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Andrea Jeftanovic (1970) escritora chilena muy importante en el panorama literario actual de su país y controvertida en otros países como Alemania o Estados Unidos que censuraron alguna de sus obras, su cuento Árbol genealógico fue uno de los censurados por tratar el incesto entre padre e hija, en estos países se tomó como “apología de la pedofilia”.

“Marejada” es un cuento donde la exasperada lujuria es -y de manera muy natural- expresión de emociones más definitivas y a la vez inclasificables, que muestran el claroscuro de los afectos y su conmovedora persistencia (o reaparición) en una circunstancia límite de esperanza y horror.

Marejada

Nada bueno puede augurar un llamado a medianoche. Y que de fondo se escuchen sirenas de ambulancia. Cristóbal había tenido un accidente automovilístico. Lo llevaban al hospital. Me vestí rápido. La misma ropa tendida en el respaldo de la silla dejada hace unas horas atrás. Me despedí de mi marido con un beso en la frente. Sentado en la cama se disculpaba absurdamente por no poder dejar la casa con nuestras dos hijas pequeñas dormidas. Prometí llamar en cuanto tuviera novedades.

La ciudad silenciosa, las calles que se abrían como puntos de fugas y líneas oblicuas. Escuché el rumor del auto en cada semáforo hasta llegar a destino. A la entrada del recinto estaba Javier. No nos veíamos hace años. Nunca supe bien por qué nos divorciamos. Un médico pulcro y pausado nos esperaba. Apenas nos sentamos en el estrecho cubículo nos informó acerca de una fractura de clavícula, una perforación al hígado. Calló unos segundos mientras colocaba un par de radiografías bajo una luz titilante. Los órganos como diminutas antorchas, un monte humeante de células. Cambió el tono de su voz cuando exhibió el escáner: “Este derrame cerebral es lo que debemos estabilizar en forma urgente”. La imagen proyectaba una enorme mancha. “Con el golpe un vaso sanguíneo del encéfalo se reventó, y la sangre se derrama en los tejidos circundantes”. Una marea de sangre que oscurecía hemisferios y cavidades. Yo sólo miraba la mancha mientras él detallaba procedimientos y posibles escenarios. Sus palabras en torno a flujos y coágulos eran un murmullo lejano. Cuando dejó de hablar yo seguía detenida en las placas del examen, en esa sombra oscura en su cráneo, sobre el lóbulo derecho. Por su mirada compasiva imaginé que también era padre y entendía nuestro mutismo. Nos pidió algunas informaciones sobre la salud de Cristóbal. Enfermedades importantes, confirmar el grupo sanguíneo, uso de medicamentos.

Le pedí verlo. Accedió a que lo contempláramos unos instantes desde los box de la unidad de cuidados intensivos. Me impactó su rostro magullado, el cuerpo intervenido por sondas, agujas y un monitor lleno de números. Distinguí un leve temblor en sus tupidas pestañas y eso me reconfortó un poco. En el pasillo, el médico nos pidió que pese a lo angustiante de las circunstancias intentáramos ir a casa. No podíamos estar en el piso. La noche sería crítica en su evolución y nadie podría atendernos. El zumbido de las máquinas, la frialdad de las baldosas eran un paisaje desolador. Una mujer de chaleco rosado dormía exhausta con la boca abierta y la nuca apoyada en la pared de azulejos. Cuando estaba sacando las llaves del auto Javier me sugirió ir a su casa a sólo un par de cuadras. Caminamos en silencio por una ciudad vacía.

Era un apartamento pequeño, cálido, bien decorado, en el que sin duda vivía solo. Mientras preparaba café apagué el celular. Discos apilados, libros irregularmente dispuestos en estantes. En la única repisa, una foto antigua de Cristóbal y Javier en la playa, ambos sonriendo. Una mullida alfombra me hizo sentir ganas de quedar descalza. Yo jugaba con las pelusas de alpaca. Javier tamborileaba sus dedos contra la mesa de centro. No podíamos hablar de Cristóbal. No pronunciábamos su nombre, como si no fuéramos sus padres. Como si fuéramos dos extraños intentando distraernos.

La lectura de un libro común que estaba sobre la mesa fue el punto de partida de una deshilvanada conversación. Ambos recordábamos con fascinación un pasaje del protagonista viajando solo por Ciudad de México, esa ciudad construida sobre un lago. Una ciudad que habíamos recorrido de novios y que ahora afloraba de modo inesperado: una mancha de tierra sobre una base acuosa que en cualquier momento se resquebrajaba. No creyendo que alguna vez las olas de ese lago silenciado nos amenazarían con pronunciar letra a letra ese nombre sugerido por un pueblo colonial. Ahora el nombre anhelado era un conjunto de sílabas entrecortadas.

Cristóbal se parecía mucho a su padre: las pupilas oscuras, el rostro anguloso, la forma de arquear las cejas y la sonrisa ladeada. Hablamos un par más de cosas y necesité abrazarlo. Rodearlo con fuerza, acariciar su cabello, su cara. Javier estaba inmóvil. Y yo seguí viendo en él a mi hijo, con la piel ajada, como sería en veinte años más si lograba sobrevivir a este accidente. Necesité besar sus labios y acercar mi cuerpo al suyo. Javier confundido seguía inerte con sus brazos caídos. Javier a punto de decir una palabra que acallé a tiempo. Desabroché uno a uno los botones de su camisa y sentí sus manos rodeando mi cintura debajo de la blusa. Se recostó sobre el sofá y hundí mi cabeza en su pecho desnudo. Mi piel y la suya se entibiaban, recreaban un tiempo anterior, cuando todo era calmado y dulce, cuando estábamos del lado de la vida y no en su frontera. Y recordé su olor a madera, y sentí su musculatura firme y aterciopelada, y vi sus párpados entre abiertos, sus labios brillantes. Ya era tarde para cuando había saliva ajena en la garganta, sudores mezclados y bocas entregadas.

En forma minuciosa recorría mi cuerpo extendido sobre el sofá cama. Quería pensar que la boca hambrienta de Javier era la boca infantil de Cristóbal succionando mis pezones. Pezones erectos, pechos inflamados para un neonato que electrizaba aureolas y venas. Un bebé que necesitaba alimentarse de los senos colmados de leche de su madre. Y su lengua lamía azuzante y su boca se llenaba de un líquido espeso. Come, devora la espuma, dime sucias palabras, necesito que te alimentes de mí, sólo de mí. Te puedo dar todas las proteínas, todos los minerales, todos los anticuerpos para defenderte del mundo. El hombre, el niño, sorbiendo las puntas y arremolinándose en la alfombra. Eres el pequeño ternero, que muerde fuerte, que comprime las tetillas con ritmo. Sus ojos están cerrados, su cordón umbilical abierto. Por la barbilla le corre un hilo de saliva. Las ubres blancas y redondas atentas a esa boca semiabierta. El niño es un pequeño animal bajo el tórax de su madre, que se aferra al hueco de sus axilas mientras gorgotea crema. Ha saciado el apetito y pasa sus fibrosos dedos por mi cuello, y la mirada cabizbaja se diluye en un dulce y familiar masaje de hombros como si nos hubiésemos separado en la víspera.

Hablamos en la oscuridad de la habitación evitando el nombre de sílabas entrecortadas. Proyectando en el techo el mapa de esa mancha de sangre que arrasaba con continentes y tejidos. Me pregunta si llevo una vida feliz. No contesto. Basta un mínimo roce para conectar delgados vellos, abrir poros. Laten las caderas, laten las sienes. Siento la suavidad de su piel en mis muslos. Intento separarme pero me abraza fuerte). Mi cuerpo despierta y me incorporo. Él tiene tres gotas de sudor en la frente. Giro en torno a la música del equipo. Maldice las medias y sube la falda hasta las caderas. Pienso en los agujeros de las cerraduras de esas puertas que no deben cruzarse. Su abdomen sobre el mío. Fricciona, separa mis rodillas y siento el peso de sus genitales. Una corriente de aire se cuela y evidencia la ínfima distancia que hay entre ambos. “No puedo, no puedo” dice dándome la espalda, ahogando un suspiro. Me detengo en el repliegue de su columna. Y es la misma arruga en la espalda.

Qué es todo esto. Un vestíbulo de emociones, conversaciones febriles dentro de un invernadero. “Ven aquí chiquitito, con mamá, no es momento de salir todavía, está calientito acá, no hay prisa, no hay. Quédate donde guardo todos mis secretos. Siembra nuevas semillas en mis entrañas. Déjame oler tu aliento de cría”. Javier golpea otra vez contra mi vientre. No me canso de tocarlo, de cerciorarme que está aquí y que nada podría pasarle. Acaricio una a una sus oscuras y onduladas pestañas. Y me doy cuenta de la enervante melodía del disco que ha sonado repetidamente toda la noche.

El placer como un gran oleaje que arrasa con rocas y corales, que se infiltra por desesperanzados arrecifes. Un remolino que estremece manos, piernas y labios. Gimes atizando una pequeña chispa de fuego. Introduce suave su mano en el surco de las nalgas. Ya no tengo bragas, ya no tengo vergüenza, ya no tengo pena. Nada como un amante que conoce tu cuerpo, que no anda a tropezones y pidiendo permiso. Que escribe en tu sexo un mensaje con letra legible y no se dedica a un ensayo de posiciones. No solloces, sigue, dí que mi sexo tiene la forma de una flor que ahora deshojas. Quiero que entres completo en mí, para albergarte en mi útero, para que nazcas de nuevo. Y luego, expulsarte sólo cuando ya no tengas espacio ni aire. Abro la boca, exploro a fondo con la juguetona lengua para derribar al hombre, al joven, al infante que aprieta su puño contra la almohada. Al pequeño niño que se va a acurrucar en medio de la cama para luego emitir leves ronquidos. El niño que se mece en la marejada que lo lleva a la rompiente que separa las aguas. Que lucha contra la resaca mientras se llena los bolsillos de calamares, medusas y estrellas.

Cuando la sombra del marco de la ventana se proyecta sobre las cortinas, sabemos que está amaneciendo. Salí corriendo a verme en el espejo del baño. Me sentí envejecida, demacrada. No pude llorar ni siguiera en el marco de la puerta y me encogí entre las paredes onduladas. Algo como un hálito de aire me susurró palabras desde polvorientos estantes, desde ordenadas certidumbres. No, ya verás cómo no importa. Qué he hecho qué. Sí, pero muchísimas veces con muchísimos hombres. Entonces regresé a la cama y volvió a tocarme, pero con la mano crispada. Estaba a medio vestir. Yo sollozaba sobre su camisa húmeda. Tendrás que apretar más fuerte. No llores. No estoy llorando. Aprieta mi mano. No llores. Pero no podía evitarlo al apoyar mi cabeza sobre su pecho y escuchar los débiles latidos de su corazón. No tienes por qué si no quieres. Hazme otro hijo, por favor. No ves cómo avanza la mancha en el mapa cerebral. Un rostro difuso apoyado sobre la almohada. Sí, lo sé, sube la marea e inunda cavidades y tejidos. Es un mar de vasos sanguíneos estallados que no retrocede. Sí, una marea que sube y sube y reviste la playa. Apenas podemos pisar la orilla de la arena para recogerlo. Le hacemos señas desde la costa pero oyes tus sentimientos retumbar como truenos y pasar como un tren expreso. Mi sombra contra la sombra de él, una sola sombra. Mi respiración más lenta. Estás pensando en él. Lo sé. Es agua y sangre, sólo agua que avanza con la fuerza de la corriente oceánica. Miro de reojo la foto de Javier y Cristóbal y acaricio a la distancia los dorados granos de arena que ahora son partículas que se desvanecen entre los dedos.

Hazme un hijo, sentencié. Hazme otro, el mismo hijo, insistí en el caso que no hubieses escuchado la frase a causa del sonido del tráfico. Sin atreverme a odiarlo, pero sin poder decir te amo. Salgamos a la plaza, hay un par de columpios. Tus labios tiemblan. No reaccionas. Tengo un sueño, no sólo lo palpes, quiero quedarme detenida en este nido. Me miras huérfano. Aprópiate de cada orificio, sella cada agujero, pero hazme un hijo por favor. Otro, el mismo, cualquiera, para eternizarme. Un primogénito. Ya lo hiciste una vez y fue tan fácil, cómo no vas a poder de nuevo. Un hijo varoncito, fuerte, tierno, que saque buenas notas, que le guste la música y el deporte. ¿Ves la mancha de sangre que sigue avanzando por el fondo abisal? ¿Escuchas los débiles latidos, cómo se termina de trizar el hueso en miles de astillas? La clavícula es la viga transversal que sostiene los músculos superiores. ¿Escuchaste al doctor? Una hemorragia por traumatismo, un derrame que avanza por el cerebro, un flujo se interrumpe y un grupo de células se muere. La ruptura de una arteria que cubre todo de sangre matando células y tejidos.

No podemos esperar más. La mancha purpúrea nos hace navegar extraviados en el mismo océano de nuestro hijo. Por eso levantas la pierna y te arrastras hacia mi cuerpo y te hundes, y te abres paso hasta la ingle y los espejos se empañan. Y te digo ven, más adentro precioso, no te muevas, espera, la boca aspirando el ombligo, peinando la columna de vellos, la saliva dibujando un camino. Fíjate en mí como un pulpo soportando el naufragio. El zumbido de los cuerpos, las pulsaciones enclavadas en una pelvis sorda al rumor de los crustáceos. Células y tejidos entrelazados como algas verdes que flotan en el agua. La red de arterias y venas estremecidas en ondas ascendentes y descendentes en este mar de líquido amniótico. Escribe la frase, sólo eso te pido. Y él se anima a vaciar su pena en un archipiélago atiborrado de cristales de sal. Por un instante pienso que te amo, pero es una sensación efímera como una ola. Una masa de agua que crece con fuerza pero luego se recoge, estalla y ya no existe. Una barca expulsada a los orígenes. Una capa de placenta latiendo desde su primera superficie. Javier gemía sin lágrimas. La muda miseria existente bajo el sol. Tienes el pelo empapado, los dedos mojados, las mejillas húmedas, los labios inflamados, ojos de tormenta. Y me das de mamar desde tus pequeños pezones de hombre. Botones mínimos, endurecidos; pobre cachorra de mí, caracol encerrado en su concha para no oír el rugido del mar.

Desde la ventana veía los fuegos fatuos del alumbrado público. De izquierda a derecha fluían cornisa y fachada. Atrás quedaba el edificio de ladrillos. Asomaba la tiranía de la línea recta de los urbanistas. Las máquinas bulldozers de las construcciones despertando en monótonas vibraciones. La ciudad nos devolvía a la realidad: un hijo de dieciocho años en peligro de muerte. Dos padres entrando a un hospital a primera hora de la mañana como si fuéramos a abordar una embarcación. El edificio blanco como un puerto de mármol. Pero no hay capitán sino un doctor con delantal verde caminando hacia nosotros. Un pulmón despertando, un débil aliento y ningún nombre. ¿Trae a nuestro hijo recién nacido en brazos? ¿A ese travieso pececito que flotaba en mi vientre? ¿Doctor, fue parto normal o cesárea? ¿Venía de cabeza o de nalgas? ¿Quién cortó el hilo umbilical?, ¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? ¿Qué nota obtuvo en la escala Apgar? Un varoncito de piernas rollizas y lágrimas secas. Pero no. Un médico con las manos vacías. Un médico que se desanuda la gorra quirúrgica. Un médico que se pasa la mano por la frente sudada. Un médico con la cabeza gacha y el pelo desordenado. Un largo pasillo que se estrecha como una arteria del cerebro. Y la mujer del chaleco rosado está despierta y vigilante como un coágulo que se lanza a obstruir el torrente sanguíneo. Un coágulo que colgaba del útero y ahora se desliza y rueda por las baldosas. Una mujer de chaleco rosado se levanta brusco del asiento y nos intercepta. Nos habla desde el encéfalo, oxigenando su petición desde la nuca. La burbuja que estalla y deja el cerebro en una oscuridad triple. Una mujer que nos intercepta para preguntarnos desesperada si Cristóbal es donante. Y una ola gigante, onda rompiente, embate y resaca nos cubre con espuma la punta de los zapatos.

Árbol genealógico

¿Qué es lo prohibido?:
“La sociedad no prohíbe más que lo que ella misma suscita.”
Levi-Strauss

No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños. Desde que los curas, lo senadores, los políticos exhibían sus miradas huidizas en la pantalla de televisión. Pensaba en la curvatura de sus traseros desde que los diarios de vida infantiles eran pruebas fidedignas en los tribunales. Nunca antes había sentido una palpitación por esos cuerpos incompletos. Pero todo el tiempo bombardeado con “las erosiones de 0.7 centímetros en la zona bajo del ano”. O, con la frase en el periódico “a los chicos reiteradamente violados se les borran los pliegues del recto”. Y en la radio, la brigada de delitos sexuales alertando a la población sobre las conductas cambiantes en los niños y el examen periódico de sus genitales. Los niños del país con los pantalones y las faldas abajo. Y el servicio médico legal ratificando las denuncias después de los peritajes físicos. Mi hija Teresa miraba de reojo esas noticias y se paraba incómoda. Llevábamos cinco años viviendo solos desde que su madre se había ido. Mi hija no dijo ni preguntó nada. Nunca supe si ambas habían hablado la noche anterior. Nadie que hace su maleta y cierra la puerta de esa determinada manera, regresa. Apenas se insertó la lengüeta en el picaporte y sus pies sigilosos rozaron el piso de baldosas. No quise mirar por la ventana, saber si la esperaba un auto, o un taxi o si caminaba sola por la vereda. Teresa tenía nueve años. Quitó todas las fotos de ella y sin que yo le pidiera asumió el rol de dueña de casa. “Que falta esto, lo otro, hemos comido demasiada carne”. Lo demás siguió igual: sus amigos, la escuela, sus gustos. Una chica estudiosa, tímida, que dibujaba mirando las montañas y el papel.

Desde hace un tiempo Teresa espía mi mirada cansada con un brillo especial. Se esmera más en la comida y decidió que la persona que la cuidaba no se quedara más a dormir.

― ¿Por qué diste esa orden? – inquirí molesto.

― Ya estoy grande, no necesito que nadie me vigile de noche.

― No estoy de acuerdo, a veces llego tarde…

― Me gusta estar sola.

― Es peligroso.

― Hay un guardia en el pasaje y tenemos un perro.

Las cosas continuaron extrañas. Ahora cuando invitaba a alguna amiga a tomar un café, se encargaba de merodear y hacer ruidos extraños a través de los tabiques. Justo cuando comenzaba a tener deseos de conocer a otras mujeres. Una vez le di un timorato beso a una compañera de trabajo en el sofá. Era una mujer fresca, madura y dulce. Cuando estaba despegando mis labios de los de ella vi el ojo de mi hija en medio de una ranura de la pared. Era un ojo cíclope. Contuve el grito de espanto e inventé una excusa para llevar de vuelta a mi invitada a su casa.

Teresa se vestía distinto, se maquillaba de modo exagerado. Si llegaba a casa vestida de escolar cuando yo estaba ahí, corría por lo pasillos a cambiarse de ropa. Aparecía arreglada en la sala de estar. No sé cuándo ni con quién aprendió a delinearse los ojos, a rellenar sus labios con capas de colores hasta dejarlos entre abiertos. De todos modos su ropa infantil, su cuerpo de niña se veían algo grotescos en esa máscara de adulta. Pasaba por mi lado rozándome, se sentaba en mis rodillas cuando leía el diario y acomodaba sus caderas entre las mías. No sabía cómo manejar la situación, era una niña, era mi hija.

― ¿Qué quieres?- le dije un día molesto.

― Nada, verme bonita, bonita para ti.

― No me gusta que te pintes tanto.

― Como tú quieras. – Caminó indiferente a su pieza.

Esa noche regresé tarde, intentaba retomar el romance con mi compañera de trabajo y salimos a tomar algo. Había sido una linda noche. Algo mareado me senté en la cama y ahí esta Teresa, con una camisa ligera, el pelo escarmenado, la cara limpia y perfumada.

― Te extrañaba.

― Sí, yo también, pero es tarde. Anda a tu pieza. – dije con la cabeza entre las manos.

― No puedo dormir.

― Sí puedes, sino lee un libro.

― No puedo.

― ¿Qué es lo que quieres?

― Dormir contigo.

― Las hijas no duerme con sus padres. Tienes tu pieza, tu cama.

― No quiero dormir sola.

― Está bien. Quédate por esta vez.

Me acosté en un borde de la cama, cuidando no tocarla. Le di la espalda. Me dio la impresión que no cerró los ojos en toda la noche. Al despertar giré y ahí estaban sus pupilas abiertas, fatigadas, fijas en mí. Me afeité pensando una serie de cosas. Y ella seguía observándome desde el canto de la puerta, todavía en su camisa de dormir, acariciándose un mechón de pelo.

― ¿Qué pasa?

― Nada, me gusta ver cómo te afeitas.

― Es muy aburrido.

― No, me gusta mirar cómo estiras el cuello, cómo arqueas las cejas; ladeas la cara y pasas la navaja.

― ¿Vas hoy a clases, verdad?- pregunté inquisitivo.

― No, comenzaron las vacaciones. No tengo clases hasta marzo.

― ¿Y qué piensas hacer todo ese tiempo? ¿Quieres tomar alguna clase? Dime y te acompaño. Saldremos de vacaciones unas semanas a fines de febrero.

Era absurdo pero me sentía acosado por mi propia hija. Me la imaginaba como un animal en celo que no distinguía a su presa. Se arrastraba por las paredes con el pelaje erizado, el hocico húmedo, las orejas caídas. Como decirle sin ofenderla que se buscara un muchacho, un novio. Sus signos corporales de lascivia me angustiaban. Se subía la falda, se agachaba a tirar la basura dejando a la vista sus pequeños calzones. Ahora usaba sostenes y se los acomodaba frente a mí. Era una hembra, desperdigando hormonas por la casa. Marcando su territorio y cercándome a mí dentro de él. No sé si era bueno o malo, pero Teresa no se parecía en nada a mi ex mujer. Es más, era una versión femenina de mi rostro anguloso. Una vez escuché que estuvo horas revolviendo cosas en el entretecho. Al día siguiente me esperaba vestida con ropa de su madre. Reconozco con pudor que la imagen me perturbó tanto que la abofeteé. Quedó estupefacta con su mejilla magullada y sus ojos muy abiertos. Salí a tomar aire y regresé cuando estaba dormida sobre la cama tras un evidente ataque de llanto.

El verano transcurrió pesado, mientras ella se abocaba a una misteriosa investigación. Navegaba horas y horas en la red imprimiendo documentos, saltando de un sitio a otro. Los noticieros mostraban cómo el poder judicial anunciaba sobreseídos al senador, al empresario, al cura. Todos pidiendo libertad provisional, dejando sus causas amparadas bajo la inercia estival. Todos apelando a su inocencia, a la confusión de sus gestos cariñosos. Porque el político defensor de los menores, el cura consagrado al cuidado de los niños y el empresario caritativo habían hecho tanto por los niños en riesgo social. Entonces cómo explicarse lo de los niños con los genitales desfigurados. Cierta noche mirábamos la entrevista realizada a uno de los supuestos pederastas. Al ser consultado si tuvo sexo con una lista de menores en la que se detallaban iniciales y edades, el inculpado respondió con displicencia: “Sí, con todos los que se ha mencionado”. Y agregó: “Yo era una persona tremendamente sola en esa época, y de alguna manera pagaba servicios para estar acompañado”. Teresa musitó entre dientes con terror una frase que nunca olvidaré:

– Vámonos, antes que lleguen aquí.

No era fácil escapar. Yo seguía trabajando en reemplazo de que quienes iban saliendo de vacaciones en una oficina de propiedades y no lograba hacer dinero extra. Para mi turno un compañero solidarizó prestándome una cabaña en una playa no muy frecuentada. No logré que Teresa invitara a alguna amiga pese a mi insistencia. Llegamos a una modesta casita en medio de un bosque de pinos. En su interior había una silla en la esquina, una cama dividiendo la pieza en dos, un armario de madera con las puertas medio abiertas y un gran espejo colgando de la pared. Ya en la tarde Teresa había ordenado todo a su manera, saturando los cajones con poleras mal dobladas y ropa de invierno. Había venido para quedarse. En ese momento recorrí la habitación buscando una salida pero ya era tarde.

Esa noche no fui capaz de esquivar su seducción. Nos hundimos en el colchón. Yo sobre ella mirando esos ojos grises, que eran mis ojos grises. Mientras la besaba sentía que me estaba besando a mi mismo. Me estaba acariciando en los huesos marcados, estaba chocando contra mi propia nariz aguileña, calcando mi frente estrecha. Envidiaba en ella su juventud y su feminidad. Las palmas más suaves que las mías, tenía miedo y no tenía; tenía más miedo del que creía tener. Una pierna dormida se escapó en medio de un crujido de huesos, y ella me decía “ven, más, más cerca”. De pronto miré la masa amorfa de nuestros cuerpos en el espejo de la pared. Me vi con las cuencas de los ojos vacías. Lancé un zapato para destruir la imagen pero no nuestro abrazo. Trozos de cristal quebrado en mil partes. Pedazos irregulares, vidrio molido esparcido entre las caricias. No más testigos, ni el azogue ciego. Ahora el secreto estaba por escribirse dentro del espejo.

Cuando tenía sexo con Teresa ella no era mi hija, era otra persona. Yo no era su padre, era un hombre que deseaba esa piel joven y dócil. Un hombre abocado a la tarea de hacer madurar este cuerpo ambiguo, entre infantil y adulto. Un escultor dedicado a cincelar su imperfecta figura, sus parciales miembros, sus extremidades toscas. Me esmeraba en hacer adelgazar su cintura, oscurecer su pubis, estilizar la curva del cuello, contornear sus pantorillas. Quería sacar toda la mujer que había en esta púber en ciernes. No, no era mi hija, era la misión plástica de amoldar sus seños puntiagudos, de dotar de sensualidad sus estrechas caderas, sus movimientos torpes. Dejar atrás todo el espanto de la infancia e inaugurar pensamientos y gestos sofisticados. Ignoro qué pensaba ella, tal vez en acentuar los pliegues de mis ojos, revitalizar mi piel fatigada, reducir mi abdomen abultado.

Un día Teresa me entregó un dibujo: un árbol verde con un ancho tronco de gruesa corteza. Pensé que se trataba de los últimos resabios de su niñez. Pero cuando me puse los lentes y observé los detalles entendí lo que estaba tramando. Era un árbol frondoso, de un solo tronco desde el cual se desprendían muchas ramas de las que, a su vez, salían más ramas. En cada rama aparecía un cuadrado, con un nombre masculino en su interior, y un círculo con un nombre femenino. Las figuras geométricas se iban multiplicando en forma exponencial en las cuatro generaciones esbozadas.

― ¿Qué significa esto?

― Nuestro clan. Nosotros estamos en la base.

Miré su nombre y el mío en la figura correspondiente. Después la escuché. Teresa me sermoneaba citando la Biblia, afirmando que en un principio de todo fue el incesto. La sociedad comienza en una pareja fundante que procrea y que para dar paso a la sociedad debe transgredirse. El padre o la madre, según sea hijo o hija, deberán dormir con su procreado y engendrar un nuevo hijo o hija. Es un gesto necesario para que nazca una nueva sociedad.

― Una nueva sociedad… -musité

― Sí. Una nueva especie a partir de nosotros. Serás el padre y el abuelo de nuestra criatura. Es la maldición del origen pero es para un futuro mejor.

― ¿Y después?- pregunté entre confundido y absorto.

― Otro hijo, hasta dar con la niña o el niño que necesitemos para multiplicar esta nueva red de personas. Es un requisito de sobrevivencia. Hay que romper el triángulo y formar el cuarteto que seguirá fracturándose en nuevas formas geométricas. Dos hermanos originales copularán para dar paso a nuevos hijos que se multiplicarán sin distinguir tíos, primos, hermanos y sobrinos.

― Cállate, sólo tienes quince años.

― Pero he leído demasiado.

La secuencia argumental que encadenaba sus ideas me puso la piel de gallina. Había estudiado todos los factores. La consistencia de su plan me dejaba mudo.

― Nacerán todos enfermos, deformes, retrasados. ¿Esa es la nueva sociedad que quieres formar?- Atiné a decir.

Me miró furiosa a los ojos y aseveró.

― Son mitos, la endogamia no es necesariamente perjudicial para la herencia genética: aunque reduce la variabilidad, potencia características positivas. – Tomó el dibujo y habló más, no prestando atención a mi indocto juicio.

― Cada vez que tengamos un hijo, se ramificará el árbol y se hará más y más grande.

Mi hija encerrada en esa cabaña, vestida de paredes. Intento descifrar el mensaje de sus labios. No es una chica para esperar príncipes azules. Acerca su frente cubierta de sudor a la mía, las aletas de su nariz tiemblan. Se monta sobre mí, me fuerza las piernas. Con la boca casi pegada a la oreja encaja palabras febriles acerca de su plan: “más savia para los nuevos brotes”. Su lengua sedienta por convocar nombres propios: Sebastianes, Carolinas, Ximenas, Claudios; un árbol genealógico con apellidos que se anulan unos a otros porque todos son Espinoza Espinoza. Yo, mil veces nacido en mis hijos, en mis nietos, sobrinos, primos. Su útero joven desinvernaría un feto cada nueve meses. Días cocidos a la espera de más niños. Y para ese entonces al hombre, tres veces tu edad, dos veces tu cuerpo, sangre de tu sangre; ya no le importaba mirarte largo a los ojos y detenerse en tu boca.

No regresamos a Santiago, armamos nuestro mundo ahí, un día miré a Teresa y era lógica la causa de su aumento de peso, de la curvatura de su pelvis. Esperamos a la criatura en paz, caminando entre cipreses y pinos alzando la vista hasta sus copas. Ella tomaba sol en una improvisada terraza mientras aumentaba el diámetro de su figura. Yo bajaba una vez a la semana al pueblo en busca de víveres. A veces compraba el diario y seguía el caso de los políticos, de los senadores, de los curas. Respiraba aliviado al estar lejos de todo eso. Pero no lo niego, “¿dónde queda la ciudad?”, es la pregunta que temo mi hija pronunciará alguna vez en forma de soplido. Por ahora, pienso en el follaje, en esta vida bajo los árboles, contando las hojas perennes, acariciando las raíces añosas, cortando madera para el invierno. Presagiando cuándo las ramas que afirman este tronco dejarán que se quiebre en dos.

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