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Raúl Brasco (1948) escritor argentino con una gran trayectoria cuentística.  Su obra ficcional y ensayística se publica en diversas antologías, revistas y suplementos de paises como Argentina, México, Brasil, Suiza.

Hoy os propongo las lecturas de Las cosas nunca salen como uno quisiera, El hedonista y Últimos juegos.

Las cosas nunca salen como uno quisiera, cuento. En revista El Cuento nº 133, México D.F., 1996

Ultimos juegos, cuento. En Después. Narrativa argentina posterior a la dictadura, antología (Ed. Liliana Heker), Desde la Gente, Buenos Aires, 1996.

Las cosas nunca salen como uno quisiera

La conocí por culpa de mi socio. Fue él quien se fijó primero en ella. Acabábamos de almorzar y yo me había demorado adentro del boliche esperando la cuenta. Salí, y lo vi siguiendo a una chica por la mitad de la cuadra. Ella no le llevaba el apunte, seguro que le decía las mismas bestialidades de siempre, es un animal. Apuré el paso y los alcancé. A mí me gusta decir piropos y la chica estaba muy bien, al menos de atrás. No recuerdo qué fue lo que le dije, algún elogio. A esta altura, lo primero que me despierta una piba de veinte es admiración y se lo digo. No es que ande buscando programa, lo hago de puro vicio, aunque si se da. El caso es que ella me miró y me hizo una sonrisa larga; quiero decir que siguió sonriendo después de verme la calva y la ropa de trabajo manchada de grasa. Me quedé medio cortado por la sorpresa. “Andá que está con vos”, dijo mi socio dándome con el puño en los riñones.

Una vez que empecé, me fue fácil. Ella no se hizo rogar para hablarme y cuando la invité a tomar algo dijo que sí enseguida. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana. Ella hablaba sin parar y me miraba continuamente a los ojos como preguntándome no sé qué. La mirada no tenía nada que ver con lo que decía. Qué cara tramposa, pensé. Linda. Decía que era raro que yo no la tuviera presente porque ya nos habíamos cruzado antes, ella trabajaba en una tienda a dos cuadras del taller; que se llamaba Adriana y era de Sagitario, muy sensible; que coleccionaba muñecas. Hablaba tanto que me costaba seguirla. Pero lo realmente difícil era sostenerle la mirada. En un momento en que bajé la vista, me vi el anillo de casamiento. Igual ya era tarde, esas cosas a las mujeres no se les escapan, pero Adriana no lo había mencionado. Señal de que no le importa, pensé, y le agarré una mano: lo peor es pasar por lerdo. Ella sonrió aprobadora y empezó a jugar con mis dedos como si lo viniera haciendo desde siempre. Mientras, me contaba que vivía con la madre, que no era compañía para ella porque no se entendían. “¿Y tu papá?”, le pregunto. Ahí hizo un silencio y apartó de mí la mirada por primera vez. Miró la calle y descubrió la caravana de un circo que se acercaba. Le agarró un entusiasmo descomunal. El circo desfilaba frente a nosotros y ella me señalaba los payasos y nombraba a los animales. Estuvo eufórica hasta que ya no pudo ver el último carromato ni con la cara pegada al vidrio de la ventana. Después se calmó de a poco y retomó la charla para decirme que tenía mala suerte con los hombres, porque los que se le acercaban eran del tipo de mi socio, y que no salía con nadie. Aquí paró de hablar, como esperándome. Entonces le dije qué lástima, tan linda y solita, y que me gustaría acompañarla un poco. Aceptó. Quedamos en que la iba a ir a buscar a la salida de la tienda cualquier día de esos y se fue porque tenía que volver a trabajar.

Cuando le conté a mi socio, no se alegró nada. Claro, él es joven, mide uno noventa y hace aparatos. Seguro que mucho no me creyó y como después no le volví a hablar de Adriana debió pensar que todo había sido un cuento para hacerlo rabiar. La verdad es que los días se me iban pasando y no me decidía a buscarla. Raro, porque ganas tenía; creo que en el fondo presentía algo.

No habría pasado una semana de la charla en el café, cuando una tarde que yo estaba en la fosa poniendo un chapón, oigo a mi socio que me llama. Apenas me asomo, le veo la sonrisa medio forzada. Me señala la puerta con la cabeza. Subo y ahí estaba Adriana, con unos pantalones blancos muy justos y un paquetito largo envuelto para regalo. “Qué hacés, vení, pasá”, le dije, qué le iba a decir. Ella no se movió: las mujeres sólo entran al taller sobre cuatro ruedas, las que entran de a pie saben que están en territorio enemigo, o sea: buscan guerra. Fui yo caminando hasta la puerta. “¿Qué hace la chica más linda del barrio?”, le digo. Ella sacudió el pelo nerviosa, y poniendo cara de reproche y de disculpa al mismo tiempo, me dijo: “Sos un poco mentiroso vos, me cansé de esperarte”. Yo empecé medio trabado porque no tenía ninguna excusa pensada: que sí, que iba a ir, pero que había estado tapado de trabajo y no lo podía largar solo a mi socio, que no me había olvidado, cómo iba a olvidarme. Ella estaba cruzada de brazos y con una mano tocaba el piano sobre el pulóver; me miraba muda, con la cabeza ladeada y los labios fruncidos. Al final hizo como que no le importaba. “Te extrañé mucho -dijo-, esto es para vos”, y me da el paquetito. Yo no lo quería aceptar pero no me dio tiempo. “¿Vas a ir a buscarme?” dijo. “Sí, claro que voy a ir, no fui por lo que te dije, en serio (la miraba a los ojos para parecer sincero). La pura verdad, te juro”. Poco a poco, se le iba aflojando la desconfianza, me di cuenta de que quería creerme. “No veía la hora de verte de nuevo”, le dije para rematar. “¿Y cuándo vas a ir?”, me pregunta bajito con la voz desafinada, casi con miedo. Yo demoré en contestarle, no podía creer lo que me pasaba, me parecía haber retrocedido veinte años. “Mañana, mañana cuando salgas del trabajo tomamos un café”, le digo. Fueron palabras mágicas, se le borró la preocupación de la cara y se puso contenta como antes. “Bárbaro, te espero”, me dice; y ya se iba, como para que no pudiera arrepentirme. “Esperá que abro el regalo”, le grité. “Te espero mañana”, gritó también ella desde lejos.

Me quedé ahí parado con el paquete. “¿Qué será?”, dije pensando en voz alta. “Un forro gigante, los enanos tienen fama de superdotados”, contestó mi socio. Yo torcí la boca y lo dejé riéndose solo. Me revientan las bromas sobre mi estatura. Era una corbata a rayas, de colores sobrios; se notaba que ella, al elegirla, había pensado en mi edad. Yo no entendía nada. Después, en frío, me parecía que el asunto no podía ser como aparentaba. Demasiado fácil. Ya no puedo creer así nomás en un amor a primera vista: a veces me miro al espejo. Ni de galán maduro puedo dármelas.

Al otro día, en el café, llevábamos un buen rato de charla y yo no había encontrado la oportunidad para ponerla a prueba. De nuevo no podía meter ninguna cuña en la conversación. Ella me venía contando su vida desde el principio, como para que yo supiera hasta el último detalle. De golpe noté que se había saltado una parte. Sin explicarme nada había dicho: “Cuando quedamos solas, entré a trabajar en la tienda, de algo teníamos que vivir. Pero necesito otra cosa: la plata apenas si nos alcanza para comer”. “¡Y me regalaste una corbata!”, le digo. Ella sonrió orgullosa. “Justamente yo también quería hacerte un regalo – le dije- pero no sé qué comprar”. Saqué un billete de cien. “Tomá, comprate lo que quieras”. Se puso triste. “Si querés regalarme algo, comprame un chocolate grande”, contestó. Yo respiré aliviado. Cuando salimos, le compré un chocolate enorme, y antes de que subiéramos al coche ya se lo estaba comiendo.

Estacioné por ahí cerca, en un lugar tranquilo. Paré el motor y la miré fijo, como dispuesto a ir al grano. Ella pareció sorprenderse y dejó de masticar, fue un segundo nomás. Después siguió comiendo, se hacía la distraída. Todavía le quedaba la mitad del chocolate, y para apurar la cosa, le pedí que me convidara. Me dio un pedacito que ni se veía. “Qué generosa”, le dije. Ella levantó los hombros. No sé si me parecía a mí o el chocolate ese no se terminaba nunca. Al fin lo terminó y se inclinó sobre mi pecho. Mientras sólo le acariciaba el pelo y le hacía cosquillas detrás de la oreja anduvimos bien. Se quedaba quietita como una gata mimosa. Pero no bien intenté bajar la mano me dijo: “No, seguí así que me gusta”. Qué sé yo cuánto tiempo me tuvo con lo mismo, ya estaba aburriéndome. Medio me enojé, hacía mucho que no me quedaba con las ganas. Entonces me dejó besarla, pero con un quite de colaboración total. Eso me molestó, puse en marcha el auto y la llevé a la casa. En el camino apenas si le contestaba lo que decía. Me rompía la cabeza pensando: si ella sabe que soy casado, ¿a qué tantas vueltas?, no iba a pretender que le hiciera el novio. ¿Pero quién entiende a las mujeres?, hacen cosas inexplicables y al tiempo uno se da cuenta de que lo llevaron de aquí para allá como un gallito ciego para llegar a donde era más fácil ir derecho.

Había quedado bien calentito y se lo comenté a mi socio. “Estará loca, qué sé yo – dice -, si no es para sacarte plata debe estar loca”. “¿Qué querés decir?”, le dije. “Bueno, no sé, se habrá enamorado”, contestó con cara de sobrador. Sigue con la sangre en el ojo, que se vaya al diablo, pensé. Y me puse a trabajar para no seguir hablando. Estuve toda la tarde que no me aguantaba ni a mí mismo. Cuando estábamos ordenando el taller para irnos caí en la cuenta de que había entregado un coche sin el filtro de aire; y él, al ver el filtro en mi mano, sonrió burlón e hizo sonar un beso largo con ademanes. Preferí no hacerle caso, porque si no, se armaba. Para peor, a la noche, anduve dando vueltas por la casa como enjaulado y mi mujer empezó a mirarme torcido. Ella me había agarrado en un renuncio hacía dos años y ahora olía el peligro como un escape de gas en la cocina. La diferencia era que esta vez no me importaba. Cuando vino a acostarse me hice el dormido. Estaba preocupado: a mi mujer la quería y nunca había tenido problemas con mi socio. Me daba cuenta de cuánto se podía complicar mi vida por culpa de Adriana. Decidí que cuando la volviera a ver, tenía que quedar todo muy claro o terminar. Pero la vez siguiente fue lo mismo, mantuvo la defensa en alto todo el tiempo. Hablaba de las discusiones que tenía en el trabajo o con la madre y se quedaba esperando mi opinión. ¿Esta mina me querrá para que le dé consejos?, pensaba yo. Entonces le dije: “Mirá Adriana, yo soy un hombre casado y no tengo ningún problema con mi mujer, ¿me entendés?, NINGUN PROBLEMA. Tengo tres hijos, la mayor tiene tu edad, y la familia es lo más importante para mí. Me gustás mucho, podemos pasar buenos ratos juntos, todo lo que vos quieras. Pero ahí se terminó, ¿entendiste? No quiero que te equivoques”.

No entendió. “¿Y cómo es ella?”, preguntó. “¿Mi mujer?”, le digo. “No, tu hija, la de mi edad”. Yo me quedé cortado. “Qué sé yo, soy el padre: es bonita…, una chica sin complicaciones, alegre”, le dije. Ella no preguntó más, me miraba como de lejos. “Vamos, qué pasa -le digo-, si no hay ningún drama, podemos divertirnos”. Negó con la cabeza. “Vamos”, le dije de nuevo, y ella volvió a negarse. Se estaba poniendo pesada. Perdido por perdido me arriesgué: “No demos más vueltas. Vamos a un buen hotel, ¿eh?”. Primero pensé que no había escuchado, después soltó un no tan cortito y débil que apenas pude oírlo. Y no hablamos más, por un rato cada cual estuvo en lo suyo. Me costó, pero al final lo decidí. “Está bien – le dije -, vos elegís…Y otra cosa: no vuelvas a aparecerte por el taller, esto se terminó”. Ella siguió callada. Se había puesto pálida. Me besó como a un amigo y bajó del auto. Qué le voy a hacer, pensé, si hubiera aceptado habría sido como tocar el cielo con las manos, pero así no podíamos seguir. Había hecho bien: me la había sacado de encima a tiempo. Al menos eso creí y me sentí aliviado.

Serían las diez de la mañana del día siguiente cuando apareció por el taller, feliz y desenvuelta, hablando mucho de todo menos de la tarde anterior; parecía haberla borrado. Pensé que era su forma de perdonarme, así que le seguí el juego. Traía una camisa de regalo y me preguntó si iba a ir a buscarla a la tarde. Le dije que no podía y que se llevara la camisa. Pero no pude convencerla. A los tres días volvió; me contó mi socio porque yo no estaba. Y a la mañana siguiente, como me avisaron, me escondí antes de que me viera; igual me dejó un cinto. Yo no quería saber nada, me agarraba la cabeza. Si iba a la tienda a devolverle las cosas seguro que se ponía a discutir y hacíamos un papelón. Mandárselas con otro era inútil porque no las iba a recibir. Y si me las quedaba: ¿cómo la explicaba a mi mujer que había comprado todo eso?. La única solución era guardarlas en el taller para ir sacándolas de a poco; pero no quise, hubiera sido como aprovecharme de ella. En algún momento se va a cansar, pensaba yo cada vez que, desde mi escondite, veía que asimilaba el no está sin pestañear siquiera, casi indiferente. Y, sin embargo, volvía. Me hacía sentir un cretino.

Ante mi socio, yo aparentaba tomármela en broma. “¿Viste cómo me quieren las chicas? ¿a que a vos no te hacen regalos como estos?”, le decía. “A mí las minas me dan cosas mejores”, gruñía él; y todo terminaba ahí. Hasta que ayer, después que ella se fue, de comedido nomás, se puso a opinar. “Lo que quiere esa mina es un macho que la atropelle – dice -. Estate atento cuando vuelva que te voy a enseñar cómo se hace. Vas a ver que le hago cambiar las pilchas por otras para hombre”. Yo me enfurecí. Le dije que si le ponía un dedo encima a Adriana le reventaba la cabeza de un fierrazo y que, desde ya, fuera pensando en poner un taller por su cuenta. “Pará, loco – dijo -, no sabía que estabas de novio”. No le contesté. En el momento, él tampoco agregó nada, pero un poco después me dijo: “Si hablás en serio, sabé que a lo de ponerme por mi cuenta le vengo dando vueltas desde que estás en la luna”. Quedé aturdido, sin saber qué decir, no imaginaba que podía llegar tan lejos. Era cierto, yo había estado muy distraído; si no habíamos tenido problemas con los clientes había sido porque él vigilaba mi trabajo. En todo ese día apenas si nos hablamos, yo tragándome la humillación, y él agrandado por lo dicho. A eso de las cinco me cambié, tiré todos los regalos en el asiento de atrás del coche, y fui a esperar a Adriana a la salida de la tienda.

Cuando me vio se le iluminó la cara y subió al auto enseguida. No la dejé besarme. “Te había dicho que no fueras al taller – le digo -. A ver si nos entendemos: NO QUIERO SABER MAS NADA. Borrate para siempre, ¿entendés?, bien clarito: PARA SIEMPRE. Yo no le hago el novio a nadie, ni a vos ni a nadie. Y, oíme bien, ahora voy a llevarte a tu casa, y te vas a guardar tus regalos. De todo esto no quiero conservar ni el recuerdo”. Se lo dije de un tirón, quería ser como una aplanadora, matarla, que no le quedara aire para contestarme. Pero no. “En mi casa no bajo”, dijo ella, y se puso a jugar con los dedos en mi pelo, en plena avenida, a la vista de todos. Arranqué y desaparecí de ahí, subí a la Panamericana. Para hacerme reír, me hacía cosquillas en la nuca, que la tengo sensible pero, como yo no aflojaba, me desabrochó la camisa y empezó a acariciarme el pecho. Decía que yo tenía razón, que se había portado como una tonta y que ahora iba a ser una nena obediente. Yo manejaba serio, mirando fijo la ruta, como si no la oyera. Ella bajaba la mano cada vez más. “¿Adónde vamos?”, me dice pasando suavecito un dedo sobre mi piel, al borde del cinturón. “Qué sé yo, para el lado de Córdoba, te bajo en Chañar Ladeado o por ahí, después volvete como puedas”, le dije medio atragantado y temblándome la voz. Ella sonrió. Bah, sí, me juego, pensé, la llevo a un hotel. Pegué un volantazo y bajé de la autopista. Ella, sorprendida, sacó la mano y miró alrededor. Cuando, en vez de retomar la ruta para volver, seguí por la callecita lateral, se enderezó muy seria en el asiento: teníamos el hotel enfrente. Yo seguí adelante sin mirarla, tan mudo como ella; que notara que estaba decidido.

No bien entramos en la habitación empecé a desvestirme. Ella seguía sin abrir la boca, mirándome, parada cerca de la puerta. “¿Y?”, le digo. No contestó. Me sentí incómodo: es difícil desnudarse frente a una mujer vestida que lo mira a uno. “¿Qué pasa ahora?”, le pregunté recelando la respuesta. “No quiero”, dijo. Zas, empezamos de nuevo, pensé; y dejé caer los brazos como quien está en el colmo del cansancio. “No quiero”, volvió a decir casi rogándome. Yo vi que era inútil y me puse de mal humor. “Bueno, se acabó, vámonos”, le dije muy seco. Ella habrá notado que esta vez iba en serio o esperaría otra reacción, porque dudó. Pero enseguida le brillaron los ojos de entusiasmo: “Mejor nos quedamos un ratito”, dijo. Tan perplejo me habrá visto que lo repitió: “sí, un ratito”. El malhumor se esfumó al instante y me acosté. Ella se sacó los zapatos y se acurrucó contra mí, me abrazó. Yo no podía creerlo, me sentía en las nubes. Empecé a acariciarla. “Quedate quieto”, dijo. “¿Y ahora qué hice?”, le contesté alarmado. “Nada, contame algo”, me pidió como lo más normal. Me confundió del todo y abandoné: ya no me quedaba resto. “¡Y qué querés que te cuente!”, le dije resignado. Pensó un momento. “Algo que empiece con había una vez“. A mí me salió como si hubiera sabido que iba a pedirme eso: “Había una vez un tipo que estaba de lo más bien porque no esperaba nada- empecé-. Hasta que un día le hicieron una sonrisa larga y, el muy boludo, creyó que podía recuperar el pelo y la temperatura de veinte años atrás”. Hablaba sin mirarla. No me importaba si me escuchaba o no. Tardé en darme cuenta de que se había dormido. Entonces me levanté despacio y empecé a vestirme. Estaba amargado, me iba a ir, que la despertara el timbre. Cuando estuve listo, la miré. Dormía profundamente como una nena de dos años: entregada, con la frente lisa y los labios flojos. Sólo los chicos se animan a dormirse a fondo, saben que uno está allí cuidándolos y creen que puede contra todo, desde el dolor de oídos hasta las brujas. Me quedé, no sé cuánto, sentado en el borde de la cama. Se despertó de a poco. Primero entreabrió los ojos y me sonrió, después los volvió a cerrar. Luego estiró las piernas. “Vamos, apurate -le dije-, se termina el turno”. Pero no podía apurarse. Todavía en el auto seguía amodorrada. Recién se despertó del todo cuando paré en un quiosco a comprar cigarrillos. Entonces me miró vivaracha, con esos ojos enormes que tiene. Qué le voy a hacer, pensé, las cosas nunca salen como uno quisiera. Y pedí un atado de rubios y un chocolate grande.

El hedonista

Cambiemos de tema, ¿qué piensa usted del hedonismo?. ¿No sabe qué es?. No importa, fíjese que yo fui hedonista mucho antes de haber escuchado la palabra. No sé desde cuándo, hace tanto tiempo, son cosas con las que se nace, creo que me desteté a los cuatro años de puro hedonista. Le explico: es la doctrina filosófica que sustenta que hay que darse todos los placeres, sin excepción, qué le parece. No se ría, le estoy hablando en serio. ¿Cómo filosofía del relajo?. Ah, si fuera tan sencillo…, es una posición frente a la existencia. No, tampoco es la última onda, yo no soy ningún snob, ya estuvo de moda entre los griegos del siglo V antes de Cristo. No señor, usted no entiende, no es cómodo, es una actitud de militancia permanente, una opción riesgosa. Ahora, por ejemplo, estoy en crisis por culpa de una chica a la que me acerqué con fines hedónicos. Gloria… No le voy a contar esa relación porque es algo muy íntimo, pero mire desde acá nomás, sin moverse de su asiento: ¿cuántas caras de gozadores ve entre los pasajeros de este tren?. Sobran los dedos de una mano para contarlas. Y por qué, le pregunto yo. Usted lo ha dicho: hay que poder. Y para poder hay que pelear cada instante de goce, es mucho más fácil abandonarse a lo que venga, de ahí lo de militancia. Piense en usted mismo: el poco o mucho placer que ha alcanzado ¿le vino de arriba o se lo tuvo que ganar?. ¿A que está pensando en su iniciación sexual?. No, no es telepatía, es lo primero que se le ocurriría a cualquiera, a todos nos costó. Mire, mi caso es revelador. Por suerte tengo mente analítica y eso me ayudó bastante. Ah sí, yo piso siempre sobre suelo firme, hasta que no estoy bien seguro… La parte técnica me la enseñó un sexólogo que conocí (en mi casa no se hablaba una palabra de sexo). Fíjese qué curioso, este sexólogo era bisexual. A veces pienso si negarse a las relaciones homosexuales no será una limitación para un verdadero hedonista como yo. No, por favor no se vaya, déjeme que le explique, no es lo que usted está pensando. Gracias. Yo rechazo la bisexualidad tanto como usted, pero no por las pautas culturales que la sociedad impone, que son cuestiones de momento. Tampoco por razones morales, no creo que nadie deba sentirse menos hombre por ser bisexual; de hecho, los griegos no lo sentían. El hombre es hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres. Lo decía Platón que no era ningún mogólico. Lo que le fallaba era la parte filosófica. Sí, a Platón. La justificación estética que ensayó para afirmar eso es tan aplicable a un muchacho como a una estrella de mar o a una yegua pur sang; falta de rigor, se da cuenta. Claro, cómo va a postular la belleza de los muchachos. ¿A usted le parecen hermosos los muchachos?. Está bien, no lo tome así, vayamos a lo que me enseñó el sexólogo: suavidad, mucha suavidad, no babosear a la mujer y el correcto uso de la lengua. Sí, como lo oye. El me dijo: “Tenés que entrenarte. Agarrás un pote de yogur, de ésos de vidrio, le dejás medio centímetro de yogur en el fondo y lo limpiás con la lengua en un minuto; al principio es difícil, pero se puede”. Después me mostró la lengua, le sobresalía dos centímetros por debajo del mentón y la movía con la velocidad de una serpiente. Me entreno dos veces por día, confesó lleno de orgullo. Yo no sabía qué decir. Notable, dije embobado de admiración. Por supuesto, seguí sus instrucciones al pie de la letra y al mes de entrenamiento no tenía nada que envidiarle. Completé mi formación con lecturas sobre el tema y un curso de control mental. Actualmente, además, alterno los libros de texto con literatura erótica para acrecentar la fantasía. ¡No, por favor!. Memorias de una princesa rusa, no. Literatura, dije. Histoire de Juliette, Trópico de cáncer, Lolita. En aquella época no lo necesitaba porque mis fantasías se potenciaban con la continencia, el desgaste viene con el uso. En fin, después de esta preparación, busqué una mujer. Elegí a una flaca, bastante feúcha, que era medio frígida. Yo lo sabía porque algunos amigos, todos machos confiables, habían fracasado con ella. Estaba desahuciada. ¿Cómo que no fue una buena elección?. No pudo ser mejor: si yo también fracasaba la culpa iba a ser de ella, y si me iba bien sería un éxito glorioso; el riesgo era nulo. Pero me fue bien, la trastorné con la lengua. Bueno, la verdad es que estoy muy bien dotado, pero lo determinante fue la lengua. ¡Lo que es la técnica!, pensaba yo. Tan agradecida quedó la flaca que me hizo la publicidad entre las amigas, y luego cada una de ellas (me acosté con todas) le pasó el chisme a otras tantas. En poco tiempo la demanda me rebasó y tuve que ponerme selectivo; es decir, me convertí parcialmente al epicureísmo. Había acumulado tanta experiencia que prácticamente ya era el amante excepcional que soy ahora. Con estos antecedentes, ¿cómo comprender lo de Gloria?. Gloria, se acuerda, la chica que le mencioné al principio, la que me empujó hacia la crisis. Por ahí me decido y le cuento algo sobre eso. En fin, aprendí tanto que hoy, sin exagerar, puedo predecir la conducta sexual de una mujer con sólo verla. ¿Ve esa morocha de minifalda negra y blusa roja calada?. Esa, al lado de la viejita de anteojos. ¿La vio?. La pintarrajeada que va colgada del pasamanos. La misma. Bueno, con esa mina no pasa nada, es una histérica, le gusta hacerse desear pero ahí termina la cosa. En cambio, la gordita rubia que tiene una carpeta azul bajo el brazo, hace rato que está fichándolo al pibe aquel que lleva la camisa celeste abierta, arremangada arriba del codo. Y el pibe ya entró -está bien la gordita-, no los pierda de vista, va a ver que él se le arrima de a poco. No, si no es adivinación, pura sapiencia nomás, por eso se me hace más increíble lo de Gloria. Escuche, usted me inspira confianza, le voy a contar cómo la conocí. Fue cuando las inundaciones, en el colegio donde van mis sobrinos. Esas jornadas de solidaridad que la gente usa para desentumecer los buenos sentimientos son ideales, todos se sienten amigos aunque no se hayan visto en la vida, y en la confusión las minas están desatadas. No me iba a perder una oportunidad así. Estaba haciendo la recorrida preliminar de evaluación cuando alguien me puso en los brazos un bulto tan grande que me tapaba la cara, ropa envuelta en una sábana o algo así. “Tené”, me dijo y, por la voz, era una mujer. Esperé no más de un par de minutos. Me sentía ridículo ahí parado, tambaleando cada vez que alguno me chocaba. Entonces dije qué hago con esto, pero ella no me contestó. Sin embargo, la oía hablando pavadas con uno y otro. Yo no iba a soportar eso. Puse, como pude, el bulto sobre mi cabeza, ubiqué a la dueña de la voz (que estaba de espaldas) y con tono poco amistoso, muy fuerte, dije: qué diablos hago con esto. Gloria se dio vuelta, me vio y soltó la risa. Se rió mostrándome toda la dentadura, unos dientes tan blancos como el guardapolvo que llevaba puesto. Parecés una lavandera, me dijo. Pero yo no estaba de humor. Me alegro de que no tengas ninguna caries, le contesté. No se imagina la carcajada que lanzó, como para mostrarme que tampoco tenía angina. Me desarmó y empezamos a conversar. Yo no podía prever las consecuencias. Qué le voy a hacer: a lo hecho, pecho. Sí, como le decía, en ese tipo de reuniones hay mucho pique. ¿Quiere que le pase algunas?. Las tengo agendadas. ¿Muchas?. Muchísimas. En esta ciudad, todos: los descastados, los dispépticos, los varicocélicos, los postergados y los prematuros, todos tienen su cruzada anual. ¿No le molesta que fume?. Cada vez que hablo de Gloria me pongo nervioso y me vienen ganas de fumar. ¿Usted qué hace cuando se pone nervioso?. Gloria hundía los dedos en el pelo, se lo empujaba hacia atrás y después sacudía la cabeza. Me gustan las mujeres que se alisan el pelo cuando se ponen nerviosas. El de ella es muy negro y largo. Hermoso. Sí, realmente hermoso. Tendría que conocerla, no sabe lo que es. Cuando terminó el turno y se sacó el guardapolvo casi me caigo de espaldas. Qué físico, viejo. Le digo que era de cine. Con la excusa del cansancio la invité al bar de la esquina. ¿Sabe lo que pidió?. Insólito: un café con leche y tortitas negras. ¡Cómo comía!. Todas se las comió, y con unas ganas… Esta mina sabe gozar, pensé, nos vamos a entender muy bien. Me contó que era maestra en esa escuela y que novio, lo que se dice novio, nunca había tenido. ¿A los diecinueve años?. Debe de ser muy pretensiosa, se me ocurrió. Pero parecía muy a gusto conmigo y no la vi precavida, así que ahí nomás me largué a hablarle del hedonismo. Ella me escuchaba con la boca llena y como si no se diera cuenta de mis intenciones. Recién cuando terminamos -yo de hablar y ella de comer- y después de pasarse la servilleta por los labios, me dijo: sos intelectual vos, ¿no?. ¡Qué te parece!, le contesté. Ella pensó un poco. Que se vive lo mismo pensando menos, me dijo y se levantó para irse. Desde ese sábado hasta el siguiente que la volví a ver, lo pasé tratando de resolver la ambigüedad de la frase. Hay una anfibología ahí, ¿se dio cuenta?. Claro, ¿qué quiso decir con “se vive lo mismo”?. Primera posibilidad: que igual se vive, que por no pensar no se muere nadie. Y, segunda, que las vivencias son las mismas. Fíjese qué importante: la primera implica una actitud peyorativa hacia el pensamiento especulativo, una actitud resignada y conformista frente a la vida. En cambio la segunda, indicaría que ella, pensando menos que yo, se sentía capaz de vivir las mismas cosas en cantidad y calidad. Qué le parece. ¿Cómo que obviamente la primera posibilidad?. No, lo obvio no existe, mi diagnóstico se inclinó por la segunda. ¿Qué tal si nos entregamos a las prácticas hedónicas?, le propuse. Yo lo estoy pasando muy bien, contestó. Me costaba explicarle que eso no era el hedonismo. Hay que optimizar, le decía. Ella me escuchaba, cómo le diría, con un interés moderado. Cuando terminé, se encogió de hombros. Será como vos decís, dijo sin mucha convicción, como quien dice “buen día” o “va a llover”. Resumiendo: ese sábado no hice ningún avance. No computo como avance un único beso desprovisto de sensualidad, tipo noviecitos formales. Ahora pienso que lo mejor hubiera sido cortar por lo sano entonces, cuando todavía estaba a tiempo. No, no pude, me intrigaba la conducta y, sobre todo, era mucho el premio para abandonar el juego. Seguí viéndola, y la única diferencia entre cada encuentro y el siguiente era que yo hablaba cada vez menos y ella cada vez más. Un buen día me despabilé: había estado escuchando durante dos horas las dificultades de aprendizaje de Juancito (reflejo, según Gloria, de problemas en la casa), las arbitrariedades de la directora (que era más loca que un trompo) y las alternativas del colesterol del abuelito (a consecuencia de los muchos salamines que hedonísticamente ingería en secreto), con la misma atención que había prestado, años antes, a las enseñanzas del sexólogo. Esta mina me está jodiendo, pensé. Pero ya no podía echarme atrás. No, nada de eso, había una cuestión ideológica. Yo soy admirador de Nietzsche, mi modelo es el “superhombre”: puro instinto, vida y voluntad de poder. No me permito la resignación. O metía a Gloria en mi cama o no era el hedonista que creía ser. ¿Usted leyó Also sprach Zarathustra?. ¿No?. Léalo, le va a cambiar la vida. Mire, mire lo que le decía: el muchacho está pegadito atrás de la gordita. Ella pone cara de distraída pero está haciendo control de calidad. ¡Las bondades de viajar a la hora pico!. Vio, nunca me equivoco, aun con Gloria, no sé… En algún momento que no puedo precisar ella empezó a mirarme diferente. Había un propósito de trascendencia en esas miradas largas, una decisión de comunicarme algo, y a mí se me alteraban los nervios cuando se ponía contemplativa, no me gustan los misterios. ¿Qué mirás?, le pregunté una vez. Nada, contestó ella, y sonrió como si yo estuviera al tanto de todo. Le juro que me descolocaba. No, no podía decirle eso, si en el fondo yo esperaba ansioso esas miradas; las deseaba, aunque simultáneamente me produjeran aprensión, sentía que Gloria iba a descubrirme una malformación interna terrible, un cáncer de próstata, no sé. Que yo sepa no, soy muy sano; era ella, los ojos de ella que tenían el poder de paralizarme. Había noches que no podía dormirme porque, no bien bajaba los párpados, veía los ojos de Gloria escrutándome implacables y algo que no podía controlar se me revolvía adentro. Mire, una vez me levanté de la cama con la necesidad imperiosa de verme en el espejo, de estudiar los detalles de mi cara, de verificar no sé qué. Tan extrañado estaba, que anoté la hora y escribí un breve resumen de lo que me sucedía para, a la mañana siguiente, comprobar que no lo había soñado. Y no, no había sido un sueño. Esta mina me está jodiendo, volví a pensar, y decidí protegerme. La siguiente vez que ella amagó ponerse contemplativa, la apreté rápido a lo bruto y le estampé un beso tan lúbrico como no va a recibir otro. La tomé por sorpresa y se mostró confusa un s egundo, pero le gustó. Eso sí, besaba muy mal; ya va a aprender, pensaba yo besándola mientras ganaba terreno con la mano. Ella me dejó hacer hasta cierto punto y se separó tan trémula que pensé que la había vencido. Lo malo fue que yo, pasado de zaguán como quedé, no podía retroceder y tuve que pedirle terapia de urgencia a una amiga. Y sí, terminé casi antes de empezar. No, qué se va a molestar, conmigo todas prefieren el sexo oral. Diga que tengo la lengua entrenada, que si no…Me sirvió de experiencia. La vez que siguió fui prevenido, apliqué lúcidamente mis técnicas y fingí pasión, pero por dentro me mantuve más frío que un calamar. ¿Por qué no va a poder?. Si está sexualmente satisfecho puede, es una cuestión mental. Bueno, aunque sea créame que yo puedo. Me parece que usted retoza poco, mi amigo. No, no se ofenda, tiene razón, yo no sé nada de su vida íntima. Discúlpeme. En fin, la táctica dio resultado; llegué bastante más lejos, y cuando Gloria aplicó el freno y se apartó, supe que sólo era cuestión de tiempo. Entonces le trabajé la moral: que me moría de deseo, que tanta excitación insatisfecha me hacía daño, que así me empujaba a la cama con otras. Y ella, sabiendo tan bien como yo que estaba vencida, me dice: sé que sólo me querés a mí; como si me dijera qué importa que otras pongan el órgano si lo importante me pertenece. Craso error. No sé de dónde sacaba tanta seguridad en sí misma, Gloria. Pero la rendición estaba cerca. Fue cuando al abuelito, un salamín indócil le cayó definitivamente mal. Sí, se murió. ¡Eh, no me mire así!. Es la verdad; la presencia concreta de la muerte desata en las personas una rebelión de las fuerzas de la vida. Gloria era huérfana de padre y lo adoraba al viejo, sintió un vacío insoportable que debía llenar de algún modo. ¡Bendito sea el nono!, pensé. Estaba entregada, ávida de un calmante poderoso que la colmara. Y ahí estaba yo. Sin embargo, atento a las experiencias anteriores, me cuidé muy bien de controlar mi entusiasmo. Le fui aplicando toda la artillería liviana hasta sentirme dueño de su voluntad y fue justo en ese punto, cuando ya nada alcanza, que tuvo un impulso absurdo. ¿Sabe lo que me hizo?. Es de no creer. Escuche bien: me hundió el meñique en el agujero de la oreja. ¿Insinuación?. Violación, diría yo. Sí, duro como una estaca. Qué va a ser excitante; se nota que usted sólo probó la puntita del gotero. No, no es que me haya dolido tanto, fue la sensación. Reaccioné bruscamente, como la vez que una mosca se me quiso meter ahí. Pero luego me dio risa, no podía parar de reírme. Ella se ofendió. Si es lo que siempre digo: el que no sabe es como el que no ve. Después quise seguir pero estaba empacada; ningún reproche ni lágrimas, ningún desborde: empacada como una mula. Y yo -ahí sí que me equivoqué-, en lugar de arremeter con los tanques me puse persuasivo; hasta tierno, le diría. Le acariciaba el pelo, la besaba en la frente, le decía palabras suaves. Al principio, ni para atrás ni para adelante. Después fue aflojando de a poco; al final me dijo: lo mejor de vos es lo que no mostrás, frase hermética si las hay. Pero ya ella había vuelto a temperatura ambiente y yo había desperdiciado la mayor oportunidad de placer de mi vida. ¿Usted entiende por qué hice eso?. Si lo entiende explíquemelo, porque yo, la verdad… Sí, puede ser. Hum, eso me preocupa: la compasión es un sentimiento que no me está permitido, se opone a la voluntad de poder. Observe: ahí bajan la gordita y el muchacho abrazados. ¿Qué le parece?. Está bajando de este tren la reserva moral de la nación. En fin, el sábado que siguió… La verdad, no sé por qué le cuento estas cosas tan mías a usted, que lo acabo de conocer. Bueno, lo encuentro muy receptivo, y además es difícil que la casualidad vuelva a juntarnos. Sigo. El sábado que siguió, Gloria mencionó muy pronto lo que se había callado la vez anterior. “Te reíste de mí como un salvaje el otro día”, dijo. “Soy un salvaje, ni te imaginás”, le contesté. “¿Un salvaje que no sabe cuándo una mujer está decidida a todo?”, siguió ella. Yo, sorprendido, la miraba sin responder. “Quiero acostarme con vos”, agregó. Qué momento, no me salía nada, sólo hice un gesto de satisfacción. Luego llamé un taxi. Ya en el viaje fui preparando el clima. Ella tenía una tranquilidad y una alegría irresponsables. Decía las mismas palabras cariñosas de siempre, esas remanidas confesiones de amor, lugares comunes que terminan por aburrir. Yo también hacía lo de siempre, le murmuraba al oído las cosas que pensaba hacerle y trabajaba con las manos. Ella me dejaba, pero no sintonizaba la misma onda. Cuando entramos en la habitación se escurrió al baño y cerró la puerta. Irá a higienizarse, pensé. Cómo tardaba. Bah, a lo mejor no tardó tanto, aunque a mí me pareció un siglo. Para acortar la espera fui sacándome la ropa de la cintura para arriba. De pronto, la puerta se abrió y apareció toda desnuda. ¿Usted sabe lo que es el shock térmico?. Es un descenso abrupto de temperatura que se usa para pasteurizar la leche: mata todo. Bueno, Gloria me pasteurizó. Claro hombre, cómo va a obviar etapas: el erotismo es una serie de actos progresivos y ordenados. Desnudarse mutuamente es un paso imprescindible. No sé qué cara habré puesto que ella se detuvo como tocada por un rayo paralizante, hasta la sonrisa se le detuvo. La hubiera visto parada frente a mí como una estatua clásica. Qué piernas, qué tetas, qué proporciones; la Venus de Milo con brazos, parecía. ¿A usted lo calienta la Venus de Milo?. A mí tampoco. No sabía qué hacer, si sacarme los pantalones y los zapatos o ir y abrazarla. Me decidí por abrazarla. En el espejo la veía de atrás: tiene el culo más perfecto que yo conozca. Pero no había caso, mi ánimo estaba por la rodilla. Para peor, ella no hacía más que decirme “te quiero”. Qué se le puede decir a una mujer que, en semejantes circunstancias, le dice a uno algo así. En la cama no puedo decir “te quiero”. Póngase en mi lugar: yo tratando de encaminar la situación y ella perturbándome con esas dos palabritas. No me dejaba concentrar, era insoportable. El tiempo pasaba y yo seguía en punto muerto, cada vez más nervioso. Gloria, al contrario, ganaba en desenvoltura. Figúrese, es como si el vaso le indicara al vino la manera de volcarse dentro de él. Además, tocaba de oído y le salía realmente muy mal. La fellatio no es como chupar una naranja. Me irritaba. Al final, cuando vio que no podía, alzó los ojos desde allá abajo y me miró como suplicando, acalorada y humedecida, con las mejillas muy rojas. Puro simulacro; yo capto al vuelo la inminencia del placer y no sentía la menor vibración hedónica. Eso era el colmo y no lo aguanté. “Pará nena -le dije-, no te gastes en gimnasia si no sos capaz de sentir como mujer; es inútil, conmigo y con cualquier otro”. Me miró a los ojos despacio, primero como incrédula y luego con esa mirada temible que yo le contaba, y saltó de la cama como si hubiera visto el virus del SIDA en persona. Volvió a encerrarse en el baño. Una lástima, si me hubiera dejado habría encontrado la forma, siempre la encuentro. Me quedé ahí confundido, esperando. No veía las cosas con la claridad de ahora: los gestos y las reacciones de Gloria habían sido muy convincentes y yo me había apesadumbrado, tenía una sensación de despojo que no podía precisar claramente. Así y todo, trataba de organizar mi cabeza para arreglar las cosas. Un hedonista no puede fracasar. Si la puerta del baño se hubiera abierto dos minutos más tarde posiblemente lo hubiera logrado, pero cuando se abrió, me tomó desprevenido. Gloria salió vestida y cruzó la habitación resuelta a irse sola. Entré en pánico. Tenía que detenerla y actué por impulso, hice algo que su estructura mental no podía entender en su verdadero significado. Gloria, la llamé. Ella se detuvo y me miró con frialdad. Las palabras no me salían. Entonces le sonreí enigmático, y para ofrecerle lo mejor de mí, lo que ninguna había dejado de valorar en grado superlativo, le mostré, sacándola de a poco, solemnemente le diría, todo el largo de mi lengua. Y mire, habrá pasado tan rápido como la sombra de un meteoro pero yo la vi, estoy seguro: hubo un instante de admiración en su cara, aunque lo que quedó fue lo que ella quiso mostrarme: repugnancia, desprecio. “Inmundo”, dijo antes de dar el portazo. Qué le parece. Comprendo su silencio. Todos los días la espero a la salida de la escuela y se niega a hablarme. Allá voy ahora. Yo estoy dispuesto a perdonarla, la he perdonado. Sí, ya sé que un hedonista no debe insistir en el fracaso, pero no tengo alternativa. De ahí que esté en crisis. ¿Recuerda que le hablé de una sensación de despojo?. No tardé mucho en precisarla: Gloria se quedó con todo el placer que yo era capaz de sentir. Me bajo en la próxima.

Últimos juegos

Diego se agachó justo a tiempo para que la rata no le diera en el pecho. Oyó el golpe contra la pared y miró la estrella roja que lentamente empezaba a chorrear. Cuando se dio vuelta, Lalo lo estaba mirando.

—Casi la agarro en el aire —le dijo.

Lalo no le contestó.

—Casi la agarrás en el aire. No me hagas reír —intervino Her­nán—. ¿Qué tal si le tiro otra, Lalo?

Apoyado en un rincón, Lalo se acariciaba el pecho con indolencia.

—¿Qué tal si le tiro otra, eh?

Diego se había puesto colorado, pero Lalo esperó todavía a que bajara la vista.

—No, la próxima que la agarre él —dijo al fin.

—Claro que la voy a agarrar —contestó Diego. Vaciló, y como ellos no reiniciaban el juego, dio un salto y se hundió hasta las rodillas en el maíz; gritó y removió las mazorcas hasta que una ra­ta brotó delante de él. Pero estiró el brazo demasiado tarde.

—Cagón —dijo Hernán.

—No soy cagón.

Lalo entornó los ojos como si pudiera leerle el pensamiento, bajó la mano, se acarició el vientre y jugó apenas con el vello del ombli­go. Luego, como al descuido, se acomodó el jean en la entrepierna.

—Yo podría creerte que no sos cagón —dijo después.

—No te gastes —interrumpió Hernán—. Es muy, pero muy cagón.

Lalo no lo tomó en cuenta.

—Voy a darte una oportunidad —dijo a Diego—. ¿Te animarías a subir a la torre de la iglesia y a pararte en el hueco de arriba sin agarrarte?

—Qué se va a animar —dijo Hernán.

—Sí —contestó Diego.

—¿Y a hacerle burla al loco de la navaja?

—Claro.

Hernán sopló ruidosamente.

—¿Y a acostarte acá desnudo y dejar que una rata te camine encima? Palideció. No se atrevía a contestar y la expresión de Lalo se iba endureciendo. Cuando Hernán ya parecía gozar del triunfo, habló, pero la voz le salió ronca y casi inaudible.

—También —elijo.

—Sacate la ropa —ordenó Lalo.

De nuevo, tardó en responder.

—Que me camine por acá —se pasó la mano por el torso.

—Sacate la ropa.

Empezó por las zapatillas. Después, muy despacio, se quitó los pantalones.

—Toda la ropa.

Rojo de vergüenza se sacó el calzoncillo. Lalo dejó su rincón con desgano, juntó la ropa y se la dio a Hernán.

— Tomá, llevala —le dijo. Pero tuvo que hacerle un gesto con la cabeza para que se fuera.

—¿Dónde la lleva? —preguntó Diego cuando estuvieron solos. Lalo, ahora, le juzgaba atentamente el cuerpo.

—¿Y si la rata te muerde el ñoqui? —le dijo.

Diego no le contestó, permanecía expectante. Lalo levantó una mazorca del suelo y la arrojó hacia arriba.

—No te preocupes, ya te va a crecer —dijo. Recogió la mazorca en el aire y se la puso perpendicular a la bragueta.

—Así, ves. Mirá qué linda —la hacía oscilar desde la base en to­das direcciones.

Diego quiso decir algo pero sólo le salió sonreír.

—Agarrala —dijo Lalo.

A él se le desfiguró la sonrisa.

—Agarrala, vamos.

Bajó los ojos, rodeó con la mano la mazorca y la apretó apenas.

—No la sueltes. Mirame.

Antes de que lo mirara, oyeron pasos. Diego retiró la mano.

—Ya está —dijo Hernán entrando.

Lalo se alejó un poco y gritó la orden de caza. Hernán lanzó otro aullido; los dos empezaron a saltar en el maíz. Diego se que­dó allí parado pero después se sentó. Se examinaba la mano con incredulidad. Luego, como si no debiera, agarró una mazorca y la colocó en el lugar de su sexo. La inclinó hacia un lado y el otro; la hizo apuntar hacia el techo. Estaba mirándola cuando se sobresaltó. Pero no lo habían visto. Lalo estaba muy atento a la superfi­cie del maíz. Salgan, hijas de puta, gritaba. Las piernas se le hun­dían entre las mazorcas pero mantenía sin esfuerzo el equilibrio con los brazos. En cambio Hernán andaba a los tumbos, se caía a cada paso y no paraba de reírse. Diego no entendía que Lalo lo tuviese de amigo. Además, era dos años menor, casi tan chico co­mo él. Admiró los movimientos seguros de Lalo hasta que Her­nán, fanfarroneando, mostró en alto la rata que había cazado. La sostenía por la punta de la cola.

—Vení —dijo Lalo desde el medio del granero.

El negó con la cabeza al mismo tiempo que se ponía de pie.

Caminó hacia ellos con cara de pedir clemencia. Lalo lo hizo sen­tar y luego lo empujó suavemente hasta hacerle apoyar la espalda en el maíz. Le llevó los brazos hacia atrás.

—¿Qué tal si la apretás en un sobaco? —dijo.

Diego hizo un gesto de asco pero Lalo no lo vio. Estaba aco­modándole las piernas, minuciosamente, bien estiradas y abiertas.

—Apurate, que me canso de tenerla —dijo Hernán.

La rata se doblaba hacia arriba y, con movimientos eléctricos, tira­ba tarascones intentado morderle los dedos. Lalo la miró satisfecho. —Por dónde empezamos —preguntó.

Los ojos de Diego perdieron brillo, la frente se le humedeció.

—Habías dicho que me caminara —dijo.

—Sí, pongámosla que lo camine todo —Hernán se arrodilló en­tusiasmado. Lalo le detuvo el brazo justo antes de que la rata to­cara el pecho.

—¿Querés que te camine por acá? —dijo Lalo bajándole por la in­gle con la punta de una mazorca.

—No, por favor.

—Entonces, por acá. —Trasladó la mazorca al lado interno de un muslo.

Él, instintivamente, cerró las piernas.

—Qué hacés —gritó Lalo, y con las dos manos se las abrió por la fuerza—. Empecemos de nuevo.

Hernán miraba sin pestañear, se mordía los labios; la rata no dejaba de retorcerse. Inmóvil, con los ojos fijos en el techo, Diego soportaba ahora la mazorca que le subía entre los muslos.

—No, por ahí tampoco —suplicó.

—¿Por qué?

—Tiene miedo de que se la coma; no se va a empachar la po­bre —dijo Hernán y largó la risa. Lalo distaba mucho de reírse.

—Por qué, te pregunté.

Diego abría la boca pero no le salía ningún sonido, ya tenía la mazorca en la entrepierna. Ladeó la cabeza a un costado.

—¿No vas a contestarme? —Lalo dio un empujón violento a la mazorca. Diego pareció a punto de llorar.

—No quiero que me muerda el ñoqui —murmuró en tono de derrota. Con la mano libre, ostentosamente, Lalo volvió a acomo­darse el jean.

—¿Siempre la tenés tan chiquita? —preguntó.

Él ahora se apuró a responder.

—No, a veces se me pone grande.

—Sí, como un cigarrillo —se rió Hernán.

Diego giró la cabeza, vio fugazmente el bulto del pantalón en­tre las piernas de Lalo, y volvió a enfrentarlo a la cara.

—Se me pone grande cuando me acuerdo de una cosa.

Lalo aflojó la presión sobre la mazorca y lo estudió con desconfianza.

—Por qué no terminamos de una vez. Que lo camine y listo —dijo Hernán. La rata se movía débilmente.

—Lo que veo a la noche por las hendijas de la ventana de mi cuarto —siguió Diego. Lalo retiró la mazorca y, sin soltarla, cruzó los brazos—. Ella debe tener catorce y él…

—Me va a morder. Miren —dijo Hernán. Lalo y Diego miraron a la rata. De nuevo trataba de liberarse pero no podía alcanzar los dedos.

—Dejala, no llega —dijo Lalo. Y volviendo enseguida a Diego—: ¿Qué fue lo que viste?

—Sí que llega. Les digo que casi me mordió.

Lalo estiró la boca hacia un costado.

—¿Qué era lo que habías visto?

—Ella debe tener catorce —repitió Diego—, pero con un cuerpo bárbaro. El es un tipo grande, como de veinte. La otra noche la tenía apoyada contra el árbol de la vereda. No, no puedo —dijo—. Cada vez que me acuerdo se me pone…

Lalo agarró el brazo de Hernán que sostenía la rata.

—Contanos. O querés que te la muerda —dijo.

—Al principio nada más que besos y esas cosas. Pero después le metió la mano debajo de la pollera. El tipo estaba de espalda así que mucho no le vi. Pero ella se empezó a desesperar, miraba para arriba y abría la boca respirando muy fuerte —imitó el ja­deo—. Después él le sacó las tetas afuera —se interrumpió otra vez como si le costara un esfuerzo enorme revivir la escena.

—¿Qué pasa? ¿Te olvidaste cómo seguía? —dijo Lalo.

—No, nunca me voy a olvidar. Se las empezó a besar o no sé qué, pero ella no aguantaba lo que él le hacía. Se ponía como lo­ca, había agarrado la cabeza del tipo con las dos manos y se la apretaba contra las tetas moviéndose para refregárselas bien —ce­rró los ojos. Parecía disfrutar de las imágenes. Lalo se tapó la en­trepierna con las manos. Hernán tuvo que humedecerse los la­bios antes de hablar.

—Qué tiene de extraordinario —dijo—. Al final me va a morder. Terminemos o la suelto.

—La tenés ahí hasta que yo te diga —dijo Lalo. Y a Diego—: Vos seguí.

—Y después él se arrodilló y metió la cabeza abajo de la polle­ra. Y ella empezó a retorcerse con las tetas afuera como si se ras­cara la espalda en el árbol. Ahí le vi bien las tetas, si las hubieras visto, y me di cuenta de que sudaba mucho y que no podía más.

—¿Cómo las tenía? —dijo Lalo—. Las tetas, ¿cómo eran?

—Grandes.

—Sí, pero ¿cómo eran? ¿de qué clase?

Diego dudó como si no comprendiera.

—Viste. Son mentiras. No vio nada. Se inventa todo para salvar­se —dijo Hernán.

—Tenés que verIas. Si querés te digo cómo entrar en mi casa de noche y miramos los dos juntos.

—No sé si es verdad —dijo Lalo—, el tipo no puede haberse que­dado así.

—No, si no se quedó así. Cuando la puso que no podía más, salió de abajo de la pollera, la sacó a ella del árbol, y se apoyó él. Tenía la cosa afuera, enorme. Yo tampoco podía más, me do­lía de tan dura. Decí que soy chico. Pero vos, con el cuerpo que tenés, sos mejor que el tipo ese.

Lalo se quedó pensando.

—Contame lo que le hizo ella —dijo.

—¿Ella? Ella se la agarró y… Pero no, Hernán no me cree, lo que le hizo ella te lo cuento a vos solo. —Lalo hizo un gesto de sorpresa. Hernán balbuceó algo pero no llegó a decir nada: aflojó los dedos y la rata cayó sobre el cuerpo desnudo. Diego se paró de un salto.

—Te dije que la tuvieras, idiota —gritó Lalo parándose también.

—Se me escapó. —Con grandes pasos, como si quisiera recupe­rarIa, Hernán se alejó unos metros. Lalo no lo persiguió. A la luz de la puerta, Diego se miraba escrupulosamente la zona en que la rata lo había tocado. Se frotaba y volvía a mirarla. Entonces Lalo se le aproximó. Cuando sintió la mano en la espalda, Diego se quedó inmóvil. La mano subió hasta el hombro, lo apretó suavemente y él tampoco se movió. Había dejado la mirarla en un pun­to cualquiera y parecía alerta. Lalo le acercó los labios al oído.

—Le digo a Hernán que se vaya, ¿eh?

Él no contestó.

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