algo más. Cualquiera podía hacer lo que él había hecho; para distinguirse del resto, debía ir más allá de sí mismo. Utilizando como piedra angular la palabra Dochera, debía crear un mundo. Afluente del Ganges, cuatro letras: Mars. Autor de Todo verdor perecerá, ocho letras: Manterza. Capital de Estados Unidos, cinco letras: Deleu. Romeo y… seis letras: Senera. Dirigirse, tres letras: lei. Colocó las cinco definiciones en el crucigrama que estaba haciendo. Había que hacerlo poco a poco, con tiento.
Adolescentes en los colegios, empleados en sus oficinas y ancianos en las plazas se miraron con asombro: ¿se trataba de un error tipográfico? Al día siguiente descubrieron que no. Laredo se había pasado de los límites, pensaron algunos, rumiando la rabia de tener entre sus manos un crucigrama de imposible resolución. Otros aplaudieron los cambios: eso hacía más interesantes las cosas. Sólo lo difícil era estimulante (dos palabras, diez letras). Después de tantos años, era hora de que Laredo se renovara: ya todos conocían de memoria su repertorio, sus trucos de viejo malabarista verbal. El Heraldo comenzó a publicar, aparte del crucigrama de Laredo, uno normal para los descontentos. El crucigrama normal fue retirado once días después.

La furia nominalista del Beethoven de Piedras Blancas se fue acrecentando a medida que pasaban los días y no oía noticias de Dochera. Sentado en su silla de nogal noche tras noche, fue destruyendo su espalda y construyendo un mundo, superponiéndolo al que ya existía y en el que habían colaborado todas las civilizaciones y los siglos que confluían, desde el origen de los tiempos, en un escritorio desordenado en Piedras Blancas ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la novedad! ¡Pasmo ante el acto siempre nuevo y siempre nuevo! Se veía bailando los aires de una rondalla en el Cielo de los Hacedores -en el que los Crucigramistas ocupaban el piso más alto, con una vista privilegiada del Jardín del Paraíso, y los Poetas el último piso-, de la mano de su madre y mientras Kundt y Carrasco lo miraban de abajo a arriba. Se veía desprendiéndose de la mano de su madre, convirtiéndose en una figura etérea que ascendía hacia una cegadora fuente de luz.

La labor de Laredo fue ganando en detalle y precisión mientras sus provisiones de papel bond y Staedtler se acababan más rápido que de costumbre. La capital de Venezuela, por ejemplo, había sido primero bautizada como Senzal. Luego, el país del cual Senzal era capital había sido bautizado como Zardo. La capital de Zardo era ahora Senzal. Los héroes que habían luchado en las batallas de la independencia del siglo pasado fueron rebautizados, así como la orografía y la hidrografía de los cinco continentes, y los nombres de presidentes, ajedrecistas, actores, cantantes, insectos, pinturas, intelectuales, filósofos, mamíferos, planetas y constelaciones. Cima era ruda, sima era redo. Piedras Blancas era Delora. Autor de El mercader de Venecia era Eprinip Eldat. Famoso creador de crucigramas era Bichse. Especie de chaleco ajustado al cuerpo era frantzen. Objeto de paño que se lleva sobre el pecho como signo de piedad era vardelt. Era una labor infinita, y Laredo disfrutaba del desafío. La delicada pluma de un ave sostenía un universo.

El atardecer doscientos tres, Laredo volvía a casa después de entregar su crucigrama. Silbaba La caballería rústicana desafinando. Dio unos pesos al mendigo de la doluth descoyuntada. Sonrió a una anciana que se dejaba llevar por la correa de un pekinés tuerto (¿pekinés? ¡zendala!). Las luces de sodio del alumbrado público parpadeaban como gigantescas luciérnagas (¡erewhons!). Un olor a hierbabuena escapaba de un jardín en el que un hombre calvo y de expresión melancólica regaba las plantas. En algunos años, nadie recordará los verdaderos nombres de esas buganvillas y geranios, pensó Laredo.

En la esquina a cinco cuadras de su casa una mujer con un abrigo negro esperaba un taxi. Laredo pasó a su lado; ella volcó la cara y lo miró. Era joven, de edad indefinida. Tenía un mechón de pelo blanco que le caía sobre la frente y le cubría el ojo izquierdo. La nariz aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre recelosa y asustada.

Laredo se detuvo. Ese rostro…

Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:

-Usted es Dochera.

-Y usted es Benjamín Laredo.

El Ford Falcon se detuvo. La mujer abrió la puerta trasera y, con una mano llena de anillos de plata, le hizo un gesto invitándolo a entrar.

Laredo cerró los ojos. Se vio robando ejemplares de Life en El palacio de las princesas dormidas. Se vio recortando fotos de Jayne Mansfield, y cruzando definiciones horizontales y verticales para escribir en un crucigrama. Puedo resistir todo menos a las tentaciones. Vio a la mujer del abrigo negro esperando un taxi aquel lejano atardecer. Se vio sentado en su silla de nogal decidiendo que el afluente del Ganges era una palabra de cuatro letras. Vio el fantasmagórico curso de su vida: una pura, asombrosa, traslúcida línea recta.

¿Dochera? Ese nombre también debería ser cambiado. ¡Mukhtir! Se dio la vuelta. Prosiguió su camino, primero con paso cansino, luego a saltos, reprimiendo sus deseos de volcar la cabeza, hasta terminar corriendo las dos cuadras que le faltaban para llegar al escritorio en el que, en las paredes atiborradas de fotos, un espacio lo esperaba

Antonio Ortuño (1976) “Pseudoefedrina” (2010)

Etiquetas

, ,

Antonio Ortuño (1976) escritor mexicano con varias publicaciones exitosas como El buscador de cabezas (2006), El jardín japonés (2007) y La señora rojo (2010).

En octubre de 2010, la revista británica Granta lo incluyó en su lista de los mejores escritores jóvenes en lengua española.

Pseudoefedrina

La primera en enfermar fue Miranda, la mayor. Nos contrariamos porque significaba no ir al cine el viernes, único día que mi suegro podía cuidar a las niñas. Pese a los estornudos Dina, mi mujer, insistió en que asistiéramos a la posada del kinder. “Es el último día de clases. Le cuidamos la gripa el fin de semana y el lunes nos vamos al mar”. Habíamos decidido pasar las vacaciones navideñas en la playa para no enfrentar otro año la polémica de con qué familia cenar, la suya o la mía.
En la posada había más padres que alumnos y más tostadas de cueritos y vasos de licor que caramelos y refrescos. “Muchos niños están enfermándose de gripa”, justificó la directora. “Pero como los papás tenían los boletos comprados, pues vinieron”. “Miranda también está enfermándose”, confesamos. “Por eso traemos tan envuelta a la bebé”. Marta, de apenas siete meses, asomaba parte de la nariz y un cachete por el enredijo de mantas de lana.

Descubrí al formarme en la fila de la comida que algunas madres conservaban las tetas y nalgas en buen estado. Y descubrí que un padre había notado, a su vez, que las de mi esposa tampoco estaban mal. Platicaba con ella aprovechando mi lejanía. Los dos sonreían. El sujeto era bajito, gestos afeminados y ricitos negros. Entablé conversación con la madre de Ronaldo, mujer de unos treinta años y gesto de contenida amargura que mi esposa solía calificar de “cara de mal cogida”. Claudia se llamaba, una de esas flacas engañosas que debajo de un cuello quebradizo y por sobre unas pantorrillas esmirriadas exhiben pechos y trasero más voluminosos de lo esperado. Se había puesto una arracada en la nariz y pintado los pelos del copete de color lila desde nuestro último encuentro. Como no se le conocía novio o marido, las madres del kinder vigilaban sus movimientos y más de una miró con inquietud cómo le ofrecía fuego para su cigarro y cómo ella me reía todo el repertorio de chistes con que suelo acercarme a las mujeres.

Regresamos a casa de mal humor. Miranda comenzó a llorar: tenía 39 de fiebre. Llamamos por teléfono al pediatra, que recomendó administrarle un gotero de paracetamol y dejarla dormir. También avisó que aquel viernes era su último día hábil: se iría a pasar la navidad al mar. “Como nosotros”, le dije. “Bueno, pero si le sigue la fiebre a Miranda no deberían viajar”, deslizó antes de colgar. “Déjame un recado en el buzón si se pone mal y procuraré llamarlos”. No le referí a Dina el comentario porque no quería tentar su histeria.

Medicada e inapetente, Miranda pasó la noche en nuestra cama mirando la televisión. Marta, quien dormía en su propia habitación desde los tres meses, fue minuciosamente envuelta en cuatro cobijas. Bajé el calentador eléctrico de lo alto de un armario y lo conecté junto a su puerta. La presencia de Miranda en nuestra cama evitó que Dina y yo hiciéramos el amor o lo intentáramos siquiera. De cualquier modo, el menor estornudo de las niñas le espantaba el apetito venéreo a mi mujer. Me dormí pensando en la nariz de Claudia y sus mechones color lila.

Se suponía que dedicaríamos la mañana del sábado a comprar ropa de playa y pagar facturas para viajar sin preocupaciones, pero Miranda despertó con 39.2 a pesar del paracetamol. Maquinalmente llamé al número del pediatra. Respondió el buzón. “Hola, soy el doctor Pardo. Si tienes una urgencia comunícate al número del hospital. Si no, deja tu recado”. Dejé mi recado.

Acordamos que mi esposa cuidaría a las niñas y yo saldría a liquidar las facturas y comprar juguetes de playa para Miranda, un bronceador de bebé para Marta, unas chancletas para Dina y una gorra de béisbol para mí. Había pensado convencer a Dina de comprarse un bikini pero preferí no mencionar el asunto. Lo compraría y se lo daría en la playa. Antes de salir me pareció escuchar ruidos en la recámara de Marta. Me asomé. Era un horno gracias al calentador eléctrico. Lo apagué. Marta estornudaba. Le retiré una de las mantas y abrí la ventana. Me fui sin avisarle a Dina. No quería tentar su histeria.

En el supermercado no había gente apenas. Desayuné molletes en la cafetería y pagué mis facturas en menos de diez minutos. Tomé un carrito y me dirigí a la sección de ropa. Por el camino obtuve la bolsa de juguetes de playa para Miranda y el bronceador de bebé. También un antigripal, una caja enorme y colorida que incluí en mi lista para que los enfermos no acabáramos por ser mi esposa y yo. Elegí luego una gorra y una playera blanca, lisa, para mí. Para Dina, unas chancletas cerradas como las que yo acostumbro y que ella dice detestar pero siempre termina robando.

Recordé el plan del bikini. Morosamente, me acerqué a la sección de damas. Dina tenía un cuerpo ligeramente inarmónico. Como muchas mujeres que han tenido hijos pero no los han amamantado, sus caderas y trasero eran redondos pero sus senos seguían siendo pequeños, de adolescente. Así que me encontré desvalijando dos bikinis distintos para armarle uno a la medida.

“¿Compras ropa de mujer muy a menudo?”. Claudia apareció junto a mi carrito, sonriente, las manos llenas de lencería atigrada. “En realidad no”. “Eso es muy cortito para Dina. No va a querer usarlo”. Era cierto pero me limité a sonreír como para darle a entender que mi esposa acostumbraba utilizar arreos sadomasoquistas y juguetes de goma cada viernes. La acompañé a los probadores para cuidar su carrito. No iba a probarse la lencería —cosa prohibida por el reglamento de higiene del supermercado— sino unos jeans. Fingí estar muy interesado en la etiqueta del antigripal mientras esperaba que saliera. El antigripal era un compuesto a base de pseudoefedrina y advertía que podía provocar lo mismo nauseas que mareos, resequedad de boca o babeo incontenible, somnolencia o insomnio, reacciones alérgicas notables y, en caso extremo, la muerte. Me di por satisfecho. “¿Cómo me ves?”. Había salido para que le admirara el culo metido en los jeans. Se le veían bien, como toda la ropa demasiado pegada a las mujeres excesivamente dotadas de nalgas. Claudia había sonreído otra vez. Ya no tenía cara de mal cogida.

En las cajas nos topamos con la directora del kinder. Nos saludó muy amablemente hasta que su cerebelo avisó que Padre de carrito uno no emparejaba con Madre de carrito dos. Se despidió con una simple inclinación de cabeza. Mientras esperábamos pagar Claudia se puso a hojear una revista femenina y yo volví a explorar los misterios de la etiqueta del antigripal. Pseudoefedrina de la buena. “Aquí dice que a las mujeres en África les arrancan el clítoris”, comentó sin levantar la mirada. “Y que el sexo anal es común allá y por eso el sida es incontrolable”. Levanté las cejas y ella lanzó una carcajada que contuvo con la mano. “Mejor que no oigan que hablamos de clítoris y sexo anal o el chisme va a ser peor”.

Como de hecho el chisme ya no podría ser peor le cargué las bolsas al automóvil y la ayudé a subirlas. Ella parecía dispuesta a conversar más pero me escurrí pretextando la gripa de Miranda. “También Ronaldito está malo”. “¿Dónde lo llevas al pediatra? El nuestro se fue de vacaciones y no responde las llamadas”. Ella se puso las manos en la cadera. “No lo llevo al médico. Yo sé de homeopatía. Si quieres puedo darte medicina para tu niña”. No acepté pero ella insistió en colocarme en el bolsillo una tarjetita con su teléfono. “Llámame a cualquier hora si necesitas”.

Había un automóvil en mi lugar de la cochera, junto al de Dina. Entré con las bolsas en una mano y las llaves en la otra. No se escuchaba ruido, salvo los esporádicos estornudos de Marta. Miranda dormía, aparentemente sin fiebre. Imaginé que la directora había manejado a cien por hora a su casa para llamar a Dina y contarle que yo estaba en las cajas del supermercado hablando de clítoris y rectos africanos con Claudia. Imaginé a Dina armada con un cuchillo, esperando mi paso para degollarme.
En realidad estaba en la cocina tomando café con el tipo de los ricitos que la había admirado en la posada. Suyo era el automóvil usurpador. “No te oí llegar”. “Algún imbécil se estacionó en mi lugar”. El tipo me miró con resentimiento. “No es un imbécil: es Walter, el papá de Igor, el compañerito de Miranda. Es homeópata y lo llamé para que viera a las niñas porque el pediatra no contesta”. Walter se puso de pie y me extendió la mano. La estreché con jovialidad hipócrita. “Walter cree que Miranda no tiene gripa, sino cansancio, y que a Marta le están saliendo los dientes”. El homeópata hizo un par de inclinaciones de cabeza, respaldando el diagnóstico.
No suelo ser un tipo desconfiado, pero noté el rubor en el rostro de mi mujer. Y su olor. Olía como cuando accedía a hacer el amor a mi modo, menos neurótico que el suyo. La bragueta de Walter estaba abierta, lo que podía no querer decir nada. O sí. Miré al homeópata, abrí el bote de la pseudoefedrina, me serví un vaso de agua y me pasé dos pastillas. “Yo no creo en la homeopatía, Walter”. Él volvió a mirarme bélicamente. Dina torció la boca. “Y por favor quita tu automóvil de mi lugar. No me gusta dejar el automóvil en la calle. Por eso rento una casa con cochera”. Walter se despidió de Dina con un beso en el dorso de la mano y salió en silencio, sacudiendo sus ricitos. Salí de la cocina antes de que se desataran las represalias.
En el comedor había una nota escrita a mano, con letras esmeradas que no eran las de mi mujer. La receta de la homeopatía. Memoricé los compuestos y las dosis. Marqué el número de Claudia, sosteniendo su tarjeta frente a mis ojos. Su letra era desgarbada, como ella. “¿Sí?”. “Hola. Qué rápida. Estabas esperando que llamara”. Su risa clara en la bocina me puso de buen humor. Escuchó con escepticismo las recetas de Walter y bufó. “Una gripa es una gripa. Nadie estornuda porque le salga un diente o por estar cansado. Mira, lo que vas a hacer es comprar lo que te voy a decir y engañar a tu esposa para que piense que les das sus medicinas”. “¿Me estás pidiendo que engañe a mi mujer?”. La risa como campana de Claudia llenó mis oídos.
“¿Con quién hablabas?”. “Con el pediatra”. “¿Y qué dice?”. “Nada. No responde. Le dejé recado en el buzón”. Dina estaba cruzada de brazos en el pasillo. Tenía cara de mal cogida. “Te portaste como un patán con Walter”. Acepté con la cabeza gacha. Mi táctica consistía en darle la razón y pretextar mis nervios por la enfermedad de las niñas. Dina me miraba con una intensidad que presagiaba o un pleito o un apareo corto y violento cuando Miranda se puso a llorar. Tenía 39.4 de fiebre. La metimos a la tina y le dimos paracetamol.

Dina no cocinó ni tuvimos ánimos de pedir comida por teléfono, así que cada quien asaltó el refrigerador a la hora que tuvo hambre. Yo me serví un plato de cereal con leche y me hice un bocadillo de mayonesa, como cuando tenía once años y mi madre no aparecía a comer por la casa. Al beber un largo trago de leche sentí cómo mi garganta se derretía. Tosí. Dina asomó por la puerta y me miró con horror. Otra tos respondió en la lejanía. Era Marta. Tenía 38.6. Dos escalofríos me recorrieron los omóplatos y los deltoides. No sabíamos cuánto paracetamol darle a la bebé. El pediatra no respondió. Dina corrió a llamar a Walter. Yo me escondí y llamé a Claudia desde el celular. “Mis hijas tienen fiebre”. “¿Ya les comenzaste a dar las medicinas?”. “No”. “Pues sería bueno que empezaras”. “¿No sabes cuánto paracetamol hay que darle a un niño?”. “Yo no les doy paracetamol. Tiene efectos secundarios horrendos. Nacen con dos cabezas”. “Mis hijas ya nacieron, me temo”.

Dina salió de casa dando un portazo. Regresó a la media hora con una bolsa llena de medicamentos homeopáticos y un refresco de dieta. “¿Tomas refresco de dieta?” “A veces”. “A Walter no le gustan las gordas, seguro”. Aproveché su desconcierto para salir a la calle. No sabía dónde encontrar una farmacia homeopática, así que volví a llamar a Claudia. “Yo tengo lo que necesitas en la casa. Ven”. Lo que yo necesitaba era dejar a las niñas dormidas en sus cunas y meterme con Dina al yacuzi de un hotel en el mar y quitarle el bikini que le había comprado. Tardé en dar con la dirección. Abrió ella, despeinada y sin maquillar, con un suéter y gafas. Tenía a la mano ya una bolsa con frasquitos y un listado de dosis y horarios. Le pregunté por Ronaldo. “Está arriba, viendo la tele”. La casa era enorme y fea, como todas las heredadas. “Mi padre quería vivir cerca de la estación de bomberos. Lo obsesionaban los incendios. Por eso vivimos acá”. Mi carisma dependía de mis chistes y no tenía cabeza para decir ninguno en ese momento. Hice una mueca y me marché aparentando nerviosismo. Eso halaga más que un chiste.

Dina lloraba. Miranda tenía 39.6 y Marta, 39.1. No lloraba por eso. “Llamó la directora”. Supuse una conversación lánguida, llena de sobreentendidos. “¿Qué hacías en el supermercado con la puta de Claudia”. “Lo mismo que tú con el querido Walter: buscar consejo médico”. “¿Esa puta es doctora?”. “Homeópata”, dije, levantando la bolsita llena de frascos.

Hice un intento final por marcar el número del pediatra antes de administrar las primeras dosis de homeopatía. Respondió su buzón. Murmuré una obscenidad y corté. Jugamos a suertes el primer turno. Perdí. Me ardía la garganta y la espalda murmuraba su lista de reclamos. Dina forcejeaba con Marta para darle las gotas. Tuve un acceso de tos. Dina amenazaba a Miranda para que tragara sus grageas. Opté por tirarme a dormitar en un sofá de la sala. Pensé en lo mal que se veía Claudia con gafas, en lo mal que Walter llenaba los pantalones, en Dina con ropa y sin ella. Desperté aterido. La casa estaba oscura y silenciosa. Me puse de pie, asaltado por un deseo intenso de orinar. Apenas saciado, la nausea me dominó. Maldije el bocadillo de mayonesa de la comida. Luego Dina daba de gritos y marcaba el teléfono. Miranda lloraba. Tendría fiebre. Marta estornudaba con la persistencia de un motor. Hacía calor, el sudor escurría hasta las comisuras de la boca. Me arrastré fuera del baño. Pedí agua con voz desvaneciente. Fui atendido. Bebí. Alcancé una alfombra. Me dejé caer.
Lo siguiente era Walter, sus manos largas en mis sienes. “Te desmayaste. Estás enfermo. ¿Tomaste alguna medicina?”. “Pseudoefedrina, Walter, de la mejor”. “Seguro eres alérgico”. Tras los ricitos del homeópata, Dina asomaba la cara. Quizá esperaba mi muerte. Quizá no. Quizá Walter la había hecho suya veloz e incómodamente frente a mis cerrados párpados. Tragué la solución que me fue ofrecida en un vasito minúsculo de homeópata profesional. Sabía a brandy o apenas menos mal. Logré incorporarme y caminar hasta la cama. Las nauseas regresaron, acompañadas de temblores y frío. No quería que Walter se fuera de mi lado, deseaba incluso acariciarle los ricitos con tal de que se quedara. Pero Miranda tenía 39.7 y Marta 39.4, así que se largó a atenderlas. Cerró la puerta de mi recámara tras de él y Dina lo siguió, sin acercárseme siquiera. La hembra opta por el macho más fuerte para asegurar una buena descendencia. Pero nuestras hijas ya habían nacido.

Marqué el número de Claudia. Por la ventana se veía un cielo oscuro que podría ser el de cualquier hora. Tardó en responder, dos, tres timbrazos. Ahora tenía tanto calor que si cerraba lo ojos saldrían disparados de las cuencas para estrellarse contra la pared. “¿Sí?”. “Me desmayé. Parece que soy alérgico a la pseudoefedrina”. Un largo silencio. “¿Quieres que vaya? ¿Estás solo?”. “Está Dina. Con Walter. No quiero molestarlos”. “¿Walter?”. Otro largo silencio. “Ven mañana a las tres. Me aseguraré de estar solo”. “Bueno. Llevaré medicina”. “Ven tú, nada más”. “Como quieras”.
No lloraba desde los once años, cuando mi madre no aparecía en casa alguna noche. Lo hice quedamente, en la almohada. A las 2:24 de la madrugada me despertaron los números rojos del reloj digital y los gritos de Miranda. La niña tenía pesadillas o se había roto un brazo: la mera fiebre no justificaba aquel escándalo. 39.6. Dina había olvidado darle el paracetamol o Walter había ordenado interrumpir su administración. Pero Walter no era el padre de la familia. Le di a Miranda la medicina, que tomó con admirable resignación, y la dormí acunada en brazos, pese a sus casi cinco años, susurrándole tonterías sobre gatos y conejos. Me levanté, mareado perpetuo. Pseudoefedrina. Me sentía sudoroso, acalorado, el corazón latía en los pies, el estómago, los dientes. Visité la recámara de Marta. 38.7. Tampoco le habían dado paracetamol. Interrumpí su sueño para hacerlo y la besé en la cabeza y las orejas hasta que sonrió. La dejé suavemente en la cuna.

Dina estaba dormida en la sala, agotada, con la falda medio subida en los muslos húmedos de sudor o cosas peores. Junto a su mano descansaba uno de esos prácticos vasitos de homeópata profesional. Olfateé su contenido. Sería alguna clase de supremo sedante. Comencé a acariciarle las piernas. No reaccionó. Le deslicé un dedo bajo los calzones y por las nalgas. Pasó saliva. Podría haberla montado todo un grupo versátil de veinte instrumentistas antes de despertarla. Seguro Walter le había dado aquello para apresurar el proceso de adulterio. Hija de puta. Lo peor es que había provocado que olvidara dar el paracetamol a las niñas o incluso le había prohibido hacerlo, nuevo amo ante una esclava demasiado tímida para desobedecer. Me asomé por la cortina. Su automóvil ya no estaba. Hijo de puta.

Subí, la boca terregosa, el corazón latiendo en los dedos, las pestañas, un tobillo. Las niñas respiraban pausadamente. Eran las 5:02. Me tiré en la cama y quizá dormí una hora, el cielo era negro aún cuando abrí los ojos. Hacía calor. Me estiré y supe que deseaba a Dina. Miranda dormía con los dedos dentro de la boca. 37.3. Marta roncaba ligeramente. 37.1. Tuve que quitarme la camiseta al salir al pasillo. Demasiado calor. Pseudoefedrina o antídoto de Walter. Una dosis ligeramente más alta me habría impulsado a bajar por un cuchillo a la cocina pero lo que quería era desnudar a Dina, morderla, arañarla. Apenas se movió cuando me deslicé en el sillón. Pensaba: cuando el tribunal me juzgue diré que fue la pseudoefedrina o culparé a Walter por darme un afrodisiaco incontrastable. Le levanté las faldas y suspiró. A tirones, me deshice de su ropa. Su cuerpo. 39.8. Le separé las piernas y comencé a besarla obstinadamente. Yo aullaba y gruñía, aunque parte del cerebro procuraba asordinar mis efusiones para no despertar a las niñas. Dina abrió unos ojos ebrios y comenzó a decir obscenidades. 40.3. Aullábamos y nos insultábamos, yo le decía que el culo de Claudia lucía guango incluso dentro de unos jeans apretados como piel de embutido y ella bordaba sobre la muy posible impotencia de Walter. Yo le mordía los pechos y ella me arañaba desastrosamente la espalda. Nos despertó un estruendo y una risa malvada. Era Miranda, en pie ya, había conseguido derribar la pila de revistas de su madre. Sin mirarnos Dina y yo nos alistamos y subimos. Miranda brincoteaba sobre mi libro ilustrado de las Cruzadas. La perseguí hasta su recámara y la mandé a hacer la maleta. Me miré en el espejo del pasillo. No sudaba y mi aspecto era el de costumbre, apenas despeinado. Fui por agua y sentí una punzada de hambre. Dina bajó con Marta en brazos. La bebé mordía el cuello de una jirafa de trapo con alegría de vampiro. “Se terminó el biberón”, informó mi esposa con perplejidad. Desayunamos huevos con tortilla y bebí el primer café del día. Claudia estaba citada a las tres. Dina confesó que Walter pasaría a las dos y media. Decidimos precipitar la salida al mar. El hotel aceptó adelantar la reservación y cambiar los boletos de avión llevó cinco minutos.
Dina miraba la mesa. “¿Nos vamos, entonces?”. Lo decía con decepción y esperanza. En el aeropuerto confesé la compra del bikini y se lo entregué. “Es muy pequeño para mí, me voy a ver gordísima”. Pasé el vuelo leyendo una revista médica. Tenía un artículo sobre la pseudoefedrina pero preferí omitirlo y concentrarme en uno sobre el cercenamiento de clítoris de las africanas y los métodos reconstructivos existentes. Dina y nuestras hijas cantaban.

En la playa pedimos sombrillas e instalamos a las niñas a salvo del sol. Marta untada de bronceador de bebé y Miranda tocada con un sombrerito de paja. No había turistas, apenas dos ancianos paseando a caballo, alejándose hacia el sur. El cielo era claro y espléndido. Escuché mi teléfono y acerqué una mano perezosa, dejándola pasear antes por el trasero de Dina, que se endureció ante el homenaje.

Era el pediatra.

Dejé que respondiera el buzón.

Raúl Brasca (1948) “Las cosas nunca salen como uno quisiera”(1996), “El hedonista”(1996), “Últimos juegos”

Etiquetas

, , ,

Raúl Brasco (1948) escritor argentino con una gran trayectoria cuentística.  Su obra ficcional y ensayística se publica en diversas antologías, revistas y suplementos de paises como Argentina, México, Brasil, Suiza.

Hoy os propongo las lecturas de Las cosas nunca salen como uno quisiera, El hedonista y Últimos juegos.

Las cosas nunca salen como uno quisiera, cuento. En revista El Cuento nº 133, México D.F., 1996

Ultimos juegos, cuento. En Después. Narrativa argentina posterior a la dictadura, antología (Ed. Liliana Heker), Desde la Gente, Buenos Aires, 1996.

Las cosas nunca salen como uno quisiera

La conocí por culpa de mi socio. Fue él quien se fijó primero en ella. Acabábamos de almorzar y yo me había demorado adentro del boliche esperando la cuenta. Salí, y lo vi siguiendo a una chica por la mitad de la cuadra. Ella no le llevaba el apunte, seguro que le decía las mismas bestialidades de siempre, es un animal. Apuré el paso y los alcancé. A mí me gusta decir piropos y la chica estaba muy bien, al menos de atrás. No recuerdo qué fue lo que le dije, algún elogio. A esta altura, lo primero que me despierta una piba de veinte es admiración y se lo digo. No es que ande buscando programa, lo hago de puro vicio, aunque si se da. El caso es que ella me miró y me hizo una sonrisa larga; quiero decir que siguió sonriendo después de verme la calva y la ropa de trabajo manchada de grasa. Me quedé medio cortado por la sorpresa. “Andá que está con vos”, dijo mi socio dándome con el puño en los riñones.

Una vez que empecé, me fue fácil. Ella no se hizo rogar para hablarme y cuando la invité a tomar algo dijo que sí enseguida. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana. Ella hablaba sin parar y me miraba continuamente a los ojos como preguntándome no sé qué. La mirada no tenía nada que ver con lo que decía. Qué cara tramposa, pensé. Linda. Decía que era raro que yo no la tuviera presente porque ya nos habíamos cruzado antes, ella trabajaba en una tienda a dos cuadras del taller; que se llamaba Adriana y era de Sagitario, muy sensible; que coleccionaba muñecas. Hablaba tanto que me costaba seguirla. Pero lo realmente difícil era sostenerle la mirada. En un momento en que bajé la vista, me vi el anillo de casamiento. Igual ya era tarde, esas cosas a las mujeres no se les escapan, pero Adriana no lo había mencionado. Señal de que no le importa, pensé, y le agarré una mano: lo peor es pasar por lerdo. Ella sonrió aprobadora y empezó a jugar con mis dedos como si lo viniera haciendo desde siempre. Mientras, me contaba que vivía con la madre, que no era compañía para ella porque no se entendían. “¿Y tu papá?”, le pregunto. Ahí hizo un silencio y apartó de mí la mirada por primera vez. Miró la calle y descubrió la caravana de un circo que se acercaba. Le agarró un entusiasmo descomunal. El circo desfilaba frente a nosotros y ella me señalaba los payasos y nombraba a los animales. Estuvo eufórica hasta que ya no pudo ver el último carromato ni con la cara pegada al vidrio de la ventana. Después se calmó de a poco y retomó la charla para decirme que tenía mala suerte con los hombres, porque los que se le acercaban eran del tipo de mi socio, y que no salía con nadie. Aquí paró de hablar, como esperándome. Entonces le dije qué lástima, tan linda y solita, y que me gustaría acompañarla un poco. Aceptó. Quedamos en que la iba a ir a buscar a la salida de la tienda cualquier día de esos y se fue porque tenía que volver a trabajar.

Cuando le conté a mi socio, no se alegró nada. Claro, él es joven, mide uno noventa y hace aparatos. Seguro que mucho no me creyó y como después no le volví a hablar de Adriana debió pensar que todo había sido un cuento para hacerlo rabiar. La verdad es que los días se me iban pasando y no me decidía a buscarla. Raro, porque ganas tenía; creo que en el fondo presentía algo.

No habría pasado una semana de la charla en el café, cuando una tarde que yo estaba en la fosa poniendo un chapón, oigo a mi socio que me llama. Apenas me asomo, le veo la sonrisa medio forzada. Me señala la puerta con la cabeza. Subo y ahí estaba Adriana, con unos pantalones blancos muy justos y un paquetito largo envuelto para regalo. “Qué hacés, vení, pasá”, le dije, qué le iba a decir. Ella no se movió: las mujeres sólo entran al taller sobre cuatro ruedas, las que entran de a pie saben que están en territorio enemigo, o sea: buscan guerra. Fui yo caminando hasta la puerta. “¿Qué hace la chica más linda del barrio?”, le digo. Ella sacudió el pelo nerviosa, y poniendo cara de reproche y de disculpa al mismo tiempo, me dijo: “Sos un poco mentiroso vos, me cansé de esperarte”. Yo empecé medio trabado porque no tenía ninguna excusa pensada: que sí, que iba a ir, pero que había estado tapado de trabajo y no lo podía largar solo a mi socio, que no me había olvidado, cómo iba a olvidarme. Ella estaba cruzada de brazos y con una mano tocaba el piano sobre el pulóver; me miraba muda, con la cabeza ladeada y los labios fruncidos. Al final hizo como que no le importaba. “Te extrañé mucho -dijo-, esto es para vos”, y me da el paquetito. Yo no lo quería aceptar pero no me dio tiempo. “¿Vas a ir a buscarme?” dijo. “Sí, claro que voy a ir, no fui por lo que te dije, en serio (la miraba a los ojos para parecer sincero). La pura verdad, te juro”. Poco a poco, se le iba aflojando la desconfianza, me di cuenta de que quería creerme. “No veía la hora de verte de nuevo”, le dije para rematar. “¿Y cuándo vas a ir?”, me pregunta bajito con la voz desafinada, casi con miedo. Yo demoré en contestarle, no podía creer lo que me pasaba, me parecía haber retrocedido veinte años. “Mañana, mañana cuando salgas del trabajo tomamos un café”, le digo. Fueron palabras mágicas, se le borró la preocupación de la cara y se puso contenta como antes. “Bárbaro, te espero”, me dice; y ya se iba, como para que no pudiera arrepentirme. “Esperá que abro el regalo”, le grité. “Te espero mañana”, gritó también ella desde lejos.

Me quedé ahí parado con el paquete. “¿Qué será?”, dije pensando en voz alta. “Un forro gigante, los enanos tienen fama de superdotados”, contestó mi socio. Yo torcí la boca y lo dejé riéndose solo. Me revientan las bromas sobre mi estatura. Era una corbata a rayas, de colores sobrios; se notaba que ella, al elegirla, había pensado en mi edad. Yo no entendía nada. Después, en frío, me parecía que el asunto no podía ser como aparentaba. Demasiado fácil. Ya no puedo creer así nomás en un amor a primera vista: a veces me miro al espejo. Ni de galán maduro puedo dármelas.

Al otro día, en el café, llevábamos un buen rato de charla y yo no había encontrado la oportunidad para ponerla a prueba. De nuevo no podía meter ninguna cuña en la conversación. Ella me venía contando su vida desde el principio, como para que yo supiera hasta el último detalle. De golpe noté que se había saltado una parte. Sin explicarme nada había dicho: “Cuando quedamos solas, entré a trabajar en la tienda, de algo teníamos que vivir. Pero necesito otra cosa: la plata apenas si nos alcanza para comer”. “¡Y me regalaste una corbata!”, le digo. Ella sonrió orgullosa. “Justamente yo también quería hacerte un regalo – le dije- pero no sé qué comprar”. Saqué un billete de cien. “Tomá, comprate lo que quieras”. Se puso triste. “Si querés regalarme algo, comprame un chocolate grande”, contestó. Yo respiré aliviado. Cuando salimos, le compré un chocolate enorme, y antes de que subiéramos al coche ya se lo estaba comiendo.

Estacioné por ahí cerca, en un lugar tranquilo. Paré el motor y la miré fijo, como dispuesto a ir al grano. Ella pareció sorprenderse y dejó de masticar, fue un segundo nomás. Después siguió comiendo, se hacía la distraída. Todavía le quedaba la mitad del chocolate, y para apurar la cosa, le pedí que me convidara. Me dio un pedacito que ni se veía. “Qué generosa”, le dije. Ella levantó los hombros. No sé si me parecía a mí o el chocolate ese no se terminaba nunca. Al fin lo terminó y se inclinó sobre mi pecho. Mientras sólo le acariciaba el pelo y le hacía cosquillas detrás de la oreja anduvimos bien. Se quedaba quietita como una gata mimosa. Pero no bien intenté bajar la mano me dijo: “No, seguí así que me gusta”. Qué sé yo cuánto tiempo me tuvo con lo mismo, ya estaba aburriéndome. Medio me enojé, hacía mucho que no me quedaba con las ganas. Entonces me dejó besarla, pero con un quite de colaboración total. Eso me molestó, puse en marcha el auto y la llevé a la casa. En el camino apenas si le contestaba lo que decía. Me rompía la cabeza pensando: si ella sabe que soy casado, ¿a qué tantas vueltas?, no iba a pretender que le hiciera el novio. ¿Pero quién entiende a las mujeres?, hacen cosas inexplicables y al tiempo uno se da cuenta de que lo llevaron de aquí para allá como un gallito ciego para llegar a donde era más fácil ir derecho.

Había quedado bien calentito y se lo comenté a mi socio. “Estará loca, qué sé yo – dice -, si no es para sacarte plata debe estar loca”. “¿Qué querés decir?”, le dije. “Bueno, no sé, se habrá enamorado”, contestó con cara de sobrador. Sigue con la sangre en el ojo, que se vaya al diablo, pensé. Y me puse a trabajar para no seguir hablando. Estuve toda la tarde que no me aguantaba ni a mí mismo. Cuando estábamos ordenando el taller para irnos caí en la cuenta de que había entregado un coche sin el filtro de aire; y él, al ver el filtro en mi mano, sonrió burlón e hizo sonar un beso largo con ademanes. Preferí no hacerle caso, porque si no, se armaba. Para peor, a la noche, anduve dando vueltas por la casa como enjaulado y mi mujer empezó a mirarme torcido. Ella me había agarrado en un renuncio hacía dos años y ahora olía el peligro como un escape de gas en la cocina. La diferencia era que esta vez no me importaba. Cuando vino a acostarse me hice el dormido. Estaba preocupado: a mi mujer la quería y nunca había tenido problemas con mi socio. Me daba cuenta de cuánto se podía complicar mi vida por culpa de Adriana. Decidí que cuando la volviera a ver, tenía que quedar todo muy claro o terminar. Pero la vez siguiente fue lo mismo, mantuvo la defensa en alto todo el tiempo. Hablaba de las discusiones que tenía en el trabajo o con la madre y se quedaba esperando mi opinión. ¿Esta mina me querrá para que le dé consejos?, pensaba yo. Entonces le dije: “Mirá Adriana, yo soy un hombre casado y no tengo ningún problema con mi mujer, ¿me entendés?, NINGUN PROBLEMA. Tengo tres hijos, la mayor tiene tu edad, y la familia es lo más importante para mí. Me gustás mucho, podemos pasar buenos ratos juntos, todo lo que vos quieras. Pero ahí se terminó, ¿entendiste? No quiero que te equivoques”.

No entendió. “¿Y cómo es ella?”, preguntó. “¿Mi mujer?”, le digo. “No, tu hija, la de mi edad”. Yo me quedé cortado. “Qué sé yo, soy el padre: es bonita…, una chica sin complicaciones, alegre”, le dije. Ella no preguntó más, me miraba como de lejos. “Vamos, qué pasa -le digo-, si no hay ningún drama, podemos divertirnos”. Negó con la cabeza. “Vamos”, le dije de nuevo, y ella volvió a negarse. Se estaba poniendo pesada. Perdido por perdido me arriesgué: “No demos más vueltas. Vamos a un buen hotel, ¿eh?”. Primero pensé que no había escuchado, después soltó un no tan cortito y débil que apenas pude oírlo. Y no hablamos más, por un rato cada cual estuvo en lo suyo. Me costó, pero al final lo decidí. “Está bien – le dije -, vos elegís…Y otra cosa: no vuelvas a aparecerte por el taller, esto se terminó”. Ella siguió callada. Se había puesto pálida. Me besó como a un amigo y bajó del auto. Qué le voy a hacer, pensé, si hubiera aceptado habría sido como tocar el cielo con las manos, pero así no podíamos seguir. Había hecho bien: me la había sacado de encima a tiempo. Al menos eso creí y me sentí aliviado.

Serían las diez de la mañana del día siguiente cuando apareció por el taller, feliz y desenvuelta, hablando mucho de todo menos de la tarde anterior; parecía haberla borrado. Pensé que era su forma de perdonarme, así que le seguí el juego. Traía una camisa de regalo y me preguntó si iba a ir a buscarla a la tarde. Le dije que no podía y que se llevara la camisa. Pero no pude convencerla. A los tres días volvió; me contó mi socio porque yo no estaba. Y a la mañana siguiente, como me avisaron, me escondí antes de que me viera; igual me dejó un cinto. Yo no quería saber nada, me agarraba la cabeza. Si iba a la tienda a devolverle las cosas seguro que se ponía a discutir y hacíamos un papelón. Mandárselas con otro era inútil porque no las iba a recibir. Y si me las quedaba: ¿cómo la explicaba a mi mujer que había comprado todo eso?. La única solución era guardarlas en el taller para ir sacándolas de a poco; pero no quise, hubiera sido como aprovecharme de ella. En algún momento se va a cansar, pensaba yo cada vez que, desde mi escondite, veía que asimilaba el no está sin pestañear siquiera, casi indiferente. Y, sin embargo, volvía. Me hacía sentir un cretino.

Ante mi socio, yo aparentaba tomármela en broma. “¿Viste cómo me quieren las chicas? ¿a que a vos no te hacen regalos como estos?”, le decía. “A mí las minas me dan cosas mejores”, gruñía él; y todo terminaba ahí. Hasta que ayer, después que ella se fue, de comedido nomás, se puso a opinar. “Lo que quiere esa mina es un macho que la atropelle – dice -. Estate atento cuando vuelva que te voy a enseñar cómo se hace. Vas a ver que le hago cambiar las pilchas por otras para hombre”. Yo me enfurecí. Le dije que si le ponía un dedo encima a Adriana le reventaba la cabeza de un fierrazo y que, desde ya, fuera pensando en poner un taller por su cuenta. “Pará, loco – dijo -, no sabía que estabas de novio”. No le contesté. En el momento, él tampoco agregó nada, pero un poco después me dijo: “Si hablás en serio, sabé que a lo de ponerme por mi cuenta le vengo dando vueltas desde que estás en la luna”. Quedé aturdido, sin saber qué decir, no imaginaba que podía llegar tan lejos. Era cierto, yo había estado muy distraído; si no habíamos tenido problemas con los clientes había sido porque él vigilaba mi trabajo. En todo ese día apenas si nos hablamos, yo tragándome la humillación, y él agrandado por lo dicho. A eso de las cinco me cambié, tiré todos los regalos en el asiento de atrás del coche, y fui a esperar a Adriana a la salida de la tienda.

Cuando me vio se le iluminó la cara y subió al auto enseguida. No la dejé besarme. “Te había dicho que no fueras al taller – le digo -. A ver si nos entendemos: NO QUIERO SABER MAS NADA. Borrate para siempre, ¿entendés?, bien clarito: PARA SIEMPRE. Yo no le hago el novio a nadie, ni a vos ni a nadie. Y, oíme bien, ahora voy a llevarte a tu casa, y te vas a guardar tus regalos. De todo esto no quiero conservar ni el recuerdo”. Se lo dije de un tirón, quería ser como una aplanadora, matarla, que no le quedara aire para contestarme. Pero no. “En mi casa no bajo”, dijo ella, y se puso a jugar con los dedos en mi pelo, en plena avenida, a la vista de todos. Arranqué y desaparecí de ahí, subí a la Panamericana. Para hacerme reír, me hacía cosquillas en la nuca, que la tengo sensible pero, como yo no aflojaba, me desabrochó la camisa y empezó a acariciarme el pecho. Decía que yo tenía razón, que se había portado como una tonta y que ahora iba a ser una nena obediente. Yo manejaba serio, mirando fijo la ruta, como si no la oyera. Ella bajaba la mano cada vez más. “¿Adónde vamos?”, me dice pasando suavecito un dedo sobre mi piel, al borde del cinturón. “Qué sé yo, para el lado de Córdoba, te bajo en Chañar Ladeado o por ahí, después volvete como puedas”, le dije medio atragantado y temblándome la voz. Ella sonrió. Bah, sí, me juego, pensé, la llevo a un hotel. Pegué un volantazo y bajé de la autopista. Ella, sorprendida, sacó la mano y miró alrededor. Cuando, en vez de retomar la ruta para volver, seguí por la callecita lateral, se enderezó muy seria en el asiento: teníamos el hotel enfrente. Yo seguí adelante sin mirarla, tan mudo como ella; que notara que estaba decidido.

No bien entramos en la habitación empecé a desvestirme. Ella seguía sin abrir la boca, mirándome, parada cerca de la puerta. “¿Y?”, le digo. No contestó. Me sentí incómodo: es difícil desnudarse frente a una mujer vestida que lo mira a uno. “¿Qué pasa ahora?”, le pregunté recelando la respuesta. “No quiero”, dijo. Zas, empezamos de nuevo, pensé; y dejé caer los brazos como quien está en el colmo del cansancio. “No quiero”, volvió a decir casi rogándome. Yo vi que era inútil y me puse de mal humor. “Bueno, se acabó, vámonos”, le dije muy seco. Ella habrá notado que esta vez iba en serio o esperaría otra reacción, porque dudó. Pero enseguida le brillaron los ojos de entusiasmo: “Mejor nos quedamos un ratito”, dijo. Tan perplejo me habrá visto que lo repitió: “sí, un ratito”. El malhumor se esfumó al instante y me acosté. Ella se sacó los zapatos y se acurrucó contra mí, me abrazó. Yo no podía creerlo, me sentía en las nubes. Empecé a acariciarla. “Quedate quieto”, dijo. “¿Y ahora qué hice?”, le contesté alarmado. “Nada, contame algo”, me pidió como lo más normal. Me confundió del todo y abandoné: ya no me quedaba resto. “¡Y qué querés que te cuente!”, le dije resignado. Pensó un momento. “Algo que empiece con había una vez“. A mí me salió como si hubiera sabido que iba a pedirme eso: “Había una vez un tipo que estaba de lo más bien porque no esperaba nada- empecé-. Hasta que un día le hicieron una sonrisa larga y, el muy boludo, creyó que podía recuperar el pelo y la temperatura de veinte años atrás”. Hablaba sin mirarla. No me importaba si me escuchaba o no. Tardé en darme cuenta de que se había dormido. Entonces me levanté despacio y empecé a vestirme. Estaba amargado, me iba a ir, que la despertara el timbre. Cuando estuve listo, la miré. Dormía profundamente como una nena de dos años: entregada, con la frente lisa y los labios flojos. Sólo los chicos se animan a dormirse a fondo, saben que uno está allí cuidándolos y creen que puede contra todo, desde el dolor de oídos hasta las brujas. Me quedé, no sé cuánto, sentado en el borde de la cama. Se despertó de a poco. Primero entreabrió los ojos y me sonrió, después los volvió a cerrar. Luego estiró las piernas. “Vamos, apurate -le dije-, se termina el turno”. Pero no podía apurarse. Todavía en el auto seguía amodorrada. Recién se despertó del todo cuando paré en un quiosco a comprar cigarrillos. Entonces me miró vivaracha, con esos ojos enormes que tiene. Qué le voy a hacer, pensé, las cosas nunca salen como uno quisiera. Y pedí un atado de rubios y un chocolate grande.

El hedonista

Cambiemos de tema, ¿qué piensa usted del hedonismo?. ¿No sabe qué es?. No importa, fíjese que yo fui hedonista mucho antes de haber escuchado la palabra. No sé desde cuándo, hace tanto tiempo, son cosas con las que se nace, creo que me desteté a los cuatro años de puro hedonista. Le explico: es la doctrina filosófica que sustenta que hay que darse todos los placeres, sin excepción, qué le parece. No se ría, le estoy hablando en serio. ¿Cómo filosofía del relajo?. Ah, si fuera tan sencillo…, es una posición frente a la existencia. No, tampoco es la última onda, yo no soy ningún snob, ya estuvo de moda entre los griegos del siglo V antes de Cristo. No señor, usted no entiende, no es cómodo, es una actitud de militancia permanente, una opción riesgosa. Ahora, por ejemplo, estoy en crisis por culpa de una chica a la que me acerqué con fines hedónicos. Gloria… No le voy a contar esa relación porque es algo muy íntimo, pero mire desde acá nomás, sin moverse de su asiento: ¿cuántas caras de gozadores ve entre los pasajeros de este tren?. Sobran los dedos de una mano para contarlas. Y por qué, le pregunto yo. Usted lo ha dicho: hay que poder. Y para poder hay que pelear cada instante de goce, es mucho más fácil abandonarse a lo que venga, de ahí lo de militancia. Piense en usted mismo: el poco o mucho placer que ha alcanzado ¿le vino de arriba o se lo tuvo que ganar?. ¿A que está pensando en su iniciación sexual?. No, no es telepatía, es lo primero que se le ocurriría a cualquiera, a todos nos costó. Mire, mi caso es revelador. Por suerte tengo mente analítica y eso me ayudó bastante. Ah sí, yo piso siempre sobre suelo firme, hasta que no estoy bien seguro… La parte técnica me la enseñó un sexólogo que conocí (en mi casa no se hablaba una palabra de sexo). Fíjese qué curioso, este sexólogo era bisexual. A veces pienso si negarse a las relaciones homosexuales no será una limitación para un verdadero hedonista como yo. No, por favor no se vaya, déjeme que le explique, no es lo que usted está pensando. Gracias. Yo rechazo la bisexualidad tanto como usted, pero no por las pautas culturales que la sociedad impone, que son cuestiones de momento. Tampoco por razones morales, no creo que nadie deba sentirse menos hombre por ser bisexual; de hecho, los griegos no lo sentían. El hombre es hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres. Lo decía Platón que no era ningún mogólico. Lo que le fallaba era la parte filosófica. Sí, a Platón. La justificación estética que ensayó para afirmar eso es tan aplicable a un muchacho como a una estrella de mar o a una yegua pur sang; falta de rigor, se da cuenta. Claro, cómo va a postular la belleza de los muchachos. ¿A usted le parecen hermosos los muchachos?. Está bien, no lo tome así, vayamos a lo que me enseñó el sexólogo: suavidad, mucha suavidad, no babosear a la mujer y el correcto uso de la lengua. Sí, como lo oye. El me dijo: “Tenés que entrenarte. Agarrás un pote de yogur, de ésos de vidrio, le dejás medio centímetro de yogur en el fondo y lo limpiás con la lengua en un minuto; al principio es difícil, pero se puede”. Después me mostró la lengua, le sobresalía dos centímetros por debajo del mentón y la movía con la velocidad de una serpiente. Me entreno dos veces por día, confesó lleno de orgullo. Yo no sabía qué decir. Notable, dije embobado de admiración. Por supuesto, seguí sus instrucciones al pie de la letra y al mes de entrenamiento no tenía nada que envidiarle. Completé mi formación con lecturas sobre el tema y un curso de control mental. Actualmente, además, alterno los libros de texto con literatura erótica para acrecentar la fantasía. ¡No, por favor!. Memorias de una princesa rusa, no. Literatura, dije. Histoire de Juliette, Trópico de cáncer, Lolita. En aquella época no lo necesitaba porque mis fantasías se potenciaban con la continencia, el desgaste viene con el uso. En fin, después de esta preparación, busqué una mujer. Elegí a una flaca, bastante feúcha, que era medio frígida. Yo lo sabía porque algunos amigos, todos machos confiables, habían fracasado con ella. Estaba desahuciada. ¿Cómo que no fue una buena elección?. No pudo ser mejor: si yo también fracasaba la culpa iba a ser de ella, y si me iba bien sería un éxito glorioso; el riesgo era nulo. Pero me fue bien, la trastorné con la lengua. Bueno, la verdad es que estoy muy bien dotado, pero lo determinante fue la lengua. ¡Lo que es la técnica!, pensaba yo. Tan agradecida quedó la flaca que me hizo la publicidad entre las amigas, y luego cada una de ellas (me acosté con todas) le pasó el chisme a otras tantas. En poco tiempo la demanda me rebasó y tuve que ponerme selectivo; es decir, me convertí parcialmente al epicureísmo. Había acumulado tanta experiencia que prácticamente ya era el amante excepcional que soy ahora. Con estos antecedentes, ¿cómo comprender lo de Gloria?. Gloria, se acuerda, la chica que le mencioné al principio, la que me empujó hacia la crisis. Por ahí me decido y le cuento algo sobre eso. En fin, aprendí tanto que hoy, sin exagerar, puedo predecir la conducta sexual de una mujer con sólo verla. ¿Ve esa morocha de minifalda negra y blusa roja calada?. Esa, al lado de la viejita de anteojos. ¿La vio?. La pintarrajeada que va colgada del pasamanos. La misma. Bueno, con esa mina no pasa nada, es una histérica, le gusta hacerse desear pero ahí termina la cosa. En cambio, la gordita rubia que tiene una carpeta azul bajo el brazo, hace rato que está fichándolo al pibe aquel que lleva la camisa celeste abierta, arremangada arriba del codo. Y el pibe ya entró -está bien la gordita-, no los pierda de vista, va a ver que él se le arrima de a poco. No, si no es adivinación, pura sapiencia nomás, por eso se me hace más increíble lo de Gloria. Escuche, usted me inspira confianza, le voy a contar cómo la conocí. Fue cuando las inundaciones, en el colegio donde van mis sobrinos. Esas jornadas de solidaridad que la gente usa para desentumecer los buenos sentimientos son ideales, todos se sienten amigos aunque no se hayan visto en la vida, y en la confusión las minas están desatadas. No me iba a perder una oportunidad así. Estaba haciendo la recorrida preliminar de evaluación cuando alguien me puso en los brazos un bulto tan grande que me tapaba la cara, ropa envuelta en una sábana o algo así. “Tené”, me dijo y, por la voz, era una mujer. Esperé no más de un par de minutos. Me sentía ridículo ahí parado, tambaleando cada vez que alguno me chocaba. Entonces dije qué hago con esto, pero ella no me contestó. Sin embargo, la oía hablando pavadas con uno y otro. Yo no iba a soportar eso. Puse, como pude, el bulto sobre mi cabeza, ubiqué a la dueña de la voz (que estaba de espaldas) y con tono poco amistoso, muy fuerte, dije: qué diablos hago con esto. Gloria se dio vuelta, me vio y soltó la risa. Se rió mostrándome toda la dentadura, unos dientes tan blancos como el guardapolvo que llevaba puesto. Parecés una lavandera, me dijo. Pero yo no estaba de humor. Me alegro de que no tengas ninguna caries, le contesté. No se imagina la carcajada que lanzó, como para mostrarme que tampoco tenía angina. Me desarmó y empezamos a conversar. Yo no podía prever las consecuencias. Qué le voy a hacer: a lo hecho, pecho. Sí, como le decía, en ese tipo de reuniones hay mucho pique. ¿Quiere que le pase algunas?. Las tengo agendadas. ¿Muchas?. Muchísimas. En esta ciudad, todos: los descastados, los dispépticos, los varicocélicos, los postergados y los prematuros, todos tienen su cruzada anual. ¿No le molesta que fume?. Cada vez que hablo de Gloria me pongo nervioso y me vienen ganas de fumar. ¿Usted qué hace cuando se pone nervioso?. Gloria hundía los dedos en el pelo, se lo empujaba hacia atrás y después sacudía la cabeza. Me gustan las mujeres que se alisan el pelo cuando se ponen nerviosas. El de ella es muy negro y largo. Hermoso. Sí, realmente hermoso. Tendría que conocerla, no sabe lo que es. Cuando terminó el turno y se sacó el guardapolvo casi me caigo de espaldas. Qué físico, viejo. Le digo que era de cine. Con la excusa del cansancio la invité al bar de la esquina. ¿Sabe lo que pidió?. Insólito: un café con leche y tortitas negras. ¡Cómo comía!. Todas se las comió, y con unas ganas… Esta mina sabe gozar, pensé, nos vamos a entender muy bien. Me contó que era maestra en esa escuela y que novio, lo que se dice novio, nunca había tenido. ¿A los diecinueve años?. Debe de ser muy pretensiosa, se me ocurrió. Pero parecía muy a gusto conmigo y no la vi precavida, así que ahí nomás me largué a hablarle del hedonismo. Ella me escuchaba con la boca llena y como si no se diera cuenta de mis intenciones. Recién cuando terminamos -yo de hablar y ella de comer- y después de pasarse la servilleta por los labios, me dijo: sos intelectual vos, ¿no?. ¡Qué te parece!, le contesté. Ella pensó un poco. Que se vive lo mismo pensando menos, me dijo y se levantó para irse. Desde ese sábado hasta el siguiente que la volví a ver, lo pasé tratando de resolver la ambigüedad de la frase. Hay una anfibología ahí, ¿se dio cuenta?. Claro, ¿qué quiso decir con “se vive lo mismo”?. Primera posibilidad: que igual se vive, que por no pensar no se muere nadie. Y, segunda, que las vivencias son las mismas. Fíjese qué importante: la primera implica una actitud peyorativa hacia el pensamiento especulativo, una actitud resignada y conformista frente a la vida. En cambio la segunda, indicaría que ella, pensando menos que yo, se sentía capaz de vivir las mismas cosas en cantidad y calidad. Qué le parece. ¿Cómo que obviamente la primera posibilidad?. No, lo obvio no existe, mi diagnóstico se inclinó por la segunda. ¿Qué tal si nos entregamos a las prácticas hedónicas?, le propuse. Yo lo estoy pasando muy bien, contestó. Me costaba explicarle que eso no era el hedonismo. Hay que optimizar, le decía. Ella me escuchaba, cómo le diría, con un interés moderado. Cuando terminé, se encogió de hombros. Será como vos decís, dijo sin mucha convicción, como quien dice “buen día” o “va a llover”. Resumiendo: ese sábado no hice ningún avance. No computo como avance un único beso desprovisto de sensualidad, tipo noviecitos formales. Ahora pienso que lo mejor hubiera sido cortar por lo sano entonces, cuando todavía estaba a tiempo. No, no pude, me intrigaba la conducta y, sobre todo, era mucho el premio para abandonar el juego. Seguí viéndola, y la única diferencia entre cada encuentro y el siguiente era que yo hablaba cada vez menos y ella cada vez más. Un buen día me despabilé: había estado escuchando durante dos horas las dificultades de aprendizaje de Juancito (reflejo, según Gloria, de problemas en la casa), las arbitrariedades de la directora (que era más loca que un trompo) y las alternativas del colesterol del abuelito (a consecuencia de los muchos salamines que hedonísticamente ingería en secreto), con la misma atención que había prestado, años antes, a las enseñanzas del sexólogo. Esta mina me está jodiendo, pensé. Pero ya no podía echarme atrás. No, nada de eso, había una cuestión ideológica. Yo soy admirador de Nietzsche, mi modelo es el “superhombre”: puro instinto, vida y voluntad de poder. No me permito la resignación. O metía a Gloria en mi cama o no era el hedonista que creía ser. ¿Usted leyó Also sprach Zarathustra?. ¿No?. Léalo, le va a cambiar la vida. Mire, mire lo que le decía: el muchacho está pegadito atrás de la gordita. Ella pone cara de distraída pero está haciendo control de calidad. ¡Las bondades de viajar a la hora pico!. Vio, nunca me equivoco, aun con Gloria, no sé… En algún momento que no puedo precisar ella empezó a mirarme diferente. Había un propósito de trascendencia en esas miradas largas, una decisión de comunicarme algo, y a mí se me alteraban los nervios cuando se ponía contemplativa, no me gustan los misterios. ¿Qué mirás?, le pregunté una vez. Nada, contestó ella, y sonrió como si yo estuviera al tanto de todo. Le juro que me descolocaba. No, no podía decirle eso, si en el fondo yo esperaba ansioso esas miradas; las deseaba, aunque simultáneamente me produjeran aprensión, sentía que Gloria iba a descubrirme una malformación interna terrible, un cáncer de próstata, no sé. Que yo sepa no, soy muy sano; era ella, los ojos de ella que tenían el poder de paralizarme. Había noches que no podía dormirme porque, no bien bajaba los párpados, veía los ojos de Gloria escrutándome implacables y algo que no podía controlar se me revolvía adentro. Mire, una vez me levanté de la cama con la necesidad imperiosa de verme en el espejo, de estudiar los detalles de mi cara, de verificar no sé qué. Tan extrañado estaba, que anoté la hora y escribí un breve resumen de lo que me sucedía para, a la mañana siguiente, comprobar que no lo había soñado. Y no, no había sido un sueño. Esta mina me está jodiendo, volví a pensar, y decidí protegerme. La siguiente vez que ella amagó ponerse contemplativa, la apreté rápido a lo bruto y le estampé un beso tan lúbrico como no va a recibir otro. La tomé por sorpresa y se mostró confusa un s egundo, pero le gustó. Eso sí, besaba muy mal; ya va a aprender, pensaba yo besándola mientras ganaba terreno con la mano. Ella me dejó hacer hasta cierto punto y se separó tan trémula que pensé que la había vencido. Lo malo fue que yo, pasado de zaguán como quedé, no podía retroceder y tuve que pedirle terapia de urgencia a una amiga. Y sí, terminé casi antes de empezar. No, qué se va a molestar, conmigo todas prefieren el sexo oral. Diga que tengo la lengua entrenada, que si no…Me sirvió de experiencia. La vez que siguió fui prevenido, apliqué lúcidamente mis técnicas y fingí pasión, pero por dentro me mantuve más frío que un calamar. ¿Por qué no va a poder?. Si está sexualmente satisfecho puede, es una cuestión mental. Bueno, aunque sea créame que yo puedo. Me parece que usted retoza poco, mi amigo. No, no se ofenda, tiene razón, yo no sé nada de su vida íntima. Discúlpeme. En fin, la táctica dio resultado; llegué bastante más lejos, y cuando Gloria aplicó el freno y se apartó, supe que sólo era cuestión de tiempo. Entonces le trabajé la moral: que me moría de deseo, que tanta excitación insatisfecha me hacía daño, que así me empujaba a la cama con otras. Y ella, sabiendo tan bien como yo que estaba vencida, me dice: sé que sólo me querés a mí; como si me dijera qué importa que otras pongan el órgano si lo importante me pertenece. Craso error. No sé de dónde sacaba tanta seguridad en sí misma, Gloria. Pero la rendición estaba cerca. Fue cuando al abuelito, un salamín indócil le cayó definitivamente mal. Sí, se murió. ¡Eh, no me mire así!. Es la verdad; la presencia concreta de la muerte desata en las personas una rebelión de las fuerzas de la vida. Gloria era huérfana de padre y lo adoraba al viejo, sintió un vacío insoportable que debía llenar de algún modo. ¡Bendito sea el nono!, pensé. Estaba entregada, ávida de un calmante poderoso que la colmara. Y ahí estaba yo. Sin embargo, atento a las experiencias anteriores, me cuidé muy bien de controlar mi entusiasmo. Le fui aplicando toda la artillería liviana hasta sentirme dueño de su voluntad y fue justo en ese punto, cuando ya nada alcanza, que tuvo un impulso absurdo. ¿Sabe lo que me hizo?. Es de no creer. Escuche bien: me hundió el meñique en el agujero de la oreja. ¿Insinuación?. Violación, diría yo. Sí, duro como una estaca. Qué va a ser excitante; se nota que usted sólo probó la puntita del gotero. No, no es que me haya dolido tanto, fue la sensación. Reaccioné bruscamente, como la vez que una mosca se me quiso meter ahí. Pero luego me dio risa, no podía parar de reírme. Ella se ofendió. Si es lo que siempre digo: el que no sabe es como el que no ve. Después quise seguir pero estaba empacada; ningún reproche ni lágrimas, ningún desborde: empacada como una mula. Y yo -ahí sí que me equivoqué-, en lugar de arremeter con los tanques me puse persuasivo; hasta tierno, le diría. Le acariciaba el pelo, la besaba en la frente, le decía palabras suaves. Al principio, ni para atrás ni para adelante. Después fue aflojando de a poco; al final me dijo: lo mejor de vos es lo que no mostrás, frase hermética si las hay. Pero ya ella había vuelto a temperatura ambiente y yo había desperdiciado la mayor oportunidad de placer de mi vida. ¿Usted entiende por qué hice eso?. Si lo entiende explíquemelo, porque yo, la verdad… Sí, puede ser. Hum, eso me preocupa: la compasión es un sentimiento que no me está permitido, se opone a la voluntad de poder. Observe: ahí bajan la gordita y el muchacho abrazados. ¿Qué le parece?. Está bajando de este tren la reserva moral de la nación. En fin, el sábado que siguió… La verdad, no sé por qué le cuento estas cosas tan mías a usted, que lo acabo de conocer. Bueno, lo encuentro muy receptivo, y además es difícil que la casualidad vuelva a juntarnos. Sigo. El sábado que siguió, Gloria mencionó muy pronto lo que se había callado la vez anterior. “Te reíste de mí como un salvaje el otro día”, dijo. “Soy un salvaje, ni te imaginás”, le contesté. “¿Un salvaje que no sabe cuándo una mujer está decidida a todo?”, siguió ella. Yo, sorprendido, la miraba sin responder. “Quiero acostarme con vos”, agregó. Qué momento, no me salía nada, sólo hice un gesto de satisfacción. Luego llamé un taxi. Ya en el viaje fui preparando el clima. Ella tenía una tranquilidad y una alegría irresponsables. Decía las mismas palabras cariñosas de siempre, esas remanidas confesiones de amor, lugares comunes que terminan por aburrir. Yo también hacía lo de siempre, le murmuraba al oído las cosas que pensaba hacerle y trabajaba con las manos. Ella me dejaba, pero no sintonizaba la misma onda. Cuando entramos en la habitación se escurrió al baño y cerró la puerta. Irá a higienizarse, pensé. Cómo tardaba. Bah, a lo mejor no tardó tanto, aunque a mí me pareció un siglo. Para acortar la espera fui sacándome la ropa de la cintura para arriba. De pronto, la puerta se abrió y apareció toda desnuda. ¿Usted sabe lo que es el shock térmico?. Es un descenso abrupto de temperatura que se usa para pasteurizar la leche: mata todo. Bueno, Gloria me pasteurizó. Claro hombre, cómo va a obviar etapas: el erotismo es una serie de actos progresivos y ordenados. Desnudarse mutuamente es un paso imprescindible. No sé qué cara habré puesto que ella se detuvo como tocada por un rayo paralizante, hasta la sonrisa se le detuvo. La hubiera visto parada frente a mí como una estatua clásica. Qué piernas, qué tetas, qué proporciones; la Venus de Milo con brazos, parecía. ¿A usted lo calienta la Venus de Milo?. A mí tampoco. No sabía qué hacer, si sacarme los pantalones y los zapatos o ir y abrazarla. Me decidí por abrazarla. En el espejo la veía de atrás: tiene el culo más perfecto que yo conozca. Pero no había caso, mi ánimo estaba por la rodilla. Para peor, ella no hacía más que decirme “te quiero”. Qué se le puede decir a una mujer que, en semejantes circunstancias, le dice a uno algo así. En la cama no puedo decir “te quiero”. Póngase en mi lugar: yo tratando de encaminar la situación y ella perturbándome con esas dos palabritas. No me dejaba concentrar, era insoportable. El tiempo pasaba y yo seguía en punto muerto, cada vez más nervioso. Gloria, al contrario, ganaba en desenvoltura. Figúrese, es como si el vaso le indicara al vino la manera de volcarse dentro de él. Además, tocaba de oído y le salía realmente muy mal. La fellatio no es como chupar una naranja. Me irritaba. Al final, cuando vio que no podía, alzó los ojos desde allá abajo y me miró como suplicando, acalorada y humedecida, con las mejillas muy rojas. Puro simulacro; yo capto al vuelo la inminencia del placer y no sentía la menor vibración hedónica. Eso era el colmo y no lo aguanté. “Pará nena -le dije-, no te gastes en gimnasia si no sos capaz de sentir como mujer; es inútil, conmigo y con cualquier otro”. Me miró a los ojos despacio, primero como incrédula y luego con esa mirada temible que yo le contaba, y saltó de la cama como si hubiera visto el virus del SIDA en persona. Volvió a encerrarse en el baño. Una lástima, si me hubiera dejado habría encontrado la forma, siempre la encuentro. Me quedé ahí confundido, esperando. No veía las cosas con la claridad de ahora: los gestos y las reacciones de Gloria habían sido muy convincentes y yo me había apesadumbrado, tenía una sensación de despojo que no podía precisar claramente. Así y todo, trataba de organizar mi cabeza para arreglar las cosas. Un hedonista no puede fracasar. Si la puerta del baño se hubiera abierto dos minutos más tarde posiblemente lo hubiera logrado, pero cuando se abrió, me tomó desprevenido. Gloria salió vestida y cruzó la habitación resuelta a irse sola. Entré en pánico. Tenía que detenerla y actué por impulso, hice algo que su estructura mental no podía entender en su verdadero significado. Gloria, la llamé. Ella se detuvo y me miró con frialdad. Las palabras no me salían. Entonces le sonreí enigmático, y para ofrecerle lo mejor de mí, lo que ninguna había dejado de valorar en grado superlativo, le mostré, sacándola de a poco, solemnemente le diría, todo el largo de mi lengua. Y mire, habrá pasado tan rápido como la sombra de un meteoro pero yo la vi, estoy seguro: hubo un instante de admiración en su cara, aunque lo que quedó fue lo que ella quiso mostrarme: repugnancia, desprecio. “Inmundo”, dijo antes de dar el portazo. Qué le parece. Comprendo su silencio. Todos los días la espero a la salida de la escuela y se niega a hablarme. Allá voy ahora. Yo estoy dispuesto a perdonarla, la he perdonado. Sí, ya sé que un hedonista no debe insistir en el fracaso, pero no tengo alternativa. De ahí que esté en crisis. ¿Recuerda que le hablé de una sensación de despojo?. No tardé mucho en precisarla: Gloria se quedó con todo el placer que yo era capaz de sentir. Me bajo en la próxima.

Últimos juegos

Diego se agachó justo a tiempo para que la rata no le diera en el pecho. Oyó el golpe contra la pared y miró la estrella roja que lentamente empezaba a chorrear. Cuando se dio vuelta, Lalo lo estaba mirando.

—Casi la agarro en el aire —le dijo.

Lalo no le contestó.

—Casi la agarrás en el aire. No me hagas reír —intervino Her­nán—. ¿Qué tal si le tiro otra, Lalo?

Apoyado en un rincón, Lalo se acariciaba el pecho con indolencia.

—¿Qué tal si le tiro otra, eh?

Diego se había puesto colorado, pero Lalo esperó todavía a que bajara la vista.

—No, la próxima que la agarre él —dijo al fin.

—Claro que la voy a agarrar —contestó Diego. Vaciló, y como ellos no reiniciaban el juego, dio un salto y se hundió hasta las rodillas en el maíz; gritó y removió las mazorcas hasta que una ra­ta brotó delante de él. Pero estiró el brazo demasiado tarde.

—Cagón —dijo Hernán.

—No soy cagón.

Lalo entornó los ojos como si pudiera leerle el pensamiento, bajó la mano, se acarició el vientre y jugó apenas con el vello del ombli­go. Luego, como al descuido, se acomodó el jean en la entrepierna.

—Yo podría creerte que no sos cagón —dijo después.

—No te gastes —interrumpió Hernán—. Es muy, pero muy cagón.

Lalo no lo tomó en cuenta.

—Voy a darte una oportunidad —dijo a Diego—. ¿Te animarías a subir a la torre de la iglesia y a pararte en el hueco de arriba sin agarrarte?

—Qué se va a animar —dijo Hernán.

—Sí —contestó Diego.

—¿Y a hacerle burla al loco de la navaja?

—Claro.

Hernán sopló ruidosamente.

—¿Y a acostarte acá desnudo y dejar que una rata te camine encima? Palideció. No se atrevía a contestar y la expresión de Lalo se iba endureciendo. Cuando Hernán ya parecía gozar del triunfo, habló, pero la voz le salió ronca y casi inaudible.

—También —elijo.

—Sacate la ropa —ordenó Lalo.

De nuevo, tardó en responder.

—Que me camine por acá —se pasó la mano por el torso.

—Sacate la ropa.

Empezó por las zapatillas. Después, muy despacio, se quitó los pantalones.

—Toda la ropa.

Rojo de vergüenza se sacó el calzoncillo. Lalo dejó su rincón con desgano, juntó la ropa y se la dio a Hernán.

— Tomá, llevala —le dijo. Pero tuvo que hacerle un gesto con la cabeza para que se fuera.

—¿Dónde la lleva? —preguntó Diego cuando estuvieron solos. Lalo, ahora, le juzgaba atentamente el cuerpo.

—¿Y si la rata te muerde el ñoqui? —le dijo.

Diego no le contestó, permanecía expectante. Lalo levantó una mazorca del suelo y la arrojó hacia arriba.

—No te preocupes, ya te va a crecer —dijo. Recogió la mazorca en el aire y se la puso perpendicular a la bragueta.

—Así, ves. Mirá qué linda —la hacía oscilar desde la base en to­das direcciones.

Diego quiso decir algo pero sólo le salió sonreír.

—Agarrala —dijo Lalo.

A él se le desfiguró la sonrisa.

—Agarrala, vamos.

Bajó los ojos, rodeó con la mano la mazorca y la apretó apenas.

—No la sueltes. Mirame.

Antes de que lo mirara, oyeron pasos. Diego retiró la mano.

—Ya está —dijo Hernán entrando.

Lalo se alejó un poco y gritó la orden de caza. Hernán lanzó otro aullido; los dos empezaron a saltar en el maíz. Diego se que­dó allí parado pero después se sentó. Se examinaba la mano con incredulidad. Luego, como si no debiera, agarró una mazorca y la colocó en el lugar de su sexo. La inclinó hacia un lado y el otro; la hizo apuntar hacia el techo. Estaba mirándola cuando se sobresaltó. Pero no lo habían visto. Lalo estaba muy atento a la superfi­cie del maíz. Salgan, hijas de puta, gritaba. Las piernas se le hun­dían entre las mazorcas pero mantenía sin esfuerzo el equilibrio con los brazos. En cambio Hernán andaba a los tumbos, se caía a cada paso y no paraba de reírse. Diego no entendía que Lalo lo tuviese de amigo. Además, era dos años menor, casi tan chico co­mo él. Admiró los movimientos seguros de Lalo hasta que Her­nán, fanfarroneando, mostró en alto la rata que había cazado. La sostenía por la punta de la cola.

—Vení —dijo Lalo desde el medio del granero.

El negó con la cabeza al mismo tiempo que se ponía de pie.

Caminó hacia ellos con cara de pedir clemencia. Lalo lo hizo sen­tar y luego lo empujó suavemente hasta hacerle apoyar la espalda en el maíz. Le llevó los brazos hacia atrás.

—¿Qué tal si la apretás en un sobaco? —dijo.

Diego hizo un gesto de asco pero Lalo no lo vio. Estaba aco­modándole las piernas, minuciosamente, bien estiradas y abiertas.

—Apurate, que me canso de tenerla —dijo Hernán.

La rata se doblaba hacia arriba y, con movimientos eléctricos, tira­ba tarascones intentado morderle los dedos. Lalo la miró satisfecho. —Por dónde empezamos —preguntó.

Los ojos de Diego perdieron brillo, la frente se le humedeció.

—Habías dicho que me caminara —dijo.

—Sí, pongámosla que lo camine todo —Hernán se arrodilló en­tusiasmado. Lalo le detuvo el brazo justo antes de que la rata to­cara el pecho.

—¿Querés que te camine por acá? —dijo Lalo bajándole por la in­gle con la punta de una mazorca.

—No, por favor.

—Entonces, por acá. —Trasladó la mazorca al lado interno de un muslo.

Él, instintivamente, cerró las piernas.

—Qué hacés —gritó Lalo, y con las dos manos se las abrió por la fuerza—. Empecemos de nuevo.

Hernán miraba sin pestañear, se mordía los labios; la rata no dejaba de retorcerse. Inmóvil, con los ojos fijos en el techo, Diego soportaba ahora la mazorca que le subía entre los muslos.

—No, por ahí tampoco —suplicó.

—¿Por qué?

—Tiene miedo de que se la coma; no se va a empachar la po­bre —dijo Hernán y largó la risa. Lalo distaba mucho de reírse.

—Por qué, te pregunté.

Diego abría la boca pero no le salía ningún sonido, ya tenía la mazorca en la entrepierna. Ladeó la cabeza a un costado.

—¿No vas a contestarme? —Lalo dio un empujón violento a la mazorca. Diego pareció a punto de llorar.

—No quiero que me muerda el ñoqui —murmuró en tono de derrota. Con la mano libre, ostentosamente, Lalo volvió a acomo­darse el jean.

—¿Siempre la tenés tan chiquita? —preguntó.

Él ahora se apuró a responder.

—No, a veces se me pone grande.

—Sí, como un cigarrillo —se rió Hernán.

Diego giró la cabeza, vio fugazmente el bulto del pantalón en­tre las piernas de Lalo, y volvió a enfrentarlo a la cara.

—Se me pone grande cuando me acuerdo de una cosa.

Lalo aflojó la presión sobre la mazorca y lo estudió con desconfianza.

—Por qué no terminamos de una vez. Que lo camine y listo —dijo Hernán. La rata se movía débilmente.

—Lo que veo a la noche por las hendijas de la ventana de mi cuarto —siguió Diego. Lalo retiró la mazorca y, sin soltarla, cruzó los brazos—. Ella debe tener catorce y él…

—Me va a morder. Miren —dijo Hernán. Lalo y Diego miraron a la rata. De nuevo trataba de liberarse pero no podía alcanzar los dedos.

—Dejala, no llega —dijo Lalo. Y volviendo enseguida a Diego—: ¿Qué fue lo que viste?

—Sí que llega. Les digo que casi me mordió.

Lalo estiró la boca hacia un costado.

—¿Qué era lo que habías visto?

—Ella debe tener catorce —repitió Diego—, pero con un cuerpo bárbaro. El es un tipo grande, como de veinte. La otra noche la tenía apoyada contra el árbol de la vereda. No, no puedo —dijo—. Cada vez que me acuerdo se me pone…

Lalo agarró el brazo de Hernán que sostenía la rata.

—Contanos. O querés que te la muerda —dijo.

—Al principio nada más que besos y esas cosas. Pero después le metió la mano debajo de la pollera. El tipo estaba de espalda así que mucho no le vi. Pero ella se empezó a desesperar, miraba para arriba y abría la boca respirando muy fuerte —imitó el ja­deo—. Después él le sacó las tetas afuera —se interrumpió otra vez como si le costara un esfuerzo enorme revivir la escena.

—¿Qué pasa? ¿Te olvidaste cómo seguía? —dijo Lalo.

—No, nunca me voy a olvidar. Se las empezó a besar o no sé qué, pero ella no aguantaba lo que él le hacía. Se ponía como lo­ca, había agarrado la cabeza del tipo con las dos manos y se la apretaba contra las tetas moviéndose para refregárselas bien —ce­rró los ojos. Parecía disfrutar de las imágenes. Lalo se tapó la en­trepierna con las manos. Hernán tuvo que humedecerse los la­bios antes de hablar.

—Qué tiene de extraordinario —dijo—. Al final me va a morder. Terminemos o la suelto.

—La tenés ahí hasta que yo te diga —dijo Lalo. Y a Diego—: Vos seguí.

—Y después él se arrodilló y metió la cabeza abajo de la polle­ra. Y ella empezó a retorcerse con las tetas afuera como si se ras­cara la espalda en el árbol. Ahí le vi bien las tetas, si las hubieras visto, y me di cuenta de que sudaba mucho y que no podía más.

—¿Cómo las tenía? —dijo Lalo—. Las tetas, ¿cómo eran?

—Grandes.

—Sí, pero ¿cómo eran? ¿de qué clase?

Diego dudó como si no comprendiera.

—Viste. Son mentiras. No vio nada. Se inventa todo para salvar­se —dijo Hernán.

—Tenés que verIas. Si querés te digo cómo entrar en mi casa de noche y miramos los dos juntos.

—No sé si es verdad —dijo Lalo—, el tipo no puede haberse que­dado así.

—No, si no se quedó así. Cuando la puso que no podía más, salió de abajo de la pollera, la sacó a ella del árbol, y se apoyó él. Tenía la cosa afuera, enorme. Yo tampoco podía más, me do­lía de tan dura. Decí que soy chico. Pero vos, con el cuerpo que tenés, sos mejor que el tipo ese.

Lalo se quedó pensando.

—Contame lo que le hizo ella —dijo.

—¿Ella? Ella se la agarró y… Pero no, Hernán no me cree, lo que le hizo ella te lo cuento a vos solo. —Lalo hizo un gesto de sorpresa. Hernán balbuceó algo pero no llegó a decir nada: aflojó los dedos y la rata cayó sobre el cuerpo desnudo. Diego se paró de un salto.

—Te dije que la tuvieras, idiota —gritó Lalo parándose también.

—Se me escapó. —Con grandes pasos, como si quisiera recupe­rarIa, Hernán se alejó unos metros. Lalo no lo persiguió. A la luz de la puerta, Diego se miraba escrupulosamente la zona en que la rata lo había tocado. Se frotaba y volvía a mirarla. Entonces Lalo se le aproximó. Cuando sintió la mano en la espalda, Diego se quedó inmóvil. La mano subió hasta el hombro, lo apretó suavemente y él tampoco se movió. Había dejado la mirarla en un pun­to cualquiera y parecía alerta. Lalo le acercó los labios al oído.

—Le digo a Hernán que se vaya, ¿eh?

Él no contestó.

Lina Meruane (1970). “Cuerpos de papel” (1998), “Café Obola”(1997), “Sangre de Narices”(2000), “Hojas de afeitar”(2011), “De mano en mano”(2011)

Etiquetas

, , , , , , , ,

Lina Meruane (1970) se ha convertido en una de las voces referenciales de la narrativa chilena. Es sobre todo cuentista pero también escribió novela, ensayo y teatro.

“Cuerpos de papel” (1998), “Café Obola”(1997), “Sangre de Narices”(2000), “Hojas de afeitar”(2011), “De mano en mano”(2011) son muestra de alguno de sus cuentos.

Cuerpos de papel
(cuento)

Sólo he leído
el obituario de mi muerte.
RITA COSTAGLIOLA

…..
Lo escucho caer pesadamente sobre la escalinata que da a la puerta; resbala desmembrándose sobre el cemento. Cada madrugada me despierta, y tras ese violento sonido que anuncia la llegada de las noticias no puedo volver a dormirme. Me atormenta pensar que algún intruso abrirá la reja silenciosamente y hurtará el periódico matinal; que algún vendedor de la feria podría interesarse en llevar los cuerpos de papel para envolver pescado, mariscos, para secar la sangre derramada de la carnicería ocasional de los jueves. Para envolver perfumadas manzanas amarillas, y puerros, cebollas, papas. Y huevos. Pienso en todo eso, pero pronto dejo escurrir toda inquietud. Estiro mis piernas bajo la sábana; las puntas de mis pies están frías. Mis manos se han combado en la temperatura de estas madrugadas, en las que peino mi negra cabellera. Algunas canas se enredan en la trama de la peineta, pelos gruesos, ásperos, que crecen esquivando mis meticulosos dedos de pinza. Pero atrapo una, desteñida, y la arranco desde la raíz. La anudo junto a otras canas y extiendo el mechón sobre mi catre esperando la claridad de la mañana.

Hace horas que el sol ilumina la persiana cerrada de mi cuarto. La peineta se desliza ahora sin dificultad y mis dedos no hallan hebras indeseables; terminada la labor me precipito escaleras abajo. Abro la puerta, mi vista recorre el suelo. El periódico está ahí, con sus nefastos titulares, con sus obituarios de tinta impresos dentro de las sábanas de papel. Lo levanto, aliviada; lo enrollo bajo el brazo y siento el aire apenas tibio entre mis piernas; me lo llevo a la cocina, lo desdoblo y apilo sobre los demás. Hoy es jueves. Dentro del canasto hay exactamente siete ediciones amarillentas con sus suplementos ocasionales. Doy cuerda al reloj de mi abuelo, es temprano; faltan tantas horas para la medianoche, pienso, y me meto en la cama a esperar. Y mientras espero, busco canas entre mi cabello; y mientras tiro de ellas, el tiempo se entorpece en los dientes de la peineta.

Ahora, en silencio, puedo escuchar las ruedas del viejo carretón arrastrándose por encima del pavimento. Detienen el avance y mi pulso se acelera. Bajo la escala, de dos en dos. Me quedo tras la puerta, anticipándome al sonido de la reja que se abre. Antes de que él se empine a tocar el timbre y pueda despertar a mis vecinos de sueño ligero, descorro el picaporte.

….. -Buenas noches.

….. Mi trato es formal. El suyo también lo es: no contesta. Repite la venia de cada jueves, con su sombrero raído entre las manos, a la altura del ombligo. Y espera a que le indique el camino que conoce.

….. -Después de usted -le digo, solemne otra vez.

….. Sube hasta la cocina, espera que entre yo y cierra la puerta. Como de costumbre, alcanzo el interruptor con la mano, enciendo la ampolleta y veo cómo se le iluminan sus pequeños ojos turbios de ratón. Se agacha a contar los diarios. Me arrimo a su lado y siento su olor agrio, a vino y a sudor. Agacha la cabeza, apoya su nariz de delgadas venas rojas sobre la pila de papeles. Respira hondo, intentando retener su aroma. Yo acaricio el borde de su cuello transpirado; me río, tontamente, y retiro mis dedos. Él no parece darle importancia, su nariz permanece inmutable sobre el cúmulo de papel. Le tomo la mano Es áspera y pequeña. Acerco su palma a mi mejilla, pero él tiene la vista fija en un título, en alguna foto. Fuerzo sus dedos en el escote de mi camisón y su caricia me raspa. Me raspa y yo me muerdo la lengua y cierro los ojos, y los abro para verlo inclinar la cabeza sin dejar de mirarme con su pupila desviada; se tuerce entero y sonríe tímidamente. Su boca tiene varios dientes de menos, sus labios son delgados y secos como pellejo de animal muerto. Comienza a reír estrepitosamente cuando sirvo dos vasos plásticos de tinto. Me sigue hasta mi pieza.

Renato tiene las mejillas estragadas y ligeramente violeta en el borde de las patillas. Lo miro en el espejo, su frente está cruzada de arrugas profundas. Renato está de pie detrás de mí. Sus manos, engrifadas por los años al mando del carretón, son torpes con la peineta. Toca mi pelo, luego toca el suyo -cano, grueso, raleando sobre su cráneo- y vuelve al mío. Al concluir, veo que se inclina a recoger las hebras que se han desprendido de mi maciza cabellera. Quita las que han quedado adheridas entre los dientes del peine. Entonces me levanto, abro las sábanas y busco, como una ciega, el mechón de canas que le he guardado. Él suma todas las hebras y las mete en el bolsillo de su chaquetón. Toma el nudo de la pita con la que ha amarrado los diarios y los levanta. Lo escucho bajar las escaleras, cerrar la puerta de golpe.

Despierto. La orquesta invernal toca sobre el techo. Me levanto, me enredo en las sábanas y tropiezo. Las rodillas se me enfrían sobre el suelo, las palmas me duelen. Me arrastro como una borracha hasta la cama. Me cubro. Tiemblo. Tomo la peineta y mientras desenredo mi pelo, escucho el diario caer sobre el cemento, envuelto en plástico. Imagino cómo salpica agua en el impacto, cómo resbala suavemente en la lluvia hasta golpear la puerta. No espero el amanecer para ir a buscarlo, si se empapa tardaría demasiado en secarse. Cuido de no resbalar en el piso húmedo. La tranca, el pisaporte. El aguacero por todas artes. La bolsa con el papel dentro ha caído en un charco y escurre cuando la levanto. Abro el nudo para sacar los cuerpos, todavía tibios, oliendo a tinta. Pienso en la boca abierta, desdentada de Renato. Es lunes, la fecha exacta se lee encima del titular, centrada sobre la foto con una pareja de siameses recién separados. Es lunes hoy; ésa es toda la información que me interesa.

Días, noches largas en que nada parece suceder hasta la madrugada. A veces despierto horas antes del golpe periódico y al encender la lámpara de la mesa de noche encuentro las sábanas cubiertas de pelo sedoso y negro. La claridad del día demora en llegar, y a tientas voy buscando el extremo de cada hebra que anudo junto a las demás y que guardo entre mi ropa interior. Me perfumo con agua de colonia. Es medianoche ya. Los minutos se pisan los talones, me tiendo sobre la cama con la mano entre las piernas e imagino qué puede haberle sucedido. Cierro los ojos y lo veo en la barra con una caña. Lo veo tendido en la esquina, sobre uno de los fardos de apio de la feria. Lo veo resbalándose en cajas de huevos. Lo veo tapado con cartones y hojas sueltas de tabloide, dormido dentro del carretón, a pocos metros de esta casa. Me asomo por la ventana y la brisa ya no levanta mis pesados, mis oscuros pezones. La noche no tiene luna, no brillan las estrellas. No hay siluetas dibujadas sobre el pavimento. Irrumpo en la cocina: entre el refrigerador y el cajón de la basura reposan los periódicos que Renato debe venir a buscar. Doy cuerda a la hora y aprovecho de mirar las siniestras manecillas detenidas en mi muñeca. Tomo el diario para cerciorarme de la fecha. Tomo un cabello, lo tiro y me pregunto si faltará Renato precisamente hoy, que es jueves.

Una hora transcurre. He enrollado varias canas en la punta de mis dedos, ahorcándolos, pero él no ha aparecido. Entonces aguzo mi oído y escucho las ruedas avanzando sobre la calle. Descorcho la botella, tomo un sorbo que calienta mi estómago, apuro el trago y me levanto. Abro la puerta, una sonrisa se tambalea en mi rostro. Le muestro el vaso pero Renato no alza su cabeza. Se va acercando, lentamente. Se detiene, suspira como burro carguero. Me parece aún más pequeño que de costumbre esta noche, aplastado por las sombras de los árboles. Me siento en el escalón frío, muerdo entre los labios un mechón de pelo. Cuando Renato al fin se acerca y cruza la reja, separo mis piernas dobladas, cubiertas de vello, y me levanto el camisón. No me mira. La mano le tiembla. No decimos nada, no nos tocamos siquiera. Sube, deteniéndose a cada paso. Yo le ofrezco uno de tinto. Me muestra la oquedad de su boca pestilente, cierra los ojos y comienza a amarrar los papeles con una cuerda. Tomo la botella del gollete y entro a mi cuarto. Renato me sigue. Esta vez no me siento en la silla ni espero que me escobille el pelo, que huela el perfume de mi escote. Tomo los mechones que he ido recolectando, los enrollo y los pongo delicadamente en ese único bolsillo cosido de su chaquetón. Suavemente deslizo mis manos por las solapas, le voy quitando el abrigo y siento su cuerpo escuálido debajo de la camisa. Renato mira el suelo, y la botella que he dejado sobre la alfombra. Cierro los ojos y abro los botones de mi blusa mientras su dedo tembloroso persigue el comienzo de una cana perdida en las sábanas revueltas.

Después de recoger el diario, esta madrugada, vuelvo a la cama con un vaso de vino. Es la última botella. Renato se ha llevado las demás junto con los diarios, los cartones y mi camisa de dormir; también un par de aretes plásticos. Y macizos mechones de mi cabello encanecido. Sigo escobillándome durante horas, interrumpiendo esta delicada labor sólo para tomar otro sorbo, o para untar en el vino un trozo de pan viejo. Hace tanto que no entra aire de la calle por la ventana. Los días pasan imperceptiblemente, marcados por el diario que el repartidor arroja, por inexplicables motivos, en mi patio delantero. ¿Lunes? ¿Domingo? ¿Sábado? La cama aún huele a él, a su vómito. ¿Martes, miercoles? Han llegado algunas cartas, cuentas que no pagaré. El agua apenas escurre por la boca abierta del grifo. Me he acostumbrado a la luz que se cuela entre los listones de las persianas bajas.

Renato tarda, hace semanas que se atrasa. Imagino que hoy llegará de mañana, cuando mi reloj se haya detenido. Tembloroso, pálido. Hediondo a alcohol. Lo acostaré en mi cama y le serviré algo para tomar. Amarraré los diarios para él y, antes de que balbucee sobre la imperiosa necesidad de llevárselos en su viejo carretón para cambiarlos por dinero, desnudaré su cuerpo enjuto, bordado de costillas y de pelos, e insistiré con mis labios alrededor de su pene blando mientras me masturbo. Cierro los ojos y escucho el timbre antes que las ruedas del carretón. Me sorprende, es exactamente medianoche. Renato vuelve a a ser puntual. Tomo la peineta y veo que mis manos tienen una suave tonalidad amarillenta. Odeno las escasas hebras de cabello negro sobre mi cráneo. El resto son canas. Me raspo el cuero cabelludo en el apuro; sangra la piel. Bajo lentamente, descalza, con el vaso ya vacío en la mano. Retiro la lengua del picaporte. Tiemblo. Sólo veo su cuerpo en el contraluz de la luna. Esta vez no lleva sombrero, no trae encima su chaquetón.

….. -Renato -le digo-, lo esperaba. Pase.

….. Abrazo su cuerpo, pero algo en él ha cambiado. Su altura, lo robusto que está, su postura vigorosa. A su lado me siento repentinamente, demasiado frágil, pronta a desmoronarme como una estatua de arena humedecida, alcoholizada. Acaricio su cabeza y mi palma resbala sobre su pelo, sobre su curiosamente larga pelambrera.

…..-¿Renato, es…? -susurro emborrachada de extrañeza. Intento reconocer sus labios en la romántica oscuridad. Su boca se resiste, como siempre, hasta que cede-. Renato…

….. Y contesta, algo dice. Hace tanto que no lo escuchaba hablar, me digo sin emitir una palabra. No recuerdo la última vez, si acaso la hubo. ¿Hubo acaso alguna conversación?, me pregunto súbitamente exhausta. Pero no lo sé, no lo recuerdo. Y me peino con los dedos, y me mojo los labios mientras veo su boca gesticulando, y veo dientes, y su cabeza subre y baja agitando una frondosa cabellera entrecana, arrojándome el mensaje, que hace siete días, que lo encontraron muerto, que ella es, que ella… La voz de la mujer irrumpe hecha pánico en la torpeza de mis oídos.

… ..- He venido por los diarios de la semana -me parece que dice-, por los cuerpos de papel. ¿Los tiene, se los guardó para mí? -Sus palabras se astillan contra el pavimento. Alza entonces la mano hacia mi cabellera, escoge una de mis canas y la tira suavemente, como Renato.

….. -Y tendrá un vaso también -dice, dejándose llevar por mi mano-, un tintito que me convide.

(Las infantas, 1998)

CAFE OBOLA

(Frente a un mundo delirante,
sólo existe el ultimátum del realismo.)
Jean Baudrillard, LAS ESTRATEGIAS FATALES

(Pareciera que duerme: es de la cocina escuchas las sílabas incongruentes que emite en su monólogo. Al juntar la puerta, dejas de oírlas repetirse delirantes. Entonces, sin prisa, vas llenando la tetera en el grifo que gotea y la pones encima del quemador que enciendes con un fósforo. Esta misma madrugada comienzas a abrir los muebles en busca de los ingredientes que verterás a cucharadas en la taza: dos de café, químico, y azúcar en polvo: varias colmadas de azúcar volátil: exactamente cinco, o serían cuatro. Aún así, este brebaje que sumarás a tu desvelo es tan insípido comparado al de anoche (me dices). A ése que bebiste en el bar al que llegaste como resguardo primero y final de tu huida. La noche del jueves (anoche, repites): cuando no te quedó más alternativa que partir con premura del departamento. Buscabas una tregua. Improvisabas una salida. No supiste cómo, en qué sutil instante la mecánica entre ustedes había comenzado a cambiar: durante los primeros encuentros su avidez permanecía encubierta bajo la sutil apariencia del encanto. Tocaba el timbre con el codo, equilibrando en las palmas un paquete de pasteles que dejaba sobre la mesa para abrazarte. Y se quedaba en el perfume de tu cuello, y lamía el lóbulo de tus orejas como tanteando el ansia de las cinco de la tarde. O eran sus labios abiertos frotándose en el nacimiento del pelo, dejándote la nuca grasienta, enrojecida. No sentías más que cierto empalagoso cosquilleo mientras engullías aquellas tortas de impensados sabores, con tanta premura que te atorabas al tragar si además sorbías café. Terminada la bandeja quería limpiar la polvareda de azúcares perdidos en tu escote, diseminados entre tus pechos; te husmeaba como animal sin pretextos; comenzaba a roer por el pliegue del sostén, y entre los vellos largos de tus axilas que tironeaba suave, luego bruscamente, afilando sus dientes en zonas blandas, justificándose en el encantamiento de ese aroma dulzón en tu piel. Sí. Hasta que descubrió la raíz del aroma y ya no hubo cómo detener esas maneras suyas: el frenesí de su lengua en tu viscosa maraña, el arrebatado apetito que sólo quería saciar en tu cuerpo; quería enredar su dominio ahí y decía, y susurraba, gimiendo entre tus piernas, o pedía, suplicando contigo entre las suyas, que murmuraras siquiera una sílaba de aprobación. Le mirabas algo sorprendida, o fingías asombro mientras intentabas extraer el azúcar que aún tenías atrapada bajo las uñas. Preferías hincar los dientes en tu propia lengua a emitir un solo ruido. O te divertías diciéndole al oído palabras en absoluto acarameladas: que te dejara, que estabas satisfecha, que mañana con café y más pasteles espolvoreados. Repasabas tu dedo sobre la bandeja vacía y te lo llevabas pegajoso a la boca sonriente. No le era posible resistirse a ti (afirmas que decía, y lo dices con una mirada perturbadora). Qué podías hacer, sentias una fatiga espantosa previo a su llegada, salivabas al oír el timbre, al escuchar su taconeo por las escalas. Te abalanzabas buscando los manjares bajo la cubierta de papel, mientras comenzaba a quitarte la ropa, a morderte apenas rasguñando tu piel, enterrándote los dientes como uñas. Y mamaba tus pezones hasta sangrarte (te tironeas el escote; las marcas son profundas). A su manera te habrá abierto, de la manera que sólo le es posible te penetró la tarde ésa, la del jueves. Ni siquiera te molestaste en simular, ni siquiera, y eso producía resultados sorprendentes: que le miraras directamente a los ojos en resistencia, que le negaras lo que fantaseaba más allá de tu cuerpo, más que lo más oculto de tus sueños. Esto producía en ti una dolorosa complacencia (te cito, textual): dolorosa, y sí, bastante placentera. Pero algo imprevisto sucedería antes del anochecer: quiso besarte, meterse dentro de tu boca. Y ahí sintió un aroma que no era exactamente dulce sino acre; tu saliva le supo de una aspereza insoportable. ¿Qué era ese olor? (¿Qué era?, ¿qué?) Sonreíste solamente y apretaste los labios. Entonces, usando los dedos para taparte la nariz te obliga a respirar separando los dientes; usa los pulgares como cuña. No alcanzas a gritar, no sientes nada aún. Sólo un fluido caliente, borbotones que manan, que te ahogan pese a que tragas y escupes y trags. Te ha desgarrado la lengua, se ha comido un trozo de ella y sangras y sangras, y no lloras, y la boca se te llena, y tragas, y sientes el metálico sabor de tu plasma. No has querido que vuelva a ti (te justificas exhibiendo el paladar. Y dices que): no quieres que vuelva a saborearte aunque tengas jarabe la sangre; dulcísima. Te defiendes a golpes, a patadas cuando comienza a acariciar tus nalgas por debajo de la falda. De nada sirve. Es peor incluso. Atrapa tus pies, le encantan tus furiosos alaridos y quejas; tus amenazas carecen de convicción porque te toca y estás entera mojada y un vaho caliente de algodón de azúcar emana de ti (has dicho que dijo, y con sólo mencionarlo el olor que describes parece desprenderse de tu piel y disolverse en el espeso aire de esta habitación). Se te pega al cuerpo atenazando tus brazos, y gesticulas como si gritaras cuando te tapa la boca y te chupa, y te chupa: cómo te lame (insistes, y te muerdes el labio inferior); cómo lo hace hasta llenarte de sales. Es necesario huir (aseguras) mientras cierra los ojos y parece fallecer. Es por eso: te pones su satinada camiseta larga de mangas, de cuello pronunciado, sus pantalones de cintura ancha y cinturón de cuero; le robas sus zapatos de tacón, que calzan a la perfección si te pones medias, pero se las dejas, y te vas por la calle, por las aceras rotas al bar de la esquina a sorber un amaretto. Pero no; la noche de ayer, este jueves precisamente, no quieres tomar nada: te sientas frente a una mesa entre tantas y con los dedos procuras darle forma a esa disparatada cabellera tuya. Estás ahí, dolorida y sin apetencias. Ahí, distante. Estás solitaria como quien espera: a que se duerma sobre el piso, o encima del cubrecama, o entre las sábanas de crea floreada. Esperarás en el bar hasta que tus heridas cierren, hasta que las mordeduras ya no supuren ese líquido transparente y pegajoso: no deben oler a miel cuando vuelvas atrás, al departamento, cuando te desnudes sin prisa frente al espejo, acariciando cada marca, cada trozo de piel arrancada, cada cardenal, e intentes tranquilizar tus temores, dormirte apegando tu cuerpo sudoroso al suyo. Pero es una noche temprana, todavía, la de este jueves. El bar está vacío y enrollas en el índice una mecha, un mechón de tu pelo, y te muerdes los labios para que nadie vea cómo tiemblan, y contraes con fuerza: sientes deseos de orinar, palpitas todavía y aprietas las piernas pero el gomoso fluido escurre. Escurre espeso y piensas en volver atrás, inmediatamente, antes de que se seque. No debes permitir que se cristalice, que se vuelva polvo árido esa pasión. Sería a costa de tu lengua (asientes de arriba abajo). Cómo duele. Quizá si pudieras evitar que volviera a cercenarte otro pedazo. Por primera vez lo piensas: por vez primera y no será ésa la última (fantaseas). Y mientras fantaseas la garzona se acerca blandiendo la libreta y una pregunta, qué vas a ordenar, en un habla que apenas comprendes. La contemplas, ves cómo se lleva el lapicero a la boca y succiona la punta sin dejar de mirarte fija, la partidura de tu escote; inquisitivamente el fondo de tus ojos. Sostienes su mirada y se te levanta la ceja. Le señalas con tu índice de uña roída lo que han pedido esas chicas en la otra mesa, en la mesa cuadrada de la esquina opuesta. Allá: el mechero impregando en alcohol rosa, la llama que calienta el agua dentro de la bola transparente sobre el mantel, el mantel en le que pronto descubres los pliegues de dos pares de codos, los vellos de esos brazos frágiles midiendo sus fuerzas; oyes risas los puños rígidamente unidos apenas vibran hacia un lado y otro; oyes más risotadas, chasquidos, carcajeos estridentes, y las chicas sueltan el nudo de sus dedos, y esos dedos son una tarántula que asciende el brazo de la otra, que le sujeta el codo a su presa cercándola. Y los minutos se han fugado ligeros mientras las contemplas sin concitar su atención, y carraspeas en vano, y separas las piernas impregnando el lugar de un cierto aire jazmín. Una de ellas te mira y husmea el aire desconcertada. Es sólo un instante. Al siguiente ya han partido. Es entonces que la garzona toca tu hombro para prevenirte antes de poner al frente el café obola que le has indicado: la mecha encendida bajo la bola con el líquido, que comienza a hervir dentro, que ebulle hacia la esfera de vidrio superior a través del tubo que las conecta, que unta el grano molido y vuelve a calentarse, y borbotea unos segundos hasta que la mano de la dependienta instala su dedo ornado de anillos en la llama que se apaga; y el agua, teñida café, se desliza aromática hacia abajo retornando a la bola de origen. Te cautivan esos dorados ahorcando las falanges de la mujer, las piedras brillantes de colores artificiosos; vas trepando con rigor de lupa sobre sus dedos e internando tu curiosidad por una manga blanca, corta, por donde asoman unos pelos pajizos casi rubios cuando levanta su brazo izquierdo y se rasca la nuca, en son paciente, con un pecho empinado sobre tu cabeza, a punto de rozar tu nariz según va descendiendo, muy cerca de ti, a medida que a ti se arrima en la misma banca; tan cerca que puedes respirar de su boca el aliento a licor añejo, y su perfumado sudor a pachulí en cuanto vuelve su rostro encarándote; y el tintineo de sus aretes y parafernalia colgante te ensordece unos segundos. Está rico, susurra dulcemente en tu oído; te lo preparé con bastante azúcar, bonita. Y su dorso acaricia el rictus inmóvil de tu gesto. Sonríe la garzona, pregunta por la marca de tu perfume. Sonríes también mientras observas el suave movimiento de sus manos sobre el género cuadriculado, va introduciendo su anular humedecido en el azucarero y poniendo ese dedo dulce sobre la herida de la lengua que le ofreces cuando te la pide; abre, muéstramela, bonita. Subes las cejas, solamente (así como la levantas ahora); y otra vez la garzona, más azúcar, acariciándote las encías, frotándotela en el paladar y luego secándola entre sus labios. Disfrutarás ese instante como quien recuerda un preciado gesto de intimidad, sin recordar, queriendo omitir, que fue en ese mismo bar donde conociste a quien ahora duerme ruidosamente en la habitación, en ese mismo lugar del que saliste acompañada hace ya algunas noches. No. No te mueves, ningún pensamiento te acomete, dejas que te embriague, que se enfríe ese café antes de aventurarte en él porque el calor pudiera remover la costra, hacer que lagrimees. Soplas el vapor, tomas sólo su aroma penetrante, amargo y levemente a cacao. Soplas suave, tu hálito le levanta la chasquilla a la garzona y ella acentúa su gesto meloso. Te quedas sin aliento y vuelves a aspirar. Se miran. Acerca su boca y aspira ese aire que guardabas para ti. Entonces deseas con violencia un bizcocho rociado de blanco para soplar esos azúcares en su dirección, antes de probar el manjar oculto entre ambas capas. Aquella apetencia persiste, persiste, te devora la imaginación hasta que un tenue sonido, un sonido ahogado te interrumpe. Porque esa madrugada aún nocturna ya no es la noche de ese jueves, aunque sea como si la fuera, y la tetera que tienes sobre el fuego ahora escupe su vapor hirviendo por la boquilla, a segundos de pitar. Cierras la llave del gas en la cocina y nuevamente todo es silencio. Silencio y unas palabras, unas sílabas perturbadas que salen de la boca dormida en la habitación, que no cesan de colarse entre sus labios. Tu cuchara revuelve, la artificiosa poción se licua dentro de la taza. Tomas un sorbo hirviendo, reprimes la lágrima. El trago caliente se va apoderando de tus sensaciones; es un contrapunto para tus plantas frías sobre el flexit. Te deslizas por fuera de su habitación camino a la sala. Aún duele, arde todavía; pero ya arrellanada en el sillón una agradable tibieza se extiende hacia la punta de tus pies, de tus dedos inflamados en el borde de las uñas porque se ha excitado comenzando por tus pies, excusándose en tu dulzura para atarte a la cabecera de la cama (quizá eso te gustaba y sin embargo lo niegas: aseguras que no, que no,) para sentarte sobre ti y enfurecerse porque quizá dónde has andado, seguramente en el bar aquel de la esquina, tomando quizá qué; con quién; porque hueles intensamente a algo que al principio no reconoce y le asquea porque es amargo (sonríes y añades: no sé cuántas tazas me tomé con ella) y entonces te besa, más bien penetra tus labios con su lengua rígida y busca la tuya y la encuentra partida para apropiarse de otro trozo (¿otro más?). Muerde con precisión. Duele, no gritas. Aún tienes lengua pero sabes guardar silencio. La lengua aún sangra y sientes el gusto metálico en las encías. Y luego, se ha dormido. Sus dentelladas vuelven a perderse entre las sábanas. Enredas tus nalgas en la colcha que te arropa sin adormecer tu pensamiento, que gira en torno a sí mismo provocado por el utensilio manco. Observas el ojo del oscuro remolino y por un momento sientes vértigo. Te estremece, te inquieta el incesante silabeo dentro de la habitación: nuevamente carraspea consonantes absurdas, de durmiente. Si su brazo se extiende hacia el lado frío de la cama, buscándote, es posible que despierte y diga tu nombre. No es posible un desdeño, te requiere, ya conoces ese devenir que se repite y repite cada vez (me miras manteniendo la cabeza baja y reiteras con certeza: es lo mismo siempre). Ha murmurado tu nombre otra vez, o algo que se le parece, pero que así, en la vigilia, jamás podrá articular. (La vigilia, qué duda cabe). Ha abierto los ojos y no te ha visto. Se despereza. Te llama. Incoherencias solamente. (Incoherencias, murmuras ante mí con dificultad, pidiéndome, exigiendo que apunte también esto.) Y te llevas la mano a la boca, sacas la lengua y la bates en el aire como un pez descabezado. Te llama, otra vez, con esa voz de infante clamando a su madre. Te confunde en ese murmullo neutro incapaz de tilde; contestas con un susurro, casi una aspereza en la madrugada que aún no clarea. Qué haces… (pareciera que te susurra). Soplas la nube que se cierne sobre la taza, esperando que se disuelva en el aire frío. ¿Qué hora, es…? (¿sería ésa su pregunta?) Falta todavía para las siete, tal vez unos quince minutos; duérmete, le ordenas con el pensamiento. Dormita que vuelvas a la cama y tú respondes con una negativa imperceptible. Tiemblas, pensar en su voz filosa tras el lóbulo de las orejas te paraliza (eso dices y te secas la nuca con la palma de la mano). El silencio te cela otra vez. El silencio esposa el efímero lapso del raconto que intentas cronológico (aunque, me parece, te confundes); el silencio te abre los labios y sabes que antes que ejercitar tu lengua preferirías otro golpe, tu mente divaga en la medida de los puñetes, que hables, que se lo digas de una vez qué es eso que has ingerido y que amarga tu dulzura; otro, y te engrifas. Y ese jarabe clara de huevo se acumula pese a ti misma aumentando como levadura bajo un paño de palabras calientes. Qué es eso que te amarga, repite, mientras te distraes pensando en las palabras precisas de la mesera anoche, hace sólo algunas horas. Repasas las hebras colorinas de esa sentencia, bonita, que ahora peinas con una taza entremanos. Trenzas los sucesos intentando explicarlos: que se acercó la garzona con su roja melena y sus labios extravagantes la noche del jueves y pensaste: ésta va a preguntarme qué quiero, lo de siempre, y luego va a pedir que pague la cuenta con un dinero que no tengo. Pero cuando legó la hora de retirar las tazas, el par de cucharas y los demás implementos, cubrió tu boca con la mano y dijo, pago yo, bonita, si me dejas descubrirte, mirarte la vida, en el grano de este café portugués. Así, intrigante, te sentenció mientras repasaba su anular por encima de la oreja reciente, del labio inferior todo machucado. Accediste con un toque de cabeza y ella empinó la taza sin discreción en tu boca haciéndote beber todo el líquido, hasta lo más espeso, hasta trapicarte. Es en ese momento (estás segura): exige que te voltees la esfera transparente para que el residuo húmedo caiga sobre el palto. Empieza a hablarte de las zonas oscuras, con la palma sobre tu muslo; de los problemas que se dibujan sobre lo blanco y te entrelazas a su vaivén; y de ciertas áreas claras y de otras menos tranquilas. Cierras los ojos, dejas que tu cabeza caiga hacia atrás y entonces sientes los labios de la mujer en tu cuello; y entonces, sin mediaciones, te ves en otro lugar, en ese que se supone tu casa, tu albergue, y piensas en quien duerme en la cama de la habitación. Despertará. Querrá encontrarte ahí: sientes la boca seca y sudas frío, sudas extremadamente y brota la melaza empapando tu calzón. Intentas irte, más bien simulas un intento por levantarte de la mesa, y la garzona te coge con fuerza, sin mirarte a los ojos, oliscando el aire sin interrumpir la inmisericorde monotonía de su lectura. Y tú dejas que te hable charlatana y juntas las piernas lo más fuerte que puedes porque palpitas. Es el café (el café éste me pone así, te justificas, y el azúcar: las cuatro, las cinco colmadas que diluiste dentro de la taza); es el café lo que genera esa sensación en ti, esa ansiedad, ese temblor en los labios cuando miras los de la mujer hablando de algo que se ha vuelto cotidiano. Ganas de que te genere una herida, otra costra, pero callas, Y ella continúa: lo primero que veo aquí es. Dice; se queda en una pausa y te introduce su uña anular entre los dedos. Y lo segundo: a ver, deja. Dice, haciendo girar el plato. Sí, lo veo clarito, hay un triángulo alargado. (Cómo una lengua, piensas). Hay uno, no: dos triángulos; no, ninguna estrella: pero, quizá; ésta eres tú, al centro del plato; ¿te ves, bonita? Y tú asientes, divertida por un momento. Hay tres aquí, aparte de ti; besas una boca pensando en otra que tiene dientes, quijada de animal, ¿qué es?, ¿una perra? Esto te hace reír, deberás apretarte los labios entre índice y pulgar para evitar el ardor. Ella vuelve a tomarte la mano. Te percatas de sus ojos grises concentrados en el grano: No estoy segura, no lo veo bien en este desparramo; es como si corriera sangre aquí corre mucha. Gira el plato otro poco y el molido se escurre fuera. Calla unos minutos para agregar que la persona ésa a la que vuelves de noche tiene las manos pequeñas, las manos blancas. Declara, con el ceño fruncido, comenzando a jugar con los anillos. Blancas, le repites, emitiendo una voz gutural que te sorprende: Blancas, claro que las tiene blancas las manos. Ella no hace caso de ti, sigue rodando los anillos alrededor de los dedos. Me refiero a que no están manchadas… Te extraña aquella necesidad de aclaración. Por un instante pensaste que quizá lo sabía que no jugaba a la seducción, solamente, la garzona, sino que era de verdad avezada en predicciones. Las sucesivas tazas del café preparado en la bola de vidrio quizá nada tuvieran de casuales. Quizá. Y aún estás dándole vueltas a sus palabras, como al plato. Esos detalles que ahora calzan: la perfecta descripción de la carne desgarrada; los gruesos goterones de sangre que caen al suelo; el dulce resbalón del retroceso. Esos detalles que anticipaba esa noche de jueves, antes de sentir tu olor, o de comenzar a mencionarlo con insistencia, cuando la dueña del local, desde la cocina, les grita que ya, que debes irte, porque es hora de cerrar. Se despide con un ligero mordisqueo en tu cuello y se te escapa un gemido complaciente; entonces eres tú quien sujeta su muñeca y le indicas que espere, que aún no acabas el café, que no puede irse así, sin más. Bonita, asiente la garzona en retirada, algo nerviosa. Bonita. Intentas seguirla hacia la caja, pero se te enredan los pies buscando los zapatos debajo de la mesa y quieres pedirle que se detenga, pero te muestra la lengua entre los labios y se chupa el dedo; cuida la lengua, bonita, que peligra, y se lleva las manos a las orejas como si no pudiera soportar el bullicio que ha disminuido perceptiblemente. Cuando te levantas ella ha partido pero intuyes que volverás a verla, que esta sesión no fue la última: te has quedado deseando otra relajante taza de café, ella se ha quedado con la intención de tu aroma. Le dejas una nota manuscrita apenas sujeta bajo el azucarero, sabiendo que te ha visto escribirla, que volverá por ella. La dueña ya voltea las sillas sobre las mesas y fija su mirada en ti. Debes partir, antes de que se acerque demasiado y te huela (insistes en aquello espiando mi semblante). Sí, debes irte ya. Volverás atrás por las mismas aceras faltas de reparación, vuelves sintiendo a cada paso que los insectos buscan tu piel húmeda y se adhieren a ella. Y sonríes en celo mientras avanzas por entre los autos hacia tu guarida: ¿tienes una perra? (¿una perra, ha dicho?). Has entrado segundos después de introducir la clave de números en la puerta de acceso; has subido al primer piso. No hay nadie en casa, o bien, crees que se ha ido. Botas la bandeja ya vacía de pasteles tras dudarlo un segundo y te tiendes bajo las sábanas, y pese a la luz encendida y a la cafeína te duermes. Sueñas, y en el sueño no estás sola: viene la garzona y te muestra las manos, sin anillos, porque no es la garzona ni se le parece siquiera, está diciendo que no puede abrirlas, no logra estirar los dedos: la costra de sangre se lo impide; en el sueño viene para recibir un abrazo, un consuelo, con el maquillaje corrido, metiendo sus manos bajo tu ropa, manoseándote la cintura, y hacia abajo, y entre tus nalgas que de pronto es una zona blanda como miel en una tarde de verano. Y ahora eres tú la que no puede dormir. Abres los ojos, excitada ( se me caen los lentes al suelo y no los recojo) y te encuentras con su cuerpo ahí: sobre tu cuerpo, lamiéndote, lamiéndote otra vez, y sujetando con una cuerda tus manos, y (dices: lo juras, lo juras) que tienes miedo cuando te muestra los dientes pequeños y separados como los de leche, o los de loba, en una enorme sonrisa (hablas aceleradamente, estás inquieta, perturbada como ahora también yo), esa enorme sonrisa, otra vez, esos dientes perfectamente blancos. Las manos blancas, le señalas al recordar la frase pero hablándole entre dientes. Se mira los dorsos, las palmas meticulosamente sin comprender; te cerca con ellas, las pone alrededor de tu cuello y te huele, inspira, inhala profundo acumulando en sus pulmones una rabia tremenda que pronto bota en un soplido que suena a mascada. Intentaste zafarte sin emitir un sólo grito hasta que empiezas a rugir y a decirle (¿qué?), a gritarle amenazas (¿cuáles?: eres incapaz de responder). Y en eso estaban. En eso, sí, cuando queriendo taparte la nariz se acercó lo justo como para que abrieras y le mostraras la tarasca con la que agarrarías su oreja; esa oreja que entre los dientes ibas a masticar con gusto. En eso estaban. Gritó llevándose la mano a la zona empapada. Gritaba y te trepaste encima, pero gritaba, gritaba, con el camisón enredándose en su cintura. Gritaba aún más fuerte que al acabar, y eso no dejaba de complacerte. O sería que el exceso de cafeína te aceleraba el pulso, te impedía pensar, entender incluso, mientras anudabas sus piernas y sus muñecas y sus alaridos a la cabecera; o también, cómo saberlo, sería que esos azucarados cafés te hicieron quedarte fija en la enorme mancha rojo pardo sobre la almohada, y pensando en abejas, y en los golosos moscardones. Limpiaste con papel higiénico la borra que ya chorreaba entre tus piernas y las suyas y te sentaste, exhausta, a blandir la cuchara dentro de la taza que aún humeaba caliente cuando escuchaste el timbre. Sería la garzona que había seguido las instrucciones de tu nota, o sencillamente la estela almibarada de tu cuerpo, pensaste. Quizá lo fuera (crees haber estado segura de que era ella quien tocaba). Te sorprendió el hombre de lentes que empujó la puerta apenas la abriste, y te tomó las muñecas con fuerza (no será necesario que me identifique, ¿verdad?). Y ya no se oyó el timbre sino que escuchaste, escucharon (aún escuchamos), un inquietante silabeo, un susurro indefinible ahí dentro, a algunos metros. Le dedicaste una sonrisa triste (otra vez tu tristeza) y le ofreciste a ese sujeto un café caliente (¿quieres uno?, vas a necesitarlo, me aseguras). Separaste las piernas, y dejaste que fluyera tu inquietante dulzura mientras extendías dócilmente, casi tierna, hacia él tus manos, sin ocultar los dedos de la izquierda que aún retenían ese pedazo de pequeña oreja despedazada y ajena. Te sentaste a su lado y sacudiste tu cabellera, insistiendo en que debías prepararle un café (me quedan riquísimos, aseveras); pero él equilibró sus lentes sobre el puente de la nariz y abrió lentamente su cartapacio mientras decidía qué responder. Qué responder, qué daño podría provocarle uno. Titubeaba, se detuvo antes de comenzar sus meticulosas anotaciones, quitándose el chaquetón, el chaqué, separando el ojal que le suda el cuello, soltando su corbata y buscando la pequeña llave de las esposas en el bolsillo, agitado por tu olor, por tu enigmática sonrisa. Y entonces, como los demás antes que él, dice que sí, dice, sin saber por qué, anticipándose a toda coincidencia, que ha traído una docena de empolvados, y que quiere un café, o quizá varios, uno tras otro antes de que se enfríe, pero sólo si lo preparas muy azucarado, bonita, y obola)

(1997)

SANGRE DE NARICES

¿Dónde está tu sinónimo en el mundo?

Clarice Lispector

No se trataba de una exageración. Se instaló un perrito de la ropa en la nariz porque no toleraba la hediondez de su celda. El olor a húmedo y a orina y a presidiarias sudorosas le desencadenaba una hemorragia que apenas podía interrumpir con una bola firme de algodones. Era tan delicada de nariz como había sido el hámster que Roberto le había traído una tarde en una jaula de alambre. Mira lo que tengo para ti, le dijo, y levantó el paño gris que cubría el armatoste de metal: ¡un hámster! Pero no era uno, no un hámster sino una. Una hámster querrás decir, corrigió ella después de examinar detenidamente su regalo. Una hámster que colocó sobre una mesa lateral mientras Roberto se quitaba la ropa en la pieza. Ella seguía examinando a su ratita por debajo y entonces se dio cuenta de que aun así, cambiando el artículo que iba siempre por delante del animal, la ratita metida en su jaula seguía sonando y pareciendo un el hámster y no una la, una señorita hámster. Roberto la llamó desde la cama pero ella seguía reflexionando: hámster era uno de esos sustantivos inmodificablemente machos, como animal, como odio, como problema. Camino a la habitación le comentó a Roberto que le daría un nombre a esa rata fina, que le donaría el que había sido su nombre propio antes de que lo cambiara: Georgina. La ratita que corría sin ir a ningún lugar en el cilindro de su jaula sería Georgina mientras ella, la ex Georgina Silva amaestraba un nombre nuevo, uno que le sonaba más propiamente literario: Geel en vez de Silva. María Carolina Geel era el nombre con el que firmaba sus novelas y con el que ya todo el reducido circuito literario la conocía. María como todas las mujeres chilenas, Carolina como la princesa, y Geel —las dos vocales gemelas y femeninas se pronunciaban como una sola i. Roberto no tuvo inconveniente, la atrapó entre sus brazos y la hizo crujir entera y después salió raudo a hacer una entrevista para el diario. La Geel se quedó rebanando una hoja de lechuga para Georgina. Geel compró después alpiste de canarios y un recipiente para que la rata se bañara. La María Carolina Geel se levantaba temprano y quitaba la sábana que cubría a Georgina. Abría la celdilla para ponerle comida pero jamás tocaba esa bola oscura, de ojos pardos que era Georgina. Una Georgina arisca como su dueña, que era baja, que era morena, que tenía los ojos pardos y, según dijeron después los diarios, tenía muchos pretendientes a los que no hacía ni el menor caso. María Carolina se encerraba a escribir por las tardes después del trabajo, y las teclas de su máquina acompañaban el ritmo de la carrera de Georgina. María Carolina era una mujer limpia y escrupulosa y, a pesar de sí misma, una escritora doméstica. Se había vuelto una prisionera de su escritura, como la otra que corría presurosa en su cilindro: ambas se afanaban obsesivamente y ruidosamente en lo suyo sin desplazarse. La escritura detuvo los dedos sobre sus teclas y miró a Georgina en su angustiosa carrera.

¿En qué pensaría Georgina con la lengua afuera?

Siguió tecleando pero otra vez se interrumpió.

Tal vez si tuviera compañía.

Tal vez si fuera a la tienda de animales y le buscara un acompañante a Georgina.

¿Otro hámster? ¡Tal vez! Pero, ¿un otro hámster o una otra?

De piernas cruzadas en la cárcel María Carolina Geel recordaba con ternura ese anterior dilema. Si sólo hubiera tomado la decisión correcta. Si sólo hubiera seguido sus instintos en vez de atender a las sugerencias de Roberto. Roberto que había enviudado por fin de su esposa enferma, Roberto que necesitaba una nueva madre para su hija, Roberto que andaba obsesionado con el matrimonio y no hacía más que hablar de eso a pesar de las rotundas negativas de María Carolina. La escritora no quería casarse con él, pero decidió casar a Georgina.

Pobre animal.

Pero, ¿pobre él o la?

Seguía pensando es eso mientras jadeaba por la dificultad para respirar en la privilegiada celda que le habían dado en la Casa Correccional. Él. La. Uno. Una. Susurraba con la cabeza todavía envuelta en un paño. La cabeza envuelta y el cuerpo también envuelto: el catre era sucio y duro y cómo saber quién se había acostado antes en él, qué matojo de cabeza, qué piojos liendres hemípteros insectos de esos que parasitan el cráneo y chupan succionan tragan ideas, sobre todo buenas imágenes de novela, metáforas, caspa y sangre . Aspiró con la boca bien abierta, pese a sus remilgos. Estiró las piernas, cada uno de sus dedos. Le habían crecido las uñas, observó, sonrisa en los labios. Debía pedirle a la monja, a la madre Anunciación, que le prestara la tijera podadora con la que recortaba los rosales del jardín, o que ella misma le rebanara las florecientes garras de sus manos si dudaba del uso que la reo (otra palabras de hombre, qué falta le hacía un diccionario en la cárcel: ¿sería correcto decir la rea?), si tenía alguna sospecha sobre el uso que quería darle la rea Geel a la herramienta. No escribía a gusto con las uñas tan largas. Se hería la cabeza al rascarse con ellas. Sentada frente a la pequeña mesa de madera, se frotó las manos con el lápiz entre las palmas: lo de siempre antes de escribir la primera palabra. Esa mañana demoraría un poco más que la anterior, un poco menos que la mañana siguiente:

avanzaba julio

(el año, anotó junto a la fecha, 1955);

avanzaba julio y estaba bajando la temperatura

(anunciaban “una media de 5 Celsius en el centro de Santiago”);

avanzaba julio, las mañanas estaban demasiados frescas y no era suficiente abrigo el adelgazado uniforme ni ese nuevo pelaje que su cuerpo había producido y que sin pinzas no tenía cómo depilar. Para el frío de la cárcel ningún abrigo era suficiente: el hielo en los muros y los suelos de piedra, el rocío humedeciéndole la piel. Pese a las manos tiesas y a los sabañones en todos los dedos del cuerpo, la escritora seguiría escribiendo. ¿A qué, si no, había venido a la cárcel? Mordió el extremo sin punta de su lápiz mientras se planteaba cómo se había gestado la historia de esa sangrienta caída: la caída de Roberto en el vacío de sí mismo. La nariz se le llenó de ese opaco olor a pólvora, los labios del sabor metálico de la sangre. Y la cabeza se le quedó en blanco como la hoja de papel que tenía delante. Se rascó la nuca con las afiladas uñas y pensó: la muerte es siempre el mejor final para un relato, aunque también se puede empezar por la muerte. Pero no cualquier muerte, la muerte por homicidio. ¡Y si el homicida era la homicida! La homicida, reflexionó, pero también la artista y otra vez las dimensiones de las palabras le cortaron la respiración. Se quitó el perrito para tragar el aire húmedo y pétreo de su celda. Ese intenso olor a alcantarilla con un toque dulzón: la escritora se dijo: son los pétalos de rosa despedazados en el patio, son las espinas incrustadas en la madre superiora. La madre Anunciación debía hallarse ya en sus labores matinales, tras los latigazos y las oraciones de la noche anterior. Qué pecadora debía ser la madre Anunciación, se dijo la escritora, quien

desde el primer buenos días hija seguido de una ojeada que le cortaba las costuras de la ropa sin rasguñarla,

desde que le dio su áspero uniforme de carcelaria,

desde que le ordenó con dulzura maternal que se vistiera, que ya atendería ella personalmente a sus prendas de civil y a sus joyas,

desde entonces y de ahí en adelante la escritora sospechaba. Se temía lo peor de Asunción y de sus gruesas tijeras, lo peor de ella y de las otras reas: de la ambidextra María Patas Verdes (por los hongos en los pies), de la Rosa Farías y sus tratos con la Chamaca de la voz aguardentosa, de la ladrona de la Adelaida y de la María López todavía encerrada en La Solitaria después de la pataleta de la semana anterior. Geel había oído clarito lo que decía y cómo entre dos monjas la arrastraban para darle su merecido y se temía lo peor, porque sí, eran todas bien raras, de capitana a carcelaria: raras. Pensaba María Carolina en lo que hacían estas mujeres que no escribían, que posiblemente no supieran ni leer siquiera; qué hacían durante las horas muertas de la cárcel, en qué pensaban, de qué manera se hacían compañía. Todas esas posibilidades, todos esos signos de interrogación sin palabras de por medio eran un material emoliente y estrógeno, y ese olor a rosaleda qué rico, y las tijeras, se dijo mientras mordía un trocito de madera con los dientes delanteros. Y miró su hoja de cuaderno todavía en blanco. Y se puso a hurgar entre los recortes de prensa que atesoraba entre las ásperas páginas, en un intento por entusiasmarse con el encargo que el crítico literario le había hecho. ¡Ni más ni menos que el prestigioso Alone (¡pero no era ése su verdadero nombre!), ni menos ni más que él, otro solitario que huía de algo sin desplazarse, sí, él le había sugerido, instado, exigido, que escribiera sobre “aquel mundo cerrado en lo femenino”:

ese mundo particular

(¡la cárcel, estimado don Díaz Arrieta, la cárcel no es un mundo ni es un infierno, la cárcel de mujeres es un extraño paraíso que huele a sudor y rosaleda!),

ese universo singular, propio, distintivo, peculiar, íntimo, el que ahora habitaba como una infiltrada.

Se fijó un momento en esa fotografía en la que ella abrazaba el cuerpo caído de Roberto y la arrugó entre sus dedos y se la metió entera a la boca. Mientras la masticaba levantó la cara hacia el ventanuco, un rayo de sol se colaba por una esquina y la escritora deshacía y se tragaba el artículo con su fotografía, y entonces, súbitamente, miró directo al rayo y se quedó encandilada. Como en un éxtasis místico, se preguntó qué hacía ahí, con la cabeza cubierta y la nariz prensada. Se miró las manos, y vio en ellas los recortes que Alone le había enviado en sus cartas y entonces el encandilante sol se nubló:

los balazos en el Hotel Crillón, ¡de veras!,

se dijo, y apoyó nuevamente la punta del lápiz sobre su cuaderno. Y comprendió lo que le estaba sucediendo: tenía hambre, un apetito inhumano. El papel le había desatado el instinto de comer y se tragó otro trocito de madera. Había leído en alguna revista (¿acaso el Readers Digest?) que el hambre provocaba heridas en el estómago. Úlcera: dícese de la dolorosa herida en las paredes internas del estómago causada por exceso de jugos gástricos. María Carolina era una mujer enciclopédica, y sabía de medicina sobre todo porque había pasado años aguantando el habla hipocrática de su primer marido, el médico. Sabía también de leyes, de tonta no tenía un pelo: su segundo ex-marido era leguleyo. Sabía mucho de esoterismo y de las agitadas prácticas periodísticas pero lo que había aprendido con mayor entusiasmo habían sido las letras. María Carolina analizaba todo rigurosamente, era imaginativa y tendenciosa porque era nacida bajo el signo de Virgo. (“Culta, refinada, triste, vanidosa, fría y ególatra”, fue la descripción que el sicólogo criminalista había hecho de ella. Era cierto, lo decía siempre el horóscopo pero Geel no pudo evitar maldecirlo: ¡misógino, maricón, comunacho!, exclamó cuando escuchó esta descripción durante el juicio.) Lo último que había aprendido la perfeccionista María Carolina había sido el tiro al blanco con una pistolita Baby Browning calibre 6.35, que estaban tan de moda entre las escritoras de la época. ¿Qué escritora no llevaba una en su cartera? La Bombal había baleado a su novio con una de esas, y las demás todavía no habían encontrado ocasión de dispararla. Pero no se lo dijo al juez. Se lo diría solamente al coronel Del Canto que la había recibido e incomunicado en la Primera Comisaría la misma tarde del 14 de abril. ¡Cómo le dolía la cara! Abrió el perrito y se masajeó la nariz respirando por la boca. Tal vez debería comenzar por ahí su relato, ese que le iban a publicar con un prólogo de Alone, porque, qué podía ser más interesante que el testimonio de un asesinato contado por el propio autor, la, la, la… canturreó Geel. María Carolina se detuvo un segundo: el rayo de sol había sido obstruido por una nube. El rayo de sol cortado, rebanado, interrumpido, la gramática de su pensamiento truncada, todo rimaba en sus frases. ¿Y su ratita Georgina, la la la homicida? ¿Qué sería de ella ahora? No se había detenido a considerar ese hecho terrible, temible, irreversible: no había quién alimentara a Georgina desde que ella había sido detenida, de ninguna manera sobreviviría los 541 días de sentencia que le habían dado en el fallo de Primera Instancia, y menos los tres años y un día que le cayeron encima en el fallo de la Sexta Sala de la Corte de Apelaciones. Pobrecita Georgina abandonada en su jaula. Todo porque los jueces habían decretado que “si bien el reo (¡ la reo!, ¡la rea!) actuó en el delito con un control disminuido de sus impulsos, no se encontraba totalmente privada de razón”. Nadie absolutamente nadie en esa casa, porque la escritora era una mujer dos veces casada y divorciada y actualmente un mujer sola. Su único hijo estaba en Brasil, junto a su padre el médico, y el leguleyo hacía tanto que se había esfumado, como su propio padre: el Silva a quien nunca conoció se había ido hacía cuarenta y dos años. Nadie en casa, porque sola debía ser y estar una escritora de manos frágiles como ella. Y era, y estaba, y por eso había logrado fama, fotografías en el diario: porque su obra tenía un prestigio literario refrendado por Alone. Y lo sabía, sí: lo sabía. Sabía perfectamente que le interesaba a los críticos porque era una escritora “cerebral”, porque escribía como hombre, porque era una escritora que exhibía un desenfadado erotismo. Tal vez sobre la erótica de la cárcel y sus malos olores debería escribir ahora, se dijo y carraspeó. Alone había tenido la amabilidad de mandarle la crónica de Latcham, y María Carolina Geel leyó en voz alta las palabras de ese otro crítico: “La autora tiene una clara inteligencia para captar matices del alma femenina y una técnica moderna, de planos audaces, ajena a procedimientos atrasados”. La autora en persona dobló la página, contenta, para qué disimularlo, y regresó a donde se había quedado: su casa abandonada, su ratita muerta de hambre. Sólo su amante de los últimos ocho años tenía llaves de su casa, él podría haberse hecho cargo de Georgina — podría, segunda persona singular en tiempo condicional del verbo poder —, pero su ex amante estaba muerto. Extinto. Derramado por el Salón de Té como un mal vino. Ex amante y extinto, dijo Geel en voz alta. La estentórea voz de María Carolina repetía estas palabras como un mantra, como si desenrollara un papiro y anunciara su secreto jeroglífico. Y el secreto, que no era desconocido pero que seguía sin aclararse era que Roberto Pumarino Valenzuela,

“de 32 años,

militante socialista,

viudo desde hacía dos meses,

un hijo de seis años,

funcionario de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas”

estaba muerto.

Se había sacado la lotería de la muerte: “En su bolsillo se encontraron dos medios enteros. El 06204 para el sorteo de lotería de Concepción a celebrarse el próximo sábado; el 48817 de la Polla del domingo; y dos décimos para el sorteo de la lotería de Arequipa”. Le había tocado ese día el premio mayor de la rifa que era la vida: María Carolina. ¿Por qué le concediste el premio mayor, María Carolina? ¿Por qué mataste al muerto?, susurró Geel jugando con las palabras, y luego, en voz alta, a toda velocidad y sin equivocarse murmuró: ¡finado extinto pumarino fallecido difunto occiso fiambre valenzuela roberto exánime! Tantos sinónimos para un mismo acto, pensó y luego lo pensó otra vez con más calma y se dijo: La verdadera sinonimia no existe. La objetividad de las palabras no existe. Roberto Pumarino tampoco existe. Todos se habían olvidado ya de él, pero de ella nunca nadie se olvidaría. Porque ella no le había dedicado ninguna palabra, porque no había hablado él, porque no había pronunciado más nunca su nombre. De pronto comprendió cuál era el objetivo de Alone, para qué le mandaba esas amables cartas de incitación, por qué la animaba al testimonio. ¡Quería sacarle el secreto, quería venderlo, quería hacerla desaparecer a ella y quedarse con su texto! ¡Quería que ese hombre fuera el héroe caído, y ella qué! Hacerme polvo. Polvo eres María Carolina, pero polvo no serás. Porque nadie, ni el más ratonil de los críticos iba a deshacer lo que ella había hecho: vaciar sus cinco tiros en el cuerpo de Pumarino. Tal cual. Los balazos fueron haciendo fatal blanco de arriba a abajo. El primero en la boca, el quinto en el hígado. Todo ocurrió tan rápido que Pumarino no alcanzó a dibujar una mueca de sorpresa. Las balas hicieron surgir de inmediato cinco surtidores de sangre y cuando lo vio derramado por el suelo ella se lanzó por última vez en sus brazos. No recordaba nada de eso, pero lo contaban los diarios, lo mostraban a él y también a ella rodando por el piso. Habrá que contarles otra historia, se dijo la escritora y se acomodó el perrito de la nariz. Pero cómo resolver el problema más urgente: que Georgina moriría de hambre si no había muerto ya. Sobre la muerte por hambre también se podía escribir, pero a quién más que a ella le importaba el hambre de una rata. A quién más que a María Carolina Geel importaba el hambre de la cárcel. No puedo pensar en una respuesta con tanta hambre, se dijo María Carolina limpiando su nariz con la manga del uniforme. Para escribir sobre el hambre había que pasar hambre, pensó, pero en vez de hambre se le vino a la memoria la última cena, su última once, la tarde de té en el Hotel Crillón con Roberto Pumarino Valenzuela. Los pasteles de esa tarde; los panes y scones y la mantequilla argentina; los helados con galletas del Crillón, los pesados cortinajes burdeos con orlas doradas, las lámparas de cristal. Y Schubert transmitido en un radio-teléfono. Cómo le gustaba la música, qué falta le hacía. Tarareó a Schubert, los ojos pardos entornados, repasando de memoria las impecables alfombras, las mesas altas de caoba; qué platería, la teterita de humeante earl grey tea, las tazas de porcelana, y la boca haciéndosele agua. Pero esto último sonaba vulgar, la boca …, la boca … Y fue movida por el estómago que la escritora se encaramó hacia el ventanuco para contemplar el jardín, a ver si al menos se paseaba por ahí la Reverenda Madre Asunción, la de la voz mesurada, la de los ojos saltones. Pero sólo vio venir a la Juana Rojas, otra presidiario como ella, pero pobre. La pobrísima Juana vivía en el Patio de las Guaguas desde que había parido ese niño horrendo que se ponía colorado cuando berreaba, ese niño tan negro de pelo, tan olor a caca, a ex-cremento. También por criaturas como esa se endilgaba María Carolina el perrito en la nariz. Por sucias como la Juana Rojas o la Rosa Farías era que de noche la escritora se introducía bolitas de algodón en las orejas. Para no oír eso que hacían y deshacían las reas y que tanto asco le daba. Porque era tal el asco que el algodón no servía, que los dedos en las orejas no servían. Geel escuchaba todo, hasta el replegarse de las faldas. Sobre ese asco, sobre la imposibilidad de hacer oídos sordos a los gemidos de esas mujeres también debía escribir: iba a clavarlas al papel con su lápiz. Para apropiarse de sus movimientos, de sus palabras, para hacerlas a todas suyas pero sin tocarlas, para inscribir sus cuerpos encima del de Roberto. El cuerpo de Roberto bajo el peso de otros cuerpos. El asqueroso olor de Roberto bajo otros olores. Se lo había explicado ya a los jueces pero ninguno aceptó su versión: que lo había fulminado por su olor. En medio de un arrebato aromático, dijo, aunque quizá no fuera ésa la manera apropiada de decirlo, porque, para su sorpresa, su atenuante no estaba descrita en el Código. Debía ser por eso que don Malaquías Concha iba a proponerle no alegar una causal olfativa. Diría, más bien, que lo de la divorciada María Carolina Geel había sido un “acceso de locura transitoria gatillado por un ataque de celos” o una “depresión nerviosa”, lo mismo que le habían diagnosticado a María Luisa. Pero la María Luisa Bombal había errado el blanco y no había logrado matar a su amante. Malaquías Concha le había refrescado la memoria: después de tomar el té en el Crillón un caluroso 28 de enero del año 1941 (¿hacía sólo 14 años?) la autora de La amortajada y de La última niebla había descargado cuatro balazos sobre ese hombre. El abogado Concha había atendido el caso, y había insistido que también ella se declarara celosa. Concha dijo que describiera o se inventara si prefería el angustioso dolor causado por la negativa de Pumarino a casarse con ella. Pero no fue ése el motivo, argumentaba la escritora, él quiso siempre casarse conmigo, era yo, yo, yo la que no quería. Concha no la escuchaba, le dijo que hablara de la otra mujer con la que Pumarino iba a casarse. ¡Pero eso fue después!, dijo la escritora. No altere el orden de los acontecimientos. No altere la verdad de los hechos Ilustrísimo Señor, don Malaquías Concha. Dígame entonces por qué. Me niego, me niego a decirle nada que no sea que su olor desencadenó todo. Su intenso olor a mujer. ¡Celos, entonces! Geel se sentó negando una y otra vez con la cabeza y murmurando, ese olor a mujer pegado a Roberto, ese olor a mujer… Escúcheme, intentó otra vez la acusada frente al abogado que le habían impuesto. Llegó a decirme que se casaba envuelto en ese olor que me mareaba. El olor activó algo en mí, algo, ¿entiende?, una poderosa reacción química. Traté de cubrirme la nariz con la servilleta de tela, pero mientras él hablaba su rostro se cubrió de sudor, don Malaquías, su sudor impregnado de ese olor que me hacía sangrar la nariz. Le pasa a las ratonas, ¿sabe?, ciertos olores las excitan, ciertos olores en los cuerpos de sus crías. Malaquías Concha se agarraba la cabeza a dos manos, y ahí estaba ahora ella cumpliendo su condena. La verdadera Georgina Silva Jiménez curvó las palmas como corneta alrededor de sus labios y aulló en el juicio: Me llamo María Carolina Geel, su señoría, y asesiné a un hombre para librarme de su olor. Hubo toses en la sala, ruido de piernas que se descruzan. El abogado se dejó caer abrumado en su asiento. Después diría que “la escritora sufría de una obsesividad patológica”. Pero Geel se preguntaba cómo se las iba a arreglar su ratita en la jaula, ahora que estaba sola. ¿Podría aguantar la inanición después de haber comido a sus anchas? Se las arreglaría de alguna manera. Si sólo yo hubiera prestado más atención, se dijo María Carolina. Si hubiera tomado nota cuando la vio con la cabeza entre los alambres de su jaula, moviendo su naricilla y sus largos bigotes. No había pensado en los bigotes del encierro, pero al palparse por encima de los labios se percató que también a ella le había crecido un mostacho y no tenía pinzas ni alicates ni espejo de mano. Pero estaba pensando en los bigotitos inquietos de la ratona. Recién había parido seis diminutos hámster totalmente lampiños, gelatinosos, y ella, María Carolina, los había tocado con la punta del dedo. Y Georgina, la, la, la hámster había reconocido las sustancia humana, maríacarolinesca, en sus crías. Y algo había sucedido. ¿Ataque de celos? ¿Depresión nerviosa? Asco, simplemente asco de esa mano de mujer, de todas esas hormonas de hembra humana. Eso quiso decirles a Malaquías Concha y al juez. Que María Carolina le había pedido perdón doblándole la ración de alpiste pero la ratita no había aceptado. Georgina se había trepado en su cilindro y había corrido ruidosamente, la noche entera corriendo, la noche entera intentando huir de ese olor a mujer. El cilindro gastándose, eso es lo que la Geel había creído percibir entre sueños. A la mañana siguiente, el macho estaba herido de muerte y tuvo que abrir la jaula para deshacerse de él. Esa misma noche todas las crías habían perdido la cabeza y Georgina corría dentro de su cilindro. Estás angustiada, pobre mi ratita, le susurró entonces la angustiada María Carolina, sin atreverse a abrir la jaula y retirar los seis cuerpos. ¿Cómo describir el escenario? La escritora chupó el extremo de su lápiz: cómo darle verosimilitud, verismo, verdad, realidad, trascendencia, rigor, pundonor, a su relato. No, no había sido en absoluto necesario retirar los cuerpos porque esa misma noche, cuando iba a poner en la jaula una ramita de apio, ya no quedaba huella del genocidio, del infanticidio, del ¿criaturicidio?, ¿del hamstericidio? La ratita no había dejado rastro de ellos, ni un solo hueso, y dormitaba más hinchada que nunca en una esquina de su celda. Geel devoró la rama de apio mientras observaba a su ratita haciendo la digestión… Ni una sola evidencia, ni una sola gota de sangre, pensó en la celda del Correccional, con el lápiz apoyado en la hoja, tachando una palabra y repensando otra. Esa tarde en el Crillón, qué bien lo entendía ahora, ella había sido menos elegante que Georgina. Ella había olido un cuerpo en Roberto Pumarino, y qué, y qué, había captado bajo el perfume a pino un olor a sudor femenino. El olor la había hecho meter la mano en la cartera y hurgar en ella, el olor y la mujer de ese olor tan exquisito la llevaron a levantarse y

disparar,

disparar,

disparar,

disparar,

disparar,

sintiendo los efluvios de pólvora y luego los perfumados borbotones de sangre. Excitada por la mezcolanza de aromas, atraída por la secreta novia de Pumarino, la escritora María Carolina Geel besó esos anchos labios acabados de besar, besó esa boca maquillada de rojo porque ya esa boca estaba quieta.

Nota de la autora: El relato Sangre de narices es una versión revisada del relato anteriormente editado en Chile en la antología Con Pasión (Planeta, 2000). Este texto está basado en un caso real, el asesinato de Roberto Pumarino Valenzuela cometido por la escritora y ensayista chilena María Carolina Geel (1911-1996), una tarde de abril de 1955. La autora de El mundo dormido de Yenia, Extraño estío, y de Soñaba y amaba el adolescente Perces fue enviada a la Casa Correccional, donde bajo el auspicio del crítico más influyente de la época escribiría su obra más conocida: Cárcel de Mujeres. Geel fue indultada al año siguiente. Deseo aclarar que aunque los personajes mencionados en este relato existieron, y las fechas y citas (algunas entre comillas, otras no) han sido extraídas de la prensa de la época, todo lo demás es pura ficción.

Hojas de afeitar
Era lo que hacían ellos sobre sus rostros, con espuma, con una gruesa brocha de cerdas suaves, y mirándose atentamente al espejo para no cortarse. Pero también nosotras nos mirábamos en el tembloroso espejo del asombro, rasurándonos, las unas a las otras, durante el primer recreo de los lunes y el último de los jueves. Esperábamos a que se sintiera la aspereza sobre la piel para recomenzar el lento ritual que nos desnudaba de ese vello rasposo. No dejábamos ni un rastro de jabón en las axilas; y era tan excitante hacerlo, cada vez más intensa la emoción, que pronto fuimos extendiendo el filo de la gillette por los brazos, por las pantorrillas y los muslos. Nos afeitábamos puntualmente, tan en punto como las llegadas por la mañana a la reja de fierro coronada de puntas; exactas como el timbre que tocaba sin dulzura el dedo duro e insistente de la inspectora. Rasurar era un procedimiento tan matemático como el de copiarnos durante los exámenes de álgebra; las ecuaciones iban siendo resueltas y repetidas en un sonoro cuchicheo a oídos sordos de la vieja de ciencias. Pero no todas nuestras maestras eran tan ancianas ni oían tan mal. Había que proceder siempre entre señas y susurros, guardar para nosotras el secreto.

Nuestros cuerpos iban hinchándose de a poco, llenándose de bultos sorprendentes. Simultáneamente nos crecieron las tetas, se levantaron nuestros pezones con pelos alrededor que también eliminábamos con esmero. El pubis se nos había vuelto una madeja oscura que derramaba sangre, sin aviso, sincronizadamente; esa sangre tenía un resabio metálico que nos excitaba, como el murmullo de nuestras voces roncas, como ese laberinto que íbamos penetrando apasionadamente. Con entusiasmo solíamos empezar la tarea por el pelillo que se asomaba sobre los dedos de los pies; la gillette subía por los empeines desnudos como un acerado calcetín, deslizándose por los muslos como una panty, dejando un surco de piel pálida entre el espumoso jabón del baño; la filosa caricia se arrastraba por la ingle y luego descendía fría desde el ombligo hacia abajo, y por debajo del elástico, de la tela suave del calzón que por fin quitábamos, y separa las piernas, abre un poco más, idiota, quédate quieta, y nos entraba la risa al descubrir la lengua asomándose por el pubis, la carcajada nerviosa que nos hacía temblar espiando el beso que imprimía en los labios la hoja de afeitar.

Una de nosotras se quedaba vigilando la entrada del baño, esa puerta negra al final de un largo corredor, tras la espinosa rosaleda. La vigilante cubría nuestro murmullo cantando en voz alta nuestro himno a la reina de Inglaterra, lo repetía en una letanía hasta que veía a la inspectora en el fondo del pasillo, y entonces entonaba la canción nacional, para avisarnos, para distraer a la delgada inspectora que hinchaba el pecho al escuchar esa arenga patriótica, que deformaba hacia delante los labios haciendo más visible la oscura línea de vello que alguna vez, soñábamos, afeitaríamos a la fuerza, y entonces, buenos días señorita decía nuestra cómplice mientras nosotras, ahí dentro, ocultábamos las hojas de afeitar, y buenos días hija, contestaba la sargenta, pero no se interrumpa, siga cantando, le recomendaba, y permanecía ahí un momento más, con los ojos cerrados, disfrutando. La inspectora se iba como un sereno caminando dormido en su ronda; el peligro siempre pasaba de largo y nosotras nos bajábamos del retrete, recuperábamos las hojas escondidas y entibiadas dentro de los calzones, nos levantábamos otra vez el jumper y continuábamos rapándonos, las unas a las otras. Detrás, los muros de azulejos blancos.

Tampoco las demás compañeras sospechaban, o quizá sí, pero disimulando. Nunca ninguna se nos acercó; ninguna osó aventurarse por nuestro baño. Era como si percibieran que ese territorio estaba marcado, cercado; como si de nuestras miradas emanara una sucia advertencia. Las dejábamos admirar de reojo nuestra evidente superioridad física, nuestras rodillas lustrosas y los calcetines a media pierna; observaban de lejos el modo obsesivo en que nosotras, en la esquina del patio de cemento, pelábamos membrillos. Porque eso hacíamos cuando no estábamos en el baño, pelar y pelar membrillos con nuestras pequeñas navajas de acero. Ejercitábamos nuestra habilidad manual despellejando esa fruta ácida, competíamos por lograr la monda más larga sin que se partiera, pero el grueso y opaco rizo que íbamos sacándole siempre se rompía. Nos consolábamos de ese fracaso lamiendo la pulpa que nos dejaba la lengua áspera y reíamos a carcajadas. Todavía nos estábamos riendo cuando sonaba el timbre y debíamos doblar la hoja metálica para regresar a clases. Guardábamos también las cáscaras rotas en una bolsa plástica, era un precioso desinfectante para las accidentales incisiones.

Era miércoles y ya estábamos inquietas. Sentadas en la última fila, en línea, nos rascábamos mutuamente. Qué picor cuando empezaba a salir el pelo, y desde que nos afeitábamos cada vez salía más, y más grueso. Nos dejábamos marcas blancas sobre la piel con las uñas, pero evitando hacer ninguna mueca de gusto o de dolor, sin dejar un instante de fijar los ojos en el pizarrón donde la vieja de castellano explicaba las cláusulas subordinadas. Teníamos hojas nuevas y todavía quedaban quince minutos para el recreo, pero faltaba un día entero para el jueves. La impaciencia por regresar al baño empezaba a debilitarnos: se nos había ido adelgazando la voluntad, y en ese momento, en medio de una oración copulativa, en el instante más exasperado de nuestra picazón, se abrió la puerta y entró nuestra directora con la nueva estudiante. Toda la clase se puso de pie y repitió un saludo unísono en inglés, y después escuchamos su nombre. Para nada nos fijamos entonces en las duras facciones de Pilar ni en sus ojos penetrantes; no nos llamó la atención su sorprendente estatura, la escualidez de esa desconocida agazapada como la muerte en el oscuro uniforme de poliéster. Sólo nos desconcertaron sus pantorrillas tapadas de pelo. No vimos más que esa excitante maraña: toda una pelambrera virgen que nos erizó de asco y de alegría.

La brisa fría se colaba por las ventanas del invierno, nuestro último invierno, y Pilar estaba ahí, desafiante como una hoguera en un patio de viento. Sólo quedaba un asiento libre, en la esquina de la primera fila y ahí iba a apostarse, en ese pupitre de madera: se quitó el abrigo azul marino, el chaleco azul, y se arremangó para exhibir impúdicamente el espeso vello de sus brazos. Antes de sentarse volteó hacia atrás y bajo sus gruesas cejas hirsutas su mirada osciló lentamente entre nosotras, como si se nos entregara, como si se dejaba lamer por nuestros ojos. Se soltó la cola de caballo y empezó a escribir mientras nosotras apurábamos los lápices debajo de las mesas. No parece una mujer, decía la primera línea de la hoja del cuaderno que hicimos circular. Es cierto, es peluda, es demasiado flaca para tanto pelo, escribió otra de nosotras. Alguna se ensañaba en el borde de la uña cuando por fin se movieron las manos del tiempo y la inspectora hundió su dedo tieso en el timbre. Corrimos todas juntas por el pasillo, cruzamos la rosaleda, entramos al baño sin dejar vigilante. Frenéticamente, descuidadamente, dejándonos llevar por el arrebato y los gruñidos, estrenamos nuestras hojas en una carnicería inútil. Las unas contra las otras. Intentando librarnos del pelo ardiente de Pilar su pelambrera infinita nos arropaba más, se nos iba ensartando.

Pilar se paseaba ante nosotras en el patio mientras pelábamos membrillos. Dejábamos correr el jugo de la fruta por nuestras manos, nos chupábamos los dedos imaginándola desparramada en nuestro baño. Su mirada insidiosa, esa tarde, nos cortaba el aire. Después la vimos aventurarse lentamente por el pasillo, detenerse en la puerta negra y agitar la melena. La seguimos. Oímos cuando se encerraba en el retrete, su chorro interminable. ¿Quería o no quería? Se lavaba las manos cuando nos apostamos alrededor y le anunciamos lo bien que iba a quedar. No se movió mientras sacábamos las hojas pero se puso pálida: supimos que gritaría, tuvimos que agarrarla de pies y manos, sujetarla firme sobre el suelo, meterle en la boca un pañuelo para silenciarla. Se resistía, pero le levantamos el uniforme, le bajamos los calcetines, le quitamos los zapatos negros. Tenía pelo incluso sobre el empeine, y eso excitó aún más nuestra pasión por ella: qué desnuda iba a quedar cuando termináramos. Qué suave, que pálida. Pero seguía revolviéndose con los ojos muy abiertos y yo, que tenía la gillette en la mano, que no paraba de susurrarle que se quedara quieta por su bien, para no hacerle daño, empecé a rasurarla. A cortarla cada vez que se movía. La sangre en vez de asustarnos nos azuzaba, nos instaba a seguir. Nuestra saliva anestesiaría los ardores de su piel.

El suelo estaba cubierto de pelos y de sangre. Sólo faltaba el pubis y Pilar por fin dejó de moverse. Por un instante pensamos que se nos ahogaba con el pañuelo o que se nos estaba desangrando, y entonces no nos quedó más que desocuparle la boca. Como te muevas, idiota, te quedas sin ojos. Pilar sudaba con los párpados cerrados, pero respiraba suavemente, y nosotras suspiramos porque temíamos tener que cumplir esa promesa y matarla. La hoja fue cortando su calzón por los lados y, con mucho cuidado, sin descubrirla por completo todavía, empezó a afeitar primero la piel que lucía arriba del elástico y después hacia abajo, retardando la aparición del precioso y ansiado pubis de Pilar. Su pubis hinchado y negro. Sonrió ambiguamente cuando quitamos la tela y vimos aparecer esa enorme lengua asomada por sus labios, una lengua que al engordar nos dejó con la boca abierta, sin palabras, atónitas un momento mientras la lengua oscura se iba levantando. Entonces tiramos al suelo las hojas de afeitar y le besamos la boca y nos besamos con la lengua, enloquecidas por el éxtasis del descubrimiento.

De mano en mano

Sobre la camilla lo recuerdo. A mi padre. Me acuerdo de él mientras me tiendo intentando descansar.

Aún turbada presto mi espalda a la mano de ese desconocido. Raúl es quien me seca los rastros de humedad con un paño rasposo y pregunta cómo estuvo el sauna.

Levanto apenas la cara de la toalla. Contemplo sólo un momento su rostro afeitado, de tinte casi azul, y también los dorsos de sus manos cubiertos de vello grueso.

Me unta con una emulsión cremosa que reconozco. Huele a niña. Huele a mí, a la de hace tantos años. Quizá por eso me acuerdo de mi padre.

Comienza a ablandar mis hombros.

-Relájate.

Dice Raúl, exagerando el peso de las consonantes como su palma a lo largo de mi columna.

No hay nadie en este lugar, bajo la luz difusa; sólo piel que resbala sobre mi piel enrojecida y el ombligo sellado en la camilla.

Raúl me ha levantado la pierna izquierda; no puedo verlo pero siento sus dedos enterrándose en la planta de mis pies; luego se hunden en mis nalgas, estirando y relajando mis nervios por la columna hasta el cuello.

El sopor me anestesia. Hablo un poco, modulo lo mejor que puedo; disimulando.

Él lo sabe, se da cuenta de todo. Es un terapeuta en la oscuridad. Está cargado sobre mi espalda, ahora. Y ahora, un poco más de crema fría, y él avanza aplanándome como un uslero sobre la camilla. Debo tener impreso el relieve de sus dedos, y el de la toalla sobre la que estoy tendida.

-Tienes la piel bastante seca.

No me animo a contestar. Prefiero el silencio. Pero insiste, presionando sin cesar. Que de dónde soy, que de dónde vengo, que cuántos días me quedaré en esta ciudad.

-No…, no lo sé.

Afuera, el aroma a eucalipto del sauna, la ducha que estrella su chorro contra la baldosa y unas piernas y un torso; alguien espera su turno.

Las manos que masajean, sus manos.

Cierro los ojos; estas manos fuertes me parecen las suyas. Los abro y es Raúl, no te confundas. Vuelve a la planta de mis pies: toma uno y lo soba, maquinal. Estará acostumbrado a tanto cuerpo, uno tras otro, sin marcas memorables: con más grasa, con menos pecas, con una sutura de apendicitis o de cesárea. Esas marcas igualadas por la reincidencia no persisten en el recuerdo, son apenas durezas que debe timbrar con sus huellas digitales, acupunturar.

Sus manos, de quién son.

Si olvido que es Raúl el que se está deslizando por mi pantorrilla, si dejo de fijarme en sus pestañas crespas, encrespadas, ya nada importa. Es un hombre, simplemente.

Un pequeño roce entre las piernas. No me atrevo a mirar atrás, hundo la cabeza en la almohadilla. Trago saliva, algo se pulsa ahí como una cuerda y emite una sensación perdida, sin que pueda controlarla.

Es mi padre, él.

Me mira serio, me está mirando.

¿Te has vuelto loca?, increpa. Puta. Hija de.

Es un error; y esta vez quisiera aclarar el equívoco, pero tampoco querrá escuchar. Aquí, papá, la que paga soy yo.

No me atrevo. Peor que puta, repite.

-Date vuelta, de lado. Así.

La caricia aceitosa me adormece; el roce sobre el abdomen, en espiral, más fuerte, más suavemente.

Ahora el torso… Estoy tosiendo, es difícil respirar. Mi madre me frota la espalda. Es el único instante que conservo de ella: murió antes de que supiera llamarla madre, antes de que pudiera apropiarme de sus gestos. Y sin embargo me pertenecen. Que me parezco a ella lo he oído decir a los vecinos que la conocieron. En el perfil, un rasgo de la sonrisa y en la mirada. Dicen que mi figura se curva como la suya. Cada vez más.

Incluso mi padre empezó a recalcar ese parecido como un reproche. Se refería a nuestro carácter alegre cuando estaba enojado, hablaba del movimiento de sus caderas al caminar y de su ondulada cabellera negra. Mencionarla lo ponía aún más furioso. Más cuando se terminaba el vino de la garrafa y detenía en mí su mirada de vidrio.

No siempre fue así, mi padre.

Años atrás, esos infinitos años de asfixia, él friccionaba mi pecho plano con una pomada blanca, olorosa, más y más cálida. Luego repetía sus manos enormes sobre los huesos de mi espalda, me daba unos golpes suaves hasta que tosiera, botara, recuperara el ánimo. Sonreía con tristeza, me abrazaba y yo lo sentía llorar apoyado en mí.

Nos dormíamos en su cama.

Casi no siento las manos de Raúl. Es curioso. Esto debiera provocar alguna sensación, esto, que me soben los pechos, los pezones. Nada. Toca como si no fuera una mujer sino un trozo de masa lo que está enmantequillando, lo que adoba sobre la bandeja del horno. Me dejo pan, pastel de carne; lo que quiera.

Mi padre desaprueba. Papá, no te pongas así. Nunca más quisiste acercarte a tu hija. ¿Quién iba a reemplazarte? ¿Marta? Está muerta. Eso dijiste: que había fallecido en un accidente de carretera. No se hablaría más del asunto ni visitaríamos su tumba. Como si no hubiera existido. Y quemaste todas las fotos.

Para que no sufras.

¿Quién está diciendo esto?

Tú. Para que tú no sufrieras; yo no sentía nada al oír su nombre, era sólo una referencia carente de intimidad, de rostro. Nunca hubo madre para mí. Hasta que empezaste a nombrarla.

La máquina vibra: ya las manos de Raúl no surten efecto y esta ruidosa caricia metálica vuelve a estremecerme. Comienza en la cara, faltaba trabajar esos músculos. Luego, un barrido por todo el cuerpo para acabar en el empeine, en la punta de los pies. Pronto va a acabar y me iré a dormir, exhausta. A la provisoria cama del hotel. La cama. Por tanto tiempo mi cama fue la suya, la de mi padre. Pero apenas cumplí los once tuve que acostumbrarme a dormir en la pieza del lado. No dejó que me quedara más con él: ya estás grande, ya no te asfixias.

Observaba silencioso cómo crecía.

Yo me ajustaba el vestido en el espejo que había detrás de su puerta y percibía un cambio en su expresión. Se iba a la cocina, se preparaba otro trago. Demoraba tanto como yo en vestirme y volver a ponerme el uniforme. Llegaba tambaleándose, sin mirarme, y entonces yo lo dejaba solo. Me daba miedo verlo así, me encerraba por horas en los momentos felices de las fotografías. A veces hasta me dormía torcida y despertaba con calambres.

Por las mañanas partía al colegio pensando en mi padre; volvería por la tarde y tú esperándome en la puerta. Prepararías la cena mientras yo dispongo la mesa, y me cuentas que en la oficina el trabajo, que en el taller el auto, que esta tarde vendrán tus amigos a hacernos compañía.

La puerta estaba a medio cerrar cuando llegué a casa.

Toqué.

En respuesta sólo obtuve silencio.

Corrí entre los muebles, tropecé en los pliegues de la alfombra, papá, papá, hasta entrar en la cocina.

Mal puesto en la silla, derrotado, con la cabeza entre las manos. En tu balbuceo hubo palabras que no alcancé a entender. Pero levantaste la cabeza, los párpados, y me miraste como si estuvieras absolutamente lúcido.

Fue sólo un momento.

Brindaste por la salud de mi madre con el vaso temblando en tu mano.

Con una sonrisa nada alegre me decías: Marta, a tu salud.

Y te levantaste en paso doble, y te viniste contra ella. Puta, maldita perra. ¿Recuerdas? Hija de, hija.

Intenté escapar, correr hacia la puerta.

Me detuve cuando oí lo que estabas diciéndome.

Que no eras mi padre. Y lo repetías.

Nunca te creí. Eras mi padre, el único hombre que he amado.

-¿Qué te ocurrió, tuviste un accidente?

Raúl ha posado su mano sobre las marcas.

No, que ya no me toque. Aparto su mano de ese lugar. Me muerdo los labios mientras contesto, dándole la espalda.

-Sí, un accidente.

Últimas promociones. Ana Lydia Vega(1946) “Letra para salsa y tres soneos por encargo”

Etiquetas

, , , ,

Ana Lydia Vega (1946) escritoria puertorriqueña muy comprometida socialmente, a través de sus escritos ha criticado con fervor el papel de la mujer y la política en Puerto Rico. En “Letra para salsa y tres soneos por encargo”  responde con burla a la agresión que supone el acoso sexual. Ahora la mujer es quien toma las riendas elige con quien, donde y cuando.

Lo excepcional sin duda de este cuento es la capacidad de la escritora para aunar varios temas dentro de un mismo motivo. Este cuento no solo es una crítica hacia la sociedad machista puertorriqueña, también es una crítica política, presenta matices históricos, se burla de la Iglesia, el consumismo, el lenguaje híbrido y las guerras.

LETRA PARA SALSA Y TRES SONEOS POR ENCARGO

La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida…
Rubén Blades

En La De Diego fiebra la fiesta patronal de nalgas. Rotundas en sus pantis súper-look, imponentes en perfil de falda tubo, insurgentes bajo el fascismo de la faja, abismales, olímpicas, nucleares, surcan las aceras riopedrenses como invencibles aeronaves nacionales.

Entre el culipandeo, más intenso que un arrebato colombiano, más perseverante que Somoza, el Tipo rastrea a la Tipa. Fiel como una procesión de Semana Santa con su rosario de qué buena estás, mamichulin, qué bien te ves, qué ricos te quedan esos pantaloncitos, qué chula está esa hembrota, men, qué canto e silán, tanta carne y yo comiendo hueso…

La verdad es que la Tipa está buena. Se le transparenta el brassiere. Se le marca el Triángulo de las Bermudas a cada temblequeo de taco fino. Pero la verdad es también que el Tipo transaría hasta por un palo de mapo disfrazado de pelotero.

Adióssss preciossssa, se desinfla el Tipo en sensuales sibilancias, arrimando peligrosamente el hocico a los technicolores rizos de la perseguida. La cual acelera automática y, con un remeneo de nalgas en high, pone momentáneamente a salvo su virtud.

Pero el salsero solitario vuelve al pernil, soneando sin tregua: qué chasis, negra, qué masetera estás, qué materia prima, qué tronco e jeva, qué zocos, mama, quién fuera lluvia pa caelte encima.

Dos días bíblicos dura el asedio. Dos días de cabecidura persecución y encocorante cantaleta. Dos luengos días de qué chulería, trigueña, si te mango te hago leña, qué bestia esa hembra, sea mi vida, por ti soy capaz hasta de trabajal, pa quién te estarás guardando en nevera, abusadora.

Al tercer día, frente por frente a Almacenes Pitusa y al toque de sofrito de mediodía, la víctima coge impulso, gira espectacular sobre sus precarios tacones y: encestaaaaaaaaaa:

—¿Vamos?

El jinete, desmontado por su montura da una vuelta de carnero emocional. Pero, dispuesto a todo por salvar la virilidad patria, cae de pie al instante y dispara, traicionado por la gramática:

—Mande.

La Tipa encabeza ahora solemnemente la parada. En el parking de la Plaza del Mercado janguea un Ford Torino rojo metálico del ’69. Se montan. Arrancan. La radío aulla un bolero senil. La Tipa guía con una mano en el volante y otra en la ventana, con un airecito de no querer la cosa. El Tipo se pone a desear violentamente un apartamento de soltero con vista al mar, especie de discoteca-matadero donde procesar ese material prime que le llueve a uno como cupón gratuito de la vida. Pero el desempleo no ceba sueños y el Tipo se flagela por dentro con que si lo llego a saber a tiempo le allano el cuarto a Papo Quisqueya, pana de Ultramona, bródel de billar, cuate de jumas y jevas, perico de altas notas. Dita sea, concluye fatal. Y esgrimiendo su rictus más telenovel, trata de soltar con naturalidad:

—Coge pa Piñones.

Pero agarrando la carretera de Caguas como si fuera un dorado muslo de Kentucky-fried chicken, la Tipa se apunta otro canasto tácito.

La entrada al motel yace oculta en la maleza. Ambiente de guerrilla. El Torino se desliza vaselinoso por el caminito estrecho. El empleado saluda de lejitos, mira coolmente hacia adelante cual engringolado equino. El carro se amocola en el garage. Baja la Tipa. El Tipo trata de abrir la puerta del carro sin levantar el seguro, hercúlea empresa. Por fin aterriza en nombre del Homo sapiens.

La llave está clavada en la cerradura. Entran. Ella enciende la luz. Neón inmisericorde, delator de barros y espinillas. El Tipo se trinca de golpe ante la mano negra y abierta del empleado protuberando ventanilla adentro. Se acuerda del vacío interplanetario de su billetera. Minuto secular y agónico al cabo del cual la Tipa deposita cinco pesos en la mano negra que se cierra como ostra ofendida y desaparece, volviendo a reaparecer de inmediato. Voz roncona tipo Godfather:

—Son siete. Faltan dos.

La Tipa suspira, rebusca en la cartera, saca lipstick, compacto, cepillo, máscara, kleenex, base, sombra, bolígrafo, perfume, panti bikini de encaje negro, Tampax, desodorante, cepillo de dientes, fotonovela y dos pesos que echa como par de huesos a la mano insaciable. El Tipo siente la obligación histórico-social de comentar:

—La calle ta dura, ¿ah?

Desde el baño llega la catarata de la pluma abierta. El cuarto tiene cara de clóset. Pero espejos por todas partes. Cama de media plaza. Sábanas limpias aunque sufridas. Cero almohada. Bombilla roja sobre cabecera. El Tipo como que se friquea pensando en la cantidad de gente que habrá sonrojado esa bombilla chillona, toda la bellaquería nacional que habrá desembocado allí, los cuadrazos que se habrá gufeado ese espejo, todos los brincoteos que habrá aguantado esa cama. El Tipo parquea el cráneo en la Plaza de la Convalecencia, bien nombrada por las huestes de enfermitos que allí hallan su cura cotidiana, oh, Plaza de la Convalecencia donde el espaceo de los panas se hace rito tribal. Ahora le toca a él y lo que va a espepitar no es campaña electoral. Se cuadra frente al grupo, pasea, va y viene, sube y baja en su montura épica: La Tipa estaba más dura que el corazón de un mafioso, mano. Yo no hice más que mirarla y se me volvió merengue allí mismo. Me la llevé pa un motel, men, ahora le tumban a uno siete cocos por un polvillo.

La Tipa sale del baño. Con un guille de diosa bastante merecido. Esnuíta. Tremenda india. La Chacón era chumba, bródel.

—¿Y tú no te piensas quitar la ropa? —truena Guabancex desde las alturas precolombinas del Yunque.

El Tipo pone manos a la obra. Cae la camiseta. Cae la correa. Cae el pantalón. La Tipa se recuesta para ligarte mejor. Cae por fin el calzoncillo con el peso metálico de un cinturón de castidad. Teledirigido desde la cama, un proyectil clausura el strip-tease. El Tipo lo cachea en el aire. Es —oh, pudor— un condescendiente condón. Y de los indesechables.

En el baño saturado de King Pine, el macho cabrío se faja con la naturaleza. Quiere entrar en todo su esplendor bélico. Cerebros retroactivos no ayudan. Peles a través de puerta entreabierta: nada. Pantis negros de maestra de estudios sociales: nada. Gringa soleándose tetas Family Size en azotea: nada. Pareja sobándose de A a Z en la última fila del cine Paradise: nada. Estampida de mujeres rozadas en calles, deseadas, desfloradas a cráneo limpio; repaso de revistas Luz, Pimienta embotelladas; incomparables páginas del medio de Playboy, rewind, replay; viejas frases de guerra caliente: crucifícame, negrito, destruyeme, papi, hazme papilla, papóte. Pero: nada. No hay brujo que levante ese muerto.

La Tipa llama. Clark Kent busca en vano la salida de emergencia. Su traje de Supermán está en el laundry.

En una humareda de Marlboro, la Tipa reza sus últimas oraciones. La suerte está como quien dice echada y ella embullada en el despojo sin igual de la vida. Desde la boda de Héctor con aquella blanquita comemierda del Condado, el himen pesa como un crimen. Siete años a la merced de un dentista mamito. Siete años de rellenar caries y raspar sarro. Siete años de contemplar gargantas espatarradas, de respirar alientos de pozo séptico a cambio de una guiñada, un piropo mongo, un roce de mariposa, una esperanza yerta. Pero hoy estalla el convento. Hoy cogen el vuelo de tomateros los votos de castidad. La Tipa cambia el canal y sintoniza al Tipo que el destino le ha vendido en baratillo: tapón, regordete, afro de peineta erecta, T-shirt rojo pava y mahones ultimátum. La verdad es que años luz de sus más platinados sueños de asistente dental. Pero la verdad es también que el momento histórico está ahí, tumbándole la puerta como un marido borracho, que se le está haciendo tarde y ya la guagua pasó, que entre Vietnam y la emigración queda el racionamiento, que la estadidad es para los pobres, que si no yoguea engorda y que después de todo el arma importa menos que la detonación. Así es que: todo está científicamente programado. Hasta el transistor que ahogará sus gritos vestales. Y tras un debut en sociedad sin lentejuelas ni canutillos, el velo impenetrable del anonimato habrá de tragarse por siempre el portátil parejo de emergencia.

De pronto, óyese un grito desgarrador. La Tipa embala hacia el baño. El tipo cabalga de medio ganchete sobre el bidet, más jincho que un gringo en febrero. Al verla cae al suelo, epilépticamente contorsionado y gimiendo como ánima en pena. Pataleos, contracciones, etcétera. Pugilato progresivo de la Tipa ante la posibilidad cada vez más posible de haberse enredado con un tecato, con un drogo irredento. Cuando los gemidos se vuelven casi estertores, la Tipa pregunta prudentemente si debe llamar al empleado. Como por arte de magia cesan las lamentaciones. El tipo se endereza, arrullándose materno los chichos adoloridos.

—Estoy malo del estómago —dice con mirada de perrito sarnoso a encargado de la perrera.

Soneo I

Primeros auxilios. Respiración boca a boca. Acariciando la pancita en crisis, la Tipa rompe con un rapeo florecido de materialismo histórico y de sociedad sin clases. Fricción vigorosa de dictadura del proletariado. Recital aleluya del Programa del Partido. El Tipo experimenta el fortalecimiento gradual, a corta, mediana y larga escala, de su conciencia lirona. Se unionan. Emocionados entornan al unísono la Internacional mientras sus infraestructuras se conmocionan. La naturaleza acude al llamado de las masas movilizadas y el acto queda dialécticamente consumado.

Soneo II

 La Tipa confronta heavyduty al Tipo. Lo sienta en la cama, se cruza de piernas a su lado y, con impresionante fluidez y meridiana claridad, machetea la opresión milenaria, la plancha perpetua y la cocina forzada, compañero. Distraída por su propia elocuencia, usa el brassiere de cenicero al reclamar enfática la igualdad genital. Bajo el foco implacable de la razón, el Tipo confiesa, se arrepiente, hace firme propósito de enmienda e implora fervientemente la comunión. Emocionados, juntan cabezas y se funden en un largo beso igualitario, introduciendo exactamente la misma cantidad de lengua en las respectivas cavidades bucales. La naturaleza acude al llamado unisex y el acto queda equitativamente consumado.

Soneo III

La Tipa se viste. Le lanza la ropa al Tipo, aún atrincherado en el baño. Se largan del motel sin cruzar palabra. Cuando el Torino rojo metálico del ’69 se detiene en la De Diego para soltar su carga, sigue prendida la fiesta patronal con su machina de cabalgables nalgas. Con la intensidad de un arrebato colombiano y la perseverancia somociana, con la desfachatez del Sha, el Tipo reincide vilmente. Y se reintegra a su rastreo cachondo, al rosario de la interminable aurora de qué meneo lleva esa mulata, oye baby, qué tú comes pa estal tan saludable, ave maría, qué clase e lomillo, lo que hace el arroz con habichuelas, qué troj de calne, mami, si te cojo…

Augusto D’Halmar (1882-1950) “En Provincia” (1912)

Etiquetas

, , ,

Augusto D’Halmar (1882-1950) escritor chileno que se inició en literatura con fuertes influencias naturalista y evolucionará hacia lo fantástico convirtiéndose en uno de sus grandes representantes en Chile. Tuvo una vida activa tanto política como diplomática.

“En Provincia”, Augusto presenta el adulterio no como un crimen apasionado o acto inmoral, sino como una necesidad lógica. En este cuento no hay descripciones minuciosas y sí un estilo antirretórico propio ya del S. XX que se embellece con cierto tono de fantasía que surge del motivo de la flauta evocación de los recuerdos lejanos.

EN PROVINCIA

La vie est vaine;

un peu d’amour,

un peu de haine,

et puis “bonjour”.

  La vie est brève;

un peu d’espoir,

un peu de rêve,

et puis “bonsoir”.

Tengo cincuenta y seis años y hace cuarenta que llevo la pluma tras la oreja; pues bien, nunca supuse que pudiera servirme para algo que no fuese consignar partidas en el libro Diario o transcribir cartas con encabezamiento inamovible: “En contestación a su grata, fecha… del presente, tengo el gusto de comunicarle…”

Y es que salido de mi pueblo a los diez y seis años, después de la muerte de mi madre, sin dejar afecciones tras de mí, viviendo desde entonces en este medio provinciano, donde todos nos entendemos verbalmente, no he tenido para qué escribir. A veces lo hubiera deseado; me hubiera complacido que alguien, en el vasto mundo, recibiese mis confidencias; pero ¿quién?

En cuanto a desahogarme con cualquiera, sería ridículo. La gente se forma una idea de uno y le duele modificarla. Yo soy, ante todo, un hombre gordo y calvo, y un empleado de comercio: Borja Guzmán, tenedor de libros del “Emporio Delfín”. ¡Buena la haría saliendo ahora con revelaciones sentimentales! A cada cual se le asigna, o escoge cada cual, su papel en la farsa, pero precisa sostenerlo hasta la postre.

Debí casarme y dejé de hacerlo. ¿Por qué? No por falta de inclinaciones, pues aquello mismo de que no hubiera disfrutado de un hogar a mis anchas hacía que soñase con formarlo. ¿Por qué entonces? ¡La vida! ¡Ah, la vida! El viejo Delfín me mantuvo un honorario que el heredero aumentó, pero que fue reducido apenas cambió la casa de dueño. Tres ha tenido, y ni varió mi situación, ni mejoré de suerte. En tales condiciones se hace difícil el ahorro, sobre todo si no se sacrifica el estómago. El cerebro, los brazos, el corazón, todo trabaja para él: se descuida Smiles [1] y cuando quisiera establecerse ya no hay modo de hacerlo.

¿Es lo que me ha dejado soltero? Sí, hasta los treinta y un años, que de ahí en adelante no se cuenta. Un suceso vino a clausurar a esa edad mi pasado, mi presente y mi porvenir, y ya no fui, ya no soy sino un muerto que hojea su vida.

Aparte de esto he tenido poco tiempo de aburrirme. Por la mañana, a las nueve, se abre el almacén; interrumpe su movimiento para el almuerzo y la comida, y al toque de retreta se cierra.

Desde ésa hasta esta hora, permanezco en mi piso giratorio con los pies en el travesaño más alto y sobre el bufete los codos forrados en percalina; después de guardar los libros y apagar la lámpara que me corresponde, cruzo la plazoleta y, a una vuelta de llave, se franquea para mí una puerta: estoy en “mi casa”. Camino a tientas, cerca de la cómoda hago luz; allí, a la derecha, se halla siempre la bujía. Lo primero que veo es una fotografía, sobre el papel celeste de la habitación; después, la mancha blanca del lecho, mi pobre lecho, que nunca sabe disponer Verónica, y que cada noche acondiciono de nuevo. Una cortina de cretona oculta la ventana que cae a la plaza.

Si no hace demasiado frío, la retiro y abro los postigos, y si no tengo demasiado sueño, saco mi flauta de su estuche y ajusto sus piezas con vendajes y ligaduras. Vieja, casi tanto como yo, el tubo malo, flojas las llaves, no regulariza ya sus suspiros, y a lo mejor deja escapar el aire con desalentadora franqueza. De pie ante el alféizar, acometo una serie de trinados y variaciones para tomar la embocadura y en seguida doy comienzo a la elegía que le dedico a mis muertos. ¿Quién no tiene los suyos, esperanzas o recuerdos?

La pequeña ciudad duerme bajo el firmamento. Si hay luna, puede distinguirse perfectamente el campanario de la parroquia, la cruz del cementerio o la silueta de alguna pareja que se ha refugiado entre las encinas de la plaza, aunque los enamorados prefieren mejor el campo, de donde llega el coro de las ranas con rumores y perfumes confusos. El viento difunde los gemidos de mi flauta y los lleva hasta las estrellas, las mismas que, hace años y hace siglos, amaron los que duermen en el polvo. Cuando una cruza el espacio, yo formulo un deseo invariable.

En tantos años se han desprendido muchas y mi deseo no se cumple.

Toco, toco. Son dos o tres motivos melancólicos. Tal vez supe más y pude aprender otros; pero éstos eran los que Ella prefería, hace un cuarto de siglo, y con ellos me he quedado.

Toco, toco. Al pie de la ventana, un grillo, que se siente estimulado, se afina interminablemente. Los perros ladran a los ruidos y a las sombras. El reloj de una iglesia da una hora. En las casas menos austeras cubren los fuegos, y hasta el viento que transita por las calles desiertas pretende apagar el alumbrado público.

Entonces, si penetra una mariposa a mi habitación, abandono la música y acudo para impedir que se precipite sobre la llama. ¿No es el deber de la experiencia? Además, comenzaba a fatigarme. Es preciso soplar con fuerza para que la inválida flauta responda, y con mi volumen excesivo yo quedo jadeante,

Cierro, pues, la ventana; me desvisto, y en gorro y zapatillas, con la palmatoria en la mano, doy, antes de meterme en cama, una última ojeada al retrato. El rostro de Pedro es acariciador; pero en los ojos de ella hay tal altivez, que me obliga a separar los míos. Cuatro lustros han pasado y se me figura verla así: así me miraba.

Ésta es mi existencia, desde hace veinte años. Me han bastado, para llenarla, un retrato y algunos aires antiguos; pero está visto que, conforme envejecemos, nos tornamos exigentes. Ya no me bastan y recurro a la pluma.

Si alguien lo supiera. Si sorprendiese alguien mis memorias, la novela triste de un hombre alegre, Don Borja. El del Emporio del Delfín. ¡Si fuesen leídas!… ¡Pero no! Manuscritos como éste, que vienen en reemplazo del confidente que no se ha tenido, desaparecen con su autor. Él los destruye antes de embarcarse, y algo debe prevenirnos cuándo. De otro modo no se comprende que, en un momento dado, no más particular que cualquiera, menos tal vez que muchos momentos anteriores, el hombre se deshaga de aquel algo comprometedor, pero querido, que todos ocultamos, y, al hacerlo, ni sufra ni tema arrepentirse. Es como el pasaje, que, una vez tomado, nadie posterga su viaje.

¿O será que partimos precisamente porque ya nada nos detiene? Las últimas amarras han caído… ¡el barco zarpa!

Fue, como dije, hace veinte años; más, veinticinco, pues ello empezó cinco años antes. Yo no podía llamarme ya un joven y ya estaba calvo y bastante grueso; lo he sido siempre: las penas no hacen sino espesar mi tejido adiposo. Había fallecido mi primer patrón, y el Emporio pasó a manos de su sobrino, que habitaba en la capital; nada sabía yo de él, ni siquiera le había visto nunca, pero no tardé en conocerle a fondo: duro y atrabiliario con sus dependientes, con su mujer se conducía como un perfecto enamorado, y cuéntese con que su unión databa de diez años. ¡Cómo parecían amarse, santo Dios! También conocí sus penas, aunque a simple vista pudiera creérseles felices. A él le minaba el deseo de tener un hijo, y aunque lo mantuviera secreto, algo había llegado a sospechar ella. A veces solía preguntarle: “¿Qué echas de menos?”, y él le cubría la boca de besos. Pero ésta no era una respuesta, ¿no es cierto?

Me habían admitido en su intimidad desde que conocieron mis aficiones filarmónicas. “Debimos adivinarlo: tiene pulmones a propósito”, tal fue el elogio que él hizo de mí a su mujer en nuestra primera velada.

¡Nuestra primera velada! ¿Cómo acerté delante de aquellos señores de la capital, yo que tocaba de oído, y que no había tenido otro maestro que un músico de la banda? Ejecuté, me acuerdo, El ensueño, que esta noche acabo de repasar, Lamentaciones de una joven y La golondrina y el prisionero; y sólo reparé en la belleza de la principala, que descendió hasta mí para felicitarme.

De allí dató la costumbre de reunirnos, apenas se cerraba el almacén, en la salita del piso bajo, la misma donde ahora se ve luz, pero que está ocupada por otra gente. Pasábamos algunas horas embebidos en nuestro corto repertorio, que ella no me había permitido variar en lo más mínimo, y que llegó a conocer tan bien que cualquier nota falsa la impacientaba. Otras veces me seguía tarareando, y, por bajo que lo hiciera, se adivinaba en su garganta una voz cuya extensión ignoraría ella misma. ¿Por qué, a pesar de mis instancias, no consintió en cantar? ¡Ahí Yo no ejercía sobre ella la menor influencia; por el contrario, a tal punto me imponía, que, aunque muchas veces quise que charlásemos, nunca me atreví. ¿No me admitía en su sociedad para oírme? ¡Era preciso tocar!

En los primeros tiempos, el marido asistía a los conciertos y, al arrullo de la música, se adormecía, pero acabó por dispensarse de ceremonias y siempre que estaba fatigado nos dejaba y se iba a su lecho. Algunas veces concurría uno que otro vecino, pero la cosa no debía parecerles divertida y con más frecuencia quedábamos solos. Así fue como una noche que me preparaba a pasar de un motivo a otro, Clara (se llamaba Clara) me detuvo con una pregunta a quemarropa:

—Borja, ¿ha notado usted su tristeza?

—¿De quién?, ¿del patrón? —pregunté, bajando también la voz—. Parece preocupado, pero…

—¿No es cierto? —dijo, clavándome sus ojos afiebrados.

Y como si hablara consigo:

—Le roe el corazón y no puede quitárselo. ¡Ah Dios mío!

Me quedé perplejo y debí haber permanecido mucho tiempo perplejo, hasta que su acento imperativo me sacudió:

—¿Qué hace usted así? ¡Toque, pues!

Desde entonces pareció más preocupada y como disgustada de mí. Se instalaba muy lejos, en la sombra, tal como si yo le causara un profundo desagrado; me hacía callar para seguir mejor sus pensamientos y, al volver a la realidad, como hallase la muda sumisión de mis ojos a la espera de un mandato suyo, se irritaba sin causa.

—¿Qué hace usted así? ¡Toque, pues!

Otras veces me acusaba de apocado, estimulándome a que le confiara mi pasado y mis aventuras galantes; según ella, yo no podía haber sido eternamente razonable, y alababa con ironía mi reserva, o se retorcía en un acceso de incontenible hilaridad: “San Borja, tímido y discreto.”

Bajo el fulgor ardiente de sus ojos, yo me sentía enrojecer más y más, por lo mismo que no perdía la conciencia de mi ridículo. En todos los momentos de mi vida, mi calvicie y mi obesidad me han privado de la necesaria presencia de espíritu, ¡y quién sabe si no son la causa de mi fracaso!

Transcurrió un año, durante el cual sólo viví por las noches. Cuando lo recuerdo, me parece que la una se anudaba a la otra, sin que fuera sensible el tiempo que las separaba, a pesar de que, en aquel entonces, debe de habérseme hecho eterno …Un año breve como una larga noche. Llego a la parte culminante de mi vida.

¿Cómo relatarla para que pueda creerla yo mismo? ¡Es tan inexplicable, tan absurdo, tan inesperado!

Cierta ocasión en que estábamos solos, suspendido en mi música por un ademán suyo, me dedicaba a adorarla, creyéndola abstraída, cuando de pronto la vi dar un salto y apagar la luz. Instintivamente me puse de pie, pero en la oscuridad sentí dos brazos que se enlazaban a mi cuello y el aliento entrecortado de una boca que buscaba la mía.

Salí tambaleándome. Ya en mi cuarto, abrí la ventana y en ella pasé la noche. Todo el aire me era insuficiente. El corazón quería salirse del pecho, lo sentía en la garganta, ahogándome; ¡qué noche!

Esperé la siguiente con miedo. Creíame juguete de un sueño. El amo me reprendió un descuido, y, aunque lo hizo delante del personal, no sentí ira ni vergüenza.

En la noche él asistió a nuestra velada. Ella parecía profundamente abatida.

Y pasó otro día sin que pudiéramos hallarnos solos; el tercero ocurrió, me precipité a sus plantas para cubrir sus manos de besos y lágrimas de gratitud, pero, altiva y desdeñosa, me rechazó, y con su tono más frío, me rogó que tocase.

¡No, yo debí haber soñado mi dicha! ¿Creeréis que nunca, nunca más volví a rozar con mis labios ni el extremo de sus dedos? La vez que, loco de pasión, quise hacer valer mis derechos de amante, me ordenó salir en voz tan alta, que temí que hubiese despertado al amo, que dormía en el piso superior.

¡Qué martirio! Caminaron los meses, y la melancolía de Clara parecía disiparse, pero no su enojo. ¿En qué podía haberla ofendido yo? Hasta que, por fin, una noche en que atravesaba la plaza con mi estuche bajo el brazo, el marido en persona me cerró el paso. Parecía extraordinariamente agitado, y mientras hablaba mantuvo su mano sobre mi hombro con una familiaridad inquietante.

—¡Nada de músicas! —me dijo—. La señora no tiene propicios los nervios, y hay que empezar a respetarle este y otros caprichos.

Yo no comprendía.

—Sí, hombre. Venga usted al casino conmigo y brindaremos a la salud del futuro patroncito.

Nació. Desde mi bufete, entre los gritos de la parturienta, escuché su primer vagido, tan débil. ¡Cómo me palpitaba el corazón! ¡Mi hijo! Porque era mío. ¡No necesitaba ella decírmelo! ¡Mío! ¡Mío! Yo, el solterón solitario, el hombre que no había conocido nunca una familia, a quien nadie dispensaba sus favores sino por dinero, tenía ahora un hijo, ¡y de la mujer amada! ¿Por qué no morí cuando él nacía? Sobre el tapete verde de mi escritorio rompí a sollozar tan fuerte, que la pantalla de la lámpara vibraba y alguien que vino a consultarme algo se retiró en puntillas.

Sólo un mes después fui llevado a presencia del heredero. Le tenía en sus rodillas su madre, convaleciente, y le mecía amorosamente. Me incliné, conmovido hasta la angustia, y, temblando, con la punta de los dedos alcé la gasa que lo cubría y pude verle; hubiese querido gritar: ¡hijo! pero, al levantar los ojos, encontré la mirada de Clara, tranquila, casi irónica.

“¡Cuidado!” —me advertía.

Y en voz alta:

—No le vaya usted a despertar.

Su marido, que me acompañaba, la besó tras de la oreja delicadamente.

—Mucho has debido sufrir, ¡mi pobre enferma!

—¡No lo sabes bien! —repuso ella—; mas, ¡qué importa si te hice feliz!

Y ya sin descanso, estuve sometido a la horrible expiación de que aquel hombre llamase “su” hijo al mío, a “mi” hijo. ¡Imbécil! Tentado estuve entre mil veces de gritarle la verdad, de hacerle reconocer mi superioridad sobre él, tan orgulloso y confiado; pero, ¿y las consecuencias, sobre todo para el inocente? Callé, y en silencio me dediqué a amar con todas las fuerzas de mi alma a aquella criatura, mi carne y mi sangre, que aprendería a llamar padre a un extraño.

Entretanto, la conducta de Clara se hacía cada vez más oscura. Las sesiones musicales, para qué decirlo, no volvieron a verificarse, y, con cualquier pretexto, ni siquiera me recibió en su casa las veces que fui.

Parecía obedecer a una resolución inquebrantable y hube de contentarme con ver a mi hijo cuando la niñera lo paseaba en la plaza. Entonces los dos, el marido y yo, le seguíamos desde la ventana de la oficina, y nuestras miradas, húmedas y gozosas, se encontraban y se entendían.

Pero andando esos tres años memorables, y a medida que el niño iba creciendo, me fue más fácil verlo, pues el amo, cada vez más chocho, lo llevaba al almacén y lo retenía a su lado hasta que venían en su busca.

Y en su busca vino Clara una mañana que yo lo tenía en brazos; nunca he visto arrebato semejante. ¡Como leona que recobra su cachorro! Lo que me dijo más bien me lo escupía al rostro.

—¿Por qué lo besa usted de ese modo? ¿Qué pretende usted, canalla?

A mi entender, ella vivía en la inquietud constante de que el niño se aficionase a mí, o de que yo hablara. A ratos, estos temores sobrepujaban a los otros, y para no exasperarme demasiado, dejaba que se me acercase; pero otras veces lo acaparaba, como si yo pudiese hacerle algún daño.

¡Mujer enigmática! Jamás he comprendido qué fui para ella: ¡capricho, juguete o instrumento!

Así las cosas, de la noche a la mañana llegó un extranjero, y medio día pasamos revisando libros y facturas. A la hora del almuerzo el patrón me comunicó que acababa de firmar una escritura por la cual transfería el almacén; que estaba harto de negocios y de vida provinciana, y probablemente volvería con su familia a la capital.

¿Para qué narrar las dolorosísimas presiones de esos últimos días de mi vida? Harán por enero veinte años y todavía me trastorna recordarlos. ¡Dios mío! ¡Se iba cuanto yo había amado! ¡Un extraño se lo llevaba lejos para gozar de ello en paz! ¡Me despojaba de todo lo mío! Ante esa idea tuve en los labios la confesión del adulterio. ¡Oh! ¡Destruir siquiera aquella feliz ignorancia en que viviría y moriría el ladrón! ¡Dios me perdone!

Se fueron. La última noche, por un capricho final, aquella que mató mi vida, pero que también le dio por un momento una intensidad a que yo no tenía derecho, aquella mujer me hizo tocarle las tres piezas favoritas, y al concluir, me premió permitiéndome que besara a mi hijo. Si la sugestión existe, en su alma debe de haber conservado la huella de aquel beso.

¡Se fueron! Ya en la estacioncita, donde acudí a despedirlos, él me entregó un pequeño paquete, diciendo que la noche anterior se le había olvidado.

—Un recuerdo —me repitió— para que piense en nosotros.

—¿Dónde les escribo? —grité cuando ya el tren se ponía en movimiento, y él, desde la plataforma del tren:

—No sé. ¡Mandaremos la dirección!

Parecía una consigna de reserva. En la ventanilla vi a mi hijo, con la nariz aplastada contra el cristal. Detrás, su madre, de pie, grave, la vista perdida en el vacío.

Me volví al almacén, que continuaba bajo la razón social, sin ningún cambio aparente, y oculté el paquete, pero no lo abrí hasta la noche, en mi cuarto solitario.

Era una fotografía.

La misma que hoy me acompaña; un retrato de Clara con su hijo en el regazo, apretado contra su seno, como para ocultarlo o defenderlo.

¡Y tan bien lo ha secuestrado a mi ternura, que en veinte años, ni una sola vez he sabido de él; y probablemente no volveré a verlo en este mundo de Dios! Si vive debe ser un hombre ya. ¿Es feliz? Tal vez a mi lado su porvenir habría sido estrecho. Se llama Pedro… Pedro y el apellido del otro.

Cada noche tomo el retrato, lo beso, y en el reverso leo la dedicatoria que escribieron por el niño.

“Pedro, a su amigo Borja.”

—¡Su amigo Borja!… ¡Pedro se irá de la vida sin saber que haya existido tal amigo!

[1] Autor de una serie de libros que establecen normas de conducta para tener éxito en la vida.

Baldomero Lillo (1867-1923) “La compuerta número 12” (1904) , “Sub sole”(1907)

Etiquetas

, , , ,

Baldomero Lillo (1867 – 1923) considerado el precursor del realismo social chileno. En su narrativa plasmará una realidad que conocía de primera mano, la de los mineros, los campesinos y los trabajadores marítimos. Gracias a uno de sus hermanos consigue escapar del mundo minero y se convierte en bibliotecario, a partir de entonces comenzará su carrera literaria.

Para mayor información no dudeis visitar el siguiente enlace http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-3313.html#documentos

LA COMPUERTA NÚMERO 12

 Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso, sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro, las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra de las hendiduras y partes salientes de la roca: una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto. Pasado un minuto, la velocidad disminuye bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.

El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería, bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.

A cuarenta metros del piquete se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata, cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:

—Señor, aquí traigo el chico.

Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente. Y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado a sus juegos infantiles y condenado como tantas infelices criaturas a languidecer miserablemente en las húmedas galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo, que, muy inquieto por aquel examen, fijaba en él una ansiosa mirada:

—¡Hombre!, este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?

—Sí, señor.

—Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de enterrarlo aquí, enviarlo a la escuela por algún tiempo.

—Señor —balbuceó la ruda voz del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica—, somos seis en casa y uno solo el que trabaja. Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come, y, como hijo de minero, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.

Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz, vencido por aquel mudo ruego, llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyóse un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.

—Juan —exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado—, lleva a este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.

Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:

—He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige de cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.

Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió.

Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de rieles, cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante, y más atrás con el pequeño Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida, habían llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible para todos, cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. En balde desde el amanecer hasta la noche, durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filón inagotable que tantas generaciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra.

Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí, en la lóbrega madriguera húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vara, los viejos mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la veta. Pero el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela, y reanudaban taciturnos la tarea agobiadora y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar.

La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el suelo, arrimado a la pared, había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaron confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de diez años, acurrucado en un hueco de la muralla.

Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la oscuridad. Sus ojos abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos, tal vez en la contemplación de un panorama imaginario, que, como el miraje desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del lejano resplandor del día.

Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas interminables de su encierro, sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado por aquella lápida enorme que ahogó para siempre en él la inquieta y grácil movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la cobardía humanos. Los dos hombres y el niño, después de caminar algún tiempo por un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre, de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa. Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron, por fin, delante de la compuerta número doce.

—Aquí es —dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en la roca.

Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever aquel obstáculo.

Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre, que temía que las fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo.

El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por la inculta cabellera de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud. Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol, y aunque su inexperto corazoncillo no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada, aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su desconfianza. Una luz brilló a lo lejos de la galería y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo.

—¡Es la corrida! —exclamaron a un tiempo los dos hombres.

—Pronto, Pablo —dijo el viejo—; a ver cómo cumples tu obligación.

El pequeño, con los puños apretados, apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral.

Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba, que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo: que él estaba cerca y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena, regresarían juntos a casa.

Pablo oía aquello con espanto creciente, y por toda respuesta se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas razones de su padre con un “¡Vamos!” quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni amenazas lo convencían y el “¡Vamos, padre!”, brotaba de sus labios cada vez más dolorido y apremiante.

Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo minero, pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal adormecido en lo íntimo de su ser recobró de súbito su fuerza avasalladora.

El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y sufrimientos se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico destino aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias, cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las caricias de la roca en las inclinadas galerías.

Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él, se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había cogido y, como eslabones nuevos, que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo, los hijos sucedían a los padres y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marea viviente no se interrumpía jamás. Los pequeñuelos, respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos, débiles, paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.

Y con resuelto ademán, el viejo desenrrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte, y a pesar de la resistencia y súplicas del niño, lo ató con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante.

La criatura, medio muerta de terror, lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia y hubo que emplear la violencia para arrancarle de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.

Sus voces llamando al viejo que se alejaba, tenían acentos tan desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió de nuevo flaquear su resolución. Mas aquel desfallecimiento sólo duró un instante, y tapándose los oídos para no escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante y escuchó una vocecilla tenue como un soplo, que clamaba allá muy lejos, debilitada por la distancia: “¡Madre! ¡Madre!”

Entonces echó a correr como un loco, acosado por el doliente vagido y no se detuvo sino cuando se halló delante de la veta, a la vista de la cual su dolor se convirtió de pronto en furiosa ira, y, empuñando el mango del pico, la atacó rabiosamente. En el duro bloque caían los golpes como espesa granizada sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella masa negra y brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las piernas del obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante luz de la lámpara.

Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza, hiriéndole el rostro, el cuello y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse al copioso sudor que inundaba su cuerpo, que penetraba como una cuña en la brecha abierta, ensanchándola con el afán del presidiario que horada el muro que lo oprime; pero sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad.

 

Sub sole

Sentada en la mullida arena y mientras el pequeño acallaba el hambre chupando ávido el robusto seno, Cipriana con los ojos húmedos y brillantes por la excitación de la marcha abarcó de una ojeada la líquida llanura del mar.

Por algunos instantes olvidó la penosa travesía de los arenales ante el mágico panorama que se desenvolvía ante su vista. Las aguas, en las que se reflejaba la celeste bóveda, eran de un azul profundo. La tranquilidad del aire y la quietud de la bajamar daban al océano la apariencia de un vasto estanque diáfano e inmóvil. Ni una ola ni una arruga sobre su terso cristal. Allá en el fondo, en la línea del horizonte, el velamen de un barco interrumpía apenas la soledad augusta de las calladas ondas.

Cipriana, tras un breve descanso, se puso de pie. Aún tenía que recorrer un largo trecho para llegar al sitio adonde se dirigía. A su derecha, un elevado promontorio que se internaba en el mar mostraba sus escarpadas laderas desnudas de vegetación, y a su izquierda, una dilatada playa de fina y blanca arena se extendía hasta un oscuro cordón de cerros que se alzaba hacia el oriente. La joven, pendiente de la diestra el cesto de mimbre y cobijando al niño que dormía bajo los pliegues de su rebozo de lana, cuyos chillones matices escarlata y verde resaltaban intensamente en el gris monótono de las dunas, bajó con lentitud por la arenosa falda de un terreno firme, ligeramente humedecido, en el que los pies de la mariscadora dejaban apenas una leve huella. Ni un ser humano se distinguía en cuanto alcanzaba la mirada. Mientras algunas gaviotas revoloteaban en la blanca cinta de espuma, producida por la tenue resaca, enormes alcatraces con las alas abiertas e inmóviles resbalaban, unos tras otros, como cometas suspendidas por un hilo invisible, sobre las dormidas aguas. Sus siluetas fantásticas alargábanse desmesuradamente por encima de las dunas y, en seguida, doblando el promontorio, iban a perderse en alta mar.

Después de media hora de marcha, la mariscadora se encontró delante de gruesos bloques de piedra que le cerraban el paso. En ese sitio la playa se estrechaba y concluía por desaparecer bajo grandes planchones de rocas basálticas, cortadas por profundas grietas. Cipriana salvó ágilmente el obstáculo, torció hacia la izquierda y se halló, de improviso, en una diminuta caleta abierta entre los altos paredones de una profunda quebrada.

La playa reaparecía allí otra vez, pero muy corta y angosta. La arena de oro pálido se extendía como un tapiz finísimo en derredor del sombrío semicírculo que limitaba la ensenada.

La primera diligencia de la madre fue buscar un sitio al abrigo de los rayos del sol donde colocar la criatura, lo que encontró bien pronto en la sombra que proyectaba un enorme peñasco cuyos flancos, húmedos aún, conservaban la huella indeleble del zarpazo de las olas.

Elegido el punto que le pareció más seco y distante de la orilla del agua, desprendió de los hombros el amplio rebozo y arregló con él un blando lecho al dormido pequeñuelo, acostándolo en aquel nido improvisado con amorosa solicitud para no despertarle.

Muy desarrollado para sus diez meses, el niño era blanco y rollizo, con grandes ojos velados en ese instante por sus párpados de rosa finos y transparentes.

La madre permaneció algunos minutos como en éxtasis devorando con la mirada aquel bello y gracioso semblante. Morena, de regular estatura, de negra y abundosa cabellera, la joven no tenía nada de hermoso. Sus facciones toscas, de líneas vulgares, carecían de atractivo. La boca grande, de labios gruesos, poseía una dentadura de campesina: blanca y recia, y los ojos pardos, un tanto humildes, eran pequeños, sin expresión. Pero cuando aquel rostro se volvía hacia la criatura, las líneas se suavizaban, las pupilas adquirían un brillo de intensidad apasionada y el conjunto resultaba agradable, dulce y simpático.

El sol, muy alto sobre el horizonte, inundaba de luz aquel rincón de belleza incomparable. Los flancos de la cortadura desaparecían bajo la enmarañada red de arbustos y plantas trepadoras. Dominando el leve zumbido de los insectos y el blando arrullo del oleaje entre las piedras, resonaba a intervalos, en la espesura, el melancólico grito del pitío.

La calma del océano, la inmovilidad del aire y la placidez del cielo tenían algo de la dulzura que se retrataba en la faz del pequeñuelo y resplandecía en las pupilas de la madre, subyugada a pesar suyo, por la magia irresistible de aquel cuadro.

Vuelta hacia la ribera, examinaba la pequeña playa delante de la cual se extendía una vasta plataforma de piedra que se internaba una cincuentena de metros dentro del mar. La superficie de la roca era lisa y bruñida, cortada por innumerables grietas tapizadas de musgos y diversas especies de plantas marinas.

Cipriana se descalzó los gruesos zapatos, suspendió en torno de la cintura la falda de percal descolorido, y cogiendo la cesta, atravesó la enjuta playa y avanzó por encima de las peñas húmedas y resbaladizas, inclinándose a cada instante para examinar las hendiduras que encontraba al paso. Toda clase de mariscos llenaban esos agujeros. La joven, con ayuda de un pequeño gancho de hierro, desprendía de la piedra los moluscos y los arrojaba en un canasto. De cuando en cuando, interrumpía la tarea y echaba una rápida mirada a la criatura que continuaba durmiendo sosegadamente.

El océano asemejábase a una vasta laguna de turquesa líquida. Aunque hacía ya tiempo que la hora de la baja mar había pasado, la marea subía con tanta lentitud que sólo un ojo ejercitado podía percibir cómo la parte visible de la roca disminuía insensiblemente. Las aguas se escurrían cada vez con más fuerza y en mayor volumen a lo largo de las cortaduras.

La mariscadora continuaba su faena sin apresurarse. El sitio le era familiar y, dada la hora, tenía tiempo de sobra para abandonar la plataforma antes que desapareciera bajo las olas.

El canasto se llenaba con rapidez. Entre las hojas transparentes del luche destacábanse los tonos grises de los caracoles, el blanco mate de las tacas y el verde viscoso de los chapes. Cipriana con el cuerpo inclinado, la cesta en una mano y el gancho en la otra, iba y venía con absoluta seguridad en aquel suelo escurridizo. El apretado corpiño dejaba ver el nacimiento del cuello redondo y moreno de la mariscadora, cuyos ojos escudriñaban con vivacidad las rendijas, descubriendo el marisco y arrancándolo de la áspera superficie de la piedra. De vez en cuando se enderezaba para recoger sobre la nuca las negrísimas crenchas de sus cabellos. Y su talle vasto y desgarbado de campesina destacábase entonces sobre las amplias caderas con líneas vigorosas, no exentas de gallardía y esbeltez. El cálido beso del sol coloreaba sus gruesas mejillas, y el aire oxigenado que aspiraba a plenos pulmones hacía bullir en sus venas su sangre joven de moza robusta en la primavera de la vida.

El tiempo pasaba, la marea subía lentamente invadiendo poco a poco las partes bajas de la plataforma, cuando de pronto Cipriana, que iba de un lado para otro afanosa en su tarea, se detuvo y miró con atención dentro de una hendidura. Luego se enderezó y dio un paso hacia adelante; pero casi inmediatamente giró sobre sí misma y volvió a detenerse en el mismo sitio. Lo que cautivaba su atención, obligándola a volver atrás, era la concha de un caracol que yacía en el fondo de una pequeña abertura. Aunque diminuto, de forma extraña, parecía más grande visto a través del agua cristalina.

Cipriana se puso de rodillas e introdujo la diestra en el hueco, pero sin éxito, pues la rendija era demasiado estrecha y apenas tocó con la punta de los dedos el nacarado objeto. Aquel contacto no hizo sino avivar su deseo. Retiró la mano y tuvo otro segundo de vacilación, mas el recuerdo de su hijo le sugirió el pensamiento de que sería aquello un lindo juguete para el chico y no le costaría nada.

Y el tinte rosa pálido del caracol con sus tonos irisados tan hermosos destacábase tan suavemente en aquel estuche de verde y aterciopelado musgo que, haciendo una nueva tentativa, salvó el obstáculo y cogió la preciosa concha. Trató de retirar la mano y no pudo conseguirlo. En balde hizo vigorosos esfuerzos para zafarse. Todos resultaron inútiles; estaba cogida en una trampa. La conformación de la grieta y lo viscoso de sus bordes habían permitido con dificultad el deslizamiento del puño a través de la estrecha garganta que, ciñéndole ahora la muñeca como un brazalete, impedía salir a la mano endurecida por el trabajo.

En un principio Cipriana sólo experimentó una leve contrariedad que se fue transformando en una cólera sorda, a medida que transcurría el tiempo en infructuosos esfuerzos. Luego una angustia vaga, una inquietud creciente fue apoderándose de su ánimo. El corazón precipitó sus latidos y un sudor helado le humedeció las sienes. De pronto la sangre se paralizó en sus venas, la pupilas se agrandaron y un temblor nervioso sacudió sus miembros. Con ojos y rostro desencajados por el espanto, había visto delante de ella una línea blanca, movible, que avanzó un corto trecho sobre la playa y retrocedió luego con rapidez; era la espuma de una ola. Y la aterradora imagen de su hijo, arrastrado y envuelto en el flujo de la marea, se presentó clara y nítida a su imaginación. Lanzó un penetrante alarido, que devolvieron los ecos de la quebrada, resbaló sobre las aguas y se desvaneció mar adentro en la líquida inmensidad.

Arrodillada sobre la piedra se debatió algunos minutos furiosamente. Bajo la tensión de sus músculos sus articulaciones crujían y se dislocaban, sembrando con sus gritos el espanto en la población alada que buscada su alimento en las proximidades de la caleta; gaviotas, cuervos, golondrinas del mar, alzaron el vuelo y se alejaron presurosos bajo el radiante resplandor del sol.

El aspecto de la mujer era terrible: las ropas empapadas en sudor se habían pegado a la piel; la destrenzada cabellera le ocultaba en parte el rostro atrozmente desfigurado; las mejillas se habían hundido y los ojos despedían un fulgor extraordinario. Había cesado de gritar y miraba con fijeza el pequeño envoltorio que yacía en la playa, tratando de calcular lo que las olas tardarían en llegar hasta él. Esto no se hacía esperar mucho, pues la marea precipitaba ya su marcha ascendente y muy pronto la plataforma sobresalió algunos centímetros sobre las aguas.

El océano, hasta entonces tranquilo, empezaba a hinchar su torso, y espasmódicas sacudidas estremecían sus espaldas relucientes. Curvas ligeras, leves ondulaciones interrumpían por todas partes la azul y tersa superficie. Un oleaje suave, con acariciador y rítmico susurro, comenzó a azotar los flancos de la roca y a depositar en la arena albos copos de espuma que bajo los ardientes rayos del sol tomaban los tonos cambiantes del nácar y del arco iris.

En la escondida ensenada flotaba un ambiente de paz y serenidad absolutas. El aire tibio, impregnado de las acres emanaciones salinas, dejaba percibir a través de la quietud de sus ondas el leve chasquido del agua entre las rocas, el zumbido de los insectos y el grito lejano de los halcones de mar.

La joven, quebrantada por los terribles esfuerzos hechos para levantarse, giró en torno sus miradas imploradoras y no encontró ni en la tierra ni en las aguas un ser viviente que pudiera prestarle auxilio. En vano clamó a los suyos, a la autora de sus días, al padre de su hijo, que allá detrás de las dunas aguardaba su regreso en el rancho humilde y miserable. Ninguna voz contestó a la suya, y entonces dirigió su vista hacia lo alto y el amor maternal arrancó de su alma inculta y ruda, torturada por la angustia, frases y plegarias de elocuencia desgarradora:

-¡Dios mío, apiádate de mi hijo; sálvalo; socórrelo…! ¡Perdón para mi hijito, Señor! ¡Virgen Santa, defiéndelo…! ¡Toma mi vida; no se la quites a él! ¡Madre mía, permite que saque la mano para ponerlo más allá…! ¡Un momento, un ratito no más…! ¡Te juro volver otra vez aquí…! ¡Te juro volver aquí…! ¡Dejaré que las aguas me traguen; que mi cuerpo se haga pedazos en estas piedras; no me moveré y moriré bendiciéndote! ¡Virgen Santa, ataja la mar; sujeta las olas; no consientas que muera desesperada…! ¡Misericordia, Señor! ¡Piedad, Dios mío! ¡Óyeme, Virgen Santísima! ¡Escúchame, madre mía!

Arriba la celeste pupila continuaba inmóvil, sin una sombra, sin una contracción, diáfana e insondable como el espacio infinito. La primera ola que invadió la plataforma arrancó a la madre un último grito de loca desesperación. Después sólo brotaron de su garganta sonidos roncos, apagados, como estertores de moribundo.

La frialdad del agua devolvió a Cipriana sus energías, y la lucha para zafarse de la grieta comenzó otra vez más furiosa y desesperada que antes. Sus violentas sacudidas y el roce de la carne contra la piedra habían hinchado los músculos, y la argolla de granito que la aprisionaba pareció estrecharse en torno de la muñeca.

La masa líquida, subiendo incesantemente, concluyó por cubrir la plataforma. Sólo la parte superior del busto de la mujer arrodillada sobresalió por encima del agua. A partir de ese instante los progresos de la marea fueron tan rápidos que muy pronto el oleaje alcanzó muy cerca del sitio en que yacía la criatura. Transcurrieron aún algunos minutos y el momento inevitable al fin llegó. Una ola, alargando su elástica zarpa, rebalsó el punto donde dormía el pequeñuelo, quien, al sentir el frío contacto de aquel baño brusco, despertó, se retorció como un gusano y lanzó un penetrante chillido.

Para que nada faltase a su martirio, la joven no perdía un detalle de la escena. Al sentir aquel grito que desgarró las fibras más hondas de sus entrañas, una ráfaga de locura fulguró en sus extraviadas pupilas, y así como la alimaña cogida en el lazo corta con los dientes el miembro prisionero, con la hambrienta boca presta a morder se inclinó sobre la piedra; pero ese recurso le estaba vedado; el agua que la cubría hasta el pecho obligábala a mantener la cabeza en alto.

En la playa las olas iban y venían alegres, retozonas, envolviendo en sus pliegues juguetonamente al rapazuelo. Habíanle despojado de los burdos pañales, y el cuerpecillo regordete, sin más traje que la blanca camisilla, rodaba entre la espuma agitando desesperadamente las piernas y brazos diminutos. Su tersa y delicada piel, herida por los rayos del sol, relucía, abrillantada por el choque del agua y el roce áspero e interminable sobre la arena.

Cipriana con el cuello estirado, los ojos fuera de las órbitas, miraba aquello estremecida por una suprema convulsión. Y en el paroxismo del dolor, su razón estalló de pronto. Todo desapareció ante su vista. La luz de su espíritu azotada por una racha formidable se extinguió y mientras la energía y el vigor aniquilados en un instante cesaban de sostener el cuerpo en aquella postura, la cabeza se hundió en el agua, un leve remolino agitó las ondas y algunas burbujas aparecieron en la superficie tranquila de la pleamar.

Juguete de las olas, el niño lanzaba en la ribera vagidos cada vez más tardos y más débiles que el océano, como una nodriza cariñosa, se esforzaba en acallar, redoblando sus abrazos, modulando sus más dulces canciones, poniéndolo ya boca abajo o boca arriba, y trasladándolo de un lado para otro, siempre solícito e infatigable.

Por último los lloros cesaron: el pequeñuelo había vuelto a dormirse y aunque su carita estaba amoratada, los ojos y la boca llenos de arena, su sueño era apacible; pero tan profundo que, cuando la marejada lo arrastró mar adentro y lo depositó en el fondo, no se despertó ya más.

Y mientras el cielo azul extendía su cóncavo dosel sobre la tierra y sobre las aguas, tálamos donde la muerte y la vida se enlazan perpetuamente, el infinito dolor de la madre que, dividido entre las almas, hubiera puesto taciturnos a todos los hombros, no empañó con la más leve sombra la divina armonía de aquel cuadro palpitante de vida, de dulzura, de paz y amor