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Patricio Pron (1975) escritor y periodista argentinos con obras traducidas a media docena de idiomas.

En “El viaje”  Argentina aparece como parte de una fantasía de viaje de un viejo alemán, como un destino remoto del mapa, en el que «las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Oscilando entre la ironía del desconocimiento del europeo sobre nuestro país y el exotismo de presentarlo como «un gran país de América del Sur», Pron se desprende del peso del significante, y abandona la idea de que esas 9 letras tengan un valor adicional dentro de sus narraciones.

El viaje

El tren se detuvo, como un animal herido que no acaba de convencerse de que morirá, y se arrastra bajo el sol, como si nada sucediera, y luego se detiene y muere. Marie todavía estaba sentada, con los tobillos regordetes que le asomaban bajo el ruedo del vestido azul y colgaban como ropa tendida sin tocar el suelo. En el andén vio pasar velozmente la silueta de su madre y de su hermana y pensó que le hubiera gustado decirles que había dejado de servir en la casa de la señora von Krokow porque Herr Maak había muerto y su presencia allí, con la señora von Krokow y unos pocos pensionistas que en algún momento se marcharían, no tenía mayor sentido. Pero sabía que no era verdad y que -aunque en ese momento, mientras el tren se detenía y los pasajeros comenzaban a levantarse de sus asientos, ella prefería no pensar en eso- su madre acabaría por saberlo de todas formas, si es que no lo sabía ya, si la señora von Krokow no había levantado el teléfono y la había llamado para contárselo todo. Agitó los pies en el aire como si quisiera ponerse de pie y alejarse definitivamente, bajarse de ese tren y olvidarse de la señora von Krokow y de Berlín, pero se quedó quieta, tratando de tranquilizarse pensando que la señora von Krokow nunca hubiera gastado dinero en una comunicación de larga distancia para contarle a su madre algo de lo que, de todas formas, ella acabaría enterándose.

Aunque la señora von Krokow era mezquina, maleducada y entrometida no era, pensaba ella, una mala mujer. No había tenido razones para quejarse en los dos años que había servido en su casa, mandada por su madre que conocía a la señora von Krokow de la época en que la señora vivía en Bamberg. Nunca la había criticado por pagarle tan poco dinero o por impedirle volver al sur a ver a su familia por Navidades. Nunca había creído, y quizás -pensaba ahora- ese fue su error, que la señora von Krokow se comportara mal al impedirle salir de la casa, excepto en la ocasión en que inauguraron la remodelación del Bundestag y la señora von Krokow y sus pensionistas -excepto el doctor Maak, naturalmente- e incluso ella se montaron en un taxi, pese a que la señora von Krokow hubiera preferido el metro por ser menos costoso, y visitaron el edificio. Esa mañana tuvo, por primera y última vez, una muestra de la grandiosidad de Berlín, de la aguja del Fernsehturm agujereando el cielo, de las grúas erizando el lomo del antiguo Alexanderplatz, del puente Schlossbrücke y sus estatuas, de los edificios imponentes cuyos nombres sólo después conocería y que se alineaban a lo largo de la avenida Unter den Linden. Esa misma tarde le contó la excursión al doctor Maak y éste, que no había ido con los pensionistas, le mostró un plano de Berlín, le apuntó los nombres que ella había olvidado y quiso señalárselos en el plano pero su mano temblaba demasiado y a Marie le pareció que el dedo con el que intentaba señalar los edificios de los que hablaba era como esas agujas de las brújulas que indican el Polo Norte pero nunca se quedan quietas, como si el Polo Norte se burlara de todos los intentos por mensurarlo moviéndose a derecha y a izquierda. Marie contó: «luego pudimos ver, saliendo del puente hacia la derecha, una pequeña callecita en la que se vendían libros y manzanas con caramelo en unos puestos de madera con toldos de colores», y el doctor Maak dijo: «es aquí, el puente es el Schlossbrücke y la calle se llama Am Kupfer-graben; si la sigue se topa usted con la Museumsinsel. Allí se encuentra el Pergamonmuseum donde puede usted recorrer el Paseo de los Leones de Babilonia». Marie quedó sorprendida. «¿Estuvo usted alguna vez allí?», preguntó. «No hay museo que no conozca», respondió el doctor Maak con una sonrisa. «Los museos son como las máquinas perfectas del viaje, permiten conocer lugares distantes y maravillosos sin moverse de la ciudad. En cierta forma son como la memoria de un viejo. Están poblados de acontecimientos y de cosas que ya no significan nada». Marie no supo qué decir. «¿Me llevará allí alguna vez Herr Doktor Maak?», le suplicó. El doctor Maak respondió: «Al regresar de mi viaje a Marruecos iremos al Museo y al terminar, en la calle Am Kupfer-graben, le compraré una manzana con caramelo». Marie sonrió, esperanzada.

Pero el doctor Maak no fue finalmente a Marruecos. Marie lo supo al servirle el té una tarde y notar que el mapa que miraba con detenimiento no era el de Marruecos, no era el intrincado dibujo de montañas y extensiones amarillas que eran el mapa supuesto y quizás imposible del desierto. El nuevo mapa era una especie de triángulo invertido, acotado por el mar y las montañas y las selvas. «¿No viajará usted a Marruecos?», preguntó Marie ante la mirada desaprobadora de la señora von Krokow. «Es imposible en este momento», respondió el doctor Maak, «los valientes nómadas han comenzado a luchar por su tierra y todo el desierto está convulsionado de camellos enjaezados para la pelea y fusiles y canciones de libertad». «Entonces ¿adónde irá usted Herr Maak?», preguntó Marie. El doctor Maak dio vuelta el mapa para que ella pudiera leer en el centro del triángulo la palabra «Argentina». Marie lo miró perpleja. «Es un gran país en la América del Sur», le dijo el doctor Maak, «¿sabía usted que allí la gente sólo come carne de res? El país es tan rico que las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Marie leyó «Río de la Plata» en el mapa y no respondió nada.

En los días siguientes el doctor Maak la instruyó sobre la Argentina ante la mirada aburrida y un poco fastidiada de la señora von Krokow, que prefería que su sirvienta se ocupara de la casa en vez de perder el tiempo con los pensionistas. «En Argentina tienen el mejor gobierno posible», le contaba el doctor Maak: «no tienen ningún gobierno, y la gente hace lo que le conviene y cree correcto. En el fondo esa es la razón de su riqueza y de su felicidad. En la Cámara de Representantes han puesto un casino». Marie podía escucharlo durante horas, asombrada de su conocimiento y de la firmeza con que dibujaba en los mapas caminos con su dedo tembloroso, sendas que él iba a recorrer y que, en el mapa, se perdían entre desiertos y selvas inimaginadas.

El problema es que el doctor Maak no se marchaba, pensó Marie abstraída en la imagen de sus zapatos negros que ahora pendulaban al final de sus piernas en un vagón de tren vacío. En algún momento, podía pasar un mes o tres, el doctor Maak cogía otro mapa y comenzaba de nuevo con los arduos preparativos de otro viaje. «¿Es que no lo sabe?», le respondía indulgente cuando Marie preguntaba. «En Argentina se ha desatado una horrible peste. Las personas caen como moscas sobre las avenidas de plata. Es imposible ir allí en este momento».

El doctor Maak no se movía de la casa. Había concertado con otro pensionista de nombre Uhlings que éste le trajera las escasas cosas que necesitaba: su tabaco, una botella de Schnapps de cerezas en el invierno, el periódico y los libros de la biblioteca. Alguien, Marie nunca supo quién, le enviaba todos los meses un sobre con dinero. El doctor Maak se inclinaba sobre sus mapas y sus libros acercando cada vez más la nariz al papel, como si oliéndolo pudiera confirmar la veracidad de esas líneas. El último año había perdido toda capacidad de movimiento, si es que alguna vez la había tenido, y Marie había ido poco a poco descuidando las interminables tareas de la casa para concentrarse en Herr Maak, para ser sus piernas y, más a menudo, su voluntad y su memoria. El progresivo deterioro de sus facultades, que Marie no alcanzaba a percibir plenamente, como si estuviera pasando en otro lugar y en otro tiempo, no le impedía seguir planeando viajes. Esta vez era Marie quien lo persuadía. «No puede usted viajar a España, ¿no recuerda acaso que allí hay una guerra?», le decía. El doctor Maak se entregaba a la voluntad de Marie, pero una tarde ella lo encontró echado en el suelo junto a una tumbona. Había conseguido ponerse un sobretodo de viaje -que Marie nunca le había visto- y armar una pequeña maleta, que sostenía en su mano derecha. Incluso en el piso, sonriendo estúpidamente como si no comprendiera nada, el doctor Maak era la imagen arquetípica del viajero.

Esa era la imagen que Marie más recordaba del doctor Maak, porque fue una de las últimas. Tres semanas después murió sin casi darse cuenta. Ella, que había estado a su lado todo ese tiempo resignándose a que la señora von Krokow trajera otra empleada para que se hiciera cargo de la casa, vio como el doctor Maak se apagaba lentamente. En ocasiones hacía un gesto que sólo Marie comprendía y ella recitaba lo que recordaba de alguna de las regiones donde el doctor Maak había planeado viajar. Muchas veces confundía los países. Mencionaba los desiertos recorridos por camellos de Argentina, refería con lujo de detalles los edificios que se alineaban junto a una avenida pavimentada de plata en Marruecos o le hablaba de España y de su peste, pero el doctor Maak no parecía poder reconocer ya los errores, o los perdonaba. El doctor Maak le había regalado un museo inexacto de hechos inútiles, una memoria de viajes imaginarios, pero los únicos de los que había regresado.

La señora von Krokow pareció muy impresionada por la muerte del doctor Maak. Ella misma llamó a los periódicos para publicar el aviso fúnebre y dispuso todo para que se lo velara en el comedor de la casa. Marie preparó café y Schnapps para los asistentes, pero nadie se presentó, puesto que el doctor Maak no tenía parientes ni conocidos. En algún momento de la tarde pasó por la casa un extraño visitante llamado P que dijo haber tomado clases con el doctor Maak; parecía enfermo y puede que quizás lo estuviera. No pudieron sacarle más que su nombre porque quince minutos después de haber llegado se marchó, haciéndole al muñeco desarticulado que ya comenzaba a pudrirse dentro del cajón un gesto que Marie no supo interpretar como una despedida o una rabiosa demostración de vida frente a tanta muerte, algo que, de alguna manera, restablecía un orden anterior de cosas y saldaba una afrenta que el doctor Maak pudiera haberle hecho algún día.

La señora von Krokow se marchó un rato después a dormir y Marie se quedó sola con el doctor Maak, con la fragilidad del muerto reciente y de sus plegarias católicas de alemana del sur. Al día siguiente, un auto negro pasó a buscar el cadáver para llevárselo al cementerio. Marie quiso acompañarlo pero la señora se lo impidió argumentando que había mucho trabajo por hacer. Entre ella y la nueva empleada reunieron las escasas propiedades del doctor Maak y la señora ordenó que las arrojaran a la calle. Marie quiso oponerse, decir que esos mapas eran ya, también, su propia memoria, pero no dijo nada. Había comenzado a llover y se empapó bastante al dejar los libros y los planos en la calle. La señora von Krokow llamó a una iglesia protestante para que vinieran a buscar la ropa para dársela a los pobres. Ella misma se quedó con los sillones y la mesa del doctor Maak, a los que hizo trasladar a su propio cuarto. Marie entró por última vez a la habitación del doctor Maak cuando la señora von Krokow discutía con los decoradores el precio del nuevo papel para las paredes. Entonces la señora von Krokow se dio la vuelta y vio que el agua transparentaba bajo el vestido blanco y empapado de Marie el dibujo de un mapa que su empleada había querido conservar.

La despidió acusándola de ladrona y, aunque Marie hubiera querido refutar ese argumento, le pareció que estaba bien, que no había ya nada que la retuviera en la casa excepto el recuerdo de la paciente inmovilidad conque el doctor Maak la había regalado durante años. Marie pensó por última vez en ese hombre del que ahora tenía la memoria, ese completo desconocido que había sido para ella su padre y que la había entretenido con paisajes que ninguno de los dos iba a ver nunca. Miró hacia atrás por la ventanilla y vio que su madre y su hermana se asomaban preocupadas a todos los vagones, elevándose en puntas de pie, para tratar de encontrarla. Excepto por ellas, el andén estaba vacío ya. Marie se levantó. Abrió su maleta y se quedó mirando el vestido blanco que tenía calcado, como un sudario, las líneas imprecisas del mapa que ella se había metido dentro del vestido el último día que sirvió en la casa. Repasó con el dedo como hacía el doctor Maak la línea de trenes que unía Berlín con Bamberg. En el andén el cartel que decía «Bamberg» comenzó a moverse lentamente como si un animal herido bajo el sol que el doctor Maak nunca sintió calentándole el rostro pudiera seguir andando. Marie repasó con el dedo la línea de vuelta a casa. El tren volvió a partir y ella se quedó quieta, viajando.

El viaje

El tren se detuvo, como un animal herido que no acaba de convencerse de que morirá, y se arrastra bajo el sol, como si nada sucediera, y luego se detiene y muere. Marie todavía estaba sentada, con los tobillos regordetes que le asomaban bajo el ruedo del vestido azul y colgaban como ropa tendida sin tocar el suelo. En el andén vio pasar velozmente la silueta de su madre y de su hermana y pensó que le hubiera gustado decirles que había dejado de servir en la casa de la señora von Krokow porque Herr Maak había muerto y su presencia allí, con la señora von Krokow y unos pocos pensionistas que en algún momento se marcharían, no tenía mayor sentido. Pero sabía que no era verdad y que -aunque en ese momento, mientras el tren se detenía y los pasajeros comenzaban a levantarse de sus asientos, ella prefería no pensar en eso- su madre acabaría por saberlo de todas formas, si es que no lo sabía ya, si la señora von Krokow no había levantado el teléfono y la había llamado para contárselo todo. Agitó los pies en el aire como si quisiera ponerse de pie y alejarse definitivamente, bajarse de ese tren y olvidarse de la señora von Krokow y de Berlín, pero se quedó quieta, tratando de tranquilizarse pensando que la señora von Krokow nunca hubiera gastado dinero en una comunicación de larga distancia para contarle a su madre algo de lo que, de todas formas, ella acabaría enterándose.

Aunque la señora von Krokow era mezquina, maleducada y entrometida no era, pensaba ella, una mala mujer. No había tenido razones para quejarse en los dos años que había servido en su casa, mandada por su madre que conocía a la señora von Krokow de la época en que la señora vivía en Bamberg. Nunca la había criticado por pagarle tan poco dinero o por impedirle volver al sur a ver a su familia por Navidades. Nunca había creído, y quizás -pensaba ahora- ese fue su error, que la señora von Krokow se comportara mal al impedirle salir de la casa, excepto en la ocasión en que inauguraron la remodelación del Bundestag y la señora von Krokow y sus pensionistas -excepto el doctor Maak, naturalmente- e incluso ella se montaron en un taxi, pese a que la señora von Krokow hubiera preferido el metro por ser menos costoso, y visitaron el edificio. Esa mañana tuvo, por primera y última vez, una muestra de la grandiosidad de Berlín, de la aguja del Fernsehturm agujereando el cielo, de las grúas erizando el lomo del antiguo Alexanderplatz, del puente Schlossbrücke y sus estatuas, de los edificios imponentes cuyos nombres sólo después conocería y que se alineaban a lo largo de la avenida Unter den Linden. Esa misma tarde le contó la excursión al doctor Maak y éste, que no había ido con los pensionistas, le mostró un plano de Berlín, le apuntó los nombres que ella había olvidado y quiso señalárselos en el plano pero su mano temblaba demasiado y a Marie le pareció que el dedo con el que intentaba señalar los edificios de los que hablaba era como esas agujas de las brújulas que indican el Polo Norte pero nunca se quedan quietas, como si el Polo Norte se burlara de todos los intentos por mensurarlo moviéndose a derecha y a izquierda. Marie contó: «luego pudimos ver, saliendo del puente hacia la derecha, una pequeña callecita en la que se vendían libros y manzanas con caramelo en unos puestos de madera con toldos de colores», y el doctor Maak dijo: «es aquí, el puente es el Schlossbrücke y la calle se llama Am Kupfer-graben; si la sigue se topa usted con la Museumsinsel. Allí se encuentra el Pergamonmuseum donde puede usted recorrer el Paseo de los Leones de Babilonia». Marie quedó sorprendida. «¿Estuvo usted alguna vez allí?», preguntó. «No hay museo que no conozca», respondió el doctor Maak con una sonrisa. «Los museos son como las máquinas perfectas del viaje, permiten conocer lugares distantes y maravillosos sin moverse de la ciudad. En cierta forma son como la memoria de un viejo. Están poblados de acontecimientos y de cosas que ya no significan nada». Marie no supo qué decir. «¿Me llevará allí alguna vez Herr Doktor Maak?», le suplicó. El doctor Maak respondió: «Al regresar de mi viaje a Marruecos iremos al Museo y al terminar, en la calle Am Kupfer-graben, le compraré una manzana con caramelo». Marie sonrió, esperanzada.

Pero el doctor Maak no fue finalmente a Marruecos. Marie lo supo al servirle el té una tarde y notar que el mapa que miraba con detenimiento no era el de Marruecos, no era el intrincado dibujo de montañas y extensiones amarillas que eran el mapa supuesto y quizás imposible del desierto. El nuevo mapa era una especie de triángulo invertido, acotado por el mar y las montañas y las selvas. «¿No viajará usted a Marruecos?», preguntó Marie ante la mirada desaprobadora de la señora von Krokow. «Es imposible en este momento», respondió el doctor Maak, «los valientes nómadas han comenzado a luchar por su tierra y todo el desierto está convulsionado de camellos enjaezados para la pelea y fusiles y canciones de libertad». «Entonces ¿adónde irá usted Herr Maak?», preguntó Marie. El doctor Maak dio vuelta el mapa para que ella pudiera leer en el centro del triángulo la palabra «Argentina». Marie lo miró perpleja. «Es un gran país en la América del Sur», le dijo el doctor Maak, «¿sabía usted que allí la gente sólo come carne de res? El país es tan rico que las calles están pavimentadas de la plata que extraen del fondo del río». Marie leyó «Río de la Plata» en el mapa y no respondió nada.

En los días siguientes el doctor Maak la instruyó sobre la Argentina ante la mirada aburrida y un poco fastidiada de la señora von Krokow, que prefería que su sirvienta se ocupara de la casa en vez de perder el tiempo con los pensionistas. «En Argentina tienen el mejor gobierno posible», le contaba el doctor Maak: «no tienen ningún gobierno, y la gente hace lo que le conviene y cree correcto. En el fondo esa es la razón de su riqueza y de su felicidad. En la Cámara de Representantes han puesto un casino». Marie podía escucharlo durante horas, asombrada de su conocimiento y de la firmeza con que dibujaba en los mapas caminos con su dedo tembloroso, sendas que él iba a recorrer y que, en el mapa, se perdían entre desiertos y selvas inimaginadas.

El problema es que el doctor Maak no se marchaba, pensó Marie abstraída en la imagen de sus zapatos negros que ahora pendulaban al final de sus piernas en un vagón de tren vacío. En algún momento, podía pasar un mes o tres, el doctor Maak cogía otro mapa y comenzaba de nuevo con los arduos preparativos de otro viaje. «¿Es que no lo sabe?», le respondía indulgente cuando Marie preguntaba. «En Argentina se ha desatado una horrible peste. Las personas caen como moscas sobre las avenidas de plata. Es imposible ir allí en este momento».

El doctor Maak no se movía de la casa. Había concertado con otro pensionista de nombre Uhlings que éste le trajera las escasas cosas que necesitaba: su tabaco, una botella de Schnapps de cerezas en el invierno, el periódico y los libros de la biblioteca. Alguien, Marie nunca supo quién, le enviaba todos los meses un sobre con dinero. El doctor Maak se inclinaba sobre sus mapas y sus libros acercando cada vez más la nariz al papel, como si oliéndolo pudiera confirmar la veracidad de esas líneas. El último año había perdido toda capacidad de movimiento, si es que alguna vez la había tenido, y Marie había ido poco a poco descuidando las interminables tareas de la casa para concentrarse en Herr Maak, para ser sus piernas y, más a menudo, su voluntad y su memoria. El progresivo deterioro de sus facultades, que Marie no alcanzaba a percibir plenamente, como si estuviera pasando en otro lugar y en otro tiempo, no le impedía seguir planeando viajes. Esta vez era Marie quien lo persuadía. «No puede usted viajar a España, ¿no recuerda acaso que allí hay una guerra?», le decía. El doctor Maak se entregaba a la voluntad de Marie, pero una tarde ella lo encontró echado en el suelo junto a una tumbona. Había conseguido ponerse un sobretodo de viaje -que Marie nunca le había visto- y armar una pequeña maleta, que sostenía en su mano derecha. Incluso en el piso, sonriendo estúpidamente como si no comprendiera nada, el doctor Maak era la imagen arquetípica del viajero.

Esa era la imagen que Marie más recordaba del doctor Maak, porque fue una de las últimas. Tres semanas después murió sin casi darse cuenta. Ella, que había estado a su lado todo ese tiempo resignándose a que la señora von Krokow trajera otra empleada para que se hiciera cargo de la casa, vio como el doctor Maak se apagaba lentamente. En ocasiones hacía un gesto que sólo Marie comprendía y ella recitaba lo que recordaba de alguna de las regiones donde el doctor Maak había planeado viajar. Muchas veces confundía los países. Mencionaba los desiertos recorridos por camellos de Argentina, refería con lujo de detalles los edificios que se alineaban junto a una avenida pavimentada de plata en Marruecos o le hablaba de España y de su peste, pero el doctor Maak no parecía poder reconocer ya los errores, o los perdonaba. El doctor Maak le había regalado un museo inexacto de hechos inútiles, una memoria de viajes imaginarios, pero los únicos de los que había regresado.

La señora von Krokow pareció muy impresionada por la muerte del doctor Maak. Ella misma llamó a los periódicos para publicar el aviso fúnebre y dispuso todo para que se lo velara en el comedor de la casa. Marie preparó café y Schnapps para los asistentes, pero nadie se presentó, puesto que el doctor Maak no tenía parientes ni conocidos. En algún momento de la tarde pasó por la casa un extraño visitante llamado P que dijo haber tomado clases con el doctor Maak; parecía enfermo y puede que quizás lo estuviera. No pudieron sacarle más que su nombre porque quince minutos después de haber llegado se marchó, haciéndole al muñeco desarticulado que ya comenzaba a pudrirse dentro del cajón un gesto que Marie no supo interpretar como una despedida o una rabiosa demostración de vida frente a tanta muerte, algo que, de alguna manera, restablecía un orden anterior de cosas y saldaba una afrenta que el doctor Maak pudiera haberle hecho algún día.

La señora von Krokow se marchó un rato después a dormir y Marie se quedó sola con el doctor Maak, con la fragilidad del muerto reciente y de sus plegarias católicas de alemana del sur. Al día siguiente, un auto negro pasó a buscar el cadáver para llevárselo al cementerio. Marie quiso acompañarlo pero la señora se lo impidió argumentando que había mucho trabajo por hacer. Entre ella y la nueva empleada reunieron las escasas propiedades del doctor Maak y la señora ordenó que las arrojaran a la calle. Marie quiso oponerse, decir que esos mapas eran ya, también, su propia memoria, pero no dijo nada. Había comenzado a llover y se empapó bastante al dejar los libros y los planos en la calle. La señora von Krokow llamó a una iglesia protestante para que vinieran a buscar la ropa para dársela a los pobres. Ella misma se quedó con los sillones y la mesa del doctor Maak, a los que hizo trasladar a su propio cuarto. Marie entró por última vez a la habitación del doctor Maak cuando la señora von Krokow discutía con los decoradores el precio del nuevo papel para las paredes. Entonces la señora von Krokow se dio la vuelta y vio que el agua transparentaba bajo el vestido blanco y empapado de Marie el dibujo de un mapa que su empleada había querido conservar.

La despidió acusándola de ladrona y, aunque Marie hubiera querido refutar ese argumento, le pareció que estaba bien, que no había ya nada que la retuviera en la casa excepto el recuerdo de la paciente inmovilidad conque el doctor Maak la había regalado durante años. Marie pensó por última vez en ese hombre del que ahora tenía la memoria, ese completo desconocido que había sido para ella su padre y que la había entretenido con paisajes que ninguno de los dos iba a ver nunca. Miró hacia atrás por la ventanilla y vio que su madre y su hermana se asomaban preocupadas a todos los vagones, elevándose en puntas de pie, para tratar de encontrarla. Excepto por ellas, el andén estaba vacío ya. Marie se levantó. Abrió su maleta y se quedó mirando el vestido blanco que tenía calcado, como un sudario, las líneas imprecisas del mapa que ella se había metido dentro del vestido el último día que sirvió en la casa. Repasó con el dedo como hacía el doctor Maak la línea de trenes que unía Berlín con Bamberg. En el andén el cartel que decía «Bamberg» comenzó a moverse lentamente como si un animal herido bajo el sol que el doctor Maak nunca sintió calentándole el rostro pudiera seguir andando. Marie repasó con el dedo la línea de vuelta a casa. El tren volvió a partir y ella se quedó quieta, viajando.

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