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“Los relatos eróticos de Juan José Millas”.

La revista Interviú ha publicado, este verano, en su web un apartado dedicado a los cuentos eróticos de Juan José Millas. Aunque la reseña es bastante superflua, Millas escribe muy buena literatura y es uno de los escritores más sobresaliente dentro del ámbito español como internacional  y  en lengua española. Merece la pena darse una vuelta os dejo el enlace: Interviú

Si queréis descubrir a este autor, esta es su página web: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/bienvenida.htm

Si queréis seguirlo en twitter: @JuanJoseMillas

Si queréis leer un buen libro: La mujer loca es una novela compleja desde el punto de vista estructural pero simple al leerla, está plagada de ironía y da lugar al debate sobre la vida, la muerte, la lengua, la locura…

En la web de Interviú se pueden leer los siguientes cuentos:

 El orgasmo budista

Ella estaba de acuerdo

Ella regresó a la vida

Amor y anatomía

Amores caníbales

Calambre y orgasmo

La turbación desusada

Mis propuestas son:

Una bajada de azúcar

La mujer marcó un teléfono al azar. Descolgó al otro lado un hombre.
—Perdón, ahora no sé dónde estaba llamando –dijo ella con el tono de quien acaba de ser traicionado por la memoria.
—Soy Luis –dijo él creyendo reconocer la voz de una de sus cuñadas.
—¿Estás solo, Luis? –dijo entonces la mujer con tono seductor.
—Ejem –carraspeó él.
—Déjame adivinar. Por la hora, y tratándose de un miércoles cualquiera, estarás viendo la tele junto a tu esposa. ¿La tienes ahí al lado?
—Sí –respondió él con expresión neutra.
—Y ella empieza a mirarte interrogativamente, como preguntando quién llama –añadió la mujer sin abandonar aquel tono seductor que invitaba al encuentro sexual.
—Positivo –dijo él devolviéndole una mirada imparcial a su esposa.
—Dile que es una encuesta, encanto.
El hombre se volvió hacia su mujer tapando un poco el auricular y le dijo en voz baja que era una encuesta sobre la calidad de los servicios del banco en el que tenían la cuenta corriente.
—Bien –continuó entonces la mujer–, ahora, corazón, dime si se te ha puesto dura ya.
—Bueno… –dudó el hombre.
—Del uno al diez, ¿cómo se te ha puesto de dura, amor mío?
—Un siete –dijo él.
—Bien, potrillo loco, no te muevas de donde estás, pero acomódate un poco para hacerle sitio a la polla. Di “notable” para que tu mujer se crea lo de la encuesta.
—Notable –dijo él cambiando de postura para hacerle sitio al pene, que tendía a ocupar todos los espacios vacíos de la zona.
—¿Ya te has acomodado, corazón?
—Bastante.
—Ahora escúchame con atención, amor. Tengo cuarenta años, me encuentro sola en casa y me ha dado un calentón espontáneo que conviene sofocar. Pero necesitaba escuchar la voz de un tío que estuviera atado, como tú, porque estás atado, ¿verdad? No en un sentido literal, amor mío, pero sí metafóricamente porque has de fingir que hablas con un teleoperador cuando tienes al otro lado de la línea a una mujer con fuego en las nalgas. Vuélvete de nuevo a tu mujer y dile lo siguiente: “Estos teleoperadores son unos pesados, pero me dan lástima; si no los atiendes, los penalizan”.
El hombre se dirigió a su esposa y dijo palabra por palabra lo que le había ordenado la mujer.
—O. K. –aprobó ella–. En estos instantes, escarabajo mío, me estoy desabrochando la blusa y subiéndome la falda para acariciarme el coño con una mano y las tetas con la otra. ¿Te resulto muy grosera, cerdito del alma?
—No –contestó el hombre.
—Pues dime, del uno al diez, ¿cómo es ahora mismo el tamaño de tu erección?
—Un nueve –mintió él, que estaba a punto de estallar
—Bueno, bueno, parece que te gusta resistirte –dijo, gimiendo, la mujer–. Yo sin embargo estoy ya a cien, estoy a punto, créeme. Te imagino con tu esposa ahí delante, atenta al telediario y a ti intentando disimular, pobre, te imagino así, preso de esa situación tan doméstica, y se me empapa la mano que tengo en el coño, por debajo de las bragas.
—Un diez –dijo él.
—¿Un diez de qué? –le dijo su mujer mirándole como si estuviera loco–. Quéjate ya de las comisiones, que nos cobran por todo.
Mientras atendía con la mirada a su esposa, la mujer que estaba al otro lado de la línea comenzó a bramar como si estuviera siendo víctima, más que beneficiaria, de un orgasmo feroz. El hombre se corrió también sin cambiar de expresión, aunque no pudo evitar que la sangre se le retirara del rostro provocándole una palidez mortal.
—¿Pero qué te pasa? –le preguntó su mujer alarmada.
—Gracias, chato –oyó decir al otro lado de la línea.
—De nada –respondió él colgando el aparato.
—Dios mío, ¿qué te ocurre, Luis? –insistió su esposa.
—Nada, que me he mareado un poco, una bajada de azúcar –dijo acercándose un cojín para ocultar los efectos de aquella polución animal en los pantalones.
La esposa le preparó una manzanilla con cuatro cucharadas de miel y continuaron viendo la tele tan tranquilos.

Nueva versión sobre Caín y Abel

En el principio fue el Silencio. Y dijo Dios: démosle una compañera para que no esté solo. Y creó a Silencia. Lucifer, por su parte, fundó el Ruido en la otra esquina del Paraíso. Luego, creó la Ruida para darle una compañera. Silencio y Silencia llevaban una vida sencilla y callada. Todo a su alrededor era mutismo. Había hermosos pájaros que no cantaban, ranas multicolores que no croaban, viento que no silbaba entre las ramas de los árboles, etc. Ellos paseaban sin hablar y masticaban sin producir sonido alguno. Ni siquiera el agua de las cataratas, muy abundantes en aquella zona del Paraíso, provocaba el rumor característico del agua al romperse y convertirse en espuma. Cuando Silencio y Silencia follaban, de entre sus labios no salía un grito, ni siquiera un suspiro. Disfrutaban, claro, porque follar es follar, pero daba la impresión de que lo hacían debajo del agua, quizá dentro de una campana de cristal.

Silencio y Silencia eran muy bellos. Tanto el cuerpo de ella como el de él resultaban perfectos, armónicos. Los pechos de Silencia tenían el tamaño y la elasticidad que solo se dan en el mundo de la ideas. Sus piernas, muy largas, iban abriéndose desde los diminutos pies hasta los anchos muslos para formar un abanico perfecto en cada nalga. Las partes externas que rodeaban la entrada a su vagina permanecían protegidas por un bello áureo cuyo contacto provocaba en Silencio una excitación inmediata. Pero si la vagina, también dorada, se abría, dejando escapar entre sus bordes un jugo semejante a la miel, la enajenación muda de Silencio alcanzaba el grado del delirio. Este delirio se reflejaba en ella como en un espejo y Silencia entraba también en un trance sigiloso, atónico, bajo el peso de los pectorales perfectos de Silencio.

El miembro de él, muy rico asimismo en caldos lubricantes, tenía el tamaño perfecto para hundirse en los penetrales de Silencia y alcanzar los lugares de su vientre donde mayor era la sensibilidad de ella. Y estaban sincronizados de tal modo que se corrían a la vez entre gestos de placer que semejaban a los del dolor y viceversa. Pero mientras ardían cada uno en el cuerpo del otro, no se escuchaba un solo crepitar, un solo gimoteo, un sollozo, un suspiro, un llanto, una lamentación. No, nada.

Entretanto, en la otra esquina del Paraíso, donde Ruido y Ruida se pasaban las horas muertas escuchando el canto de los pájaros creados por Lucifer, y el del viento en las ramas, creado por Lucifer, y el del zumbido de los insectos, creado por Lucifer, en esa esquina, decíamos, apareció también el reclamo del sexo. Ni Ruido ni Ruida gozaban de la perfección corporal de la que gozaban Silencio y Silencia. Tenían pequeños defectos de los que no eran conscientes y que provocaban en ellos una exaltación venérea tan grande o mayor que la existente entre Silencio y Silencia. Era cierto, por ejemplo, que la vagina de ella y el pene de él producían menos abundancia de néctares que los de Silencio y Silencia. Pero ellos lo solucionaban empapándose mutuamente de sus respectivas salivas antes de acometer la penetración. Y aunque los pechos de ella eran grandes también en relación a su tórax, a Ruido le volvían loco precisamente por eso, por su enormidad. En cuanto a él, quizá por estar menos musculado que Silencio, se entregaba al amor con la violencia de un tísico, muriendo casi en cada acometida. Pero había algo, sobre las demás cosas, que los distinguía de sus vecinos, y era que follaban con gran aparato acústico. Ruido y Ruida gritaban y gemían de tal modo que sus alaridos lograron alcanzar la zona del Paraíso en la que habitaban Silencio y Silencia.

Tenemos que probar eso, se dijeron Silencio y Silencia al modo en que Eva se empeñó en probar la manzana del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y se pusieron en marcha hacia la esquina del Paraíso donde vivían Ruido y Ruida. Y al poco de llegar Silencio se lanzó sobre Ruida y Silencia sobre Ruido y los cuatro comenzaron a follar como locos alternando los gritos adúlteros de los unos con el silencio infiel de los otros. De uno de los encuentros nació Abel y del otro Caín, pero no sabríamos decir a qué pareja pertenecía cada cual.

El pene del diablo

Ella estaba sola en casa, como siempre desde que murió su marido. Eran las ocho de la tarde de un miércoles cualquiera. A esa hora, se bebía un par de copas de coñac y se ponía en ropa interior, como si él fuera a volver de entre los muertos. El coñac otorgaba a sus fantasías una materialidad extraña. Medio desnuda, sobre el sillón de orejas, imaginaba que su marido aparecía en el salón tras haber atravesado las paredes como un cuerpo sutil. Cerraba los ojos, para que las imágenes cobraran más fuerza en su interior, y entonces lo veía a él con una perfección asombrosa, rasgo a rasgo, casi músculo a músculo. A medida que recorría su cuerpo con la mirada, lo iba creando. Cuando estaba entero, su consistencia era la de una alucinación.
Ella, por su parte, perdía materialidad, como si su carne se transformara en humo sin necesidad de perder por eso las formas. Un humo sólido, digamos. Así, los pezones, por ejemplo, parecían modelados por una boca que acabara de dar una calada a un puro. A su marido muerto le gustaban mucho los puros, que utilizaba con gran sabiduría en el amor. Así, cuando se encontraban en la cama, ambos desnudos, él encendía un Cohiba y traspasaba el humo de su boca a la de ella, que lo conservaba unos segundos debajo de la lengua antes de expulsarlo. Como además, antes de encenderlo, él solía mojar en coñac la punta que luego se metía en la boca, aquellos besos eran el resultado de una curiosa aleación entre la saliva, el alcohol y la hoja de tabaco. Tampoco era raro que jugara, con ese extremo del puro, empapado en saliva y coñac, por los alrededores del culo de ella y de su vagina, que solía llevar rasurada.
De modo que ahí la teníamos, en pleno delirio, víctima también de una alucinación olfativa, porque olía el puro como si alguien, cerca de ella, hubiera encendido alguno. Entonces, fuera completamente de sí, abandonó el sillón orejero, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y rescató uno de aquellos habanos que su marido no había tenido tiempo de fumar y que conservaba en una caja de madera, con cortezas de manzana para que no se secaran. Cogió uno, el que le pareció más grande, regresó con él al salón, se desnudó del todo, se dejó caer de nuevo sobre el sillón de orejas y tanteó el veguero como le había visto hacerlo a él para calibrar su grado de humedad. El Cohiba tenía en cierto modo la consistencia de un pene erecto, pero también su blandura. Un pene pequeño, se dijo, aunque enormemente eficaz debido a las nervaduras que recorrían su superficie y que evocaban las de las pollas auténticas. Un pene marrón oscuro también, un pene del diablo, pensó para sus adentros con una excitación que a esas alturas empezaba a resultar insoportable.
La mención al diablo debió de convocar a Lucifer, pues ella escuchó enseguida una voz dentro de su cabeza.
—¿Qué deseas? –pronunció la voz.
—¿Qué puedes darme? –preguntó ella.
—Cualquier cosa que me pidas –dijo la voz.
Recordó entonces una fantasía irrealizable que su marido le había contado miles de veces. Consistía en que ella fuera capaz de fumarse el puro por la vagina, aunque expulsando el humo por la boca. Se la contó a la voz y la voz le dijo que el deseo estaba concedido.
Ella mojó, pues, el extremo del puro en la copa de coñac, abrió las piernas, se colocó el habano entre los labios vaginales y le acercó el mechero. En seguida, para su sorpresa, vio que era capaz de aspirar por la vagina expulsando el humo efectivamente por la boca tras haber recorrido todo el cuerpo. Notó también que los labios de abajo habían adquirido un sentido del gusto muy parecido al de la boca, de modo que las mucosidades provocadas por la excitación venérea, al mezclarse con el coñac y el humo provocaba ahí abajo una combinación de sabores que jamás había experimentado.
Y bien, entonces se recostó, cerró los ojos, evocó de nuevo la presencia de su marido muerto, y él se manifestó enseguida colocando sus labios sobre los de ella para recibir el humo que, procedente de la vagina, arrastraba hasta allí la esencia toda de las interioridades de su viuda. Se corrió, con una intensidad astral, antes de haber dado cuenta de un tercio del habano.

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